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Juan Pedro Cosano: «Felipe II fue un rey como no se ha vuelto a repetir en España»

El escritor y abogado reconstruye las intrigas de la corte de Felipe II, el misterio que rodeó la muerte de su hijo y las ambiciones que marcaron uno de los reinados más controvertidos de nuestra historia.

Rosa Sánchez de la Vega


«Hoy es mucho más fácil difundir un bulo y sus consecuencias son mucho más dañinas»

El escritor y abogado reconstruye las intrigas de la corte de Felipe II, el misterio que rodeó la muerte de su hijo y las ambiciones que marcaron uno de los reinados más controvertidos de nuestra historia.


El poder, la ambición, las traiciones y los secretos que pueden cambiar el destino de un imperio. La historia está llena de episodios que, siglos después, siguen planteándonos preguntas incómodas.

Juan Pedro Cosano lo sabe bien. Abogado desde hace más de cuarenta años, ha convertido las contradicciones del ser humano en uno de los grandes intereses de su literatura. En El abogado de rojos se adentró en las heridas de la Guerra Civil, una etapa sobre la que nunca imaginó escribir.

Ahora regresa al siglo XVI y convierte la corte de Felipe II en el escenario de una intriga criminal donde los hechos históricos conviven con personajes de ficción, asesinatos, símbolos inquietantes y una investigación que nos lleva desde los salones de palacio hasta los bajos fondos del Madrid de la época. Una novela que combina el rigor histórico con el suspense y que, más allá de los enigmas, nos enfrenta a las contradicciones del poder, la fragilidad de la verdad y las miserias de la condición humana. Es Conjura contra el rey Felipe (Espasa), de Juan Pedro Cosano.

El poder, la familia y los secretos de Felipe II

P. La historia de Felipe II sigue despertando preguntas, sospechas y controversias más de cuatro siglos después. ¿Qué tiene aquel reinado para que todavía nos resulte tan sorprendente?

R. Nos encontramos ante un monarca español cuyo reinado abarcó una cantidad de tiempo insólita para aquella época. Fueron 55 años, contando el tiempo en el que estuvo como regente de su padre, el emperador, y posteriormente como rey por derecho propio. Durante esos años ocurrieron cosas tan insólitas que pueden parecer increíbles a ojos del espectador actual.

P. En Conjura contra el rey Felipe nos adentras en una corte donde conviven la grandeza de un imperio, las ambiciones personales y los secretos más peligrosos. ¿Qué fue lo que más te sorprendió al descubrir cómo se vivía y se ejercía el poder en aquel entorno?

R. Por mis acercamientos en novelas anteriores conocía más o menos el modo de vida de aquellos siglos, del XV, XVI y XVII. Por tanto, eso no me ha causado una gran sorpresa. Para mí, el gran descubrimiento ha sido Felipe II.

Todos lo conocemos porque fue uno de los grandes monarcas españoles, el que llevó el imperio a su máxima expresión. Pero también conocemos la leyenda del rey Prudente y la leyenda negra, que lo presenta como un tirano.

La sorpresa ha sido encontrarme con una persona entregada a dos ideas fundamentales: la fe católica y el concepto de España como la gran nación de aquel tiempo. Era un rey que se levantaba al alba y se acostaba mucho después del anochecer. No paraba de trabajar, decidía todo personalmente y era un desconfiado, además, por consejo de su padre.

Incluso, como curiosidad, en una época en la que la higiene estaba bastante dejada de la mano de Dios, nos encontramos con un rey que se aseaba tres o cuatro veces al día. Cuando falleció, entre los bienes que dejó se encontraron cientos de utensilios que utilizaba para su aseo diario.

P. Felipe II ordenó encerrar a su propio hijo, que murió meses después. ¿Hasta dónde puede llegar la razón de Estado cuando entra en conflicto con los vínculos más íntimos?

R. Tiene que ser algo muy doloroso y creo que así lo fue para Felipe II. La novela parte de un acontecimiento que se produce diez años antes del tiempo en el que se desarrolla la historia.

En 1568, Felipe II ordenó el arresto de su primogénito y heredero, el príncipe Carlos de Austria, que estaba destinado a convertirse en el dueño del imperio español. Carlos era una persona enferma, desequilibrada, sin valores, y el rey se dio cuenta de que no podía arriesgarse a que España cayera en manos de su hijo.

Supongo que con un dolor tremendo en el corazón ordenó arrestarlo. Primero lo recluyó en sus aposentos del Alcázar y, posteriormente, en la Torre Vieja del castillo, donde falleció seis meses después, en julio de 1568, a causa de unas fiebres cuartanas que padecía desde niño.

El rey nunca lo sometió a proceso ni comunicó al mundo las razones del arresto. Intentó proteger el nombre de su hijo.

