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mucho antes de
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Brais Cedeira: «Aduana puso la inteligencia policial al servicio del narcotráfico»

Brais Cedeira investiga a Óscar Sánchez Gil, inspector jefe de la UDEF, y dibuja el mapa del crimen organizado que opera hoy en España.

Rosa Sánchez de la Vega

Para sus compañeros era el Anodino. Para el narcotráfico, Aduana. Óscar Sánchez Gil llevaba más de una década persiguiendo delincuentes cuando una investigación empezó a situarlo presuntamente al otro lado. El hombre que conocía cómo se perseguía el dinero, cómo se seguían los contenedores y cómo funcionaban las investigaciones policiales habría terminado utilizando ese mismo conocimiento para favorecer a una organización criminal.

Pero la historia no acaba en un policía. Al contrario: empieza ahí. Porque detrás aparecen toneladas de cocaína, empresas legales utilizadas como cobertura, millones de euros, Dubái, Marbella, armas, menores convertidos en piezas del negocio y organizaciones capaces de repartirse el trabajo a escala internacional.

Y entonces la pregunta deja de ser únicamente qué ocurrió con Óscar Sánchez Gil para convertirse en otra mucho más incómoda: hasta dónde ha llegado el narcotráfico y qué sucede cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a su presencia.

Brais Cedeira lleva años mirando de cerca ese territorio en el que se cruzan la policía, el crimen organizado, el narcotráfico y el poder. Desde El Español ha seguido investigaciones y operaciones que le han permitido conocer de cerca cómo se mueven esas redes y hasta dónde pueden llegar. En Aduana parte del caso de Óscar Sánchez Gil para contar algo mucho más amplio: hasta dónde ha conseguido penetrar el narcotráfico y qué ocurre cuando empieza a tocar las estructuras que deberían combatirlo.

El policía que estaba a los dos lados

Óscar Sánchez Gil había pasado años persiguiendo narcotraficantes y llegó a dirigir la sección de antiblanqueo de la UDEF de Madrid. Según la investigación, terminó utilizando información policial para favorecer a una organización criminal. ¿Cuál es el primer momento que permite documentar que esa doble vida ya estaba en marcha?

Precisamente el subtítulo del libro explica perfectamente lo que hacía este señor. Nosotros decimos que vendió el Estado al narcotráfico, y es así en el sentido de que utilizaba los datos de su trabajo profesional para favorecer a la organización criminal para la que trabajaba.

Según la investigación que exponemos en el libro, sus compañeros empiezan a conocer sus actividades aproximadamente dos años antes de que cayese, en 2022 o 2023. Los policías que llevan temas de narcotráfico empiezan a comprobar, en determinadas operaciones, que al investigar a ciertos individuos les salta una alerta en los sistemas policiales: hay otra unidad que también los tiene investigados, entre comillas. Y siempre era la misma persona: Óscar Sánchez Gil, desde su grupo de la UDEF en Madrid.

Ese sistema le permitía saber cuándo otra unidad de la misma policía estaba encima de uno de sus socios. Cuando sobre una misma persona hay distintas investigaciones, los datos se cruzan y les saltan las coincidencias a los agentes. De esa manera, él se enteraba primero si había alguien encima de un socio suyo o de uno de los contenedores que le interesaba introducir cargado de toneladas de cocaína.

Tenía la situación perfecta. En teoría, era quien tenía que controlar que no entrara droga, pero al mismo tiempo sabía cuándo iba a ocurrir y daba esa voz de alarma. Era ese doble juego.

Para utilizar las palabras con las que se le llamaba, Anodino debía de ser al principio precisamente porque era una persona que no se daba a conocer, que no mostraba lo que era, hasta que empezó a ser Aduana cuando se metió más en ese mundo del narcotráfico.

Nosotros hablamos en el libro con policías que trabajaron con él durante muchos años y describen que sus éxitos policiales eran escasos. Era una persona poco llamativa. Hay que tener en cuenta que los policías que se dedican a la investigación como policía judicial pasan muchas horas juntos. Están 24 horas al día, siete días a la semana, encima de un asunto. Conviven, conocen a sus familias y acaban siendo prácticamente hermanos. Y él, que llevaba en la unidad desde mediados de los 2000, prácticamente no tenía relación con el resto de sus compañeros. Eso llamaba mucho la atención.

