Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Ana Santos:«Las mujeres ni siquiera sabían que podían vivir de otra manera.»

Ana Santos, Premio Espasa 2025 por Sembrar palabras, recorre la historia de las mujeres que hicieron de la lectura y la escritura una forma de libertad.

Cinco siglos de lucha femenina por la educación, la lectura y la escritura muestran cómo la palabra ha sido siempre un acto de resistencia y emancipación. Desde los conventos del Siglo de Oro hasta los movimientos culturales y sociales del siglo XX, las mujeres fueron encontrando grietas por las que abrirse paso, dejando un legado de pensamiento y coraje que todavía hoy sigue marcando nuestra historia.

Tras una vida dedicada a las bibliotecas y al patrimonio escrito, Ana Santos debuta en el ensayo con Sembrar palabras, una obra galardonada con el Premio Espasa 2025 que rescata a las mujeres que hicieron de la lectura y de la escritura una forma de conquistar libertad cuando el acceso al conocimiento les estaba negado. Más que recorrer cinco siglos de historia, el libro invita a mirar el presente desde una pregunta incómoda: si los derechos conquistados una vez pudieron perderse, ¿qué nos garantiza que no vuelva a ocurrir?

Sembrar palabras también es construir un relato de igualdad

P. Sembrar palabras recorre cinco siglos de lucha femenina por la educación, la lectura y la escritura. Voy a partir precisamente del título. ¿Por qué Sembrar palabras?

R. La verdad es que le di muchas vueltas al título porque no era fácil encontrar uno que resumiese tantos años de historia y un recorrido con tanto significado.

Pero, al final, lo que atraviesa todo el libro es la necesidad de construir un relato con referentes de igualdad entre hombres y mujeres, del que nos hayamos podido nutrir desde hace muchos siglos. Ese relato se ha ido construyendo sembrando palabras, dejándolas escritas en un soporte, permitiendo que permanezcan en esos lugares llamados bibliotecas y haciendo posible que otras mujeres pudieran acceder a ellas a través de la lectura.

Por eso eso «Sembrar palabras» son semillas que después han dado lugar a nuevas palabras, contribuyendo así a la creación de esa historia colectiva.

Sin educación resulta imposible imaginar una vida diferente

P. Usted fue educada durante la dictadura. ¿Influye esa experiencia en la manera de leer y escribir esta historia?

R. No sé si puede influir o no, pero a mí me ha influido mucho. De hecho, este libro ha sido también un aprendizaje. He tenido que leer muchísimo, documentarme y descubrir muchas cosas. Y, de una manera casi inconsciente, han ido apareciendo en mi escritura recuerdos de mi infancia y de mi juventud.

Claro que influye. Sobre todo impresiona comprobar cómo la situación a la que llegó la mujer durante el franquismo era, en muchos aspectos, prácticamente la misma que existía en los siglos XV y XVI.

P. Preservar la virtud era uno de los argumentos para no educar a las mujeres igual que a los hombres.

R. Esa fue una obsesión tanto de la Iglesia católica como de los estamentos políticos por dos motivos fundamentales.

El primero, porque esa virtud era considerada la salvaguarda de la familia, del matrimonio entendido en su sentido más tradicional, del recato y de la sumisión.

Y, por otro lado, porque la posibilidad de que las mujeres pudieran desempeñar otro papel y ocupar un espacio público reservado hasta entonces a los hombres se percibía como una amenaza.

P. Aunque hoy lo sabemos, conviene recordarlo. ¿Cómo influyó esa exclusión educativa en la construcción de la identidad femenina?

R. Fue absolutamente determinante. La exclusión significó impedir el acceso a la educación y, por tanto, también a la lectura.

Las mujeres ni siquiera sabían que podían vivir de otra manera. No tenían conocimiento de que existían otras ideas que les permitieran soñar con una vida diferente. Los únicos referentes a los que podían acceder eran aquellos con los que habían sido educadas, y esos referentes las marcaron profundamente.

Porque, si una persona ni siquiera sabe que existen otros mundos posibles o que puede aspirar a vivir en libertad, ¿cómo va a desear alcanzarlos?

Los conventos también fueron espacios de libertad intelectual

P. Los conventos fueron espacios de clausura, pero también de libertad intelectual. Esa paradoja resulta fascinante.

R. Es impresionante comprobar cómo aquellas mujeres con una enorme capacidad intelectual y un deseo auténtico de acceder al conocimiento, como ocurrió con Sor Juana Inés de la Cruz, tenían que renunciar necesariamente al matrimonio y encontrar, precisamente entre los muros de un convento y bajo un hábito, el único espacio donde podían desarrollar esa libertad intelectual.

P. ¿Podríamos decir que los conventos fueron pioneros en la educación femenina en España?

R. De alguna manera, sí. Las novicias que ingresaban en los conventos debían saber leer y, si no sabían, se les enseñaba.

