Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Anne Odriozola«Los siguientes quince, veinte o veinticinco años de una persona dependen de lo que tú vas a decidir»

Ane Odriozola reflexiona sobre los prejuicios, los errores judiciales y la responsabilidad de decidir sobre la libertad de otra persona.

Rosa Sánchez de la Vega

Antes de conocer toda la verdad, ¿cuántas veces hemos decidido ya quién es culpable?

Hay decisiones que uno puede rectificar y otras que siguen pesando sobre la vida de alguien cuando nosotros ya hemos vuelto a casa. Escuchar dos versiones de una misma historia y tener que decidir cuál merece ser creída nos obliga a desconfiar incluso de nuestras propias certezas. ¿Y si estuviéramos convencidos de algo que no es verdad?

Esa inquietud recorre Veredicto (N de Novela), la novela con la que Ane Odriozola, después de explorar el pasado en la trilogía de Gibola, El valle del hierro y Al subir la marea, se aventura en el thriller judicial. Una lectura que nos coloca ante una responsabilidad que quizá ninguno querríamos asumir: decidir el destino de otra persona sin tener la certeza de estar haciendo justicia.

EL ORIGEN DE LA NOVELA

Veredicto. Una palabra muy poderosa de la que puede depender el futuro de una persona: culpable o inocente. ¿Cómo te atreves a entrar en un terreno tan complejo?

Me lo he preguntado varias veces a lo largo de la escritura de la novela. Me atreví porque me apetecía un cambio. Vengo del thriller histórico, pero leo mucha novela contemporánea y quería afrontar el reto de escribir un thriller actual. En Euskadi tenemos muchos escritores de novela policíaca, y muy buenos. Me parecía que, si iba a escribir una más, tenía que hacer algo distinto. Estaba pensando qué tipo de thriller podía escribir cuando ocurrió algo en mi trabajo, en el Ayuntamiento de Mondragón.

Estaba atendiendo a una ciudadana y escuché que una compañera mencionaba que había sido miembro de un jurado popular. Cuando terminé de atender, fui corriendo a preguntarle qué acababa de decir. Me contó su experiencia. Había cosas que no podía revelar porque pertenecían al secreto del juicio, pero a mí no me interesaba aquel caso concreto, sino el funcionamiento del jurado popular. ¿Cómo te eligen? ¿Cómo es la relación con los demás miembros? ¿Qué preguntas te hacen?

Tuve una suerte enorme porque esta compañera es muy meticulosa. No solo me lo contó todo con detalle, sino que al día siguiente apareció con una carpeta que contenía la primera citación, la segunda, que le había llevado un ertzaina a casa, y hasta el librito que entregan a los miembros del jurado para explicarles sus funciones. Lo tenía todo anotado, incluso las horas a las que había sucedido cada cosa. Aquello me pareció una joya. Soy muy aficionada a los true crime y a las series de abogados y juicios. Me parecía un tema brutal, pero del que sabía muy poco más allá de lo que vemos en las pantallas. Ahí nació la semilla de este thriller judicial.

La novela comienza con un acusado al que prácticamente todo señala como culpable. Sin embargo, a medida que aparecen nuevos testimonios, cambia la percepción de los personajes y también la nuestra. ¿Hasta qué punto somos conscientes de que una misma historia puede adquirir significados completamente distintos dependiendo de quién la cuente?

Creo que precisamente en un juicio es donde más claramente se ve. Cuando decidí que quería intentar escribir esta novela, aunque no soy abogada, lo primero que hice fue acudir a varias sesiones de un juicio en la Audiencia Provincial de Gipuzkoa para conocer el ambiente y ver cómo funcionaba. Ya el primer día me ocurrió lo que acabas de mencionar. La letrada de la Administración de Justicia tuvo que leer los hechos desde el punto de vista del fiscal y después desde el de la abogada defensora. Y es que no cuadraban. Eran dos versiones completamente distintas de los mismos hechos.

Me llamó muchísimo la atención que, mientras escuchaban la primera versión, los miembros del jurado asentían. Parecía que todo estaba claro. Pero cuando escuchaban la versión contraria, también asentían. ¿A quién haces caso? ¿A uno o al otro? En un juicio eso se ve claramente.

