Hay películas que parten de una situación extrema para hablar de algo mucho más reconocible. Bad Apples, dirigida por Jonatan Etzler y protagonizada por Saoirse Ronan, hace exactamente eso. Lleva al límite el agotamiento de una profesora y el caos provocado por un alumno hasta colocarnos ante una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando aquello que sabemos que está mal empieza, además, a funcionar?
La película entra por el aula, pero no se queda ahí. Maria intenta enseñar mientras Danny, un niño de once años, interrumpe, provoca y acaba ocupando prácticamente toda la atención. Lo vemos en el cansancio de ella, en la tensión que se instala en la clase y en esos otros alumnos que siguen allí esperando poder aprender algo. Y es desde esa situación concreta desde donde Bad Apples empieza a abrir cuestiones mucho mayores: cuánto exigimos a quienes educan, qué ocurre cuando la paciencia deja de ser infinita, cómo repartimos la atención cuando una sola persona ocupa todo el espacio y hasta qué punto una comunidad puede acostumbrarse demasiado rápido a que alguien desaparezca si con ello todo parece ir mejor.
Cuando enseñar deja de ser lo principal
Una clase debería ser un lugar donde aprender, pero aquí mantener el orden empieza a consumir casi todas las fuerzas. Maria intenta recuperar una y otra vez el control mientras Danny vuelve a interrumpir, y poco a poco enseñar pasa a un segundo plano. Cada jornada empieza a parecer más una cuestión de resistencia que de educación.
Eso abre una pregunta que la película no necesita formular en voz alta: ¿cuánto puede soportar una persona antes de dejar de hacer bien aquello que quería hacer bien?
Porque detrás de la paciencia que exigimos a un profesor también hay cansancio, frustración, miedo a perder el control y una responsabilidad enorme sobre personas muy distintas entre sí. Esperamos comprensión, firmeza, escucha, autoridad y capacidad para resolver cualquier conflicto, pero rara vez pensamos en qué ocurre cuando todas esas exigencias se acumulan al mismo tiempo.
La película exagera la situación hasta llevarla a un terreno de comedia negra, pero lo reconocible está debajo. Basta mirar a Maria intentando continuar la clase mientras Danny vuelve a romper el ritmo para entender esa sensación de llegar a un lugar con una intención y terminar dedicando toda la energía simplemente a evitar que se venga abajo.
El problema de quien ocupa todo el espacio
Otro de los temas que recorre Bad Apples es la atención.
Danny resulta difícil, desafiante y agotador, y la película no disimula el efecto que tiene sobre quienes están alrededor. Pero mientras lo miramos ocupar el aula, también empiezan a aparecer los otros niños. No han dejado de estar allí. Simplemente el conflicto ha terminado haciéndolos casi invisibles.
Y entonces surge una de las preguntas más difíciles de la película: ¿cómo se protege a quien necesita más atención sin dejar de proteger también a todos los demás?
No hay una respuesta sencilla. Comprender que Danny sigue siendo un niño no hace desaparecer el efecto que provoca sobre el grupo. Pero proteger al grupo tampoco permite reducirlo simplemente a «el problema».
La convivencia obliga a mirar al individuo y al conjunto al mismo tiempo. A entender a quien desborda, pero sin convertir el agotamiento de todos los demás en un daño secundario. A acompañar sin permitir que una situación termine devorándolo todo.
Y la película se vuelve especialmente incómoda cuando demuestra que retirar el problema puede producir una mejoría inmediata.
Cuando el alivio también incomoda
Ese es, para mí, uno de los lugares más potentes de Bad Apples.
Danny deja de estar en clase y todo cambia. Maria puede explicar. Los demás niños escuchan. La clase avanza. Los adultos perciben la mejoría. Y, durante unos segundos, también nosotros podemos sentirla.
Ese alivio importa porque sabemos que está construido sobre algo que no debería estar ocurriendo y, sin embargo, hemos pasado suficiente tiempo dentro de aquella clase como para entender por qué se siente.
La película no pregunta únicamente qué está bien y qué está mal. Pregunta qué estamos dispuestos a perdonar cuando el resultado nos beneficia.
Y esa cuestión va mucho más allá de un aula. Sucede en familias, equipos de trabajo, comunidades y cualquier espacio donde alguien acaba siendo señalado como el origen de todos los problemas. A veces basta con apartar a una persona para que el resto sienta que todo vuelve a funcionar. El peligro empieza cuando confundimos esa sensación de orden con una solución real.
Porque eliminar el conflicto no significa haberlo resuelto.
La facilidad con la que construimos una etiqueta
También está el propio título: Bad Apples.
La expresión de la «manzana podrida» sirve para identificar a quien supuestamente estropea al resto. Es cómoda porque simplifica. Si una persona es el problema, basta con apartarla. Si el conflicto está concentrado en un solo lugar, todo lo demás puede quedar intacto.
