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Sorolla: la ventana que desapareció y los secretos de la casa donde vivió

Subtítulo: El Museo Sorolla estrena su ampliación con una exposición que descubre la historia de la vivienda del pintor y sus transformaciones.

Rosa Sánchez de la Vega

Sorolla: la ventana que desapareció y la casa donde quiso quedarse la luz

El Museo Sorolla recupera parte de su actividad en Madrid con una exposición que nos lleva hasta la casa que el pintor imaginó para vivir. Una ventana desaparecida, los jardines que convirtió en pintura y el legado de Clotilde nos permiten descubrir una historia que había quedado detrás de sus cuadros.

Sorolla había pasado media vida persiguiendo la luz. La buscaba sobre el mar, en los vestidos blancos, en la piel mojada de los niños que corrían por la playa. La había visto cambiar de color en cuestión de minutos y sabía que, por mucho que intentara retenerla, siempre terminaba escapándose. Quizá por eso, cuando decidió construir su casa en Madrid, quiso asegurarse de que entraría por donde él había elegido.

Lo curioso es que, más de un siglo después, una ventana que ya no existe nos ayuda a conocer mejor al pintor.

Sorolla la había querido grande. Tanto que tuvo que pedir permiso a su vecina, la actriz María Guerrero, para abrirla en el muro norte de su estudio. Quería más claridad de la que le proporcionaban los lucernarios. Consiguió su ventana, pero años después, cuando la casa ya tenía otros vecinos, aquella abertura fue tapiada.

La historia podría terminar aquí, con una ventana que se abre y después desaparece. Sin embargo, es precisamente donde comienza Tras la casa del artista, la exposición que estrena la ampliación del Museo Sorolla en Madrid.

En Desde el ventanal del estudio, Sorolla dejó pintado uno de los testimonios de aquella abertura. No estamos ante una de esas escenas que inmediatamente asociamos con él. Aquí no encontramos el Mediterráneo ni la alegría de las playas valencianas. Estamos en su territorio más privado, ante una mirada que parte del lugar donde trabajaba.

El cuadro adquiere un significado distinto cuando sabemos que aquella ventana terminó desapareciendo detrás de un muro.

Hay una contradicción difícil de ignorar: el hombre que dedicó tantos esfuerzos a conservar instantes sobre un lienzo no pudo evitar que también su casa fuera cambiando.

Y eso que Sorolla no había dejado su construcción al azar.

En 1905 compró un terreno en Madrid. Llevaba años trabajando en distintos estudios y viviendas y tenía bastante claro lo que necesitaba. Quería estar cerca de su familia sin renunciar a un espacio amplio para pintar. Quería recibir a sus amigos, atender los encargos y disponer de jardines donde descansar. No buscaba simplemente una casa bonita. Pretendía reunir en un mismo lugar las distintas partes de su vida.

Cuatro años después encargó el proyecto al arquitecto Enrique María Repullés y Vargas. Pero Sorolla dibujaba, opinaba, modificaba. En los planos que encontramos durante el recorrido puede reconocerse hasta qué punto se implicó en las decisiones. Es curioso mirar aquellos papeles y recordar que detrás de cada línea había algo tan cotidiano como elegir dónde colocar una puerta, cuánto debía medir una habitación o por qué lugar entraría el sol.

A Sorolla le interesaba especialmente algo que los planos no podían garantizarle del todo: que aquella casa acabara convirtiéndose en un hogar.

Había conocido el éxito, los viajes, los grandes encargos. Sus cuadros se vendían y su nombre había cruzado el Atlántico. Pero una cosa era trabajar para otros y otra decidir cómo quería vivir cuando regresara. La casa de Madrid le permitió combinar ambas aspiraciones. Los estudios estaban junto a los espacios familiares y el jardín quedaba suficientemente cerca como para convertirse, en cualquier momento, en motivo de un nuevo cuadro.

Y debió de ser irresistible.

Bastaba salir al exterior para que aparecieran otros colores. En lugar del azul abierto del mar, Sorolla encontraba el verde de las plantas, las sombras sobre los senderos, las flores y el agua de las fuentes. Había buscado inspiración en los jardines andaluces y terminó creando un pequeño mundo que podía recorrer sin abandonar su casa.

Lo pintó una y otra vez. A veces casi vacío, como si lo que le interesara fuera el movimiento de las sombras. Otras, habitado por una presencia familiar. En las pinturas de estos jardines hay una intimidad que contrasta con la energía de sus escenas de playa.

En Jardín de la casa Sorolla, pintado en 1920, encontramos una butaca de mimbre vacía. Es la que el artista solía utilizar para pintar. Está allí, entre la vegetación, como si acabara de levantarse un momento. El cuadro pertenece a los últimos meses en los que Sorolla pudo trabajar, antes de sufrir la enfermedad que le impediría volver a pintar. No hace falta añadir nada a esa silla para comprender por qué hoy resulta tan conmovedora.

Y en medio de esa vida estaba Clotilde.

Sorolla la pintó tantas veces que podemos seguir parte de su historia a través de los retratos. La vemos joven, vestida para una ocasión especial, con los hijos, descansando o sentada en el jardín. Pero reducir a Clotilde a la mujer que posaba para su marido sería quedarse muy lejos de quien fue.

Estuvo a su lado durante los años difíciles y también cuando llegó el reconocimiento. Mientras Sorolla viajaba, trabajaba o preparaba sus exposiciones, ella asumía buena parte de las responsabilidades familiares. Sus cartas permiten acercarnos a una relación que no puede reducirse a los retratos, por hermosos que sean.

En Clotilde en el jardín, de 1920, aparece sentada en una butaca de mimbre, con un vestido blanco y un gran sombrero. Detrás están las flores y los caminos de aquel lugar que ambos conocían tan bien. No es la Clotilde joven de los primeros retratos, sino una mujer que ha compartido con el pintor muchos años de vida.

Y después hizo algo que cambiaría para siempre el destino de aquella casa.

Cuando Sorolla murió, en 1923, la vivienda dejó de ser el lugar que ambos habían imaginado. Los cuadros seguían allí, pero la vida familiar había cambiado para siempre.

Clotilde decidió que aquel patrimonio debía conservarse. En su testamento de 1925 legó al Estado la casa y las colecciones que le pertenecían para que se creara un museo en memoria de su marido. Murió en 1931, un año antes de que abriera al público.

Podría haber ocurrido otra cosa. Los cuadros habrían acabado repartidos, los muebles habrían cambiado de manos y la casa quizá habría encontrado nuevos propietarios. Pero Clotilde quiso preservar el lugar donde habían vivido. Y gracias a ella hoy podemos conocer algo más que la pintura de Sorolla.

Aunque conservar una casa no significa detener el tiempo.

Al avanzar por la exposición descubrimos las modificaciones que fueron sucediéndose durante décadas. Las fotografías antiguas muestran habitaciones que ya no son exactamente como fueron. Los espacios se adaptaron, cambiaron sus funciones y algunas decisiones tomadas durante la vida del pintor terminaron perdiéndose. Aquella gran ventana del estudio es quizá el ejemplo más evidente, pero no el único.

La casa que ahora conocemos es también el resultado de todas las personas que intervinieron en ella después de Sorolla. Y esa idea se vuelve especialmente visible cuando llegamos a las imágenes de sus habitaciones vacías.

No estamos acostumbrados a ver así un museo. Sin cuadros, sin muebles que reclamen nuestra atención, sin visitantes que se acerquen a las paredes. Las fotografías de Fernando Maquieira nos muestran la vivienda despojada de aquello que durante décadas le había dado su aspecto reconocible.

Resulta inquietante descubrir cuánto cambia una habitación cuando desaparecen sus objetos.

Nos habíamos acostumbrado a visitar la casa de Sorolla como si el pintor pudiera regresar en cualquier momento. Su estudio conservaba esa apariencia de lugar interrumpido, con los caballetes y las pinturas esperando una mano que volviera a trabajar. Pero estas imágenes nos obligan a mirarla de otra manera. Ya no podemos distraernos con los cuadros. De pronto importan las paredes, las puertas, las ventanas, las proporciones de las habitaciones.

Y también todo lo que falta.

La exposición conecta aquella casa con el nuevo edificio, diseñado por Nieto Sobejano Arquitectos. Aquí vuelve a aparecer la luz, pero ya no a través de las ventanas que Sorolla imaginó. Ahora entra por los lucernarios de unas salas concebidas para mostrar y conservar su legado. Un patio interior recuerda los jardines andaluces que tanto le gustaban. No pretende reconstruir su vivienda ni imitarla. Busca prolongar su historia desde otro tiempo.

La casa histórica sigue cerrada por las obras de rehabilitación. Por eso esta reapertura tiene algo de encuentro aplazado. Podemos conocer mejor el lugar donde Sorolla vivió, pero todavía no volver a recorrer sus habitaciones.

Y quizá lo más inesperado de esta visita sea descubrir cuánto puede contarnos una casa a la que todavía no podemos entrar. Hemos encontrado a Sorolla en los planos que corrigió, en la ventana que quiso abrir, en los jardines que pintó y en las decisiones de Clotilde. Y también en lo que ha desaparecido.

Sorolla pasó buena parte de su vida tratando de que la luz no se escapara de sus cuadros. En su casa quiso decidir por dónde debía entrar. Lo que seguramente no imaginó es que, más de un siglo después, una ventana tapiada nos permitiría acercarnos tanto a él.

1. Una ventana que Sorolla abrió en su estudio y que después fue tapiada nos permite descubrir una parte poco conocida de su vida.

2. El pintor participó personalmente en el diseño de su casa para reunir su trabajo y su vida familiar.

3. Los jardines acabaron convirtiéndose en protagonistas de muchas de sus pinturas.

4. Clotilde García del Castillo hizo posible que la vivienda y buena parte de las colecciones se conservaran como museo.

5. Las fotografías de las habitaciones vacías ofrecen una mirada inesperada sobre la casa del pintor.

La historia más íntima de Sorolla a través de una casa que él mismo ayudó a diseñar, los jardines que tantas veces pintó, la mujer que conservó su legado y una exposición que permite descubrir las transformaciones de aquella vivienda.

Quienes quieren acercarse a Sorolla más allá de sus playas, conocer su vida familiar y descubrir cómo el lugar en el que trabajaba terminó convirtiéndose en uno de los museos más singulares de Madrid.

Título: Tras la casa del artista. Arquitecturas del Museo Sorolla (1905-2026)

Lugar: Museo Sorolla, edificio de ampliación. Acceso por calle Zurbano, 68, Madrid.

Fechas: Del 15 de octubre de 2026 al 10 de enero de 2027.

Comisaria: Covadonga Blasco Veganzones.

Organizan: Museo Sorolla y Fundación Museo Sorolla.

Horario: Martes a sábados, de 9:30 a 20:00 horas. Domingos y festivos, de 10:00 a 15:00 horas. Lunes cerrado.

Entrada: Gratuita.

Información para la visita: Solo está abierta al público la ampliación del museo. La vivienda histórica y sus habitaciones permanecen cerradas por rehabilitación.

Extracto: Una ventana desaparecida, una casa diseñada para vivir rodeado de pintura y la decisión de una mujer de conservarlo todo. La nueva exposición del Museo Sorolla nos acerca a la vida que había detrás de sus cuadros.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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