LA RESPONSABILIDAD DE DECIDIR

Ahí está también el peligro, porque somos muy manipulables emocionalmente. El sistema necesita llegar a un veredicto incluso cuando siguen existiendo dudas. ¿Qué te inquieta más de esa obligación de tener que decidir?

Sin ninguna duda, equivocarte. Es lo que le ocurre a Laia, el personaje principal. Es miembro del jurado popular y tiene un miedo atroz a equivocarse. En la novela aparece esa disyuntiva: ¿qué es preferible, dejar libre a un culpable o enviar a un inocente a prisión? Para mí las dos opciones son muy malas, pero, si tengo que elegir, me parece mucho más terrible enviar a un inocente a la cárcel. Creo que ese es el mayor miedo que puede tener un miembro del jurado: equivocarse.

Precisamente, cuando hablamos de condenar a un inocente, resulta inevitable recordar el caso de Dolores Vázquez. Es un ejemplo terrible de los prejuicios y de la presión mediática. A veces, cuando sucede algo atroz, la sociedad necesita encontrar un culpable en quien depositar toda su rabia.

Siempre mencionamos el caso de Dolores Vázquez porque es el más evidente, porque sabemos que no era culpable. Pero habrá otros juicios en los que creemos que el veredicto fue correcto y quizá tampoco lo fue. Dolores Vázquez pasó 519 días en la cárcel por un crimen que no había cometido. Y se descubrió la verdad porque el asesino cometió un error en otro asesinato. Si hubiera dejado de matar, Dolores Vázquez habría seguido en prisión. Me parece terrible que pueda ocurrir algo así. ¿Habrá sucedido en otros casos? A lo mejor nunca lo sabremos.

A una persona corriente se le pide que escuche durante días una historia compleja y después decida sobre el futuro de alguien. Personalmente, me gustaría asistir a un juicio para observar esa psicología, ese planteamiento entre culpabilidad e inocencia. ¿Puede prepararse emocionalmente a alguien para asumir semejante responsabilidad?

No los preparan. En ningún momento. En mi novela he querido reunir un jurado variado, como ocurre habitualmente. Hay una enfermera, un jubilado que podría haberse librado por tener más de 65 años, pero que está muy solo y piensa que así puede pasar el rato, un conductor de autobús que está enfadado porque no quiere estar allí… Y también personajes como Laia o Irene, que piensan: «No queremos estar aquí, pero ya que nos ha tocado, vamos a hacerlo bien».

La preparación es cero. De hecho, para ser miembro de un jurado popular se busca a personas sin conocimientos jurídicos. Cuando te toca por sorteo, te hacen una serie de preguntas. Una de las habituales es si tienes alguna relación con el mundo de las leyes. Si eres policía, quedas fuera. Si has estudiado Derecho, aunque no ejerzas, también. Se elige a gente de la calle, con sentido común, pero sin formación jurídica.

LOS PREJUICIOS Y LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

La ley exige atender únicamente a lo que sucede dentro de la sala, pero cuando se trata de un caso mediático parece imposible llegar sin una opinión previa. ¿Hasta qué punto puede existir hoy un jurado verdaderamente descontaminado?

Yo creo que no puede existir. Es mi opinión personal. Después entra en juego la capacidad de cada uno para resetear, borrar todo lo que ha escuchado fuera. Habrá quien tenga esa capacidad y consiga hacerlo bien, pero me parece muy difícil. En un juicio mediático, las personas que van a formar parte del jurado probablemente llevan mucho tiempo recibiendo información antes incluso de saber que serán elegidas. Han leído, han visto, han escuchado noticias. Y creo que todo eso entra con ellas en la sala de vistas.

¿Y en qué casos se recurre a un jurado popular? Porque hay delitos de muy distinta naturaleza y gravedad. ¿Se utiliza para asesinatos, casos de corrupción política…?

Hay una lista de delitos para los que se puede utilizar un jurado popular y otros para los que no. El asesinato y el homicidio, por ejemplo, están incluidos. Pero se celebran muy pocos juicios con jurado popular. Menos del uno por ciento de los casos, bastante menos. Son entre 350 y 400 al año. Imagínate cuántos procedimientos judiciales hay en total. Si el delito no está dentro de esa lista, no existe la posibilidad de que intervenga un jurado popular.