Pero la película complica esa idea constantemente.
Danny puede desesperarnos y seguir siendo un niño. Maria puede equivocarse de una manera gravísima y seguir siendo una profesora que quería hacer bien su trabajo. Una escuela puede exigir resultados y al mismo tiempo no tener respuestas suficientes para una situación que la desborda.
Las etiquetas ordenan, pero también permiten dejar de mirar. Y Bad Apples funciona precisamente cuando obliga a mirar un poco más.
Hasta dónde llega un límite
También está la dificultad de poner límites, sostenerlos y aceptar que no siempre serán bien recibidos. Maria intenta hacerlo, pero la situación acaba empujándola cada vez más lejos de cualquier medida razonable.
Y entonces la pregunta ya no es únicamente cómo contener a Danny, sino cómo se ejerce la autoridad sin humillar y cómo se acompaña sin renunciar a marcar un límite.
Quizá una de las razones por las que Bad Apples resulta tan incómoda es que ninguna de esas tareas parece fácil. Lo vemos en el aula, no en un discurso: en una interrupción más, en una profesora que vuelve a intentarlo, en un niño que vuelve a tensar el espacio y en los demás esperando.
Cuando nadie encuentra la salida
Sería demasiado sencillo convertir todo lo que ocurre en la historia en un fallo individual: una profesora se equivoca, un alumno desborda y ahí termina todo.
Pero entonces perderíamos buena parte de lo que la película está mirando.
También están la falta de recursos, el modo en que se gestionan los conflictos, la presión de las familias, las expectativas depositadas sobre los profesores y la facilidad con la que una situación puede empeorar cuando nadie encuentra una salida antes de que sea demasiado tarde.
No hace falta que Bad Apples pronuncie grandes discursos sobre el sistema educativo. Está en el fondo de lo que vemos.
Porque cuando alguien llega a un límite también merece la pena preguntarse cuánto tiempo llevaba acercándose a él y cuántas oportunidades hubo antes para evitar que llegara.
La eficacia no siempre tiene razón
Quizá la pregunta más incómoda de Bad Apples sea también la más sencilla: ¿qué hacemos cuando algo incorrecto produce un resultado bueno?
Estamos acostumbrados a pensar que lo malo fracasa y lo bueno funciona. La realidad rara vez es tan ordenada.
A veces una decisión injusta resuelve un problema. A veces excluir a alguien reduce el conflicto. A veces una medida desproporcionada produce calma. Y precisamente ahí es donde los principios dejan de ser una idea bonita y empiezan a tener verdadero sentido.
Porque defenderlos cuando todo sale bien es fácil. Lo difícil es mantenerlos cuando sabemos que romperlos podría facilitarnos mucho las cosas.
Ahí es donde Bad Apples deja de ser únicamente una comedia negra sobre una profesora desbordada y empieza a hablar de nosotros.
Lo que hacemos con quien molesta
Al final, la película deja una pregunta que resulta difícil abandonar: qué hacemos con las personas que complican la vida de los demás.
Maria ha llegado demasiado lejos. Danny sigue siendo un niño difícil de manejar. Los demás alumnos necesitan poder aprender. Y ninguna de esas tres cosas anula las otras.
Intentamos comprender a quien desborda, corregirlo, acompañarlo y encontrar una manera de convivir. Pero cuando nada funciona aparece la tentación de apartarlo, y ese gesto puede parecer incluso práctico cuando el resto empieza a respirar mejor.
Detrás de él, sin embargo, hay algo mucho mayor: decidir qué hacemos con alguien cuando convivir con esa persona se vuelve difícil.
No hay una respuesta limpia y quizá por eso Bad Apples funciona mejor cuando deja de ser únicamente una historia sobre un aula. Todos hemos conocido alguna vez a alguien capaz de alterar por completo un lugar y quizá también hayamos sentido, aunque cueste reconocerlo, que todo sería más sencillo si esa persona no estuviera.
Bad Apples nos deja durante un rato exactamente en ese lugar incómodo. Primero nos permite sentir el alivio de una clase que por fin funciona y después nos obliga a recordar su precio.
Porque quizá el problema no sea pensar alguna vez que todo sería más fácil sin alguien. El verdadero problema empieza cuando esa facilidad nos parece razón suficiente.
Ficha de la película
Título: Bad Apples
Dirección: Jonatan Etzler
Guion: Jess O’Kane
País: Reino Unido
Duración: 99 minutos
Género: comedia negra / sátira con elementos de suspense
Reparto: Saoirse Ronan, Jacob Anderson, Eddie Waller, Nia Brown, Rakie Ayola, Robert Emms y Sean Gilder
Fotografía: Nea Asphäll
Montaje: Robert Krantz
Música: Chris Roe
Idioma original: inglés
Producción: Pulse Films
Estreno en España: 11 de septiembre de 2026.
La película inauguró la sección New Directors del Festival de San Sebastián de 2025.