La novela parte de ese hecho histórico, que durante los siglos posteriores fue manipulado para atacar a Felipe II. Hay obras, óperas y novelas escritas por ingleses y holandeses que presentan al rey como un hombre tan cruel que ordenó matar a su propio hijo.

Ese es el argumento de la novela: diez años después llega una carta anónima al Alcázar acusándolo precisamente de haber cometido ese crimen.

P. Los asesinatos que se suceden están marcados con el símbolo de Saturno, el dios que devoraba a sus hijos. ¿Por qué elegiste una imagen tan perturbadora como elemento central del misterio?

R. Quería darle intriga a esa carta anónima. Llega con un signo que ni el inquisidor general, que es quien la recibe y se la presenta a Felipe II, sabe desentrañar. Tampoco el propio rey, que era aficionado a la astrología, la simbología y las ciencias ocultas.

Es el arquitecto Juan de Herrera, el gran constructor de El Escorial, quien le advierte de que se trata del símbolo de Saturno, aunque aparece marcado con una raya horizontal que significa la muerte de su destinatario.

Saturno, el Cronos griego, devoraba a sus propios hijos para impedir que le arrebataran el reino. Creo que la simbología es clara. Elegí ese signo para introducir intriga, misterio e incluso esoterismo.

Los crímenes y las intrigas de la corte

P. Cristóbal Villafañe, el jurista encargado de investigar los crímenes, es un personaje inventado. ¿Qué podía aportar a la historia alguien que no pertenecía a las grandes figuras de la época?

R. Una vez que el rey recibe la carta anónima, empiezan a aparecer cadáveres en Madrid marcados con el símbolo de Saturno. Son personas muy relacionadas con el príncipe Carlos de Austria.

Uno de ellos es Francisco Velasco, un personaje histórico cuyo nombre aparece en los legajos como médico del príncipe. Me permití la licencia de utilizarlo en la novela. Su capellán, que sí es un personaje de ficción, también aparece asesinado.

Para investigar la trama necesitaba dos ambientes. Por un lado, la propia corte. El rey desconfía de quienes tiene cerca: Antonio Pérez, la princesa de Éboli y el duque de Alba. Es él quien lleva a cabo esa investigación dentro de los muros de palacio.

Pero necesitaba también a alguien que recorriera las calles de Madrid, ese Madrid precioso que estaba naciendo porque apenas llevaba quince años siendo la capital del reino.

Por eso creé a Cristóbal Villafañe, un personaje que particularmente me produce una gran ternura. Es quien se encarga de patear Madrid, sus arrabales, el Rastro, Lavapiés, las calles próximas a la calle Mayor, las posadas, los burdeles y los lupanares, buscando el hilo del que tirar para descubrir a los responsables de esas muertes.

P. ¿Cómo se investigaba un asesinato en el siglo XVI y qué dificultades encontraste al reconstruir aquellos procedimientos?

R. Ya he escrito sobre el procedimiento penal en otras novelas, como El abogado de pobres, aunque con una gran libertad literaria.

El procedimiento penal de aquella época era muy diferente al que aparece en las novelas, al menos al que se refleja en El abogado de pobres y en el primer juicio que aparece en esta novela sobre Felipe II.

Era mucho más sumario y escrito, y la principal prueba era la confesión del reo, para la cual se utilizaba la tortura.

Por eso, cuando se descubre al sospechoso de los crímenes, el procedimiento que se sigue en la novela es bastante cercano al real: la aprehensión, la exigencia de una confesión y, en caso de que no confesara, la aplicación de la tortura. Ese era, principalmente, el procedimiento de la época.

P. El asesinato de Juan de Escobedo fue uno de los grandes escándalos políticos de aquel reinado. ¿Qué te sorprendió más al reconstruirlo: el propio crimen o las circunstancias que lo rodearon?

R. Me sorprendieron las circunstancias. Conocía el asesinato de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria, y las sospechas que existían sobre Antonio Pérez y la princesa de Éboli.

Lo que no sabía, y me sorprendió, es que el propio Felipe II conocía los planes del asesinato antes de que se produjera. Al parecer, lo consintió y llegó a otorgar cédulas a los autores del crimen para que pudieran huir de Madrid y refugiarse en Aragón. Son cédulas que figuran en los registros de la época.

Me sorprendió que el rey, engañado por Antonio Pérez, consintiera el asesinato del secretario de su hermanastro pensando que le era desleal, algo que posteriormente se descubrió que no era cierto.

P. Antonio Pérez llegó a convertirse en uno de los hombres más influyentes de la corte. ¿En qué momento la ambición deja de ser un estímulo y se convierte en una amenaza para quien la siente?

R. Precisamente con el asesinato de Juan de Escobedo. Cuando el rey consiente ese crimen, no ordena procesar a los responsables y permite que los asesinos huyan a Aragón.

