Entre espadas y sombras: el regreso de Alatriste con Misión en París
Han pasado casi treinta años desde que Diego Alatriste apareciera por primera vez en las librerías, y catorce desde que sus seguidores lo vieron por última vez en El puente de los asesinos. Ahora, el soldado melancólico, asesino a sueldo y símbolo de una España contradictoria, regresa con una octava entrega, Misión en París. Arturo Pérez-Reverte lo presentó en Madrid en un acto que fue tanto una celebración como una defensa de su forma de narrar la historia.
“Me di cuenta de que había vivido lo suficiente para contar otra historia más. Los lectores me lo han exigido, algunos incluso con insultos cariñosos. Era el momento de cumplir esa deuda pendiente”. En esa frase, medio irónica y medio confesional, estaba la clave del regreso: una mezcla de compromiso con sus lectores y la voluntad de saldar cuentas con un personaje que, según él mismo, se ha convertido en “un héroe muy español, con lo mejor y lo peor de nosotros”.

París, 1627: intrigas y pólvora
La novela sitúa a Alatriste y a sus compañeros en un nuevo escenario: París y, después, la sitiada ciudad de La Rochela. Un año apenas ha pasado en la ficción desde la aventura veneciana, aunque en la realidad hayan transcurrido tres lustros. Íñigo Balboa, el joven aprendiz convertido en narrador, regresa a Madrid como correo real, mientras su capitán se mantiene en el norte de Italia junto a Copons y el moro Gurriato.
La misión llega de la mano del conde de Guadalmedina y Francisco de Quevedo, que los convocan para un encargo secreto en la capital francesa. Allí, el autor despliega una geografía detallada: las posadas cercanas al Louvre, la plaza de la Grève, el Puente Nuevo, la plaza Dauphine, la catedral de Notre Dame. París se muestra como una ciudad inmensa y vibrante, más grande y sucia que Madrid, más refinada y diversa, aunque, como apunta Alatriste, con tabernas muy por debajo de las españolas.
El trasfondo es el asedio de La Rochela de 1628, episodio decisivo en la lucha entre católicos y protestantes franceses, con Inglaterra como aliada rebelde y España maniobrando en el tablero diplomático. “Después de tantas guerras civiles, Francia quería consolidar la unidad política y religiosa, y Richelieu fue implacable”, explica Quevedo dentro de la trama, sintetizando un conflicto que Pérez-Reverte convierte en escenario de conspiraciones, duelos y traiciones.

Ecos de Dumas
Uno de los grandes guiños de la novela está en la aparición fugaz de los mosqueteros de Alejandro Dumas. Athos, Porthos, Aramis y un joven D’Artagnan se cruzan con los protagonistas españoles como personajes de paso, nunca centrales. “Los tres mosqueteros marcó mi vida desde niño —reconoció Pérez-Reverte—. Quería que aparecieran de forma natural, sin caer en el pastiche. Es un homenaje a uno de mis maestros de aventuras”.
El escritor no esconde su deuda con Dumas. De hecho, en El club Dumas ya había rendido tributo a esa tradición literaria. En esta ocasión, el homenaje adquiere una dimensión distinta: Alatriste y los mosqueteros comparten época, calles y enemigos, como si dos universos narrativos se rozaran en el mismo París barroco.

Entre la luz y la sombra de España
La presentación no solo giró en torno a la trama, sino a la mirada del autor sobre la historia. Pérez-Reverte insistió en que la serie busca narrar el Siglo de Oro en toda su complejidad: “Es un libro que molesta a los extremos, a la extrema izquierda y a la derecha. A unos porque creen que ensalza la España imperial, a otros porque muestra la Inquisición y la leyenda negra. Pero España fue gloriosa e infame, luminosa y oscura, y Alatriste es el símbolo de todo eso”.
Ese posicionamiento conecta con la génesis misma de la saga, nacida cuando el escritor comprobó que en los libros escolares de su hija el Siglo de Oro apenas ocupaba unas líneas. Su objetivo, entonces, fue devolver a los jóvenes la memoria de una época en la que España era potencia hegemónica, modelo cultural y también escenario de sombras.
El capitán envejecido
En la escritura de esta entrega, Pérez-Reverte se enfrentó a un temor: “Pensé que quizá había perdido el tono. Alatriste tiene un lenguaje muy específico: un castellano que recuerda al XVII pero que debe ser legible hoy”. El esfuerzo le obligó a releer, a recuperar mapas y fuentes históricas, y a reencontrar el pulso de un narrador que mezcla clasicismo y claridad.
Pero lo que más le sorprendió fue otra cosa: el envejecimiento inevitable del personaje. “En estos años, yo también he acumulado remordimientos. Eso se nota en la novela. Alatriste está más amargo, más desesperado. Aunque solo haya pasado un año en la ficción, su corazón ha envejecido conmigo”. El escritor admite que proyectó en él sus propios fantasmas, recuerdos de su vida como reportero y de las escenas que aún lo atormentan.
El resultado es un héroe aún más sombrío. Un hombre que sabe que su rey es débil, que desprecia a Felipe IV pero sigue siéndole fiel porque así lo dicta su código. Un soldado que ha perdido la fe en palabras como patria, bandera u honor, y que sobrevive aferrado a valores más concretos: la lealtad, la dignidad, el coraje.

Un mito contemporáneo
Desde su primera aparición, Alatriste ha dejado de ser solo un personaje literario. Se han hecho adaptaciones cinematográficas y televisivas, juegos de rol, ediciones escolares, rutas teatralizadas por el Madrid barroco, figuritas de colección y hasta un sello de Correos. “Me gusta que haya lectores que se tatúan su rostro o que digan que son Alatriste. Eso significa que ha trascendido las páginas y se ha convertido en un mito”, celebró Pérez-Reverte.
Esa trascendencia explica también el impacto de la saga en generaciones que han encontrado en ella una puerta de entrada a la literatura y a la historia. Lo que nació como un divertimento se ha convertido en una obra de referencia para entender —sin maquillajes ni complacencias— el esplendor y la decadencia del Siglo de Oro.
Espadas en París
- Misión en París* no es solo la continuación de una saga, sino una nueva inmersión en un tiempo donde la política, la religión y la guerra se confundían en una misma trama. En París y en La Rochela, Alatriste y sus compañeros se enfrentan a duelos, conspiraciones y lealtades traicionadas, mientras los ecos de Dumas se mezclan con la crudeza de la historia europea del XVII.
Para los lectores, supone reencontrarse con un héroe oscuro, descreído y fiel, que guarda las cicatrices del tiempo y que, en sus contradicciones, encarna la memoria de un país entero. Pérez-Reverte lo resumió con claridad: “Alatriste tiene lo mejor y lo peor de nosotros. Leyéndolo, se entiende mejor a España: somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”.
Fotografías: Penguin Random House-Alfaguara.
