Entre secretos familiares y verdades estremecedoras, Amada Carlota explora las heridas de las mujeres a lo largo de generaciones, los abusos de poder, la violencia, la culpa y la resiliencia. En sus páginas, Carlota Aguado y el detective Tony Roures se enfrentan a un pasado que condiciona el presente en una historia que combina el suspense de un thriller con la profundidad de la buena literatura.
Marta Robles construye con esta novela un relato que invita a reflexionar sobre los límites de la verdad y la memoria, y nos adentra en un universo narrativo tan inquietante como revelador.
P.—Tu novela, me ha removido por dentro.
R.—Me alegra haberte sorprendido porque esta es una historia que yo creo que va a tocar muchos corazones y también muchos estómagos.
P.— “Una mujer acaba de dar a luz, y la reprimen por gritar de dolor, obligándola a empujar. El médico, concentrado solo en que salga el bebé, realiza una episiotomía sin miramientos. El bebé llora, y cuando la madre pide verlo, la matrona le dice que es una niña y lo coloca sobre su pecho, al tiempo que le advierte que no se acostumbre a ella”
R.—Y, además, es una adolescente de 16 años. Da a luz a un bebé que le quitan del regazo apenas minutos después de nacer. Así comienza Amada Carlota.
P.— Has centrado la historia en el robo de bebés y los abusos contra las mujeres. Es el núcleo de la trama, y resulta estremecedor. Por eso has dicho que muchos lectores se van a sorprender.
R.—Exacto. La novela habla de abusos y manipulación femenina en distintos momentos de nuestra historia reciente. Y aunque el robo de bebés durante la dictadura nos impacta, lo más sobrecogedor es que muchos de estos casos siguieron ocurriendo años después. Es un asunto casi imposible de reparar: algunos culpables fueron juzgados y finalmente absueltos, y otros casos están prescritos. El dolor, en cambio, no prescribe.

P.—¿Qué le dirías a una madre que sigue buscando a su hijo?
R.—Que no creo que pueda evitarlo. Si una madre sospecha que su hijo sigue vivo y tiene la más mínima posibilidad de encontrarlo, seguirá buscándolo. Y ocurre también al revés: muchos hijos descubren por circunstancias de la vida que no son los hijos de los padres que creían, y sienten un impulso igual de fuerte por buscar la verdad.
P.—La novela está estructurada entre los años 60, 70, 80 y 2018. ¿Qué te llevó a organizarla con este vaivén de fechas?
R.—Vamos a ver tres espacios temporales. El relato comienza en 1985, cuando esa joven de 16 años da a luz a una niña en una clínica clandestina. Después, nos trasladamos al presente, 2018, porque quería situarlo antes de la pandemia. Y a lo largo de la historia, viajamos desde los años 60 hasta la actualidad, porque muchas veces el presente está condicionado por el pasado, y este es uno de esos casos.
También hacemos referencia a las madres republicanas que fueron separadas de sus hijas bajo una justificación cuanto menos curiosa: “protegerlas de la contaminación ideológica”. Durante el siglo XIX y principios del XX hubo mucho pensamiento supremacista según las distintas ideologías, y eso influyó en muchos de los acontecimientos posteriores.
En tiempos de la dictadura, existió un pensamiento casi “quirúrgico” desde los servicios psiquiátricos del franquismo, que trataba de defender la existencia del llamado “gen rojo”. Según el jefe de estos servicios, quienes lo poseían —los de ideologías diferentes a la del régimen— eran personas inferiores: degenerados, menos inteligentes, menos atractivos… en definitiva, “todo menos humanos”. Era una teoría absolutamente descabellada, pero no era un caso aislado: todavía quedaban resquicios de este pensamiento en Europa. Toda la historia de la humanidad, de algún modo, se ha tratado de justificar lo injustificable, y aquí vemos un ejemplo claro: separar a madres republicanas de sus hijos.
Estas mujeres, muchas veces encarceladas simplemente por pertenecer al bando republicano, eran privadas de sus hijos para que los criaran familias consideradas “buenas”, es decir, alineadas con la ideología del régimen.

P.— Otro de los puntos de la novela es la aparición de un profesor universitario que, a través de la hipnosis, introduce un tema muy controvertido: el llamado neurosexo. Es algo casi actual. Creo que la violencia de género y el abuso han ido mutando con el tiempo, adoptando distintas formas, pero siguen siendo abuso.