Pocos meses después, en septiembre u octubre de 1578, fallece su hermano Juan de Austria. Cuando recibe desde Namur, en Flandes, los papeles de su hermano, se da cuenta de que lo que Antonio Pérez le había contado no era verdad.

Antonio Pérez manipulaba las cartas de Juan de Austria, manipulaba la información y engañaba al rey. Felipe II había llegado a pensar que su hermanastro le era desleal, pero posteriormente se demostró que era falso.

Se acusaba a Juan de Austria de querer utilizar el dinero que llegaba a Flandes para invadir Inglaterra, poner en el trono a María Estuardo, casarse con ella y convertirse en rey de Inglaterra. Una operación que habría sido un antecedente de lo que años después fue la Armada Invencible.

Todo era absolutamente falso y supuso el punto de inflexión en la relación de Felipe II con Antonio Pérez.

P. La princesa de Éboli consiguió intervenir en los grandes asuntos políticos de su tiempo. ¿Era una mujer excepcional o su historia demuestra que las mujeres ejercían mucho más poder del que tradicionalmente se les ha reconocido?

R. La mujer ejercía un poder mucho mayor del que podemos pensar que tenía en aquella época.

La princesa de Éboli, Ana de Mendoza, era la esposa de Ruy Gómez de Silva, un portugués íntimo amigo del rey y una de sus grandes personas de confianza.

Cuando muere Ruy Gómez de Silva, la princesa se convierte en un poder de facto dentro de la corte.

Tuvo que ser una mujer bellísima, misteriosa. Creo que todavía no se conoce todo sobre ella. Personalmente, me hubiera gustado otorgarle en esta novela un papel superior al que tiene, pero estamos constreñidos por la extensión de la obra y los propios límites de la trama.

P. La información, las confidencias y los documentos secretos eran instrumentos fundamentales de influencia. ¿Hasta qué punto se podían manipular las decisiones del rey controlando lo que llegaba a sus oídos?

R. En el caso de otros reyes era muy probable, pero con Felipe II resultaba más complicado.

Cuando Carlos V le cede el trono, le entrega unas instrucciones secretas que se conservan y en las que le explica cómo debe gobernar.

Le dice que no confíe en nadie, que nunca se acerque demasiado a ninguna de las banderías que existen en la corte, porque siempre hubo partidos y bandos, y que examine hasta el último papel.

Y, efectivamente, Felipe II prácticamente revisaba hasta el último documento que llegaba a su mesa.

Se conservan cientos de miles de billetes y notas que le entregaban sus secretarios, en cuyos márgenes el rey escribía las órdenes que dictaba a raíz de su contenido.

Incluso existían las llamadas cartas de propia mano, que se entregaban en el Alcázar y que únicamente podía abrir el rey.

Es verdad que los secretarios reales intervenían en la correspondencia y tenían en sus manos decidir qué iba a conocer Felipe II y qué no. Pero, por la presión que ejercía para estar al tanto de cada asunto, creo que pocas cosas escaparon a su conocimiento.

La Inquisición y la leyenda negra

P. La Inquisición desempeña un papel importante en la novela. Más allá de los tópicos que conocemos, ¿qué te llamó la atención de su funcionamiento y de su relación con el poder político?

R. No es la primera vez que me encuentro con la Inquisición en una de mis novelas. Recuerdo que en la segunda entrega de El abogado de pobres tenía un papel mucho más relevante.

Fue un poder de la época, un poder real más que eclesiástico, porque dependía principalmente del rey, no de la Iglesia. Los inquisidores eran nombrados por el monarca y los procesos no podían iniciarse sin autorización real.

Es lo que conocemos, aunque considero que se han sobredimensionado los hechos de la Inquisición española, cuando existieron en otros países organizaciones cuya lista de víctimas fue mucho mayor.

Pero a los españoles nos ha tocado lidiar con las leyendas que se han vertido durante siglos por una razón fundamental: fuimos la gran nación de aquella época, durante los siglos XV, XVI, XVII y XVIII. Fuimos la nación preponderante, la que marcaba el rumbo del mundo y dictaba la ley.

Como sigue pasando hoy, contra ese poder se utilizaban el bulo y el rumor.

P. La leyenda negra condicionó durante siglos la imagen de Felipe II. ¿Cómo distinguir la propaganda difundida por sus enemigos de la responsabilidad histórica que realmente le corresponde?

R. Espero que el lector que se acerque a esta novela, que tiene una altísima parte de realidad histórica, descubra quién fue Felipe II.

Procuro que mis novelas sean muy verosímiles. Aunque introduzca una trama ficticia dentro de un contexto determinado, ese contexto responde a la realidad histórica.

Quien lea esta novela y conozca la figura de Felipe II, que he procurado retratar con la máxima objetividad posible, se va a sorprender cuando descubra lo que era España en aquella época y quién fue Felipe II de Habsburgo.

