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Anselm Kiefer: cuando los árboles alcanzan las estrellas

Rosa Sánchez de la Vega

Un vestido del que nacen tallos, un ave blanca entre constelaciones y un bosque de otoño. La exposición de Anselm Kiefer en La Pedrera nos acerca a un universo donde la naturaleza y la memoria se transforman continuamente.

La Pedrera de Barcelona reúne vestidos sin cuerpo, bosques otoñales, constelaciones y libros imposibles de leer. En La vida secreta de las plantas, Anselm Kiefer nos conduce por un universo donde la naturaleza, la memoria y el paso del tiempo adquieren una belleza tan poderosa como inquietante.

Hay exposiciones que uno recorre buscando comprender lo que tiene delante y otras que, antes de encontrar una explicación, ya han conseguido conmovernos. La de Anselm Kiefer en La Pedrera pertenece a las segundas. Sus obras tienen algo de un mundo que ha sobrevivido a su propia destrucción. La naturaleza aparece marchita, los paisajes parecen conservar las huellas de alguna catástrofe y, sin embargo, entre tanta materia oscura, hay una belleza que resulta difícil abandonar.

Kiefer nació en Alemania en 1945, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial. No había conocido aquel país anterior a las ruinas, pero creció entre las consecuencias de su historia. Y aunque la memoria alemana atraviesa buena parte de su trabajo, sería quedarse muy lejos de lo que tenemos delante pensar que sus obras hablan únicamente del horror. También están los árboles, las flores, las estrellas, la literatura y esa necesidad de comprender qué permanece cuando algo desaparece.

En La vida secreta de las plantas, la exposición que he visitado en La Pedrera de Barcelona, todo parece relacionado. Un bosque nos lleva hasta la memoria, una rama seca encuentra su correspondencia entre las estrellas y un vestido vacío nos devuelve a la historia de mujeres cuyos nombres apenas han sobrevivido al paso de los siglos.

Antes incluso de entrar en las salas, hay una figura que merece detenerse.

Parece una mujer vestida de novia. La cintura ceñida, la falda larga, las mangas delicadas. Pero cuando levantamos la mirada descubrimos que no tiene cabeza. En su lugar crecen unos tallos larguísimos que se elevan y se inclinan bajo el peso de unas formas oscuras. La figura permanece inmóvil en uno de los patios de Gaudí, como si la naturaleza hubiera ocupado el lugar de alguien que ya no está.

La obra forma parte de Mujeres de la Antigüedad, un proyecto para el que Kiefer investigó las biografías de 86 mujeres, muchas de ellas conocidas a través de testimonios incompletos o relatos mitológicos. Mujeres que existieron, pero cuya historia no siempre pudo contarse con la precisión que merecían.

Resulta especialmente sugerente que el artista haya elegido una figura sin rostro. No hay aquí una representación convencional de una mujer, sino un cuerpo ausente y una naturaleza que parece ocupar su lugar. La imagen desconcierta antes incluso de que sepamos qué historia hay detrás.

Y esa manera de obligarnos a mirar lo que falta, tanto como lo que permanece, continuará acompañándonos durante la visita.

Un cielo que también tiene raíces

En una de las salas aparece un ave blanca sobre una superficie casi negra. No está simplemente pintada. Su cuerpo sobresale del lienzo, como si hubiera quedado detenido en medio de un cielo lleno de nombres, puntos luminosos y líneas que se cruzan.

Hay que acercarse para descubrir los detalles y después retroceder. Solo entonces se comprende la dimensión de aquellas pinturas que parecen mapas de un territorio imposible.

Kiefer recupera aquí las ideas de Robert Fludd, un médico y pensador inglés del siglo XVII que imaginaba el universo como una inmensa red de correspondencias. Las plantas, las personas y las estrellas no eran elementos independientes, sino partes de un mismo orden.

En el ciclo The Secret Life of Plants, for Robert Fludd, esa relación aparece sobre superficies enormes, oscuras, llenas de inscripciones. Algunas ramas blancas se extienden por los cuadros, mientras las líneas que unen las estrellas parecen buscar conexiones que solo podemos seguir parcialmente.

Hay algo fascinante en la manera en que Kiefer reúne lo diminuto y lo inmenso. Una planta que crece a nuestros pies puede encontrar su correspondencia en el firmamento. Una semilla recuerda a una estrella. Un girasol, cuando inclina su cabeza hacia la tierra, parece contener en su centro un cielo entero.

Las semillas oscuras de los girasoles son, precisamente, una de las imágenes con las que el artista establece esa relación. Basta mirarlas de cerca para descubrir cómo se agrupan en pequeñas concentraciones que pueden recordarnos a las estrellas.

De pronto, mirar una flor y levantar los ojos hacia el cielo dejan de ser gestos tan diferentes.

Y lo extraordinario es que no necesitamos compartir las teorías de Fludd para sentir la fuerza de esa conexión. Frente a esas pinturas, las constelaciones ya no parecen simples dibujos en un cielo nocturno. Se convierten en una forma de preguntarnos por nuestro lugar en el universo.

El bosque que se resiste a desaparecer

Después de tanta oscuridad, el color aparece de otra manera.