También influyen las convicciones personales. Pensemos, por ejemplo, en un caso de corrupción política. Todos tenemos nuestras ideas y resulta muy complicado impedir que condicionen nuestra percepción.

Ahí entra el trabajo del fiscal y de la defensa a la hora de elegir al jurado. Normalmente, en el sorteo se presentan grupos de unas treinta personas. Les hacen tres o cuatro preguntas, no muchas más, y tanto la acusación como la defensa pueden recusar a cuatro candidatos cada una.

Ahí tienen que jugar bien sus bazas. Pueden pensar: «Este creo que me va a perjudicar porque se inclina hacia el otro lado. Fuera». Pero cuando ya has recusado a cuatro, los que quedan, quedan. Y no sabes por dónde van a tirar.

Cerca del 90 % de los veredictos de los jurados populares son condenatorios. ¿Qué hay detrás de ese porcentaje y cómo influyó en tu manera de abordar la presunción de inocencia?

Quiero pensar que se debe a que, cuando un caso llega ante un jurado popular, las pruebas están muy claras. Creo que el año pasado el porcentaje estuvo cerca del 93 % de condenas. Quiero pensar que es así porque los casos están bien fundamentados. En el de Dolores Vázquez no fue así, pero espero que en la mayoría sí.

Recuerdo haber leído, mientras buscaba estadísticas, que Japón tenía un porcentaje de condenas todavía más elevado, cercano al cien por cien. Al parecer, cuando llevan un caso ante un jurado, prácticamente no hay margen de error. No sé si en España sucede lo mismo, pero quiero pensar que sí.

¿El peligro mayor está en equivocarse o en estar demasiado seguro de que uno no puede equivocarse?

En lo segundo, por supuesto.

LOS PERSONAJES Y LAS VERSIONES DE LA VERDAD

Laia toma notas, observa y quiere ser imparcial, pero acaba dudando incluso de su propio criterio. Quizá la verdadera honestidad empiece cuando uno acepta que también puede estar equivocado.

Laia es prácticamente mi compañera de trabajo. Ella lo sabe y, además, le ha hecho mucha gracia porque se reconoce totalmente. Cuando descubrí que mi compañera tomaba apuntes, decidí que Laia también los tomaría. Cuando vi que se implicaba al cien por cien porque quería hacerlo bien, pensé que Laia también tenía que ser así.

¿Qué le sucede? Que lo que al principio parece clarísimo empieza a complicarse a medida que avanza el juicio. La abogada defensora consigue darle una vuelta enorme al caso y Laia se enfada. Yo he visto a mi compañera enfadarse cuando algo no le cuadra. Por eso Laia también se enfada y piensa: «Nos habéis encomendado decidir si esta persona es culpable o inocente, pero con las herramientas que me estáis dando no puedo hacerlo». Si algo tenía claro es que una persona no puede terminar un juicio de la misma manera que lo empieza.

Las personas que he conocido que han pasado por esa experiencia aseguran que les ha pasado factura. Y a Laia también le sucede. Sin desvelar nada, hay un momento en que lo personal entra inevitablemente en el juicio, porque todos tenemos un pasado. Pero Laia no puede limitarse a tener una opinión: tiene que votar. ¿Qué diferencia moral existe entre opinar sobre la culpabilidad de alguien y tener el poder real de decidirla?

Creo que hay una diferencia enorme. Hace poco me preguntaron por qué nos gustan tanto las novelas sobre juicios. Creo que, cuando la responsabilidad no es tuya, juegas a ser jurado desde el sofá de tu casa. Estás leyendo, disfrutando de la novela y pensando: «Es culpable. No, es inocente. ¡Qué giro!».

Pero cuando estás allí, todo es real. Los siguientes quince, veinte o veinticinco años de la vida de la persona que tienes delante dependen, en parte, de lo que tú decidas. Creo que esa responsabilidad tiene que estropear de alguna manera la atracción que sentimos por decidir si alguien es culpable o inocente. Pierde toda la gracia.

Lander no llega solo al tribunal. Lleva un apellido, una posición social y una historia familiar. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a hacer pagar a alguien por el poder, el dinero o la conducta de su familia?