Creo que fue un rey como no se ha vuelto a repetir en España desde entonces.

La historia, la justicia y la condición humana

P. Has escrito sobre Carlos II, sobre la Guerra Civil y ahora sobre Felipe II. ¿Qué encuentras en los grandes conflictos de nuestra historia que te permite comprender mejor el comportamiento humano?

R. Pretender desentrañar o interpretar acontecimientos muy recientes es difícil. Hay que acercarse a ellos con la perspectiva que proporciona el transcurso del tiempo.

Enjuiciar a Felipe II a finales del siglo XVI tenía que ser muy complicado, porque dependía de muchos factores: el territorio, la ubicación, la nacionalidad…

Hoy es mucho más sencillo acercarse a su figura porque tenemos la historia a nuestra disposición.

Me pasó lo mismo con Carlos II, el Hechizado. Si preguntas por él, cualquiera te dirá que era un rey incapaz, impotente, el ser más feo de Europa.

Es cierto que tenía enormes limitaciones físicas, pero detrás de aquel hombre tan contrahecho existió una persona impresionante, un español de categoría y un rey que, dentro de sus limitaciones, supo hacerlo realmente bien.

El transcurso del tiempo permite interpretar los acontecimientos con una perspectiva que la inmediatez no posibilita.

Me pasó también con El abogado de rojos. Pensé que nunca me acercaría a la Guerra Civil, pero lo hice. Y creo que con la objetividad de saber que ni en un bando todos eran buenos ni en el otro todos eran malos, y que la responsabilidad siempre se comparte.

P. ¿Ha cambiado el ejercicio de la abogacía tu manera de juzgar a las personas?

R. Llevo ya cuarenta años ejerciendo como abogado y eso te permite conocer muy bien a las personas, incluso diseccionarlas apenas con una conversación.

La abogacía te acerca a la grandeza y a la miseria del ser humano. También te da unas responsabilidades que no tienen otras profesiones.

Posiblemente, el oficio jurídico me permita acercarme a los personajes de esa manera.

Pero también hay algo que me proporciona: la necesidad de huir de la literatura jurídica para adentrarme en la literatura que realmente me gusta, que es la que escribo.

Los bulos de ayer y la desinformación de hoy

P. La novela muestra cómo una acusación anónima puede poner en peligro la estabilidad de un imperio. En una época dominada por las redes sociales y la desinformación, ¿somos hoy más difíciles de engañar que los habitantes del siglo XVI?

R. Al contrario. El rumor, el bulo de que Felipe II había dado muerte a su propio hijo, existió en aquella época y se difundió.

Y eso que, para que una carta llegase desde Flandes a España, se tardaban entre quince y veinticinco días, dependiendo del camino que se tomase: el de los franceses o el de los españoles a través de Italia.

Una carta enviada al Vaticano tardaba diez o quince días como mínimo.

Hoy el bulo es instantáneo. Nace y se difunde en el mismo momento y, además, con una apariencia de realidad impresionante.

Porque ahora se pueden falsificar voces, imágenes, escenas y ambientes.

Hoy es mucho más fácil difundir un bulo y sus consecuencias son mucho más dañinas.

1. Felipe II, más allá de la leyenda negra. Juan Pedro Cosano descubre a un monarca entregado al trabajo, profundamente religioso y desconfiado, cuya personalidad le sorprendió durante la investigación de la novela.

2. Un padre frente a la razón de Estado. El encierro del príncipe Carlos de Austria, ordenado por su propio padre, y su posterior muerte alimentaron durante siglos las sospechas sobre Felipe II.

3. Las conspiraciones que sacudieron la corte. El asesinato de Juan de Escobedo, las manipulaciones de Antonio Pérez y la influencia de la princesa de Éboli revelan hasta qué punto la información podía convertirse en un instrumento de poder.

4. La historia como territorio literario. Tras abordar la Guerra Civil en El abogado de rojos, Cosano regresa al siglo XVI y combina personajes reales y ficticios, una investigación criminal y el Madrid de la época.

5. Las mentiras nunca han sido tan peligrosas. El escritor establece un paralelismo entre los rumores que circulaban en tiempos de Felipe II y la desinformación actual, capaz de falsificar voces, imágenes y acontecimientos.

Porque Juan Pedro Cosano consigue que la historia se lea con la tensión de una novela de suspense. Los asesinatos, las conspiraciones y los personajes de ficción conviven con figuras decisivas de nuestro pasado, mientras la investigación nos conduce desde los salones de palacio hasta los bajos fondos de Madrid. Pero su mayor atractivo está en las preguntas que plantea sobre la ambición, la lealtad, la justicia y los límites del poder. Una novela que invita a descubrir a Felipe II desde otra perspectiva y a reconocer cuánto tienen que ver aquellas intrigas con nuestro presente.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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