R.—Desde luego. El caso del profesor está ambientado en el presente, pero utiliza herramientas casi futuristas, como la dark web y otras circunstancias que hoy nos resultan muy reales. Se habla del neurosexo, una corriente que ya estuvo muy presente en el pasado: en Argentina, por ejemplo, se ha investigado mucho sobre ello. Y si nos remontamos aún más atrás, ya en la época de Dickens el hipnotismo se utilizaba como una herramienta para “curar” los nervios o la histeria de las mujeres. Pero siempre estaba vinculado a lo mismo: al hecho de que se ponían nerviosas con el tema de los orgasmos. Se las trataba como enfermas y había que “curarlas” de su histeria.
Es que hemos sido histéricas durante demasiado tiempo. Y lo seguimos siendo, en cierto modo. Yo siempre digo que puedo soportar que me llamen casi de todo, menos histérica. Porque si alguien me llama histérica… me pongo histérica.
P.— ¿Y cuando alguien dice: “Tú estás loca”?
R.—Eso es universal. Y es, sin duda, una forma de maltrato. Cuando a una mujer la llaman “loca” o “histérica”, lo que están haciendo es maltratarla, ningunearla, someterla. Creo que son palabras que no deberíamos aceptar bajo ninguna circunstancia, ni siquiera como una broma. Porque si admites esa broma, ya estás dando un paso más en la normalización de ese maltrato.
P.—Hay entonces un paralelismo, entiendo, entre el silencio impuesto a las mujeres en la época del franquismo y el que todavía hoy sufren muchas víctimas abocadas a distintos abusos.
R.—Sí, porque el abuso casi siempre lleva aparejado el silencio. Ha sido así en el pasado, lo es en el presente y, aunque espero que cada vez menos, probablemente también lo será en el futuro, porque el mal siempre estará sobre la tierra. Cuando alguien se siente abusado, a menudo calla: porque está sometido, porque es vulnerable o porque vive en una situación de precariedad —ya sea sentimental, material o de cualquier otro tipo—. Y normalmente ese sometimiento se vive en silencio.
Piensa en un niño víctima de bullying: le quitan cosas, lo humillan, lo maltratan, y tarda muchísimo en contarlo. Lo mismo ocurre con una mujer: cuando empieza a ser maltratada, la vergüenza que siente, incluso cuando ya es consciente de lo que está pasando, la hace callar durante mucho tiempo. Y en épocas pasadas era todavía más difícil hablar: ibas totalmente a contracorriente. Desde las más altas esferas ya se decía que la mujer estaba para dar gusto a su marido y punto. Con lo cual, si tu marido se pasaba contigo veinticinco mil pueblos, pues “era lo que tocaba”.
Ahí está ese dicho que aún hoy me estremece: “Mi marido me pega lo normal”. Es terrible. Y ese maltrato, físico o psicológico, ha existido en todas las épocas. Siempre acompañado de silencio. Siempre acompañado de secreto.

P.— Ese silencio, además, generaba culpa. Muchas veces la mujer callaba porque sentía que era responsable de lo que le ocurría.
R.— Exacto, por eso mismo. Porque tenía interiorizada la idea de que era culpable, de que merecía lo que le estaba pasando. Y las víctimas de maltrato, siempre, siempre se sienten culpables. Pero creo que en los abusos sexuales esa culpa es todavía mayor. Y no sé muy bien cómo se puede erradicar, parece algo muy difícil. Incluso hoy, si vas a un centro de mujeres maltratadas o hablas con mujeres que han sufrido abusos a lo largo de su vida, siempre aparece esa pregunta: “¿Lo provoqué yo?”. Es terrible, pero es así.
P.—Carlota Aguado es una jueza brillante, fuerte, pero también rota por un secreto. ¿Querías mostrar esa contraposición entre fuerza y vulnerabilidad?
R.— A mí Carlota me gusta muchísimo por distintas razones. Es una mujer que rompe normas establecidas dentro de un rol muy rígido como el de jueza. En lo profesional es impecable: cumple con la ley y es extraordinaria en su trabajo. Pero en su vida personal desafía los estereotipos. Es rebelde, transgresora. Y claro, parece imposible que alguien tan dura, tan atractiva y tan grande pueda esconder tras de sí una historia llena de secretos, de dolor, de angustia, incluso de miedo.
A lo largo de la novela, Carlota se rompe varias veces, pero también se reconstruye. Y me parece hermoso porque, aunque esta es una historia durísima —a ratos incluso insoportable, como me decía un amigo—, hay luz al final del camino. Aquí sí es posible la reconstrucción de los personajes.
Me gusta mucho Carlota porque estoy cansada de la idea de que las mujeres tenemos que ser “seres de luz”: buenísimas, impecables, perfectas. No, las mujeres somos como cualquier ser humano: a veces buenas, a veces malas, a veces incumplimos, a veces nos enfadamos. Nos rompemos una y mil veces, y como en el kintsugi japonés, cada vez que nos reparamos podemos ser mejores.
P.– Sobre todo porque somos personas.
R.—Exacto, somos personas. Ni mejores ni peores que los hombres. Hay hombres buenísimos y malísimos, mujeres buenísimas y malísimas, personas tontísimas y personas inteligentísimas. Somos personas, y yo reivindico eso.
P.—¿Qué supuso para ti encarnar a Magdalena, una mujer anulada?
R.—Fue todo un viaje. Magdalena es un personaje muy representativo de la dictadura, y creo que hubo muchísimas mujeres con su perfil. Mujeres que, por precariedad económica o por presión familiar, caían en determinadas circunstancias y quedaban atrapadas en “el qué dirán”, en las apariencias. Magdalena pasa por muchos estadios distintos, y como tantas otras, se justifica diciendo: “¿Para qué dar un paso adelante, si no me van a creer?”. Pero ese silencio es también un acto de cobardía.
Ella tiene cosas muy buenas, pero a veces su cobardía le sale muy cara a quienes tiene alrededor, incluso a personas muy queridas. Pasa por momentos durísimos, uno de ellos vinculado a una etapa especialmente dura de nuestra historia: los años 80 marcados por la heroína. Fue una época terrorífica que, vista desde hoy, estremece todavía más. Porque murieron muchos, pudieron haber muerto aún más, y cualquiera de nosotros habría podido ser uno de ellos.

P.— Reflejas esta etapa con gran intensidad en esta historia.
R.— Sí, porque de pronto se caía casi sin darte cuenta. Hay algo que me hace mucha gracia: ahora están tan de moda las benzodiacepinas y, curiosamente, en el libro aparecen. Magdalena empieza sus coqueteos con las drogas precisamente con benzodiacepinas, con las Little Mother’s Helpers, como las llamaban los Rolling Stones. Eran esas pastillitas amarillas, los Valium, las primeras benzodiacepinas que llegaron a España y que se pusieron de moda. Se usaban para que las madres pudieran sobrellevar el día a día, la cotidianidad. Es curioso que, en pleno siglo XXI, tantos años después, las benzodiacepinas sigan estando en primera línea, aunque hoy convivan con drogas de efectos mucho más fuertes. Pero, al final, ellas siguen reinando.
P.—Aunque la imagen de la heroína, de la jeringuilla, impacta mucho más. Es algo físico, visible, que te marca.
R.— Claro. Y por eso también quería dejar un rayo de luz. Porque la droga mata, entonces y ahora. Mata en la novela, pero también quería mostrar que de la droga se puede salir. Con muchísimo esfuerzo, con voluntad, sí, pero se puede. Y eso también me parecía importante reflejar
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P.—Tony Roures es un personaje al que rescatas; ¿cómo buscaste reflejar su masculinidad y cómo es reencontrarte con él cada vez que vuelves a su historia?
R.— Roures tiene mucho de mí. Siempre digo que es más culto que yo, pero yo le presto mis libros, mi música, mis reflexiones… le doy muchas cosas. Me apetecía mucho que tuviera también momentos de introspección. Y hay pasajes muy divertidos, que recogen esos pensamientos masculinos en los que a veces no reparamos. Reflexiones sobre el sexo, sobre el paso del tiempo, sobre costumbres cotidianas.
Me hace mucha gracia una escena en la que tiene dos cafeteras: la tradicional y la de cápsulas. Dice: “Yo no quiero la de cápsulas, yo soy de toda la vida”. Pero cuando tiene prisa se prepara el café de cápsulas… y encima está estupendo. Y claro, eso le molesta, porque él quiere seguir anclado en su manera de hacer las cosas.
Roures es un hombre muy masculino, un “tío” con todo lo que conlleva ese estereotipo. Pero también es cabal, leal, alguien en quien puedes confiar. Tiene muchos defectos y hace lo que puede, no siempre le sale bien. Para mí es como mi Marlow particular, y eso me gusta mucho. A él le encantaría que no le importara lo que pasa a su alrededor… pero no puede evitarlo. Y pienso: “A ver cuándo aprendo yo”. Pero no, con los años que tengo, todavía no.
P.—¿Cuántas de tus propias heridas se filtran en esta novela?
R.—Hay unas cuantas heridas mías infiltradas en la historia. No tiene nada que ver con lo que estoy contando, y no sería ni el momento ni el lugar para profundizar en mis propias experiencias. Pero sí hay una mirada sobre muchas cosas que me hirieron en su momento. Por ejemplo, todo lo que hemos comentado sobre la droga: yo he visto escenarios tremendamente oscuros, he sido testigo de muchísima cobardía en mujeres y de lo que eso les ha costado a quienes las rodeaban. Así que sí, hay heridas mías también.
P.— Dado que al principio comentábamos que hay muchas escenas muy potentes, ¿hubo alguna que dudaste si escribirla o que te costó especialmente?
R.— Sí, sin duda. Hay circunstancias de abuso que aparecen en la novela que para mí son líneas rojas absolutas. Me costó muchísimo introducirlas, pero me parecía fundamental hacerlo. Porque, entre otras cosas, son parte de la realidad diaria. No eran solo un caso aislado: son el pan nuestro de cada día, en todo el mundo. Por eso me parecía importante abrir la puerta de una familia convencional, donde supuestamente no deberían suceder ciertas cosas… y, sin embargo, suceden, y además se ocultan de manera terrorífica.

P.—Las novelas no serían nada sin escenarios que las acompañen. En esta, tenemos Madrid y Asturias, además de la clínica San Ramón, que es real. ¿Por qué Asturias?
R.— Asturias me apasiona, y sentía que tenía un viaje pendiente en mis novelas. Me gustaba trasladar la historia de Gijón a Llanes, luego desde Madrid hasta Llanes y de regreso. Todos esos viajes me parecían muy interesantes para la narrativa. Así, de algún modo, recorría con Roures la Semana Negra de Gijón y él se encontraba con algunos personajes a los que yo tanto quiero, míticos de la propia Semana Negra, como Ángel de la Calle, exdirector del festival, entre otros.
Los parajes de Asturias que nombro tienen una belleza extraordinaria, y realmente quería que el lector los conociera. Además, hay un hotel que se llama Amada Carlota, de donde surge el título de la novela.
P.— Un buen restaurante, entonces.
R.— En realidad, ahora mismo es solo un restaurante japonés. Hace años, cuando se desarrollaba la novela, era hotel y restaurante. Se llama Amada Carlota porque los dueños son Carlos y Yolanda Carlota, y también hace referencia a Amada Carlota, la amante del amor de Werther. Me llamó mucho la atención: mientras investigaba los parajes, me encontré con un lugar que tenía ese nombre, y pensé: “¿Tú crees en las señales?” Roures también lo comenta cuando se topa con ese lugar, buscando lo que está buscando: “¿Tú crees en las señales? Cómo no”.
P.—Mencionas las viviendas que parecen prisiones para quienes las habitan.
R.— También es un tema muy fuerte. Y no es algo aislado: por desgracia, hay mucha gente que vive encerrada en su casa, en una vida de mentira, en su familia, y con miedo a salir de ahí. No siempre es por quedarse en la zona de confort, sino porque no saben cómo hacerlo, o temen que si lo hacen podrían dañar a alguien. Siempre digo que cuando las puertas se cierran, esos hogares se convierten en un puro enigma donde pasan muchas cosas. Y hay muchas personas —no solo mujeres, también hombres— que viven atrapadas en su propia historia por querer mantener las apariencias.
P.—¿La música es necesaria, tanto en tu vida como en esta novela?R.— En esta novela la música es especialmente importante. Creo que hay una banda sonora original que merece mucho la pena, y hay incluso una lista en Spotify. Además, quería hacer un pequeño homenaje a otro de los personajes que acompaña habitualmente a Roures: Manos. Es un personaje curioso, la antítesis de Roures, casi la “anticultura”, pero están unidos por un cariño y una lealtad que conmueve mucho al lector. Manos es leal y honesto, y todo lo que le ocurre en la novela refleja eso.
Entrevista:Rosa Sánchez de la Vega
Fotos: Gonzalo Perez Mata–Jorge Pintado–Rosa Sánchez
