Entre la realidad y la ficción, el humor y la ironía, Enrique Vila-Matas ha construido un universo literario tan singular como inclasificable. Más de medio siglo después de su primera novela, el Premio Nacional de las Letras Españolas reconoce a un escritor que nunca ha dejado de cuestionar las reglas y sorprender a sus lectores.
Escribió su primera novela durante el servicio militar, vivió en una buhardilla de Marguerite Duras e inventó entrevistas con grandes celebridades. El autor barcelonés recibe uno de los mayores reconocimientos de las letras españolas después de medio siglo desafiando las reglas de la literatura.
Hay escritores que cuentan historias y otros que se preguntan qué significa contarlas. Enrique Vila-Matas pertenece a estos últimos. Durante más de medio siglo ha convertido la literatura en un territorio donde casi todo es posible: desaparecer sin marcharse, inventar recuerdos, vivir varias vidas o descubrir que un personaje de ficción puede resultar más verdadero que quien lo ha creado. Ahora, a los 78 años, el autor barcelonés recibe el Premio Nacional de las Letras Españolas 2026, un reconocimiento a una trayectoria que ha hecho de la libertad creativa su principal seña de identidad.
El Ministerio de Cultura ha anunciado este martes la concesión del galardón, dotado con 50.000 euros. El jurado ha reconocido su capacidad para transformar la narrativa contemporánea, su parentesco literario con Borges y Cervantes y una manera de escribir que lleva décadas poniendo en cuestión los límites de la novela. También ha destacado algo que a veces se olvida cuando se habla de literatura experimental: su inteligencia para utilizar el humor y la ironía.
Y si algo caracteriza a Vila-Matas es que nunca ha parecido demasiado interesado en hacer lo que se espera de un escritor. Ni siquiera cuando empezaba.
Su primera novela, Mujer en el espejo contemplando el paisaje (1973), la escribió mientras cumplía el servicio militar en el norte de África. Aprovechaba las tardes para encerrarse en la trastienda de un colmado del regimiento de artillería y escribir. No tenía intención de publicarla. Sin embargo, al regresar a Barcelona, la editora Beatriz de Moura la leyó y decidió llevarla a las librerías. Era una novela construida en una sola frase ininterrumpida. Toda una declaración de intenciones, aunque su autor todavía no supiera hasta dónde lo llevaría aquella manera de entender la escritura.
Poco después llegó París, una ciudad decisiva en su vida y en su obra. Allí alquiló una buhardilla a Marguerite Duras, una de las grandes figuras de la literatura francesa, y se instaló con la intención de convertirse en escritor. De aquella experiencia nació La asesina ilustrada (1977), una novela que aspiraba, nada menos, a matar a sus lectores.
Años después recuperaría aquella juventud parisina en París no se acaba nunca (2003), una de sus obras más conocidas. Con una ironía extraordinaria, revisó las aspiraciones, las inseguridades y las pretensiones literarias de aquel joven que quería parecerse a Ernest Hemingway. El resultado fue también una divertida reflexión sobre la distancia que separa nuestros sueños de lo que finalmente llegamos a ser.
Los escritores que prefieren no escribir
Quizá ninguna de sus novelas explique tan bien su particular universo como Bartleby y compañía (2000). Inspirándose en el personaje de Herman Melville que responde a las exigencias de su jefe con un desconcertante «Preferiría no hacerlo», Vila-Matas construyó un libro alrededor de los escritores que, por distintas razones, habían abandonado la escritura.
¿Por qué alguien que tiene algo que contar decide guardar silencio? ¿Qué sucede cuando la literatura deja de ser una vocación y se convierte en una imposibilidad? ¿Se puede ser escritor precisamente por haber renunciado a escribir?
Las preguntas son tan fascinantes como las respuestas que su autor prefiere dejar abiertas. Porque Vila-Matas ha sabido convertir el fracaso, la renuncia y la desaparición en asuntos literarios de primer orden.
En El mal de Montano (2002), galardonada con el Premio Herralde, el Premio Nacional de la Crítica y el Médicis extranjero, fue todavía más lejos. Su protagonista padece una particular enfermedad: está obsesionado con la literatura hasta el punto de no poder distinguirla de su propia existencia. Y en Doctor Pasavento (2005) exploró el deseo de desaparecer y abandonar la identidad conocida.
En sus libros, los personajes nunca terminan de ser quienes creemos. Cambian de nombre, se inventan biografías, se ocultan detrás de otros escritores o se buscan a sí mismos en libros ajenos. Quizá porque, para Vila-Matas, nuestra identidad tampoco es tan sólida como nos gustaría pensar.
Precisamente esa capacidad para hacer tambalear nuestras certezas es una de las razones por las que el jurado ha querido distinguirlo. Su literatura obliga al lector a participar en el juego, a desconfiar de lo que parece evidente y a aceptar que, a veces, una buena pregunta resulta mucho más interesante que una respuesta.
El humor de quien se toma muy en serio la literatura
Pero sería un error presentar a Vila-Matas como un escritor solemne, encerrado entre referencias literarias. Una de sus grandes virtudes es precisamente el humor, a menudo disparatado, con el que desmonta las convenciones del mundo cultural y se ríe de sí mismo.
Antes de convertirse en un autor reconocido, estudió Derecho y Periodismo, trabajó en la revista de cine Fotogramas y llegó a inventarse entrevistas con personajes famosos, entre ellos Marlon Brando y Rudolf Nuréyev. La realidad podía resultar un inconveniente para alguien que empezaba a descubrir las posibilidades de la ficción.
También ha mantenido una relación bastante particular con sus primeras obras. De Al sur de los párpados (1980) ha contado que le sirvió para aprender a escribir, aunque durante años ha bromeado con impedir que alguien la lea. Y el título de su libro de relatos Nunca voy al cine (1982) terminó condicionando sus costumbres: según explica en su autobiografía literaria, dejó de frecuentar las salas de cine en los lugares donde podían reconocerlo, por miedo a que descubrieran que sí iba.
Estas anécdotas dicen bastante más del escritor que una larga enumeración de premios. Su ironía no es un adorno: es una manera de cuestionarlo todo, empezando por su propia figura. Y también de recordarnos que la literatura, incluso cuando aborda los asuntos más profundos de la existencia, no tiene por qué renunciar a la diversión.

Un escritor sin fronteras
Su trayectoria también tiene algo paradójico. Mientras en España sus primeras propuestas experimentales encontraban resistencias, su literatura despertaba un interés creciente en Francia, Italia y América Latina.
Historia abreviada de la literatura portátil (1985) fue recibida con frialdad por parte de la crítica española, pero encontró una acogida entusiasta fuera de nuestras fronteras. En México, según recuerda el propio autor, aparecieron veintisiete reseñas en menos de veinte días.
A partir de entonces fue construyendo una carrera internacional singular. Sus libros se han traducido a una treintena de idiomas y su trayectoria ha sido distinguida con reconocimientos como el Premio Rómulo Gallegos, el Formentor de las Letras y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de Guadalajara. Francia, donde comenzó a escribir algunas de sus primeras obras, también ha reconocido su contribución literaria con la Legión de Honor y la Orden de las Artes y las Letras.
La influencia de Franz Kafka, Robert Walser, Jorge Luis Borges, Samuel Beckett o James Joyce atraviesa sus novelas. Pero Vila-Matas nunca se ha limitado a rendirles homenaje. Los incorpora a sus ficciones, conversa con ellos, los transforma y los hace participar en ese inmenso juego de espejos que constituye su obra.
En Dublinesca (2010), un editor desencantado emprende un viaje a Dublín mientras reflexiona sobre el final de una determinada manera de entender la literatura. En Kassel no invita a la lógica (2014), el arte contemporáneo se convierte en escenario de nuevas incertidumbres. Y en Montevideo (2022), los lugares, las habitaciones y las puertas adquieren una dimensión que va mucho más allá de lo físico.
A Vila-Matas le interesan las fronteras entre lo real y lo imaginado, pero sobre todo lo que sucede cuando dejan de existir.
La libertad de seguir inventando
Lejos de instalarse en la comodidad de una trayectoria consolidada, en 2025 publicó Canon de cámara oscura (Seix Barral), una novela protagonizada por Vidal Escabia, un personaje de identidad incierta que intenta construir un canon literario personal a partir de setenta y un libros. De nuevo, la lectura como una forma de explorar el mundo y de discutir las jerarquías establecidas.
En cierto modo, ese libro permite comprender una de sus grandes obsesiones: rescatar autores olvidados, cuestionar las modas y demostrar que la literatura avanza gracias a quienes se atreven a buscar caminos distintos.
También resulta reveladora su manera de entender el fracaso. Para Vila-Matas, equivocarse forma parte del oficio de escribir. Una idea poco habitual en un mundo que parece obsesionado con el éxito y que, en su caso, explica su resistencia a repetirse.
Y conserva, además, su particular relación con los premios.
A principios de octubre, cuando su nombre volvía a aparecer entre los favoritos al Nobel de Literatura, aseguró en una entrevista con SER Catalunya que él lo celebraba todos los años como si lo hubiera ganado. Sabía que las posibilidades eran remotas, pero le divertía aquella circunstancia y agradecía que las quinielas sirvieran para acercar sus libros a nuevos lectores.
De hecho, recordaba que sus comienzos no habían sido precisamente fáciles. Su primera crítica literaria llegó después de publicar cuatro libros y apenas ocupaba una línea. Una experiencia que ayuda a entender por qué, tantos años después, continúa considerando sorprendente que su nombre figure entre los candidatos al premio literario más importante del mundo.
Un premio para alguien que nunca ha seguido el camino marcado
El Premio Nacional de las Letras Españolas reconoce el conjunto de una obra y no un título concreto. En la edición anterior distinguió a la poeta María Victoria Atencia, y entre sus galardonados figuran Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Juan Goytisolo, Rosa Montero, Luis Landero, Cristina Fernández Cubas y Manuel Rivas.
En el caso de Vila-Matas, el reconocimiento tiene un significado especial. Durante décadas ha cuestionado las reglas de la narración, las fronteras entre los géneros y hasta la autoridad de quien cuenta una historia. Su obra demuestra que la tradición literaria no es un museo al que acudir con reverencia, sino un espacio con el que se puede discutir, jugar y hasta llevar la contraria.
Y quizá por eso su literatura ha conseguido algo difícil: ser profundamente reconocible sin dejar de sorprender.
En un panorama editorial donde abundan las fórmulas que funcionan y los caminos conocidos, Vila-Matas continúa defendiendo el riesgo, la incertidumbre y el derecho a escribir libros que no se parecen a ningún otro.
Ha demostrado que una novela no necesita obedecer siempre las mismas reglas, que el humor y la inteligencia pueden caminar juntos y que la literatura sigue siendo uno de los pocos lugares donde tenemos la libertad de convertirnos en otra persona.
Enrique Vila-Matas lleva más de medio siglo demostrando que la literatura no tiene por qué parecerse a lo que esperamos de ella. Y quizá ese sea su mayor mérito: haber conseguido que, después de tantos libros, todavía no sepamos qué nos vamos a encontrar al abrir el siguiente.
✍️ Rosa Sánchez de la Vega