Un gran bosque de otoño ocupa casi toda la pared. Los árboles se entrecruzan, las ramas se confunden y la luz se abre paso entre ocres, amarillos y tonos apagados. No es una pintura que podamos abarcar de inmediato. Hay demasiadas cosas ocurriendo en ella.

Me detengo ante la superficie. La pintura no parece limitarse a representar un bosque. Tiene relieve, marcas, acumulaciones de materia que hacen que las ramas y las hojas parezcan mezclarse con aquello de lo que están hechas.

Y cuanto más se mira, más difícil resulta saber dónde termina un árbol y comienza el siguiente.

Los bosques ocupan un lugar importante en la obra de Kiefer. En la tradición alemana están ligados a los mitos, las leyendas y también a episodios de la historia que el artista ha revisitado a lo largo de su trayectoria. Pero aquí hay algo que nos alcanza antes de conocer todas esas referencias.

Es el otoño.

Las hojas cambian de color, algunas parecen desprenderse y otras continúan aferradas a las ramas. El paisaje se encuentra en ese momento en el que la naturaleza empieza a perder lo que durante meses la había cubierto.

Y, sin embargo, no hay nada definitivamente terminado en ese bosque. Sabemos que bajo las hojas caídas permanece la posibilidad de otra primavera, aunque la pintura no necesite mostrárnosla.

Quizá por eso resulta tan difícil apartar la mirada. Hay belleza, pero también algo que se está acabando. Y Kiefer consigue mantener ambas cosas delante de nosotros sin resolver la contradicción.

No muy lejos, otro gran lienzo parece haberse construido con capas de tierra removida. Los grises, los ocres y los negros se acumulan sobre una superficie rugosa, atravesada por líneas y materiales que apenas permiten distinguir un horizonte.

De cerca descubrimos las marcas, las grietas y los fragmentos que forman parte de la pintura. Desde lejos, todo parece transformarse en un paisaje que hubiera atravesado una catástrofe.

Kiefer no intenta embellecer las ruinas ni ocultar las heridas de los materiales. Trabaja con ellas. Las convierte en parte de la obra y deja que conserven su aspereza.

Hay cuadros que parecen pedirnos que los miremos. Estos casi nos obligan a acercarnos para descubrir de qué están hechos.

Los vestidos de quienes no podemos ver

Y volvemos a encontrarnos con los vestidos.

Esta vez están detrás de un cristal. Uno es blanco, con los brazos extendidos. A su alrededor se enredan ramas finísimas, pequeñas hojas secas y tallos que parecen haberse abierto paso entre la tela. Bajo la falda se acumulan más hojas, como si el otoño hubiera entrado en la vitrina y se hubiera quedado allí.

Hay algo inquietante en esa figura. Reconocemos perfectamente un vestido, pero ya no podemos imaginarlo separado de las ramas. La naturaleza ha ocupado parte de su espacio, hasta convertir ambos elementos en una sola composición.

Kiefer trabaja a menudo con prendas que han perdido la presencia de un cuerpo. No necesitan representar una muerte concreta para hablarnos de ausencia. También pueden remitir a mujeres históricas, personajes literarios, mitos o relatos que han llegado hasta nosotros incompletos.

Y quizá ahí esté parte de su fuerza. Nos obligan a pensar en quienes no podemos ver sin decirnos exactamente a quién debemos imaginar.

Las vitrinas de Opus Magnum, presentadas por primera vez en España, reúnen objetos que parecen conservar fragmentos de otras historias. Kiefer utiliza plantas, libros, telas, piedras y materiales que han sufrido transformaciones. Los coloca detrás del vidrio, pero no intenta devolverles la apariencia que tuvieron antes.

En otra de ellas encontramos una gran acumulación de espigas. Ocupan casi toda la altura, apretadas unas contra otras, bajo una forma irregular suspendida en la parte superior. La paja conserva su color dorado, pero también esa fragilidad de algo que se ha secado y puede quebrarse con facilidad.

Lo extraordinario es que Kiefer consigue dar a esos materiales una presencia que normalmente no les concedemos. Las espigas ya no forman parte de un campo; las hojas no están sobre el suelo de un bosque. Han sido separadas de su lugar habitual y, sin embargo, siguen hablando de él.

No hay estrellas dentro de estas vitrinas. Están las plantas, los vestidos y los objetos. Pero después de haber contemplado las grandes constelaciones, resulta inevitable recordar aquella relación que el artista establece entre la tierra y el cielo.

La exposición nos lleva continuamente de uno a otro sin necesidad de que compartan el mismo espacio.

Los libros que no se pueden leer

En medio de todo ese universo aparece también la literatura.

Y aquí, en Rosa Pasa Página, hay algo que nos obliga a detenernos especialmente: los libros de Kiefer.

No son los que esperamos encontrar sobre una mesa o en una biblioteca. Algunos están fabricados con materiales pesados, como el plomo. Otros tienen páginas que se han convertido casi en superficies escultóricas. No están pensados para que los abramos cómodamente y empecemos a leer.

Y, sin embargo, siguen siendo libros.

Kiefer mantiene desde hace décadas una relación profunda con la poesía. Paul Celan e Ingeborg Bachmann forman parte de las referencias que recorren sus obras, junto a textos bíblicos, mitologías y antiguas tradiciones. Para él, un libro puede conservar mucho más que palabras. Puede guardar las huellas de una época, incluso cuando su contenido no resulta accesible.

Resulta perturbador enfrentarse a un libro que parece haber renunciado a ser leído. Nos recuerda que no todo lo que una sociedad ha vivido ha conseguido llegar hasta nosotros en forma de relato. Hay historias que sobreviven fragmentadas y otras que han desaparecido casi por completo.

El libro deja entonces de ser únicamente un objeto que transmite conocimiento. Puede convertirse también en una forma de preguntarnos qué hemos decidido recordar y qué hemos permitido que se pierda.

No es extraño que la literatura ocupe tanto espacio en un artista que lleva toda su vida interrogando la historia.

Cuando Gaudí se encuentra con Kiefer

Mientras avanzamos por las salas, hay otro artista que nunca termina de desaparecer: Antoni Gaudí.

La arquitectura de La Pedrera acompaña las obras de Kiefer con sus columnas, sus techos y sus formas orgánicas. No hace falta buscar semejanzas en cada rincón, pero sí resulta interesante pensar que ambos encontraron en la naturaleza una fuente inagotable de posibilidades.

Gaudí la observaba para construir. Kiefer parece interesado también en lo que sucede cuando esa naturaleza se marchita, se quema, se transforma o vuelve a ocupar un lugar que creíamos perdido.

Uno levantaba formas que parecían crecer. El otro reúne materiales que nos recuerdan que nada permanece exactamente igual.

Y entre ambos se produce un encuentro inesperado.

La exposición continúa dialogando con el edificio incluso cuando salimos de las salas. El vestido de Mujeres de la Antigüedad permanece en el patio. Es imposible no recordar aquella figura blanca, sin rostro, con los largos tallos elevándose por encima de la falda.

He vuelto mentalmente a ella varias veces durante la visita. También al ave blanca sobre las constelaciones, al bosque de otoño y a las espigas encerradas detrás de un cristal.

Son imágenes muy diferentes, pero tienen algo en común: ninguna parece pertenecer del todo al momento en que la contemplamos. Arrastran un pasado, muestran las señales de una transformación y nos obligan a imaginar qué pudo haber antes.

He salido de La Pedrera con la sensación de haber visto algo más que una exposición sobre la naturaleza. Me ha impresionado la fuerza física de las obras, el tamaño de los lienzos, la fragilidad de las plantas y esa manera de convertir materiales aparentemente agotados en algo que todavía puede conmovernos.

Kiefer no ofrece respuestas sencillas. Tampoco pretende que comprendamos todos sus símbolos en una sola visita. Hay demasiado detrás de cada cuadro, de cada vitrina, de cada nombre escrito sobre sus superficies.

Pero consigue algo mucho más difícil: que miremos con atención aquello que normalmente daríamos por perdido.

Al salir, todavía tengo presente aquel vestido blanco del patio. Las ramas que crecen donde debería haber una cabeza. El ave suspendida sobre un cielo oscuro. Las hojas de un bosque que parece encontrarse a punto de desaparecer.

Durante buena parte del recorrido he pensado en todo lo que termina, se deteriora o deja de existir de la manera que conocíamos.

Y, sin embargo, al recordar la exposición, lo que permanece es otra cosa.

Kiefer consigue que una flor seca nos haga mirar hacia el cielo.

1. Los vestidos sin cuerpo de Kiefer recuperan figuras y memorias que la historia no siempre ha conservado.

2. Las constelaciones relacionan plantas, seres humanos y estrellas a partir de las ideas de Robert Fludd.

3. Los bosques y los paisajes cargados de materia muestran una naturaleza atravesada por el tiempo y la transformación.

4. Las vitrinas de Opus Magnum reúnen telas, plantas y objetos que adquieren nuevos significados al quedar aislados detrás del cristal.

5. Los libros de artista revelan la importancia de la literatura y la poesía en una obra que no ha dejado de interrogar el pasado.

Un recorrido entre vestidos vacíos, bosques, pinturas de constelaciones, libros y materiales sorprendentes. Obras que impresionan por su tamaño, sus texturas y las preguntas que plantean sobre lo que desaparece y lo que permanece.

Quienes buscan exposiciones que despierten emociones y preguntas, disfrutan descubriendo las conexiones entre arte y literatura y prefieren detenerse ante una obra antes que pasar rápidamente a la siguiente.

Título: La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe

Artista: Anselm Kiefer

Lugar: La Pedrera – Casa Milà, Passeig de Gràcia, 92, Barcelona.

Fechas: Del 2 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027.

Comisario: Walter Smerling.

Organiza: Fundació Catalunya La Pedrera.

Obras: Más de setenta, procedentes principalmente de la Colección Grothe y de otras colecciones privadas.

Horario: Todos los días, de 10:00 a 19:30 horas. Último acceso a las 19:00.

Entrada general: 16 euros.

Información oficial: La Pedrera – Exposición Anselm Kiefer

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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