La cultura escrita fue una de las claves para el mantenimiento de las órdenes religiosas. Las monjas no solo tenían que aprender la doctrina, sino también dejar por escrito sus experiencias y contribuir a preservar el dogma.

Por eso existe una enorme cantidad de escritos de religiosas. Muchos todavía no han sido publicados, aunque gracias a la crítica literaria feminista se están recuperando cada vez más.

En aquellos siglos, las monjas eran, junto con algunas mujeres de la nobleza, las mujeres más instruidas.

Cuando las mujeres conquistaron el derecho a pensar en público

P. Con la Ilustración llegan los salones, las tertulias, las academias… ¿Es entonces cuando empieza a surgir una verdadera voz femenina?

R. Surge esa voz porque la mujer quiere salir del espacio privado, del hogar, que hasta entonces era prácticamente el único lugar que tenía permitido ocupar.

Los salones le permiten descubrir otro mundo. Allí puede relacionarse intelectualmente con otras personas, acceder a nuevas ideas y a un conocimiento que hasta entonces le había estado vedado.

Pero no solo eso. También descubre el galanteo, la moda, las ganas de vivir, de disfrutar y de aprender. Todo eso abre un horizonte completamente nuevo.

Naturalmente, estamos hablando de mujeres pertenecientes a clases privilegiadas. No debemos olvidar que el mundo rural y las clases menos acomodadas vivían una realidad completamente distinta.

Pero aquellos espacios hicieron posible algo fundamental: por primera vez comenzó a debatirse públicamente la necesidad de que las mujeres recibieran educación y pudieran acceder al conocimiento.

Escribir también fue una forma de desafiar al poder

P. En el siglo XIX aparecen escritoras que intentan legitimarse en un mundo dominado por los hombres. ¿Qué riesgos asumieron?

R. Corrieron muchísimos riesgos.

De hecho, hubo un grupo muy significativo al que denomino las escritoras de la domesticidad, porque defendían con enorme insistencia el papel tradicional de la mujer como madre y esposa, así como la autoridad del marido. En el fondo vivían una enorme contradicción, pero necesitaban ser aceptadas.

Esa necesidad de aceptación ha sobrevolado durante siglos toda la creación literaria femenina.

Muchas de aquellas mujeres fueron insultadas tanto en público como en privado. Las llamaban marisabidillas, bachilleras, literatas… Toda una serie de calificativos despectivos porque resultaba impensable que una mujer tuviera capacidad para escribir y, además, hacerlo bien.

Frente a eso hubo mujeres que defendieron con enorme valentía sus ideas. Pienso en Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal o Rosario de Acuña, entre otras.

No solo defendieron sus posiciones, sino que además combatieron una teoría muy difundida en aquella época: la frenología, según la cual el cerebro femenino era biológicamente distinto al masculino y estaba únicamente preparado para desempeñar el papel de madre y esposa.

Según esa teoría, cualquier mujer que quisiera salir de esa función estaba actuando contra su propia naturaleza y, casi, dejaba de ser considerada una mujer.

Es muy significativo, por ejemplo, que a la primera mujer que consiguió obtener el título de Medicina la llamaran «el doctor con faldas».

Y cuando un grupo de mujeres intelectuales y extraordinariamente valientes quiso crear el Lyceum Club, que fue probablemente la primera asociación feminista entendida como tal y con una clara vocación educativa, muchos las ridiculizaban llamándolo «el club de las maridas».

La igualdad también empezó conquistando derechos civiles

P. En las primeras décadas del siglo XX, esa lucha por la igualdad deja de ser solo cultural y se convierte también en una lucha política. ¿Qué factores hicieron posible ese paso?

R. Fue otra de las grandes claves.

Por primera vez la mujer empieza a participar en política y quiere hacerlo de manera consciente, porque comprende que es la única forma de conquistar derechos civiles. Sabe que, sin esos derechos, nunca podrá alcanzar la igualdad por mucho que lo intente.

Gracias a la constancia de Clara Campoamor se consiguió el derecho al voto, aunque para ella tuvo un coste personal enorme.

Y junto a ella encontramos figuras como María Lejárraga, otro caso muy significativo. Escribió durante años bajo el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, incluso después de haberse divorciado de él.

Fue una mujer que no solo participó activamente en la vida política, sino que además ejerció una enorme influencia intelectual para que tanto la Constitución de 1931 como el posterior desarrollo del Código Civil contemplaran los derechos de las mujeres.

P. ¿Cierra el libro en 1936?

R. Sí, lo cierro en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, porque después, como digo, un velo de silencio y oscuridad lo cubrió todo.