En esta novela está bastante claro. Es el hijo de la persona más odiada de Donosti en ese momento. ¡Cómo va a ser inocente! La opinión pública ya ha dictado sentencia. Todo el mundo está convencido de que, de tal palo, tal astilla. Mi intención era que incluso eso tuviera que cuestionarse.

¿Necesitabas precisamente un personaje con ese nivel social y ese pasado familiar para que la sociedad se volcara contra él? Si hubieras elegido a una persona corriente, probablemente habrías generado más dudas desde el principio.

Quería un juicio muy mediático para reflejar precisamente esa contradicción: llegar a la sala con muchísima información sobre el acusado y que te digan que tienes que olvidarlo todo.

Para conseguirlo, sabía que necesitaba una familia muy importante de Donosti. No sé si conoces la zona, pero los padres de Lander viven en el paseo del Faro, un lugar impresionante, con vistas a la isla de Santa Clara, La Concha… Pensé que tenían que vivir allí, en uno de los chalés más impresionantes de Donosti.

Silvia, la abogada defensora, sospecha que la investigación policial ha encontrado demasiado pronto a un culpable. ¿Hasta qué punto una primera hipótesis puede terminar condicionando todo lo que se busca después?

Creo que muchísimo. Recuerdo a la madre de Rocío Wanninkhof con la fotografía de su hija en la puerta de su casa, asegurando que había sido Dolores Vázquez. Y es que te convencía. Estaba tan segura que conseguía convencerte. Incluso para la policía parecía estar claro, aunque no había pruebas.

Creo que esa primera hipótesis, la primera versión que lanza la prensa y que llega hasta nosotros, es prácticamente con la que nos quedamos. Sobre todo cuando aparece en los medios y tiene una fuerza visual.

En un juicio que parecía tener todas las respuestas aparece la sombra de un asesino del pasado. ¿Qué te permitía introducir esa segunda posibilidad sobre nuestra manera de construir una verdad y descartar las demás?

Me apetecía mucho tener un asesino en serie. Era mi primera novela contemporánea y quería introducir ese elemento. Me parecía un ingrediente perfecto para añadir al juicio mediático.

El caso no es mediático solamente porque el acusado sea hijo de quien es, sino porque, de repente, la abogada defensora da un giro y plantea a los miembros del jurado una nueva posibilidad: ¿ha sido Lander o estamos ante el regreso de aquel asesino en serie que la policía nunca consiguió atrapar? Me parecía que con eso la historia adquiría una fuerza enorme.

A veces, cuando se produce un crimen especialmente atroz y aparece un sospechoso, la sociedad parece necesitar que sea culpable. Incluso cuando surgen otras posibilidades, nos resistimos a aceptarlas.

Tiene que ser. Es que tiene que ser.

Y en tu novela también se produce esa resistencia. ¿Cómo encontraste el equilibrio para introducir una posibilidad que cuestiona todo lo que hasta entonces parecía evidente?

Tenía claro que quería incorporar al asesino de Gros. Mi intención era que, hasta un capítulo determinado, el jurado tuviera la sensación de que todo estaba resuelto. Incluso que el lector pensara: «Bueno, pues esto está visto para sentencia. Ha sido él». Y, de repente, introducir esa nueva posibilidad para darle la vuelta a todo.

Eso genera malestar. Igual que a nosotros nos incomoda que aparezca otra explicación de un crimen cuando ya creemos conocer al culpable, a los personajes también les ocurre. Es como si dijeran: «Ahora no me vengas con esta nueva versión, porque esto era fácil. Nos habían encomendado una tarea, pensábamos pasar siete días de juicio, votar y volvernos a casa». La duda incomoda. Y ellos se sienten muy incómodos.

¿Hasta qué punto puede afectar emocionalmente a una persona formar parte de un jurado popular?

El desgaste es enorme. La novela salió el 30 de septiembre y, aunque lleva poco tiempo en el mercado, ya he tenido ocasión de hablar con algunos lectores.

Hace poco estuve en un festival de novela negra en Vitoria y una mujer se acercó para que le firmara el libro. Me dijo: «Creo que me voy a sentir muy identificada porque mi mejor amiga fue miembro de un jurado popular y aquello fue terrible». Le pregunté si lo había llevado mal y me contestó: «Estuvo de baja y tuvo que acudir a psicólogos». Fíjate hasta qué punto puede pasar factura.

LAS VÍCTIMAS Y LA EXPLOTACIÓN DEL CRIMEN

También existe el riesgo de necesitar víctimas perfectas para concederles toda nuestra compasión. Porque no solamente estamos hablando del acusado, sino también de la víctima.

Yo no quería tener una víctima perfecta. Quería que eso también hiciera pensar al lector. Cuando la víctima es una persona muy buena, todavía sientes más fuerza para querer condenar al acusado. Pero la víctima que tenemos aquí es un poco puñetera. Vamos descubriendo que no era precisamente un angelito. Eso introduce otra duda: «Claro, es que tenía motivos para matarlo».

Y entonces surge una cuestión terrible: ¿que alguien no sea precisamente un angelito significa que, para algunos, merecía lo que le sucedió?

Pues según para quién, sí.

Hay otro elemento que me parece especialmente perturbador: el proyecto de recrear crímenes para ganar dinero. ¿Qué querías explorar sobre esa transformación del dolor ajeno en contenido y negocio?

Me apetecía que el acusado y su entorno fueran estudiantes de Criminología. Pensé que seguramente les apasionaría el mundo del crimen real tanto como a mí. Entonces me pregunté qué podría llamarles la atención y se me ocurrió que recrearan crímenes para venderlos en la deep web.

Yo nunca he entrado en la deep web, tengo que decirlo. Pero, según dicen, debe de haber cosas terribles. Me parecía que lo que planteaba no era nada disparatado.

EL PAPEL DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

¿Dónde colocarías la frontera entre el derecho a saber y el derecho de un acusado a no ser juzgado fuera de la sala?

Todos tenemos derecho a saber, pero, en este caso, a Lander le perjudica muchísimo que todo el mundo sepa quién es y conozca lo que ha hecho su padre.

Después de escribir esta novela, creo todavía más en la figura del jurado profesional. Entiendo la teoría de que el jurado popular sirve para acercar la justicia a los ciudadanos, porque la justicia es de todos. Esa teoría la comprendo perfectamente, pero creo que el sistema cojea.

Me parece que, especialmente en los casos mediáticos, debería juzgar un tribunal profesional. Quizá quienes tienen preparación jurídica sean más capaces de establecer esa frontera entre lo que conocen de fuera y aquello que realmente debe valorarse durante el juicio. Gente como nosotros, probablemente, no tanto.

Emocionalmente es mucho más complicado. ¿Puede un medio publicar un dato verdadero y, sin embargo, contribuir a construir una imagen profundamente injusta de una persona? ¿Basta siempre con contar hechos ciertos para hacer buen periodismo?

Ahí está el límite de los periodistas. Cada uno tiene el suyo. En la novela aparece una periodista muy cañera, Carmele Beltrán. Es un personaje que me gusta muchísimo.

Por un lado, destapa la trama que existe detrás de los Foronda, pero, por otro, quiere que Lander tenga un juicio justo. Creo que también hay periodistas con esa moral, capaces de pensar: «Gracias a mi trabajo, o como consecuencia de él, ahora todo el mundo cree que este hombre es culpable. Pero voy a aportar mi granito de arena para seguir haciendo una crónica objetiva del juicio». No siempre es fácil.

LA FRAGILIDAD DE LA JUSTICIA

Después de todo lo que has investigado, ¿confías ahora más en la justicia o eres más consciente de su fragilidad?

Soy más consciente de su fragilidad. He estudiado muchos casos. Es verdad que en la mayoría el veredicto ha sido condenatorio y no se ha demostrado que fuera erróneo. En el caso de Dolores Vázquez sí, pero en los demás no.

Aun así, creo que la justicia es bastante frágil. Sobre todo cuando el factor humano tiene tanto peso. La justicia la formamos los seres humanos y, en este caso, estamos hablando de personas que no tienen conocimientos jurídicos. Con estos participantes, tiene que existir cierta fragilidad.

Y una vez que se ha llegado a un veredicto, ¿qué opinas de las penas de prisión muy largas o de la cadena perpetua?

Es que, para empezar, lo que llamamos perpetua ni siquiera es necesariamente perpetua. No sé qué decirte. Depende del lado en el que te pongas. Si te sitúas en el lugar de la víctima, una condena de veintitantos años puede parecerte insuficiente.

Pero también habrá quien piense que, una vez cumplida la pena, esa persona ya ha pagado su deuda con la sociedad y tiene derecho a rehacer su vida. No lo sé. Es muy difícil contestar.

Hay casos en los que no se encuentra el cuerpo de una víctima y eso complica enormemente la investigación o la posibilidad de celebrar un juicio. ¿Qué te provoca esa situación?

Malestar. Mucho malestar. Entiendo que es importante encontrar el cuerpo, pero hay ocasiones en las que existen indicios suficientes. Que alguien pueda evitar una condena simplemente porque ha conseguido esconder tan bien el cadáver me parece terrible.

LA ESCRITURA Y LAS PRÓXIMAS NOVELAS

Después de esta experiencia, ¿volverás a escribir un thriller judicial?

Cuando termino una novela, al día siguiente ya estoy pensando en la siguiente. Lo curioso es que, cuando empecé a escribir la próxima, me daba miedo que volviera a ser judicial. Pensaba: «Falta un año para que se publique Veredicto. ¿Y qué pensarán los lectores de este cambio tan brusco?».

Un cambio muy acertado, por cierto.

Gracias. Ahora veo que está gustando y pienso que quizá la siguiente también tendría que haber sido judicial. Pero hace un año no pensaba lo mismo. Así que la próxima no será una novela judicial, aunque recupero como protagonista a Carmele Beltrán.

En Veredicto hay personajes de los que ya he contado mucho, como Silvia Legarre, y me parecía complicado rescatarlos para otra historia. Pero creo que Carmele todavía puede dar mucho juego. Por eso he querido convertirla en la protagonista de la siguiente novela.

Habrá dos líneas temporales. En una, Carmele estará investigando la aparición de unos cadáveres. En la otra, retrocederé a los años cincuenta y recorreré varias décadas de la historia de Euskadi, hasta los noventa.

Una época que, además, conoces muy bien desde el punto de vista de la novela histórica.

Yo la llamo mi novela bisagra. Quien me haya conocido con Veredicto me reconocerá en la línea temporal actual, aunque la historia no sea judicial, porque volverá a encontrarse con Carmele.

Y quien venga de mis thrillers históricos también me reconocerá en la otra parte, porque estoy contando hechos reales localizados en Euskadi. Espero acertar. Y después, seguramente sí volveré a escribir una novela judicial.

¡Pero si ya estás pensando en las siguientes!

Yo siempre estoy pensando en la siguiente de la siguiente.

Después de todo lo que has aprendido, si te llaman para formar parte de un jurado popular, ¿qué harías?

No puedo negarme. Pero cuando me hagan las preguntas y me digan: «¿Tienes conocimientos de leyes?», les diré que sí. Les sacaré el libro y espero librarme solamente por haber escrito esta novela.

1. Cómo una conversación inesperada en el Ayuntamiento de Mondragón llevó a Ane Odriozola a escribir su primer thriller judicial.

2. Qué responsabilidad asumen los ciudadanos que forman parte de un jurado popular y cómo puede afectarles emocionalmente.

3. Por qué el caso de Dolores Vázquez sigue siendo un ejemplo inquietante de los errores judiciales y la influencia de los prejuicios.

4. Cómo el apellido, la posición social y la presión mediática pueden condicionar nuestra percepción de la culpabilidad de una persona.

5. Qué ha descubierto la autora sobre la fragilidad de la justicia y qué personaje de Veredicto recuperará en su próxima novela.

Porque nos permite ocupar un lugar al que normalmente nos asomamos desde fuera: el de quienes deben decidir si una persona es culpable o inocente. Ane Odriozola construye un thriller judicial en el que las certezas empiezan a tambalearse y cada testimonio puede cambiar nuestra interpretación de los hechos. Una novela que, además de mantener la intriga, nos enfrenta a nuestros propios prejuicios y a la responsabilidad que supone juzgar a los demás.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

MUCHO MÁS QUE
UNA ENTREVISTA

SÍGUENOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de
Rosa pasa página en tu correo. 

MÁS LEÍDOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de Rosa pasa página en tu correo. 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR