Mabel Lozano “Con ocho años tener un teléfono móvil es una entrada brutal a la explotación»

“Llevo 20 años asomándome a un precipicio con monstruos… Si dejara de dolerme, me habría convertido en uno de ellos.”

En Ava, Mabel Lozano nos sumerge en un universo donde la infancia, la violencia y la explotación sexual se cruzan con la resiliencia y el amor incondicional. A través de la historia de Ava, una niña marcada por la vulnerabilidad y el abandono, la autora pone al descubierto los mecanismos de un sistema que convierte a las mujeres en objetos y muestra la fuerza que surge cuando la dignidad y la resistencia se imponen.

En esta entrevista, Lozano habla sin filtros sobre los horrores que retrata, la justicia social que motiva su obra, y la manera en que la narración puede iluminar, conmover y transformar.

P.— Vamos a adentrarnos en esta novela que no deja a nadie indiferente, que duele, pero que en ese dolor es hermosa también.

R.— Bueno, es que forma parte casi del universo de la cotidianidad. Los claros y los oscuros que tenemos todos y todas en nuestras vidas. Pero en este caso duele porque hablamos de algo que nos interpela, que nos atañe, que está enfrente y que no lo vemos. Entonces, una vez que lo conoces, ya no puedes decir que no lo sabes. Ya te interpela.

Y también te habla del amor, del amor incondicional. Del amor que también significa no juzgar, permanecer, permanecer sin necesidad de que el de al lado cambie.

P.— ¿Qué detona exactamente este deseo de escribir esta historia?

R.— La propia Ava, María, la justicia social. La justicia: no ha habido justicia con ellas. Cuando los malos salen de la cárcel, las que entran en las cárceles son ellas. Entonces es un tema de justicia social y realmente tiene que ver con mi activismo.

También ten en cuenta que Ava viene de un cortometraje documental con el que yo gané el premio Goya en 2024. Era un corto de 18 minutos que dejaba muchísimas preguntas: ¿cómo escapó? ¿Qué ha pasado con ellas? ¿Dónde estaba? ¿Cómo lo encontré? Tantísimas preguntas que todo el mundo… Me hacía muchas preguntas cuando veían el corto, y realmente la historia es maravillosa. Con esos claros y oscuros es realmente una historia increíble que hay que contar, que merece ser contada.

Al final, yo soy una contadora de historias que merecen ser contadas.

P.— ¿Hubo una parte de Mabel que se rompió durante este proceso?

R.— Mira, fíjate, lo pensaba hoy. No lo había pensado antes. Llevo 20 años asomándome a un precipicio con monstruos. Con monstruos, directamente. Y siempre pensé que el día que no me dolieran estas historias, yo me habría convertido en un monstruo también.

Por tanto, me siguen doliendo. Pero es verdad que yo antes tenía la piel más gruesa. Creo que me voy haciendo mayor. Es verdad, me voy haciendo mayor, afortunadamente que vivo, y mi piel cada vez está más fina.

Por ejemplo, me resulta cada vez más difícil ver historias duras porque las escucho cada día y cada vez me hacen más daño; cada vez necesito retirarme, coger oxígeno, para que vuelva la peleona.

P.— ¿Cómo se escribe sobre vidas sin volver a convertirlas en materia prima del propio dolor?

R.— Pecado hacer pornografía del sufrimiento. Eso para mí es fundamental. Una de las cosas que hice cuando decidí ser contadora de historias, ser vocera y utilizar el cine y el arte como herramienta de transformación social, fue poder asistir a un máster de cine y Derechos Humanos, precisamente porque no quería hacer amarillismo, no quería hacer pornografía del sufrimiento de las mujeres.

Fíjate, yo en Biografía del cadáver de una mujer contaba cómo una mujer había sido asesinada brutalmente a tiros delante de su hijo por haber denunciado a la proxeneta que la había captado y explotado. Yo tenía las imágenes de esa mujer en el suelo, con los tiros. Imagínate abrir un documental con esa imagen.

Eso sería hacer pornografía de su dolor, y sobre todo lo iban a ver sus hijos, sus hijas, las personas que aman a esa mujer. Yo me niego. De hecho, tú ves un documental mío, luego otro, luego otro, y dices: es de Mabel.

P.—¿Qué le da más miedo o qué crees que le da más miedo al proxeneta? ¿Su inteligencia, su juventud o su capacidad para parecer inofensivo?

R.—Un  proxeneta que no tiene ninguna empatía, es de una frialdad brutal. Es un proxeneta muy extraño, porque si te das cuenta es un proxeneta que desprecia a los hombres que consumen sexo de pago, porque los encuentra blandos. Encuentra que muchos hombres, por la bragueta, pierden sus carreras y los desprecia, que es algo muy extraño en un proxeneta.

En realidad, no tiene nada contra las mujeres, pero, sin más, son la materia prima. Por tanto, no siente ninguna empatía. Es el mal menor para ganar mucho dinero.

Entonces, es listo, es frío, y te lo puedes encontrar aquí sentado, al lado tuyo, cuando montas en un autobús o en el metro, y te parece un chico normal, que puede ser un buen hijo, un buen padre, un buen hermano… y es un ser absolutamente despiadado y despreciable.  Además, es un psicópata total.

P.— ¿Qué crees que dice nuestra época de los nuevos exploradores? ¿Que se disfrazan de afecto, porque los hay?

R.— Yo creo que es la forma en que se está captando hoy en día a las chicas. Se las capta a través de las redes sociales y se les promete que van a ganar mucho dinero: “es tu cuerpo, es tu libertad”. Se disfrazan de modernos, de colegas, y les hablan de contenidos digitales, cuando son contenidos sexuales; no les hablan de prostitución.

Entonces, todos esos tecnicismos lo que están haciendo es blanquear la prostitución de siempre, de toda la vida, tapada de alguna manera.

P.— ¿Hoy hay más explotación sexual que hace 20 años o simplemente está más profesionalizada, más digitalizada?

R.— Bueno, yo creo que hay mucha más explotación. Ten en cuenta que la prostitución en la calle… Yo no digo que vaya a desaparecer, pero es residual. La prostitución ha migrado a las fronteras digitales, está en internet, está en la web. 

Y luego la prostitución de toda la vida, en burdeles a cielo abierto, se ha pasado a los pisos, a lo que llamamos la prostitución escondida.

Entonces, bueno, creo que ahora mismo los chavales están consumiendo pornografía. ¿Y después qué quieren hacer? Practicar lo que están viendo, la pornografía.

P.— ¿Qué signos crees tú que son identificables ante una joven que está siendo manipulada? ¿Hay algo que se dispara, algo que se enciende?

R.— Pues yo creo que, en principio, está feliz porque piensa que va a ganar un dinero fácil, que va a poder entrar y salir, que es la dueña de su cuerpo y de su vida.

Después empieza la angustia, cuando en muchos casos empieza una extorsión: “si no sigues, voy a subir tus vídeos”, “si no sigues, voy a suplantar tu identidad”, “si no sigues…” Entonces ahora hay una policía especializada, una policía experta en delitos informáticos, a la que hay que acudir inmediatamente. No hay que caer en la extorsión.

P.— Por lo tanto, la vulnerabilidad ahora es mayor a propósito de las redes sociales.

R.— Muchísimo. Ten en cuenta que la mayoría de las chavalitas de 14, 15, 16 y 17 años están recibiendo mensajes tipo  sugar daddy, tanto a través del privado de Instagram como de TikTok. Lo están recibiendo todos los días y están escuchando voces que dicen: “es tu cuerpo, es tu libertad, vas a ganar mucho dinero, que bien te va a ir, estupendísimo.

Y estamos en el momento de que todo vale, porque todo parece fácil… y nada es fácil. A la prostitución se entra fácil. ¿Cómo se vende? ¿O cuándo se vende? Sobre todo, tú estás dejando una huella digital con esos vídeos.

¿Qué va a pasar cuando no tengas 20 años sino 40? Esos vídeos están ahí y tú tienes otra vida, hijos, hijas…

P.— ¿Qué falta en la educación sexual de los adolescentes?

R.— Mucha educación sexual. Somos un país muy pudoroso. Ni los adultos ni los colegios enseñan sexualidad suficiente. Así los jóvenes normalizan la pornografía agresiva, misógina y mainstream, hecha por hombres y para hombres.

Se ritualizan comportamientos en la calle: las manadas. Los delitos no terminan hasta que los comparten. No tienen referentes de sexualidad; la pornografía ocupa ese espacio. Nosotros también teníamos pornografía, pero teníamos que buscarla. A ellos les busca.

P.— ¿Qué es más peligroso: el que no ve, el que mira hacia otro lado o el que justifica?

R.— Peor es el que mira hacia otro lado sabiéndolo. El desconocimiento puede ser excusa, pero cuando sabes y miras para otro lado es lamentable. Una vez que conoces el tema, te interpela como ser humano.

P.— ¿Cuál es la primera grieta en la explotación de una niña y cuál es la que los adultos no ven?

R.— La grieta de la niña: redes sociales y teléfono móvil a muy temprana edad. Con ocho años ya tienen una entrada brutal a contenidos sexuales, y los adultos no lo ven, pensando que ven dibujitos.

Los niños construyen su sexualidad buscando teta, culo, clítoris, y la web los redirecciona a pornografía. Aunque estén todo el día en casa, no salen, no tienen vida normal con otros chicos de su edad. Esto ha cambiado el concepto de infancia desde hace 20 años.

Los niños pasan de un colegio protegido con un solo profesor al instituto con cuatro profesores, donde nadie los pilota. Se supone que son mayores, pero siguen siendo niños. Muchos padres dejan de supervisarlos porque creen que ya son grandes, y la enseñanza española los hace adultos de un porrazo: ¡pum! Eres niño y mañana eres adulto, con cuatro profesores, y tienes que ir solo, sola.

P.— ¿Qué te sorprende más? ¿La capacidad del ser humano para hacer daño o la capacidad para sobrevivir en él?

R.— Mira, lo que más me sorprende y lo que más me gusta de los últimos 20 años es la capacidad del ser humano para hacer el bien. No te puedes imaginar la cantidad de personas maravillosas que he encontrado, que trabajan pico y pala por los derechos, por vestir de derechos a los más vulnerables.

Tengo una monja amiga en Colombia con una enfermedad grave que sigue trabajando y sigue, y sigue. Y luego está la resiliencia: los seres humanos somos resilientes.

P.—¿Cuál es el mayor fallo de justicia a día de hoy?

R.— Ten en cuenta que la prostitución y la pornografía se minusvaloran. La ciudadanía lo minusvalora, no lo ve como un delito; lo ve como algo normal, de siempre, de toda la vida.

Si la ciudadanía minusvalora la trata y la prostitución, los jueces forman parte de esa ciudadanía. Nos encontramos con tesis tremendas. Por lo tanto, podría ser la mayor mentira colectiva que nos pasamos. Exactamente: vamos mal, muy mal y tarde.

P.— ¿Qué frase se enciende dentro de ti cuando escuchas demasiadas veces que se justifica lo injustificable? ¿Qué pasa por tu cuerpo?

R.— Depende. Cuando escucho esto de gente muy mayor, que por más que le argumente de manera sólida y tajante, no lo va a escuchar, ahí realmente cierro esa puerta.

Todo mi esfuerzo ahora mismo está en trabajar con los chavales, en crearles pensamiento crítico, darles herramientas. Pero es verdad que me encuentro con personas de cierta edad —puede ser la mía, perfectamente— con creencias tan cerradas, que a veces chocarme contra esa pared me quita demasiada fuerza, demasiado ímpetu, demasiado para trabajar en dar herramientas a los más jóvenes para que se cuiden.

P.— Para terminar, ¿ha habido algún caso o en algún momento determinado en que te hayas tenido que parar y decir “esto no puedo seguir por aquí”?

R.— Pues mira, ahora mismo está como un cañón, la verdad, por todos los festivales del mundo, mi nuevo corto que se llama Abril, hoy no es invierno, que es sobre una mujer con una pareja cerebral, con multidiscapacidad, prostituida en casa por su familia.

Cuando escuché esta historia de manos de una de las protagonistas dije: “no puedo, no puedo, no puedo”. Venía de Ava, del corto Ava. Pero luego al final es como… ¿cómo no lo voy a contar?

Es que es una historia que merece ser contada. Por ella, por la justicia con ella y porque cambie algo. Porque el cine también vale para eso: el cine incide en el imaginario, es una de las grandes herramientas de transformación social.