«La historia de Jane Austen que lleva más de dos siglos acompañándonos vuelve al cine
Hay historias que leemos, otras que vemos en el cine y unas pocas que terminan formando parte de nuestra vida. Sentido y sensibilidad pertenece a estas últimas. Treinta y un años después de la magnífica película de Ang Lee, Georgia Oakley recupera el clásico de Jane Austen con Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles y una mirada que sitúa la relación entre las hermanas Dashwood en el corazón de la historia. ¿Cómo resistirse a descubrir una nueva versión de una novela que nunca hemos dejado de querer?

Hay historias que nos acompañan durante tantos años que terminamos olvidando cuándo entraron en nuestra vida. Las leímos por primera vez, regresamos a ellas, descubrimos sus adaptaciones cinematográficas y, casi sin darnos cuenta, sus personajes empezaron a formar parte de nuestra memoria. Sentido y sensibilidad es una de esas historias. Hemos crecido con Jane Austen, hemos admirado su inteligencia, nos hemos emocionado con sus personajes y hemos vuelto a ellos en distintas etapas de nuestra vida. Y lo maravilloso es que siempre encontramos algo nuevo.
Han pasado más de dos siglos desde que Austen publicó su primera novela, en 1811, y seguimos reconociéndonos en las hermanas Dashwood, en sus contradicciones, en sus silencios y en esa dificultad tan humana para distinguir entre lo que sentimos, lo que deseamos y lo que nos conviene.
Ahora Georgia Oakley nos invita a regresar a ese universo con una nueva adaptación protagonizada por Daisy Edgar-Jones y Esmé Creed-Miles. Y la propuesta despierta una curiosidad inevitable. Porque, después de haber leído y admirado la novela, después de tantas adaptaciones para el cine y la televisión, y sobre todo después de la extraordinaria película que Ang Lee dirigió en 1995, ¿cómo no vamos a querer descubrir qué puede ofrecernos otra mirada sobre una historia que lleva tanto tiempo acompañándonos?
Quizá esa sea una de las mayores virtudes de los clásicos. Nunca terminan de pertenecernos por completo. Cada generación encuentra en ellos algo que las anteriores quizá no habían visto.
Jane Austen: el amor nunca fue solo una cuestión de sentimientos
La historia de las Dashwood comienza con una pérdida que transforma radicalmente sus vidas. La muerte del padre deja a su viuda y a sus tres hijas en una situación económica delicada. La propiedad familiar pasa al heredero varón y ellas deben abandonar la casa en la que han vivido.
Austen conocía perfectamente aquella sociedad en la que una mujer podía recibir una educación exquisita, tocar el piano, hablar con elegancia y desenvolverse en los salones más distinguidos de Inglaterra, pero carecer de independencia económica.
Enamorarse era una cosa. Poder elegir con quién compartir la vida era otra muy distinta.
Bajo la apariencia de una historia romántica, Austen construyó un retrato extraordinariamente lúcido de las relaciones sociales, los intereses familiares, la desigualdad y la hipocresía. El matrimonio podía ser la culminación de una historia de amor, pero también una necesidad económica, una manera de conservar la posición social o la única posibilidad de asegurarse el futuro.
Lo verdaderamente admirable es que nunca necesitó convertir sus novelas en discursos. Le bastaban una conversación aparentemente trivial, una visita inoportuna, una herencia o una propuesta de matrimonio para poner al descubierto las debilidades de toda una sociedad.
Y lo hacía con un sentido del humor extraordinario. Austen podía ser romántica, pero también despiadada. Sus personajes nos conmueven, nos desesperan y, en ocasiones, nos hacen reír precisamente porque son profundamente humanos.
Dos hermanas y una historia de amor diferente
Aquí aparece la principal singularidad de la nueva adaptación. Georgia Oakley y la guionista Diana Reid han decidido colocar la relación entre Elinor y Marianne en el centro emocional de la película.
No desaparecen los pretendientes ni las decepciones sentimentales. Ahí siguen Edward Ferrars, Willoughby y el coronel Brandon. Pero esta vez la historia de amor más importante es la que une a dos hermanas que se quieren profundamente y, sin embargo, no siempre consiguen comprenderse.
Elinor, interpretada por Daisy Edgar-Jones, es prudente, responsable y reservada. Ha aprendido a controlar sus emociones, a pensar antes de hablar y a preocuparse por los demás incluso cuando ella misma necesita ayuda.
Marianne, a quien da vida Esmé Creed-Miles, es apasionada, impulsiva y está convencida de que cualquier amor que merezca la pena debe vivirse sin reservas.
Sería fácil reducirlas a una oposición entre la razón y el corazón. Pero Austen era demasiado inteligente para construir personajes tan sencillos. Elinor no siente menos que su hermana: simplemente ha aprendido a callar. Marianne, que presume de sinceridad, no siempre comprende que sus sentimientos pueden llevarla a equivocarse tanto como las convenciones que desprecia.
La directora ha explicado que en su versión la relación es más recíproca: ninguna hermana tiene todas las respuestas y ambas necesitan aprender de la otra.
Y eso resulta especialmente atractivo. Porque todos conocemos esa clase de relaciones en las que el amor no impide las diferencias, los desacuerdos o las pequeñas crueldades. A veces conocemos tan bien a alguien que sabemos exactamente dónde podemos hacerle daño. Y, sin embargo, seguimos estando ahí cuando todo lo demás se desmorona.
Austen comprendió que los vínculos más profundos no siempre son los más sencillos.

Una Inglaterra en la que también había que cortar leña
Otra de las decisiones interesantes de esta adaptación tiene que ver con la manera de representar la vida cotidiana.
Estamos acostumbrados a que el cine de época nos deslumbre con sus grandes mansiones, sus vestidos, sus bailes y sus jardines. Y nos fascina. Pero esa belleza puede terminar ocultando una realidad bastante menos amable.
Oakley y Reid han querido mostrar también lo que sucedía fuera de los salones. Las hermanas cocinan, trabajan en el huerto y cortan leña. La pérdida de fortuna no se limita a una conversación sobre dinero: tiene consecuencias concretas en su manera de vivir.
La elegancia no desaparece, pero deja de ocultar la necesidad.
El vestuario sigue esa misma idea. Grace Snell ha trabajado con prendas que se reutilizan, vestidos que se modifican y tejidos que reflejan las circunstancias económicas de las protagonistas. Incluso la ropa permite observar cómo cambia la relación entre las hermanas.
Es una forma de contar mucho sin necesidad de explicarlo. Y también una manera de recordar que el mundo de Jane Austen, por hermoso que nos parezca desde la distancia, estaba lleno de limitaciones para las mujeres.
La película propone, además, una naturaleza menos domesticada y una ambientación que se aleja de la Inglaterra de postal. No se trata únicamente de actualizar la estética, sino de acercarnos a la existencia de unas mujeres que tienen que aprender a vivir en condiciones que no han elegido.
La propuesta tiene interés, aunque también plantea un desafío: la modernidad de Jane Austen nunca ha dependido de que alguien la modernice. Sus novelas ya eran extraordinariamente lúcidas sobre las desigualdades, las convenciones sociales y las contradicciones humanas.
La cuestión será comprobar hasta qué punto esta nueva mirada consigue descubrir matices sin perder la sutileza del original.

Fotograma de la nueva película que muestre la ambientación, el vestuario, una casa o un paisaje. No es necesario localizar una escena concreta.
El desafío de regresar después de Ang Lee
Hay películas que terminan ocupando un lugar tan importante en nuestra memoria que resulta difícil imaginar otra manera de contar la misma historia.
La adaptación de Sentido y sensibilidad que Ang Lee dirigió en 1995 es una de ellas.
Emma Thompson escribió un guion magnífico por el que ganó el Óscar y construyó una Elinor de una contención conmovedora. Kate Winslet dio vida a una Marianne inolvidable. Hugh Grant, Alan Rickman y el resto del reparto completaron una película que encontró un equilibrio extraordinario entre el humor, la emoción y la crítica social.
Pero había algo todavía más importante. Ang Lee comprendió que la grandeza de Austen residía tanto en lo que sus personajes decían como en aquello que eran incapaces de expresar.