Nosotros no hemos podido acreditar cuándo se corrompió. Sabemos que los primeros indicios que figuran en el sumario son de 2019, cuando introduce a los primeros confidentes, entre comillas, que en realidad eran sus socios, en las bases de datos policiales.

Desde su unidad llegaron a introducirse 551 numeraciones de contenedores en los sistemas policiales. Antes de su llegada no se había introducido ninguna. ¿Cómo puede una anomalía de ese tamaño mantenerse durante años sin activar una alarma?

Estamos ante el mayor caso de corrupción policial que ha habido. Era muy inteligente, muy cuidadoso y mantuvo muy bien las apariencias durante bastante tiempo. Es tan fácil como eso, pero tan difícil como que nadie lo había hecho hasta ahora.

Tenemos delante al narcotraficante al que más dinero en efectivo se le ha intervenido nunca: veinte millones de euros. Era un presunto criminal muy inteligente. Por eso pudo operar durante más de cinco años facilitando la entrada en España de cantidades ingentes de droga.

Dubái y el nuevo mapa del narcotráfico

En la trama aparecen el Tigre, Pumuki, Java, empresarios, importadores e intermediarios repartidos por distintos países. Cuando la estructura es así, ¿dónde está realmente el poder?

El libro cuenta este caso concreto, pero intentamos ampliar el panorama. Y el panorama se amplía de una forma inexcusable con Dubái. Dubái es el centro de poder del narcotráfico a nivel internacional y del crimen organizado. Hace unos diez años los grandes capos se dieron cuenta de que era un país que colaboraba poco con las autoridades occidentales. Poco a poco, muchos narcotraficantes que tenían algún problema con la justicia en su país acababan huyendo allí.

En el libro contamos cómo la mayoría de estos individuos tienen una mansión lujosa o un apartamento prohibitivo y comparten vecindario con otros grandes capos internacionales. Es como un Aquí no hay quien viva, pero de la mafia.

Ese es el verdadero centro de poder de esta organización y de muchas otras que operan en Europa y en España. Dubái, la cárcel de oro. Es como lo definen los policías.

He hablado con varios de los comisarios que llevaron este asunto y están comprobando cómo, con la presión de distintos países que tienen nuestros mismos problemas, esa situación empieza a revertirse. Hay algunos criminales que ya no están en Dubái porque se les empieza a hacer la vida un poco imposible allí. Pero sigue siendo un problema para la policía y para la fiscalía. Hay muy poca colaboración y una treintena de capos reclamados por España continúan viviendo en esa ciudad.

Operaciones como Luz del Desierto han obligado a actuar simultáneamente en varios países contra estructuras dirigidas desde Dubái. ¿Puede combatirse el gran narcotráfico con cuerpos policiales y tribunales pensados fundamentalmente para trabajar dentro de las fronteras nacionales?

Eso es lo que se intenta aquí en España y lo que están promoviendo figuras como la fiscal jefa antidroga, Rosa Ana Morán, que se ha encontrado con enormes dificultades en esa operación y en muchas otras.

La colaboración tiene que ser máxima. Los organismos europeos ya tienen una entidad propia a nivel policial, como Europol, y pueden compartir información al instante. Si un individuo aparece en Copenhague, se le puede extraditar a España porque al final estamos en el mismo espacio.

El problema es que los Emiratos Árabes son más conniventes con este tipo de individuos. Creo que todavía estamos lejos, pero se está intentando.

Las fuerzas de seguridad describen estas estructuras como consorcios: cada grupo aporta aquello en lo que está especializado y las alianzas nacen para negocios concretos. ¿Está desapareciendo la organización criminal cerrada?

Efectivamente. El libro cuenta una historia concreta, pero nos está sirviendo para poner de relieve la realidad del crimen organizado a nivel internacional. Yo lo defino en el libro como un hub. España es un hub en el que distintas grandes organizaciones se reparten el trabajo.

En muchas operaciones aparecen implicadas distintas nacionalidades. Los brasileños aportan la mercancía; los españoles salen con sus barcos al Atlántico a recogerla; muchas veces la alijan en Marruecos, donde la «duermen», entre comillas, hasta encontrar el momento adecuado para introducirla en Europa. En España también tenemos otros clanes que se dedican simplemente a guardarla en almacenes, en guarderías.

Después está la distribución, el cliente final, que suelen ser clanes poderosos como el Cártel de los Balcanes o la Mocro Maffia, que ha sembrado el terror en los Países Bajos en los últimos años. Se reparten las tareas. Cada uno tiene su cometido.

