Carmen Riera «Todos mis novios se me declararon por carta»

Cincuenta años después de publicar su primer libro, Carmen Riera vuelve la mirada hacia el oficio de escribir y todo lo aprendido en el camino

La gratitud de una escritora después de cincuenta años de oficio

Escribir durante cincuenta años obliga a convivir con el tiempo de una forma distinta. Las historias cambian, los lectores también, pero hay algo que permanece: la necesidad de seguir buscando la palabra exacta.

Carmen Riera, novelista, ensayista y miembro de la Real Academia Española, es una de las grandes voces de la literatura española contemporánea. Desde hace más de medio siglo ha construido una obra donde la memoria, la Historia, el Mediterráneo y la identidad dialogan de forma constante, siempre con una mirada profundamente humana.

En Gracias desplaza por primera vez el foco hacia quien sostiene todas esas historias: la propia escritora. No lo hace para ajustar cuentas con el pasado ni para repasar una carrera, sino para abrir las puertas de su taller literario y compartir con los lectores aquello que rara vez se ve: las dudas, los aprendizajes, las lecturas, las cartas, los paisajes y las personas que han acompañado cincuenta años de escritura. Más que un libro de memorias, Gracias es una conversación íntima sobre el oficio de escribir y una forma de agradecer a quienes han hecho posible ese camino.

P. Este libro se titula Gracias, pero también podría llamarse Balance. ¿Qué tipo de gratitud recorre sus páginas? ¿La vital, la literaria o la que da el paso del tiempo?

R. Yo creo que es la literaria. Lo que he querido es agradecer a las personas que me han leído durante este tiempo, durante estos largos cincuenta años, el hecho de que me permitieran seguir publicando. Escribiendo seguramente hubiera seguido, pero publicando, si no hubiera vendido algunos libros, seguramente la editora no me hubiera publicado. Por eso es un agradecimiento a los lectores y, un poco, contarles cómo es el taller de una escritora.

Aprender a emocionar sin dejarse arrastrar por la emoción

P. ¿Qué se descubre de una misma cuando lleva medio siglo escribiendo?

R. Descubres que al principio, cuando escribías, te emocionabas más; que ahora quizá lo haces mejor, porque tienes que emocionarte menos. Tienes que emocionar a las personas que te leen. Eso pasa también con los actores: no deben emocionarse ellos, sino emocionar a quienes los ven. Entonces aprendes. Y si no hubiera aprendido nada en cincuenta años, me sentiría muy mal.

P. Me llama la atención lo que acabas de decir: «Te emocionas menos». ¿Cómo transmites una emoción que no sientes? ¿O la sientes, pero ya no te atraviesa igual?

R. La sientes, porque si no, no la podrías manifestar ni transmitir. Pero al principio te quedas más tiempo dentro de esa emoción.

Cuando escribí el primer relato de Te dejo, amor, en prenda el mar, recordaba mi estancia en Barcelona con la añoranza horrorosa de Mallorca. Estaba tan presente que creo que se nota, que transmite esa emoción.

En cambio, después, por ejemplo, con el libro de los judíos conversos, procuré quitar incluso la emoción que yo pudiera tener para transmitirla a los lectores, para llegar a ellos.

La literatura nace mucho antes de los libros

P. ¿Se escribe para recordar mejor o para olvidar con más lucidez?

R. Para recordar mejor, afortunadamente.

P. Has dicho que escribes para continuar los cuentos que te contaba tu abuela. ¿Cuánto de su literatura nace de esa tradición oral femenina? ¿Y qué de todo aquello cree que ha desaparecido?

R. Yo creo que la literatura empieza con la oralidad. Con lo que contaba mi abuela, con lo que contaban las mujeres de casa, con saber escuchar.

Yo tengo una gran pena, y es que mis nietas no quieren escuchar mis cuentos. Prefieren las tabletas y prefieren lo visual, incluso los cuentos con muchas ilustraciones.

Yo creo que, en realidad, los que ya somos mayores pertenecemos a otra galaxia. La de la gente pequeña es otra totalmente distinta.

P. Pues no saben lo que se pierden.

R. Sí. Pero no los vas a obligar a que te escuchen.

El mar: el paisaje que también escribe a sus personajes

P. ¿De qué forma el paisaje moldea al personaje?

R. Para mí, muchísimo. El hecho de ser isleña me parece que es algo que llevas dentro. El mar es algo tan cercano, tan poco literario y tan vital.

Yo necesito nadar. En invierno voy a una piscina porque no puedo llegar al mar. Pero cuando estoy en Mallorca nado todos los días porque me parece un contacto que me saca de mí misma y me produce un sosiego y una paz extraordinarios.

Claro, yo no se lo puedo decir a alguien que ha nacido en Valladolid porque no lo entiende. Tengo una amiga que me dice: «Pues a mí eso que dices no me pasaría jamás». Bueno, posiblemente le pase con otro entorno, con otro paisaje. Pero el mar es incomparable.

Por eso, cuando vivía en América, hacía doscientos cincuenta kilómetros los sábados para ir a ver el Atlántico. Lo necesitaba. Y no era el Mediterráneo.

P. Si tuvieras que ponerle palabras al mar, ¿dirías que representa una búsqueda imposible o una serenidad alcanzada?

R. La búsqueda, sí. Pero además es que el mar es todo: es el principio, es el fin, es el horizonte al que nunca llegas. Por mucho que puedas nadar, a veces quieres llegar hasta el último azul y no puedes.

Pero, además, con el mar pocas bromas. En mallorquín hay una referencia popular que traducida sería: «El mar agujerea y tapa». Es decir, cuando hay unas olas muy fuertes, cuidado.

Y después hay una cosa que me maravilla: no puedes dejar caminos, no puedes dejar referencias. En la tierra sí. En el mar quedan borrados enseguida. Esa sensación de algo extraordinario, para mí.

Las cartas: el tiempo en el que las palabras sabían esperar

P. Muchas de sus obras adoptan una forma epistolar. ¿Qué encuentra en las cartas que no le da otro tipo de narrativa?

R. Supongo que también proviene de la infancia. Yo fui a un colegio de monjas que te hacía escribir cartas. Educaban a señoritas para una buena boda y, por tanto, tenías que aprender modales y escribir cartas.

Ahora todo eso me parece muy bien. Además, aquellas monjas, las del Sagrado Corazón, decían que «quien más tiene, más debe dar», y eso es algo que a mí me ha quedado muy dentro.

Después, educaban también para pelar una naranja sin salpicar al de al lado y para escribir cartas porque venían de una orden francesa, la misma que educó a la protagonista de Las amistades peligrosas, que, como sabes, es una novela epistolar.

La carta era muy importante. También las salonnières, que después estudié mucho, se relacionaban a través de las cartas.

Para mí es algo también muerto ahora. Ya no hay cartas, solo correos electrónicos. Es otra barbaridad de los tiempos modernos.

Me parece una manera mucho más fácil de acercarme al otro o a la otra. Y luego porque es un diálogo aplazado: tienes que esperar la contestación y, mientras tanto, vas meditando.

Yo recuerdo, pensando ahora en mis novios, que todos se me declararon por carta. A lo mejor por eso. Esa espera, ese ver llegar al cartero… era maravilloso.

P. ¿Vincula la carta con la voz femenina y con el espacio doméstico?

R. Sí, siempre. Se dice que las mujeres escribimos, o escribíamos, mejor las cartas que los hombres. Fíjate que Benavente escribió Cartas de mujeres, pero las escribió él.

Parece ser que las mujeres nos demorábamos mucho más en la sutileza, en esa sensación de contar lo íntimo a través de las cartas.

P. Cuando recibías una carta de ese tipo, de un hombre, ¿te sorprendía?

R. Bueno, yo recuerdo, maravillada, esperar al cartero y, sobre todo, meditar la respuesta, echar la carta en el buzón, volver a esperar la carta que venía. Era como una sensación de estar en otro mundo.

P. Lo que nos pierde ahora es la inmediatez.

R. La inmediatez, claro. Escribes un correo y te contestan, o un WhatsApp, y ya no te cuento. Además, ahora tenemos emoticonos y eso es fatal.

Enseñar literatura también fue una forma de aprender a escribir

P. Ha confesado que su escritura habría sido diferente si no se hubiera dedicado a la enseñanza.

R. Seguro. Porque yo tenía el privilegio y el lujo enorme de enseñar por la mañana literatura y, por la tarde, escribir literatura. Por la noche, cuando los niños eran pequeños.

Entonces era maravilloso poder aprender de lo que estaba contando en clase. Era un lujo fantástico.

P. ¿Por ejemplo, qué recuerdos de aprendizaje tiene con los clásicos?

R. Bueno, explicar a Cervantes. Lo cuento en el libro.

Sabiendo que yo escribía también, muchas de las técnicas cervantinas las podías aprovechar. Pero luego incluso el hecho de que los editores, cuando estás terminando un libro, te estén diciendo que, por favor, lo acabes… Pues es lo mismo que le pasa a Cervantes. Por eso termina recordando Barcelona, la felicidad de Barcelona por la que había pasado de joven.

Yo creo que es más fácil recordar que imaginar. Y eso lo hace Cervantes al final, cuando ya le están diciendo: «Ha salido lo de Avellaneda. ¡Qué horror! No nos comeremos una rosca. Haz el favor de terminar».

Los clásicos siguen enseñándonos a entender el presente

P. ¿Es verdad que defiende la lectura de los clásicos como una necesidad moral, no solo estética?

R. Bueno, defiendo la lectura de los clásicos precisamente porque los clásicos, como decía Azorín, son aquellos que hablan a nuestra sensibilidad moderna. Si no, no son clásicos, no nos hablan.

En ese sentido podemos aprender mucho, porque nos dan pautas para la vida. Yo creo que los buenos libros hacen eso. Muchas veces nos interesa más un texto de Quevedo para entender la España de entonces que un libro de Historia.

P. Sin embargo, no lo hacemos.

R. No. La enseñanza de la literatura prácticamente ya no existe.

Si usted pregunta a un político qué libro ha leído, seguramente dirá un libro que se ha inventado. Es decir, no leen. ¿Quién ha leído El Quijote? Me gustaría preguntarlo en el Congreso. Todo el mundo diría que sí, pero estoy segura de que ni por el forro.

La literatura como refugio para quienes nunca ocuparon el centro

P. Precisamente esa pérdida del hábito lector, ¿afecta también a la salud democrática?

R. Bueno, el hábito lector se ha perdido porque la gente tiene prisa. Y después porque las series y todo lo que supone el mundo de la imagen es más fácil.

Ver una película o una serie es muchísimo más fácil que leer un libro. La palabra tiene alas, te tiene que llevar. Tienes que imaginar a través de ella. En una serie ya tienes al personaje delante. No necesitas ningún esfuerzo. Te lo dan todo hecho.

P. La literatura como forma de reparación, no solamente para mujeres, sino también para los marginados, los exiliados…

R. Yo creo que la literatura es una caja mágica donde todas las cosas, a través de las palabras, se pueden transformar en otras.

Además, el tipo de literatura que me interesa… Eso lo contó el censor de mi primer libro. No sé quién era, pero le estoy muy agradecida porque dijo que las narraciones estaban bien y eran literarias, pero que trataban de una lesbiana, un borracho, una persona que no era un asesino… Es decir, de gentes marginales.

Pensé que lo había adivinado perfectamente, porque conocí ese texto del censor hace muy poco. A mí siempre me han interesado más los marginales que los triunfadores, desde el punto de vista de los personajes.

P. ¿Qué le interesa más de un personaje: su verdad histórica o su verdad emocional?

R. Yo creo que la combinación de las dos. Primero la historia, y luego las emociones van de la mano. Porque, con un personaje histórico, en realidad lo replanteas. Es histórico el ambiente, es histórica la situación, pero el personaje lo creas y lo desarrollas dentro de ese contexto.

Además, tienes que tener muy en cuenta el lenguaje. Si escribes una novela ambientada en el siglo XVII, el personaje no puede hablar como hoy. Pero tienes que hacerlo hablar de manera que tampoco parezca que utiliza un lenguaje que nadie va a entender. Es complicado.

La ficción también puede rescatar lo que la Historia olvida

P. ¿La ficción puede hacer justicia allí donde la historia calla?

R. Yo creo que sí. Muchas veces entendemos muchísimo mejor una época a través de una novela que a través de un libro de Historia, sin duda.

De hecho, la novela histórica está en lo más alto. Ficcionar la historia me interesa mucho. Una de las cosas que más satisfacción me han causado es que nunca he tenido un problema cuando, en un departamento de Historia de una universidad, pusieron mi libro El último azul para entender la cuestión de los judíos conversos. Era una asignatura de Historia y me pareció un lujo. Me encantó.

Los chuetas: una herida que Mallorca tardó siglos en cerrar

P. A propósito de El último azul, revisa un episodio silenciado de la historia mallorquina. ¿Qué le atrajo de aquellos conversos olvidados?

R. Cuando yo era niña había niños que se reían de otros niños porque tenían determinados apellidos. Era la cuestión chueta.

No diré que siga vigente, porque el turismo nos ha hecho cosmopolitas y, quizá, también más estúpidos. Pero, en este aspecto, nos ha ayudado mucho, porque esas referencias a quién tiene un apellido u otro ya no se usan.

Sin embargo, a finales del siglo pasado, el alcalde socialista Ramón Aguiló, que tenía un apellido converso, recibió pintadas nazis. Eso significa algo.

También, a finales del siglo pasado, una señora que se llamaba Pomar pidió al Tribunal Supremo poder cambiarse el apellido porque decía que no quería que sus huesos fueran después vilipendiados. Es decir, todavía quedaba algo de todo aquello.

Yo era una niña muy curiosa y muy tímida. Le pregunté a mi abuela por qué unos niños se reían de otros por el apellido. Ella me dijo: «Tú no lo hagas nunca. Ya te lo contaré».

Y me lo contó después. Me explicó que, a partir de las hogueras de 1691 en Mallorca, los sambenitos, que se pintaban con aquellas caperuzas y las túnicas con las llamas invertidas, se dejaron colgados en el convento de Santo Domingo. En Castilla se quitaban, desaparecían; en Mallorca no. Allí permanecieron durante dos siglos.

Así, todo el mundo sabía quién había sido condenado y quién había sido sacrificado. Y eso creó una situación muy desagradable para los pobres conversos.

P. ¿Por qué dice que el turismo nos ha hecho más cosmopolitas y también más estúpidos?

R. Porque hemos vendido la gallina de los huevos de oro. Eso es ser estúpidos. La hemos cambiado por un plato de miserables lentejas.

Yo recuerdo la Mallorca de mi infancia: maravillosa, con dunas en las playas…

Creo que ya no se puede vivir al margen del turismo, pero tiene que ser un turismo sostenible. No se puede arrasar con todo.

El problema de Mallorca es que, si tienes cuatro o cinco cruceros en verano, ya no puedes circular por la ciudad. Yo un día vi cinco. Bueno, cuatro o cinco son una barbaridad.

La inteligencia artificial y el riesgo de dejar de pensar por nosotros mismos

P. ¿Qué sigue siendo un misterio para Carmen Riera a la hora de escribir?

R. El misterio, para mí… Esta mañana hemos presentado lo del Observatorio de la Sostenibilidad de la Cultura.

El misterio es saber cómo acabará todo el asunto de la inteligencia artificial, que a mí me preocupa muchísimo. Nos hará más tontos todavía de lo que somos, más manejables, más fácilmente convertibles ideológicamente en lo que las tecnológicas —ya no la política— quieran.

P. ¿Más obedientes? ¿Menos críticos?

R. Por supuesto. Menos críticos. Y eso es terrible.

P. ¿Ya se está notando la inteligencia artificial en la escritura?

R. Sí. La gente joven escribe a través de la inteligencia artificial, desgraciadamente.

Es el problema de que te lo den todo hecho. Cuando entras en internet porque quieres preparar un viaje, al día siguiente ya te han ofrecido veinticinco mil viajes. Lo saben todo de nosotros.

Y ahora Meta entra en los WhatsApps. Lo puedes quitar, pero cuando escribes el nombre de alguien ya te ofrece referencias. Estás utilizando WhatsApp, que es muy útil, pero no te das cuenta de que esa utilización nos lleva, para mí, al desastre: al desastre de que sepan absolutamente todo de ti.

Somos drones en movimiento. Lo estamos dejando todo y, además, nos parece muy bien.

Yo tengo una aplicación que todos los días me pregunta cómo estoy. Lo odio. Estoy diciendo a una máquina cómo me encuentro. ¿Qué le importa a una máquina cómo estoy?

Pero hay gente a la que, a lo mejor, le gusta que una máquina le pregunte cómo está porque no se lo pregunta nadie.

La memoria también se hereda cuando alguien hace las preguntas adecuadas

P. Ha contado que su abuela le explicó la historia de los conversos. Y también ha dicho que, como abuela, sus nietos no quieren escuchar esos relatos.

R. No es que no quieran. Es que no les interesa.

P. ¿Qué le gustaría que le preguntaran sus nietos?

R. Pues, mira, lo mismo que yo le pregunté a mi abuela. Por ejemplo, cómo era la Mallorca de mi infancia.

Me encantaría que me preguntaran cómo era aquella Mallorca antes de las toneladas de cemento que hay ahora y antes de los asesinos del paisaje, que son muchos.

Dar las gracias también es una forma de mirar hacia atrás

P. ¿A quién o en qué momento decidió dar las gracias?

R. Cuando pensé que esos cincuenta años habían pasado tan deprisa.

Juan García Hortelano decía una cosa muy divertida: que se levantaba a las seis de la mañana para enfrentarse paulatinamente al espejo, porque era horroroso. Pues casi tenía razón.

Cuando la editora habló de hacer una conmemoración, a mí se me ocurrió lo de dar las gracias. Y la verdad es que tengo muchísimo que agradecer, porque en Mallorca han organizado una exposición, clubes de lectura estupendos… Me han hecho muchísimo caso, como si ya me hubiera muerto.

P. Bueno, es un homenaje en vida.

R. Claro. Yo ya les dije: «Bueno, ya lo tenéis resuelto. Os lo agradezco infinito, pero ahora, cuando me muera, ya no tendréis absolutamente nada que hacer».

Cincuenta años de escritura en unas pocas palabras

P. Le voy a hacer unas preguntas rápidas, ¿le parece?

R. Venga.

P. La primera palabra que le viene a la mente cuando piensa en su escritura.

R. Ahora, después de hablar tanto de Gracias, pensaba en esa palabra. Pero diría: trabajo.

P. ¿Cuál es el mejor recuerdo de estos cincuenta años escribiendo?

R. Cuando gané un premio pequeñito que se llama Recull de Blanes. Me llamaron a casa y pensé que se equivocaban. Me dijeron que había ganado y fui allí, a un almuerzo.

Aquel premio me pareció la posibilidad de poder ser escritora. Yo era profesora, trabajé muchísimo y tuve sangre, sudor y lágrimas para llegar a una cátedra de universidad. Las mujeres lo tenemos siempre peor.

Pero aquel fue, yo creo, el gran estímulo de estos cincuenta años.

Claro que luego, cuando me felicitaron, un señor me dijo:

—Tendrás que aprender catalán.

Y yo le contesté:

—Sí, porque sé muy poco.

Entonces me dijo:

—Es que Maria se acentúa.

Y yo le respondí:

—No. Es Maria, porque precisamente la gracia del cuento es esa.

Eso también fue interesante.

Pero, sobre todo, recuerdo la sensación de que alguien había valorado lo que habías escrito y de que aquello podía ser un comienzo.

La tradición oral: el primer lugar donde nació la literatura

P. Un error que agradezca haber cometido.

R. He cometido tantos que no te podría decir.

Por ejemplo, ser presidenta de CEDRO, que lleva muchísimo trabajo. Me matarán por decirlo, pero…

P. ¿Qué tradición oral echa de menos?

R. Que la gente cuente cosas en lugar de ver la televisión o las series.

Mi infancia está llena de relatos orales. Era maravilloso escuchar cómo contaban las historias, cómo las variaban y cómo utilizaban esas pautas repetitivas.

Por ejemplo, empezaban diciendo:

«Lo que me pasó ayer… No, no ayer, antes de ayer. No, digo mentiras. Debió de ser la semana pasada… Sí, la semana pasada».

Iban vacilando hasta llegar al momento exacto del relato. Ese tipo de cosas las añoro muchísimo.

Escribir entre dos lenguas es habitar dos maneras de mirar el mundo

P. ¿Lengua materna o lengua elegida?

R. No. Yo tengo dos lenguas y las dos son maternas. No sé si primero hablé mallorquín o castellano.

En casa se utilizaban las dos. Mis padres se habían conocido en la Universidad de Barcelona. Mi madre era licenciada en Lenguas Semíticas, aunque no la dejaron trabajar. Como los catalanes no entendían bien a los mallorquines, ellos hablaban castellano.

Los niños hablábamos mallorquín, pero la persona que me cuidó hablaba castellano. Por tanto, las dos lenguas convivían de una manera completamente natural.

Dependiendo de con quién esté, pienso en una lengua o en otra. Ahora mismo estoy pensando en castellano contigo. Pero, si estuviera con Najat El Hachmi, hablaría en catalán y pensaría en catalán.

P. Un recuerdo que le haya cambiado la mirada.

R. Hay varios. Pero, por ejemplo, el de mi abuela contándome la historia de los judíos conversos y todo lo que vi siendo pequeña.

P. Un paisaje que le susurra ideas.

R. El mar. No puedo decir otro. Lo siento.

Las cartas que nunca dejan de escribirse del todo

P. Y, para terminar, una carta recibida que nunca ha olvidado.

R. Pues sí, una. Pero no la puedo contar. Es una pena.

El problema es que esa carta que a mí me gustó tanto… quien la enviaba la repetía según la ocasión.

P. ¿Y una carta que escribió y nunca llegó a enviar?

R. Sí. Precisamente la respuesta a esa carta. Nunca la envié.

Después de cincuenta años, la literatura sigue devolviendo preguntas

P. Este libro nace para dar las gracias. Después de tantos años escribiendo, ¿qué siente que le está devolviendo ahora la literatura?

R. Estoy muy contenta porque pensé que este libro no lo iba a leer nadie, que no le iba a interesar a nadie.

Ayer Paca Sauquillo, que estuvo en la presentación del libro de Ana Santos, me dijo:

—Estoy leyendo tu libro. Dame un correo porque quiero escribirte y decirte cuánto me está gustando.

Le di el correo y pensé que, para mí, Paca Sauquillo siempre ha sido un referente enorme. Me encantará recibir ese correo. A lo mejor me dirá que está fatal, pero me da igual.

Todo lo que la gente piensa me parece siempre muy interesante.

P. Sorprende oírle decir que pensaba que este libro no lo iba a leer nadie. Después de cincuenta años publicando, ¿esa inseguridad sigue ahí?

R. Mira, en catalán más o menos la gente me lee. Pero en castellano lo tengo muy difícil.

P. ¿Por qué cree que ocurre?

R. No lo sé. Las editoras me dicen que no me como un rosco.

Supongo que se lee más a quienes escriben solo en castellano o a las autoras americanas traducidas que a una autora catalana bilingüe.

P. ¿Cree que todavía existe cierto prejuicio hacia quienes escriben también en catalán?

R. No lo sé.

Yo tengo dos ordenadores portátiles y escribo con los dos. Dependiendo del tema, empiezo en una lengua o en otra.

Además, defiendo las dos a muerte.

P. Pues ojalá este libro sirva también para que muchos más lectores la descubran en castellano.

R. Muchísimas gracias. Te lo agradezco mucho.

Cinco ideas que deja esta conversación con Carme Riera

  • Gracias nació como un gesto de agradecimiento hacia los lectores que la han acompañado durante cincuenta años de escritura, pero terminó convirtiéndose en una reflexión sobre el oficio de escribir.
  • Para Carme Riera, la experiencia ha cambiado su forma de enfrentarse a la literatura: hoy busca emocionar al lector antes que emocionarse ella misma.
  • La tradición oral, los cuentos de su abuela y el paisaje de Mallorca siguen siendo la raíz de una obra marcada por la memoria y el mar.
  • La escritora reivindica la lectura de los clásicos porque considera que siguen ofreciendo respuestas a los dilemas del presente.
  • Advierte de que la inteligencia artificial puede empobrecer el pensamiento crítico si sustituye el esfuerzo de leer, imaginar y crear.

Encontrarás…

Mucho más que una conversación sobre literatura. En esta entrevista, Carme Riera repasa medio siglo de escritura, reflexiona sobre el paso del tiempo, la memoria, el mar, la enseñanza, los clásicos y la novela histórica, además de compartir su preocupación por el impacto de la inteligencia artificial en la cultura y la lectura.


Ideal para lectores que…

Disfrutan descubriendo cómo trabajan los escritores, sienten interés por la literatura contemporánea, la novela histórica y los clásicos, o buscan una conversación pausada sobre la memoria, la creatividad y el futuro de la cultura.


Lo que muchos lectores quieren saber sobre Gracias, de Carme Riera

¿De qué trata Gracias?

Gracias es una obra en la que Carme Riera celebra cincuenta años de trayectoria literaria. A partir del agradecimiento a sus lectores, la autora reflexiona sobre el oficio de escribir, la memoria, las lecturas que la han acompañado y los cambios que ha experimentado la literatura durante este tiempo.

¿Es una autobiografía?

No exactamente. Aunque parte de recuerdos personales y de su propia experiencia como escritora, el libro no sigue un recorrido autobiográfico convencional. Es una reflexión sobre la creación literaria, las historias que la han marcado y el sentido de escribir.

¿Qué temas aborda Carme Riera en Gracias?

La escritura, la memoria, la tradición oral, Mallorca, el mar, la enseñanza de la literatura, los clásicos, la novela histórica, el pensamiento crítico y el impacto de la inteligencia artificial.

¿Por qué merece la pena leer Gracias?

Porque permite entrar en el universo creativo de una de las grandes escritoras españolas contemporáneas. Más que hablar de su pasado, Carme Riera invita a reflexionar sobre la lectura, la imaginación y el valor de la literatura en un mundo dominado por la inmediatez.


¿Qué libro ha cambiado tu forma de entender la literatura?

Cuéntanoslo en los comentarios. Nos encantará leerte.


Ficha del libro

Título: Gracias

Autora: Carme Riera

Editorial: Alfaguara

Género: Ensayo literario · Memorias · Reflexión sobre la escritura

Temas principales

  • Escritura
  • Memoria
  • Oficio de escribir
  • Literatura
  • Clásicos
  • Novela histórica
  • Mallorca
  • Mar
  • Tradición oral
  • Inteligencia artificial