Una mirada, una conversación interrumpida o un gesto aparentemente insignificante podían revelar sentimientos que nunca llegaban a pronunciarse. Y el espectador comprendía perfectamente lo que estaba sucediendo.
Aquella película emocionaba sin necesidad de explicarnos constantemente lo que debíamos sentir. Su elegancia no dependía únicamente de los paisajes o de los vestidos, sino de una confianza extraordinaria en la inteligencia del público.
Por eso continúa siendo magnífica.

Imagen de Sentido y sensibilidad (1995), preferiblemente con Emma Thompson y Kate Winslet. También sirve el cartel original o un fotograma reconocible. Identificar en el pie de foto que pertenece a la adaptación de Ang Lee.
La nueva película tiene, por tanto, un listón muy alto. Pero quizá su objetivo no deba ser superar a aquella versión, sino encontrar una identidad propia.
Daisy Edgar-Jones llega al personaje de Elinor después de haber demostrado en Normal People una notable capacidad para expresar emociones complejas sin necesidad de grandes gestos. Es una elección interesante para interpretar a una mujer cuya aparente serenidad esconde una vida interior intensa.
Esmé Creed-Miles se enfrenta a una Marianne muy diferente, impulsiva y vehemente. La relación entre ambas será decisiva para que la apuesta de Oakley funcione.
El reparto incluye también a Caitríona Balfe como la señora Dashwood, George MacKay como Edward Ferrars, Frank Dillane como Willoughby, Herbert Nordrum como el coronel Brandon y Fiona Shaw como la señora Jennings.
Y conviene prestar atención a los personajes secundarios. Austen tenía un talento extraordinario para construir figuras aparentemente menores que terminaban revelando las miserias, las vanidades y las contradicciones de toda una sociedad.
Porque una adaptación de Jane Austen puede emocionarnos, pero si pierde su ironía, pierde también una parte esencial de su inteligencia.
Una Marianne que plantea nuevas preguntas
La guionista Diana Reid ha reconocido que ha introducido modificaciones en el desenlace sentimental de Marianne. No conviene anticiparlas, pero sí detenerse en lo que significa esa decisión.
Durante generaciones hemos leído a Marianne como una joven que debe aprender a moderar sus sentimientos y aceptar que la pasión no siempre conduce a la felicidad. Sin embargo, una mirada contemporánea puede preguntarse si madurar significa necesariamente renunciar a una parte de lo que somos.
Es una cuestión interesante, siempre que no olvidemos que Austen nunca fue una escritora de respuestas fáciles.
Sus personajes evolucionan, se equivocan, rectifican y descubren que la vida rara vez responde a nuestras expectativas.
La verdadera inteligencia de Austen consiste en que nunca nos obliga a elegir entre sentir y pensar. Nos muestra las consecuencias de no saber encontrar un equilibrio.
Será interesante descubrir cómo resuelve Reid esta cuestión y hasta dónde llega su voluntad de ofrecer una interpretación distinta.
Lo que Jane Austen todavía sabe de nosotros
A veces hablamos de los clásicos como si fueran obras que debemos admirar por obligación. Libros que pertenecen a la historia de la literatura y que conviene conocer para sentirnos un poco más cultos.
Con Jane Austen ocurre justamente lo contrario.
Volvemos a ella porque nos habla de nosotros. Del orgullo que nos impide reconocer un error, de la facilidad con la que idealizamos a las personas, de los prejuicios que condicionan nuestras decisiones y de esa obstinación tan humana que nos lleva a confundir lo que deseamos con lo que realmente nos conviene.
También de algo que no siempre queremos admitir: amar mucho no significa necesariamente amar bien.
Marianne cree que la intensidad de los sentimientos basta para justificar cualquier decisión. Elinor piensa que la prudencia puede protegerla del sufrimiento. Las dos descubrirán que la vida es bastante más complicada y que ninguna de esas certezas resulta suficiente.
Esa es una de las razones por las que Sentido y sensibilidad conserva intacta su capacidad para emocionarnos. Austen no escribió sobre mujeres perfectas. Escribió sobre mujeres inteligentes, contradictorias, generosas, orgullosas, a veces equivocadas y profundamente humanas.
Y quizá por eso sus historias nos acompañan durante toda la vida.
¿Cómo no vamos a querer volver a verla?
Hemos leído Sentido y sensibilidad, hemos admirado sus adaptaciones, hemos querido a sus personajes y hemos regresado a ellos una y otra vez.
La nueva versión de Georgia Oakley llega con una propuesta reconocible: situar el vínculo entre las hermanas en el centro de la historia, mostrar una realidad cotidiana menos idealizada y ofrecer una interpretación diferente de algunos aspectos de la novela.
La crítica internacional ha destacado especialmente el protagonismo de esa relación familiar y la personalidad visual de la película, aunque no existe unanimidad sobre si alcanza la emoción de las adaptaciones anteriores.
Y quizá ahí reside parte de su atractivo. No sabemos todavía qué lugar ocupará esta versión en nuestra memoria, pero sí sabemos que volvemos a encontrarnos con una historia que ha sobrevivido a generaciones de lectores y espectadores.
Porque hay algo muy hermoso en regresar a un libro que conocemos y descubrir que ya no somos las mismas personas que lo leyeron por primera vez.
A los veinte años podemos sentirnos más próximos a Marianne, dejarnos arrastrar por su pasión y creer que ningún amor merece la pena si no lo transforma todo. Con los años quizá comprendamos mejor a Elinor, sus silencios, sus renuncias y esa manera de intentar sostener el mundo mientras el suyo amenaza con venirse abajo.
O tal vez descubramos que seguimos teniendo algo de las dos.
Jane Austen sabía que el corazón y la razón no siempre caminan juntos. Y que aprender a vivir consiste, en buena medida, en conseguir que ninguno de los dos termine imponiéndose por completo.
Han pasado más de doscientos años y seguimos necesitando sus historias. Seguimos encontrando algo nuestro en ellas. Seguimos emocionándonos con personajes cuyo mundo desapareció hace mucho tiempo, pero cuyos sentimientos nos resultan extraordinariamente cercanos.
Y si una nueva película nos invita a regresar a ellos, ¿cómo vamos a resistirnos?
Ficha técnica
| Título | Sentido y sensibilidad (Sense and Sensibility) |
| Dirección | Georgia Oakley |
| Guion | Diana Reid, sobre la novela de Jane Austen |
| Reparto | Daisy Edgar-Jones, Esmé Creed-Miles, Caitríona Balfe, George MacKay, Frank Dillane, Herbert Nordrum y Fiona Shaw |
| Fotografía | Arnaud Potier |
| Música | Roger Goula |
| Vestuario | Grace Snell |
| Duración | 132 minutos |
| Estreno en España | 23 de octubre de 2026 |
| Distribuidora | Universal Pictures |
Cinco ideas
1. Una historia que nos ha acompañado durante generaciones. Jane Austen sigue emocionándonos porque sus personajes y sus contradicciones nunca dejan de resultarnos reconocibles.
2. La principal historia de amor es la de dos hermanas. Georgia Oakley sitúa la relación entre Elinor y Marianne en el centro emocional de la película.
3. Una Inglaterra menos idealizada. El vestuario, los espacios y las tareas cotidianas muestran las consecuencias reales de perder la seguridad económica.
4. Una nueva mirada sobre Marianne. El guion introduce cambios en su trayectoria sentimental que invitan a revisar algunas de nuestras interpretaciones de la novela.
5. El recuerdo de una película extraordinaria. La adaptación de Ang Lee, con Emma Thompson y Kate Winslet, sigue siendo una referencia inevitable.
Lo que encontrarás
Una nueva adaptación de una de las grandes obras de Jane Austen, con una mirada especialmente atenta a las relaciones entre hermanas, las limitaciones sociales y económicas de las mujeres y las contradicciones del amor.
Ideal para
Los amantes de Jane Austen y de las grandes adaptaciones literarias, quienes conservan un recuerdo especial de la película de Ang Lee y quienes quieran descubrir por primera vez una historia que lleva más de dos siglos conquistando lectores.