Sin ir más lejos, en los últimos años se han producido en España bastantes detenciones de pilotos búlgaros de veleros porque, curiosamente, son los más expertos en el manejo de esas embarcaciones. Una de las vías de entrada de cocaína en España es a través de veleros que recorren el Atlántico, paran en Canarias y después llegan a la Península. Esos veleros muchas veces han estado pilotados por búlgaros.

Es un dato muy concreto, pero tiene esa explicación: cada uno se encarga de una cosa.

Negocios legales para mover droga y dinero

Ese reparto de funciones llega también a empresas hortofrutícolas, contenedores, piñas… ¿Hasta qué punto el narcotráfico a gran escala depende hoy de infiltrarse en circuitos comerciales legales?

Absolutamente. El crimen organizado trata de utilizar empresas grandes o pequeñas, pero que se dediquen a una actividad empresarial real, que tengan actividad de verdad.

En las llamadas y en los mensajes intervenidos, Alejandro Salgado Vega, el Tigre, explica a sus colaboradores cómo tienen que utilizar una de las empresas de frutas que les va a servir para introducir la droga. Para que tenga apariencia de que efectivamente está trabajando en eso, la meten en el circuito comercial, redactan correos electrónicos a empresas que venden fruta en Latinoamérica y se la compran de verdad.

El sumario está plagado de imágenes de fruta de verdad. Tienen negocios que realmente se dedican a eso, pero después, aprovechando las facilidades que les daba tener a Óscar Sánchez Gil para saber en qué contenedor y en qué momento introducirla, esas mismas empresas, en lugar de introducir solamente las piñas o los plátanos, metían debajo los fardos que venían de Latinoamérica.

En 2021 se intervienen 1.600 kilos de cocaína y nadie acude a recogerlos. ¿Qué hace pensar a los investigadores que alguien conocía la operación antes de que fuera pública?

Ese mismo hecho es el que les pone la mosca detrás de la oreja. Nadie deja tirada una tonelada y media de droga sin que haya una sospecha de que la organización sabe algo.

Hay dos envíos que se incautan y hacen pensar a los investigadores: aquí tenemos a alguien que está bastante arriba y que les está facilitando las cosas. Son envíos muy grandes. Eso quiere decir que la organización de Óscar Sánchez Gil y el Tigre tenía la confianza para fletar cantidades bastante elevadas de estupefacientes.

Al conocer ese detalle empezaron a trabajar para averiguar quién era esa persona.

En el despacho de Sánchez Gil aparecen esquemas de blanqueo, sociedades internacionales, criptomonedas y anotaciones que separan «blanqueo» y «comisiones». ¿Qué papel le atribuye la investigación en el movimiento y transformación del dinero procedente de la droga?

Un papel fundamental, porque él tenía todas las herramientas para saber cómo mover el dinero. Precisamente su trabajo era luchar contra ese tipo de delitos.

Utilizaba su experiencia en la detección de empresas offshore y en rastrear criptomonedas para ponerla al servicio de su clan. Sánchez Gil era el cerebro financiero de la trama y la persona encargada, además de facilitar los envíos, de mover el dinero.

Por eso se llevaba un porcentaje muy alto de cada alijo que conseguía entrar en España, porque su trabajo no podía hacerlo nadie más. Estaba muy arriba en la pirámide de la organización y ponía todo su conocimiento al servicio de la misma.

También aparecen licencias VTC y otros negocios. El mismo mecanismo que sirve para introducir la droga parece servir después para blanquear el dinero.

En el mundo del crimen organizado, igual que se utilizan empresas aparentemente legales para conseguir introducir la mercancía en un país, también se utilizan empresas aparentemente legales para tratar de blanquear el dinero.

Si en total Óscar Sánchez Gil, como contamos, consiguió introducir más de sesenta toneladas de droga en España y eso aporta un beneficio de 2.500 millones de dólares, ¿dónde metes todo ese dinero? Además de repartirlo entre los miembros de la organización, tienes que conseguir moverlo.

Asuntos Internos fue la unidad de la policía que se encargó del análisis financiero de toda la operación. Conforme fueron revisando una por una a las personas del entorno de Sánchez Gil, comprobaron la cantidad de empresas que había a nombre de su cuñada, las transferencias, las licencias VTC y distintos negocios.

Y, aun así, no consiguió blanquear todo lo que tenía. En el sumario también hay imágenes de cuentas bancarias en el extranjero y criptomonedas con unas cantidades descomunales, hasta ahora nunca vistas.

El juez de la Audiencia Nacional ha prorrogado su estancia en prisión. Lo máximo que una persona puede estar en prisión preventiva son dos años, revisables por otros dos. La cantidad de indicios que hay en su contra, las pruebas que constan en la investigación y su papel fundamental han llevado al juez a prolongar la prisión preventiva hasta la llegada del juicio.

El juicio no debería tardar mucho en producirse porque la investigación está prácticamente cerrada.

Después de toda esa sofisticación financiera aparecen casi veinte millones de euros en efectivo escondidos en paredes y otros huecos de su casa. ¿Por qué conservar tanto dinero físico?

Yo creo que llegó un punto en que no sabía qué hacer con él.

He hablado con los investigadores y, por lo que conocemos de su estilo de vida, era el de cualquier persona de clase media alta: un chalé a las afueras de Madrid, sin grandes lujos, más allá de partidos de fútbol del Real Madrid o de jornadas de caza en las afueras de la capital. No tenía grandes vehículos, grandes vicios ni iba a restaurantes carísimos.

Tenía dinero en cuentas bancarias fuera de España y después, cuando llegaron a su casa, descubrieron lo que estaba emparedado en el interior.

Cuando el narco entra en el Estado

También resulta complejo combatir una organización cuando no solo ofrece dinero. En este caso hablamos además de un hombre que fue ascendiendo dentro de la propia estructura policial. ¿Qué supone para el cuerpo descubrir que había depositado su confianza precisamente en quien estaba traicionándolo?

En la policía siempre existe ese peligro. Cuanto más cerca estás de los malos, más posibilidades tienes de caer en sus redes. Por eso todo el mundo tiene mucha precaución y las investigaciones se comparten lo justo. Es una posibilidad que en la policía se tiene en cuenta.

Es verdad que en los últimos años no ha aumentado el número de policías o guardias civiles investigados o condenados por narcotráfico, pero sí hemos visto cómo el narcotráfico y el crimen organizado consiguen captar a personas con más influencia y más responsabilidades dentro de los cuerpos. En el libro describimos lo que hemos visto en los dos últimos años: el jefe antidroga de la Policía de Valladolid, el equipo antidroga de la Policía en Extremadura, varios inspectores en Murcia, el enlace de la Policía Nacional en Colombia, este caso y muchos otros.

Para los agentes es algo duro con lo que lidiar porque está en juego el prestigio del cuerpo. Pero también hay que recordar que son los propios agentes quienes consiguen después detener a sus compañeros.

Esto también tiene que servir para que la gente se dé cuenta de que la guerra contra el crimen organizado es muy desigual, porque ellos cuentan con un arma en forma de cantidades inmensas de dinero con la que el Estado no puede competir.

Tiene que cambiar algo con respecto al crimen organizado para que dejen de producirse estas situaciones y que España no acabe convertida en un país en el que impere el narcotráfico.

Marbella, armas y menores

Antes hablabas de Dubái. ¿Qué representa Marbella en ese mapa?

Es el mejor ejemplo de eso. Marbella es una suerte de sede del crimen organizado internacional en Europa. Allí tienen sus casas, sus negocios legales, se pasean y pasan tiempo los jefes cuando no están reclamados por nadie. Muchas cosas se negocian y se hacen en Marbella.

Pero también está el peligro que se ha extendido por la costa andaluza. El Guadiana y el Guadalquivir están llenos de narcolanchas que introducen cantidades ingentes de mercancía en la Península.

Además, la mayor disponibilidad de armas en el mercado negro está provocando que en cualquier operación aparezcan rifles de asalto, armas cortas, armas largas e incluso, en algún caso, granadas de mano. En muchas ocasiones se producen enfrentamientos con la policía.

A veces porque ya no tienen miedo de enfrentarse a los agentes ante el miedo mayor de perder la carga; otras, porque creen que pueden ser enemigos de otros clanes disfrazados de policías para provocar un vuelco, que es como se conoce cuando un clan le arrebata la droga a otro.

La expansión no es solo geográfica. El libro habla también de menores reclutados para vender, transportar o extraer droga e incluso para matar.

Eso es de lo más grave que hemos descubierto en el libro. Hay países como Suecia donde se están reclutando menores para que cometan crímenes en otros puntos de Europa para distintas organizaciones.

Son mercenarios a sueldo. No trabajan para una organización sueca concreta. Como decíamos antes, hay grupos que tienen cada uno un cometido concreto. Hay clanes que están reclutando menores porque saben que en países como el nuestro no van a la cárcel y pueden utilizarlos como sicarios.

Esto lo hemos visto en Alicante, con varias detenciones, y en Marbella, donde en los dos últimos años se ha detenido a menores y a personas de su entorno que los tutelaban para cometer estos crímenes.

Es una realidad terrible. Hay que decir que son casos bastante concretos, pero Europol ya ha alertado a nivel internacional de este fenómeno. Si estamos empezando a verlo aquí, hay que tenerlo muy en cuenta.

¿Lo estamos teniendo en cuenta?

Creo que sí. El mejor ejemplo es que algunas de esas organizaciones que utilizan menores han sido desarticuladas.

Pero no lo suficiente, creo yo, porque los crímenes violentos cometidos por menores han aumentado en los últimos años, como destacan las memorias de la Fiscalía General del Estado. Hay que darle una vuelta a eso.

El peligro de acostumbrarnos

¿Qué ocurre cuando una sociedad empieza a percibir el narcotráfico no como una anomalía, sino como una presencia permanente?

Nos acabamos acostumbrando. Todos nos anestesiamos.

Yo me dedico en el periódico a cubrir esta información, la relativa a la seguridad y al crimen organizado. En los últimos años, cuando mayor contestación y alarma social se ha producido ha sido cuando han asesinado a varios agentes de la autoridad.

En Barbate, por ejemplo, cuando dos guardias civiles fueron arrollados por una narcolancha, eso sí generó un gran debate social. Pero es una pena que haya que esperar a que fallezca o sea asesinado alguien en una persecución o en un acto de servicio para que las autoridades reaccionen.

Muchos especialistas que luchan contra el crimen organizado lo están diciendo y lo creen firmemente: tiene que haber una reacción mayor del Estado.

No hay voluntad política o no se le está dando tanta importancia. El Ministerio del Interior normalmente se escuda en que los datos de criminalidad han descendido en los últimos años. Puede ser cierto en términos generales, pero hay determinados delitos que generan una mayor alarma social y que se han incrementado.

¿Dónde está el cuello de botella? Las operaciones se realizan, las detenciones llegan, pero después los procedimientos se prolongan y queda la sensación de que todo vuelve a detenerse.

Una medida que llevan muchos años solicitando y exigiendo es que los guardias civiles sean considerados profesión de riesgo. A día de hoy no lo son, y los policías nacionales tampoco. Eso para empezar aliviaría bastante a las familias de los agentes que sufren verdaderas dificultades en su vida diaria.

Muchos trabajan en zonas calientes donde se está produciendo un gran desembarco de las mafias y en su vida cotidiana se cruzan con las personas a las que después tienen que detener. Incluso hay casos en los que sus hijos comparten colegio con los hijos de los narcotraficantes. Es una situación muy complicada.

El Ministerio del Interior tendría que poner más herramientas sobre la mesa para resolver este problema, porque han pasado los años y vemos más armas en la calle, más alijos entrando en nuestro país y más organizaciones operando.

Algo se está haciendo mal.

Sánchez Gil va a ser juzgado, pero los tiempos de la justicia prolongan inevitablemente el proceso. ¿Hasta qué punto esa lentitud alimenta también una sensación de impunidad?

Los tiempos de la Audiencia Nacional son los que son. Todo el mundo coincide en que les gustaría que fueran más cortos. Hay veces que, desde que se produce el final de la instrucción hasta el juicio y la sentencia, puede pasar un año. Es un tiempo larguísimo.

Pero eso también tiene mucho que ver con los recursos de los que dispone la justicia. Es otra de las cosas que se deben mejorar. La fiscal antidroga, por ejemplo, pide que haya juzgados especializados concretamente en materia de crimen organizado para que no se colapsen, sobre todo las audiencias provinciales.

Las condenas tardan tiempo en llegar y la sensación de impunidad se prolonga. Ese es el quid de la cuestión.

«Vendió el Estado al narcotráfico»

«El policía que vendió el Estado al narcotráfico». Es una frase muy fuerte. ¿Qué tuvo que quedar en manos de los narcos para que pudierais escribirla?

Básicamente, toda la inteligencia policial que manejaba este sector. Óscar Sánchez Gil puso a disposición de su clan su trabajo como policía, que es lo peor que puede hacer un agente. Abría investigaciones falsas e inscribía confidentes falsos que en realidad eran sus socios para saber si algún compañero empezaba a investigarlos.

Cuando los narcotraficantes consiguieron captar a este individuo se les abrió el cielo. Tenían de antemano la información de todo lo que iba a pasar y de todo lo que estaba pasando con respecto a la lucha contra el narcotráfico.

Esto no había pasado muchas veces y por eso la organización pudo trabajar durante seis o siete años. Eso es bastante raro hoy. La policía normalmente, cuando desarticula un clan, se encuentra con que lleva operando uno o dos años. La vida de las organizaciones criminales es muy corta. Esa gente se disgrega, vuelve a juntarse o detienen a un miembro del clan y después vuelve a funcionar.

Pero que esta red hubiera operado durante seis o siete años sin que nadie se diera cuenta indica lo que tenían en su barco: no a un policía cualquiera, sino a un policía de rango, con gran inteligencia y poniendo todos sus recursos a disposición de este clan.

El periodista y la prueba

Tienes miles de contactos, muchos de ellos policías y guardias civiles. En el periodismo de investigación se llega a veces a lugares a los que la propia investigación judicial todavía no ha llegado. Pero detrás del periodista hay también una persona. ¿Cómo mides el riesgo?

Por suerte, en nuestro país de momento no tenemos la situación que viven los compañeros que trabajan en México o Colombia. La realidad es que yo no me puedo quejar ni he sufrido nunca ninguna amenaza. No creo que sea por falta de temeridad, sino porque en nuestro país las organizaciones criminales todavía no han dado el paso de apuntar al mensajero.

La prensa escrita lo tiene más fácil. Los compañeros de televisión, si van con una cámara a determinados barrios de La Línea de la Concepción o de Algeciras, tienen problemas. No se puede entrar con cámara porque te la rompen, te amedrentan.

Yo personalmente no he pasado miedo en ningún momento, ni en esta investigación ni en otras. Lo vivo con normalidad. Es un trabajo como cualquier otro. Tiene su importancia, pero siguiendo los pasos de los investigadores normalmente no te vas a equivocar. Yo lo hago así y me suelen salir bien las cosas.

¿Dirías que es un trabajo ambicioso?

Sí, creo que sí. Pasas muchas semanas de frustración porque tienes un dato que estás deseando publicar y sabes que es verdad, pero en el periodismo de investigación no solo sirve la verdad: sirve la prueba.

Hay muchas cosas que sabemos que son verdad, pero muchas veces, sin la prueba, si lo publicas te comes una demanda y el periódico la paga. La mayoría de las veces, la gente de la que escribimos tiene como principal arma a los abogados.

Entonces, la verdad no es suficiente.

No. Lo más importante es la prueba, el papel.

«Estamos un paso antes del precipicio»

¿Qué te inquieta más como periodista: lo que todavía no sabemos del crimen organizado o aquello que ya sabemos y hemos empezado a considerar normal?

Lo que puede llegar a suceder.

Quiero que el libro sirva también como una advertencia, porque estamos un paso antes del acantilado, un paso antes del precipicio. El libro también trata de responder a una pregunta: cómo va la guerra contra el crimen organizado.

Que se detenga a un policía tan importante convertido en narcotraficante es malo, pero tiene la parte buena de que se le ha detenido. Ahora bien, ¿vamos ganando o perdiendo? Yo creo que, de momento, tenemos las de perder.

Todavía no estamos en el estadio al que llegaron países como Países Bajos, donde incluso la princesa tuvo que salir y vivió en España un año oculta en el centro de Madrid, protegida por policías nacionales. Se han asesinado periodistas en Países Bajos por parte de la Mocro Maffia y ha habido señales que tienen que hacernos despertar.

El ataque a Alejo Vidal-Quadras, sin ir más lejos, no tenía un componente de narcotráfico, pero sí de crimen organizado, porque era una organización criminal dependiente de una mafia holandesa al servicio de un país extranjero, que es lo que el juez sospechaba.

El crimen organizado opera en España y hemos visto hechos puntuales que nos tienen que hacer despertar.

Habías contado ya buena parte del caso en el periódico. ¿Por qué necesitabas llevarlo a un libro?

Porque tenía la sensación de que esta historia se contaba mejor de seguido, desde el principio hasta el final. Muchas veces nuestros lectores pueden leer un episodio concreto de esta o de cualquier otra historia y quedarse ahí.

Y tampoco podemos pedirles que lean todas las noticias que hacemos, porque entonces no tendrían vida. Así que, para que tengan vida, ya se lo organizo yo en un libro.

También era una forma de volver a lo que más me gusta, que es el reportaje. Al final, el libro es un reportaje largo y creo que un reportaje es el mejor formato para contar una historia que tiene que ver con la realidad.

La coges desde el principio hasta el final y además puedes incorporar contexto, descripción y análisis. En un libro todo eso cabe perfectamente. En el periódico nosotros vamos actualizando conforme van pasando las cosas. En cambio, el libro es una pieza única en la que puedes contar desde el principio hasta el final la historia.

Es verdad que esta historia no ha terminado, pero el libro no solo cuenta la historia del policía, sino que trata de hacer un panorama general de todo lo que está pasando en España.

¿Qué esperas que ocurra con Óscar Sánchez Gil?

Las pruebas que hay en su contra son muy abrumadoras. Tiene todas las papeletas para recibir una condena muy alta.

El juez instructor ha reunido las pruebas que constan en su contra y después será la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional la que lo juzgue. Seguramente tendrá una condena elevada.

Hemos hablado del peligro de que una sociedad se acostumbre. Ocurren casos de narcotráfico, mueren agentes, aparecen tramas de corrupción y, pasado un tiempo, llega otro asunto y seguimos adelante. ¿Puede instalarse la sensación de que, al final, nunca pasa nada?

Puede ser que la sociedad tenga esa sensación porque van ocurriendo sucesos aparentemente aislados y muy graves y no se percibe ningún cambio a nivel político, ninguna mayor voluntad ni ninguna medida distinta.

Las Fuerzas Armadas, por ejemplo, han pedido y se está sugiriendo que puedan intervenir en acciones relativas al narcotráfico contra las embarcaciones de los narcotraficantes, que muchas veces incluso disparan a las lanchas de la policía cuando les están persiguiendo. Y los agentes muchas veces no pueden disparar.

Tiene que haber una reacción. Estamos en el punto en el que tiene que haber algún cambio para que el problema no se cronifique.

Ya hemos visto lo que ha pasado en países como Países Bajos. En Suecia también estamos viendo en los últimos años cómo el crimen organizado organiza atentados en la calle, pone bombas y utiliza a menores como sicarios.

Son países modernos, con un nivel de vida muy avanzado, y están sufriendo ese problema.

Aquí tenemos que reaccionar antes.

1. La corrupción desde dentro. El caso de Óscar Sánchez Gil muestra hasta dónde puede llegar una organización criminal cuando consigue acceso a información policial y a los mecanismos diseñados precisamente para combatirla.

2. El narcotráfico ya no responde a una sola organización. Opera mediante alianzas internacionales en las que distintos grupos se reparten las tareas: transporte, almacenamiento, introducción de la droga, distribución o blanqueo.

3. El negocio necesita la economía legal. Empresas reales, contenedores, sociedades, VTC o criptomonedas permiten introducir mercancía y mover después cantidades enormes de dinero.

4. La violencia cambia de escala. Armas, narcolanchas, enfrentamientos con agentes y menores reclutados como sicarios aparecen como algunas de las señales más inquietantes de esa transformación.

5. El verdadero peligro puede ser acostumbrarse. La entrevista termina planteando una cuestión que atraviesa todo el libro: qué ocurre cuando la presencia del crimen organizado deja de parecernos excepcional.

Corrupción policial, narcotráfico internacional, el caso de Óscar Sánchez Gil, el funcionamiento de las redes criminales, Dubái y Marbella como centros de operaciones, empresas legales utilizadas por el narco, blanqueo de dinero, armas, menores reclutados, presión sobre policías y guardias civiles, lentitud de la justicia y periodismo de investigación.

Lectores de periodismo de investigación y no ficción criminal; quienes quieran comprender cómo funciona hoy el narcotráfico más allá de los grandes alijos; y quienes busquen una mirada sobre la relación entre crimen organizado, dinero, instituciones y sociedad.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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