Ane Odriozola: «La herencia es el conflicto: lo importante se desvanece y lo insignificante termina marcando el destino.»

"Estamos hablando del siglo XVI, pero a lo mejor seguimos sumando siglos y el abuso de poder sigue pasando igual."

Hay historias que se levantan sobre el peso del linaje, el rumor del mar y la necesidad de sobrevivir. En un mundo donde el honor, la ambición y la memoria familiar marcan cada destino, las decisiones se convierten en herencia y las heridas en motor de cambio. Entre la lealtad y la ruptura, entre el deseo de conservar y el impulso de huir, las vidas se entrelazan bajo una marea que todo lo transforma».

Hoy regresamos a la Gipuzkoa del siglo XVI, pero esta vez dejamos el interior para asomarnos al abismo de la costa con «Al subir la marea». Ane Odriozola nos sitúa en un escenario donde el apellido vale más que la sangre y donde el mar es, a la vez, la mayor fortuna y la peor de las amenazas.

P.—Estoy encantada de volver a leerte, además metida en mares, que es mi debilidad. ¿Cómo surge esta idea?

R.- Surge precisamente escribiendo la anterior novela, El Valle del Hierro. Cuando me documenté para aquella historia, ambientada en el siglo XVI, te informas de todo el territorio, no solo de la zona que te interesa. Me llamó mucho la atención que en una distancia de apenas 30 kilómetros la vida pudiera ser tan distinta. El Valle del Hierro se centra en el interior de Gipuzkoa: ferrerías, caseríos y gremios. Pero a muy poca distancia había otro mundo totalmente distinto en la misma época: el mar. Me pareció tan fascinante que decidí que, tras contar cómo se vivía en el interior, tocaba contar cómo se vivía en la costa.

P.- En el siglo XVI, ¿qué transformaciones económicas y sociales te han llamado más la atención?

R.- Una cosa que me pasó con la novela ya empezada, llevaría un tercio escrito, fue que con mi mentalidad del siglo XXI imaginé que un astillero funcionaba como una empresa actual. Pensaba que eras el dueño, tenías unos trabajadores fijos y te contrataban para hacer barcos siguiendo un pedido tras otro. Me reuní con uno de los historiadores con los que me asesoro y me dijo: «Estás muy equivocada, un astillero no funcionaba así». Descubrí que la empresa se creaba por cada barco. El dueño contrataba a unos hombres para construir una nave específica y, en cuanto se terminaba, la empresa se disolvía. Podías contratar a los mismos o a otros para el siguiente encargo. Menos mal que me enteré a tiempo de modificarlo.

P.- ¿Qué papel desempeña el mar como espacio de oportunidad o como amenaza dentro de la novela?

R.- Tiene ambas facetas. Era el sustento de muchísimas personas; viajaban a Terranova para la caza de la ballena porque la grasa daba mucho dinero. Una población como Zarauz tenía 700 habitantes y cada año se embarcaban 2.000 hombres de la zona; para ganar dinero en el mar se multiplicaba la población activa. Pero el mar conllevaba un riesgo enorme: muchos naufragaban y morían. Las mujeres se quedaban esperando el regreso de hombres que, muchas veces, no volvían jamás.

P.- Hay mucha jerarquía y estructura social en esta historia. Imagino que debía de haber grandes tensiones.

R.- Sí, y me ha sorprendido sobre todo la importancia absoluta del linaje. Eran capaces de traicionarse entre ellos solo para que el linaje perdurara. Bartolomé Irigoyen, el protagonista, es capaz de intercambiar los planes de vida de sus hijos, o a un hijo por otro, solamente para que su apellido y lo que ha construido perdure.

P.- Te das cuenta de que era un mundo donde las relaciones personales o familiares valían menos que el propio patrimonio. Siempre estaba por encima.

R.- Siempre. De hecho, hoy fallece alguien y la herencia se reparte o se llega a un acuerdo. En aquella época existía la mejora de «un tercio y un quinto», que consistía en dar la mayor parte de los bienes a uno solo de los hijos para no tener que dividir el patrimonio. Lo de dividir lo llevaban muy mal. Con tal de no fragmentar la herencia, hacían lo que fuera.

P.- Estaba claro que se lo llevaba el hijo mayor, ¿no?

R.- No siempre, y eso generaba rencillas. En Gipuzkoa, según la documentación, no era tan poco habitual que fuera una mujer. En el resto del territorio parece que siempre debía ser un hombre, pero en Gipuzkoa he encontrado familias poderosas con mujeres al frente. No era lo habitual, pero existía. En cuanto a los hijos, elegían al que creían que mejor iba a continuar el linaje. Normalmente era el mayor, como ocurre en mi novela, pero he encontrado ejemplos de todo tipo detallados por historiadores vascos con nombres y apellidos.

P.- Hemos hablado de herencias. ¿Qué peso tiene lo heredado en esta novela, tanto en lo material como en lo simbólico?

R.- Lo simbólico lo es todo. Recibías el peso del apellido, la responsabilidad de ser quien continúa la estirpe de los Irigoyen, pero eso iba unido a quedarte con la casa y el astillero. En la novela, los hijos que no reciben la mejora se quedan con unas tierras mínimas y lo ven como algo normal; es lo que les ha tocado por destino.

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P.- ¿Qué papel juega el honor en las decisiones de los personajes?

R.- Muchísimo. En el caso de Bartolomé, el honor está por encima de todo. Luego tengo personajes femeninos muy potentes que lo tienen todo en contra por la época en la que viven, pero ellas también tienen ese sentimiento de no querer ser aplastadas. Tienen que encontrar maneras sutiles para reclamar su lugar.

P.- Háblame de la familia Irigoyen.

R.- Son tres hombres. Bartolomé Irigoyen es el dueño del astillero y del linaje. Tiene dos hijos muy distintos. El mayor es Pedro, la continuación perfecta del apellido: trabajador, ambicioso y conocedor del negocio. Luego tenemos a Cristóbal, a quien su padre considera un inútil. Cristóbal no tiene un lugar definido; lo mandan a ser fraile para ver si encaja, pero vuelve porque no es su sitio. Son dos hijos opuestos y la historia da un giro tremendo cuando uno hereda lo que inicialmente iba destinado al otro. Ahí es donde estalla todo.

P.- Tus personajes son moralmente complejos. ¿Qué buscabas en esa ambigüedad?

R.- No me gustan los personajes planos. Me gusta darles fondo. Por ejemplo, Cristóbal, que parece un inútil, cuando se hace con el poder saca un lado oculto y dice: «Antes no era nadie, pero ahora lo soy». Me interesa mostrar cómo cambian según las circunstancias.

P.- En estas familias la lealtad domina mucho, pero ¿es superable esa lealtad cuando aparece la rivalidad?

R.- La rivalidad es brutal. Imagina que entre hermanos el padre puede elegir a dedo al heredero universal. Si ahora hay peleas por herencias repartidas, imagina entonces cuando uno se lo quedaba todo y el otro nada. En Gipuzkoa y Navarra existían leyes que permitían estas decisiones testamentarias tan drásticas.

P.- Antes mencionabas a la mujer. ¿Qué aspectos querías mostrar de la mujer del siglo XVI?

R.- Tengo un personaje, Kiteria, que inicialmente no estaba en mis planes. En una presentación en Estella, Navarra, vi la biblioteca tan llena que prometí a los lectores que incluiría su ciudad en mi siguiente novela. Estaba escribiendo y decidí mandar a Beatriz allí tras huir de Zarauz. Al documentarme sobre Navarra, encontré un libro fascinante sobre las viudas en los siglos XVI y XVII. Decidí incluir una viuda porque su situación era todavía más lamentable que la del resto de mujeres. Intento que mis personajes femeninos se salgan con la suya, aunque tengan que usar estrategias rebuscadas o actuar por detrás porque no podían ir de cara.

P.- ¿Qué tipo de estrategias utilizaban para sobrevivir en ese marco tan rígido?

R.- Principalmente la solidaridad entre ellas. Apoyarse y hacer las cosas de forma sutil y oculta. En la novela, Kiteria entra a mitad de la historia y acaba tomando un protagonismo que arrasa; es un personaje tan potente que merecería una novela propia.

P.- ¿Crees que era necesario que llegaran a situaciones extremas para tomar decisiones?

R.- Tendrían que tomarlas en todos los aspectos. Un ejemplo es Mariana, una mujer fuerte que lleva la clavetería con su padre. Se casa con el dueño de un linaje por oportunidad económica, pensando que podrá cambiar las cosas, pero su marido termina anulándola. Con ella quería expresar la importancia de quién tienes al lado. Mariana llega a un punto en el que no puede ni abrir la boca hasta que un giro en la novela cambia su situación y florece de nuevo. Me gusta mucho ese proceso de humillación y resurgir.

P.- Hay distintas formas de violencia en la novela: económica, simbólica y física.

R.- La física era innegable y estaba muy presente en la época. Pero la que más me ha gustado mostrar es la simbólica. Una mujer quizá no podía enfrentarse físicamente a un hombre, pero simbólicamente sí podía ejercer fuerza. Introducir eso le da a la mujer una potencia que de otra manera no tendría. Es estrategia pura y valentía.

P.- ¿Qué relación se establece entre el poder institucional y el abuso individual?

R.- No me he ido a instituciones altas, pero sí al poder local, como el hijo del alcalde. En el siglo XVI algunos tenían un poder absoluto de vida y muerte. He leído casos de torturas decididas por individuos con poder que me parecieron demasiado crudos para incluirlos tal cual, pero sí reflejo cómo el hijo del alcalde puede abusar de Beatriz y salir impune simplemente por ser quien es. Eso pasaba en el siglo XVI y, lamentablemente, ha seguido pasando siglos después.

P.- El miedo también está muy presente en la rivalidad por la herencia. ¿Eras consciente de ello?

R.- No tanto, pero ahora que lo mencionas, es verdad. Muchos personajes actúan movidos por el miedo desde distintos ángulos. Por ejemplo, el miedo de Pedro a no recuperar nunca lo que cree que le pertenece legítimamente. Su única opción es esperar que su hermano no tenga descendencia. Efectivamente, el miedo está ahí.

P.- El título Al subir la marea genera incertidumbre. Normalmente las cosas se descubren cuando baja la marea, pero tú juegas con esa ambivalencia.

R.- Sí, porque en esta historia hay muchos personajes que suben y bajan. Algunos creen que siempre estarán arriba y de repente sufren un revés terrible para luego volver a subir, o viceversa. Me he divertido mucho con ese vaivén.

P.- Entre El Valle del Hierro y Al subir la marea, ¿cómo te sientes ahora como escritora?

R.- Quizá con más seguridad. Con las primeras novelas te cuestionas mucho si algo funcionará. Ahora ya voy viendo qué encaja. Si tengo que meter un personaje a mitad de novela porque la historia lo pide, lo hago. Si descubro que un detalle técnico como el del astillero debe cambiarse, lo modifico con la tranquilidad de saber que quedará bien.

P.- ¿Cuál dirías que es el antagonista de la novela?

R.- No tiene por qué ser un personaje concreto. Hay tantas tramas que se podrían formar parejas de antagonistas según el momento. Podría decir Cristóbal, pero no está presente en todo el relato. Quizá el antagonista sea la propia herencia, porque es el origen del conflicto y lo que corrompe a la familia. Al final te das cuenta de que las cosas que parecían fundamentales no lo son tanto.

P.- Al subir la marea. Estoy encantada con la portada, con el mar y contigo.

R.- Muchas gracias a ti, Rosa. Un placer.