Durante la guerra el sufrimiento fue inmenso para todos, pero, una vez finalizada, las mujeres volvieron a ocupar una posición social muy similar a la que habían tenido en los siglos XVI y XVII. Regresaron al hogar, recluidas. Los índices de analfabetismo en España volvieron a ser elevados, especialmente entre las mujeres, y solo un porcentaje muy reducido llegaba a cursar el bachillerato.

Conocer el pasado también es una forma de proteger el futuro

P. ¿Qué responsabilidad tienen hoy las instituciones culturales y educativas para mantener viva esa memoria?

R. La responsabilidad es enorme, porque si no conocemos lo que ocurrió pensamos que estamos en un lugar seguro, en un espacio confortable del que nunca nos vamos a mover.

Uno de los mensajes de este libro es precisamente explicar que todo lo que se había conquistado se perdió. Y se perdió de un día para otro, cuando nadie lo esperaba.

Para evitar que eso vuelva a suceder no basta con luchar en el presente; es imprescindible conocer el pasado, valorar hasta dónde se ha llegado e intentar que aquello no vuelva a repetirse.

Por eso las instituciones culturales tienen una labor pedagógica fundamental. No solo deben conservar la memoria, sino también contarla y dar a conocer lo que ocurrió.

Una de las iniciativas de las que me siento especialmente orgullosa nació precisamente en la Biblioteca Nacional hace diez años, junto con la Asociación Clásicas y Modernas y la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE). Allí impulsamos el Día de las Escritoras.

Sí, nos lo inventamos. Fue una iniciativa que nació allí y que hoy ya es una realidad consolidada. Cada año, cientos de instituciones, tanto en España como fuera de ella, dedican ese día a leer y difundir la obra escrita por mujeres.

El acceso al conocimiento también plantea nuevos desafíos

P. En pleno siglo XXI el acceso al conocimiento parece universal. Sin embargo, ¿cree que la tecnología también está creando una nueva brecha de género?

R. Creo que sí. Es uno de los grandes problemas que tenemos y, además, supone una amenaza.

Muchas veces vuelve a aparecer el miedo, especialmente por el acoso que se produce en las redes sociales. Por eso es tan importante la pedagogía y la formación desde la infancia. Es fundamental educar en igualdad desde los primeros años, tanto a niñas como a niños.

Vivimos un momento extraordinario porque, por primera vez en la historia, el acceso al conocimiento está al alcance de prácticamente todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, debemos ser conscientes de los riesgos que también conlleva esa enorme cantidad de información.

Las escritoras han transformado para siempre el panorama literario

P. ¿Qué continuidad ve entre aquellas sembradoras de palabras y las nuevas generaciones de escritoras?

R. Ahora estamos viviendo un momento maravilloso.

Ya empezó a percibirse durante la Transición, cuando las escritoras comenzaron a multiplicarse, a hablar de los temas que les preocupaban y a contar, sin miedo, situaciones difíciles que habían vivido.

P. Aunque hubo quien pensó que aquello sería una moda pasajera y que el canon nunca cambiaría.

R. Sí, hubo quien lo creyó. Pero, afortunadamente, hoy cada vez hay más mujeres que escriben con absoluta libertad y que, además, ocupan con frecuencia los primeros puestos en las listas de los libros más vendidos.

Eso es fundamental porque no solo cuentan sus problemas o sus preocupaciones, sino también cómo ven el mundo y cómo imaginan su futuro como mujeres.

Los personajes de muchas de esas novelas reflejan precisamente esa nueva mirada.

La igualdad solo puede construirse desde el humanismo

P. ¿Diría que el antifeminismo se repite hoy, aunque con otro lenguaje?

R. De alguna manera, sí.

También pienso que el feminismo debe ser un feminismo de igualdad absoluta, sin agresividad, sin insultos y desde el humanismo.

El humanismo es el que puede hacer avanzar a la sociedad, porque parte de una consideración en igualdad entre hombres y mujeres.

Muchas veces pienso en todo lo que nos hemos perdido durante casi quinientos años por no haber podido contar con esa otra mirada ni haber conservado las palabras escritas desde esa perspectiva.

La igualdad también significa poder elegir

P. ¿Y qué ocurre cuando el antifeminismo procede de las propias mujeres?

R. Creo que, en ese caso, solo puede ser consecuencia de la ignorancia o del desconocimiento.

Porque el feminismo no consiste en poner a unas personas por encima de otras. El feminismo es igualdad desde la dignidad del ser humano, y esa dignidad pasa por la capacidad de elegir libremente el propio destino.

Una mujer puede decidir ser madre y esposa, por supuesto, pero hoy tiene la libertad de elegirlo. Hace muy poco tiempo ni siquiera sabía que podía vivir de otra manera.

Ahora sí lo sabe.

Es verdad que, en ocasiones, se confunde el feminismo con la idea de que ahora nos toca estar por encima de los hombres. Y no se trata de eso. Se trata de igualdad, de equidad.

Y es fundamental que las propias mujeres promovamos esa idea, porque no podemos aspirar a ocupar un espacio nosotras solas. Lo que necesitamos es construir un espacio compartido por todos y por todas.

Perder el miedo también forma parte de la conquista de la igualdad

P. ¿Qué opinión le merece el movimiento MeToo?

R. Creo que el MeToo supuso un avance y fue importante porque permitió perder el miedo y dar un paso adelante.

Ahora bien, en cuestiones como esta también hay que actuar con la cautela necesaria para distinguir cuándo los hechos ocurrieron realmente y cuándo pueden responder a otros motivos.

Hay que ser prudentes, pero sin perder de vista lo esencial: lo importante es que las mujeres dejen de tener miedo.

Sucede exactamente igual con la violencia de género. Denunciar es necesario, es imprescindible. Pero también hace falta que exista un respaldo institucional, social y administrativo que garantice su protección.

Porque seguimos en pleno siglo XXI y esto continúa ocurriendo. Desgraciadamente, ocurre de manera constante. No pasa una semana sin que tengamos nuevos casos.

Toda transformación empieza con una mujer leyendo

P. Si pudiera resumir el despertar intelectual de las mujeres en una sola imagen, ¿cuál sería?

R. La imagen de una mujer con un libro abierto, leyendo.

Leer siempre. Hay que leer.

De hecho, los grandes periodos de florecimiento del pensamiento coincidieron con momentos de gran desarrollo del mundo editorial, con un aumento muy importante tanto de los títulos publicados como de las tiradas y de los sistemas de distribución del libro.

La lectura ha permitido tanto a mujeres como a hombres descubrir otros mundos y comprender que existen otras maneras de vivir.

El conocimiento empieza ahí.

«La mejor cosecha será que comprendamos el camino recorrido»

P. Sembrar palabras ha sido reconocido con un premio. ¿Qué ha supuesto para usted?

R. Lo primero, una enorme sorpresa. Y lo segundo, un inmenso agradecimiento.

No podía imaginar que este, que es el primer libro que escribo, fuera a gustarle al jurado.

Me sentí profundamente agradecida. De hecho, ya les dije que, para mí, el verdadero premio había sido escribirlo, porque me ha dado la oportunidad de aprender muchísimo.

Es algo que nunca deberíamos olvidar: siempre tenemos que seguir aprendiendo.

Y, además, si este reconocimiento ha servido para que el libro se lea más y para que esta historia llegue a más personas, pues bienvenido sea.

P. Después de haber sembrado tantas palabras, ¿qué le gustaría recoger?

R. No tengo ni idea de qué voy a recoger.

Pero si consigo que unas cuantas mujeres y unos cuantos hombres —en igualdad— conozcan esta historia, comprendan lo que ocurrió, valoren el camino recorrido y reflexionen sobre lo que todavía puede suceder, esa ya habrá sido la mejor cosecha.

Cinco ideas que encontrarás en esta entrevista

  • Cómo la lectura y la escritura se convirtieron durante siglos en una forma de libertad para las mujeres.
  • El papel de los conventos, las bibliotecas y las escritoras en la conquista del conocimiento.
  • Por qué los derechos conquistados pueden perderse si olvidamos la historia.
  • La visión de Ana Santos sobre el feminismo, la igualdad y el humanismo.
  • La importancia de la memoria y de la educación para construir una sociedad más libre.

Encontrarás…

Una conversación con Ana Santos sobre Sembrar palabras, Premio Espasa 2025, donde recorremos cinco siglos de historia para descubrir cómo las mujeres conquistaron el derecho a leer, escribir y acceder al conocimiento, y por qué esa memoria sigue siendo imprescindible para entender el presente.


Ideal para…

  • Quienes disfrutan del ensayo histórico.
  • Lectores interesados en la historia de las mujeres.
  • Personas que quieran comprender el origen de muchos de los derechos actuales.
  • Docentes, estudiantes y mediadores de lectura.
  • Amantes de los libros, las bibliotecas y la historia cultural.

Ficha del libro

Título: Sembrar palabras

Autora: Ana Santos

Editorial: Espasa

Género: Ensayo

Premio: Premio Espasa 2025


Y tú, qué opinas…

¿Crees que conocemos realmente el camino que recorrieron tantas mujeres para que hoy estudiar, leer o escribir nos parezca un derecho incuestionable? Te leemos en los comentarios.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

MUCHO MÁS QUE
UNA ENTREVISTA

SÍGUENOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de
Rosa pasa página en tu correo. 

MÁS LEÍDOS

LIBROS DEL AUTOR

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de Rosa pasa página en tu correo. 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR