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Las mujeres que el prerrafaelismo convirtió en imagen también estaban creando

Fundación MAPFRE reúne a más de cuarenta creadoras y devuelve a primer plano una historia en la que durante mucho tiempo conocimos mejor los rostros de las mujeres que sus obras.

Rosa Sánchez de la Vega

Es la exposición Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos y tiene algo casi paradójico: pocas corrientes artísticas han llenado tantos cuadros de mujeres y han dejado tan pocas de sus autoras en nuestra memoria.

Conocemos esos rostros. Los cabellos larguísimos, la piel pálida, las flores, los vestidos, esa belleza un poco irreal que parece venir de un sueño o de una leyenda. Basta ver una de esas imágenes para saber de qué mundo viene. Lo que ya no conocemos tan bien son los nombres de muchas de las mujeres que también lo estaban creando.

Y ahí empieza una exposición que, por suerte, no se limita a decirnos que hubo artistas olvidadas. Hace algo bastante más interesante: consigue que empecemos a reconocerlas.

Elizabeth Siddal es probablemente el ejemplo más evidente. La hemos visto morir como Ofelia miles de veces. Sabemos la historia de la bañera en la que posó para Millais, conocemos la anécdota del agua que se enfrió y su rostro terminó convertido en una de las imágenes más célebres del siglo XIX. Lo que recordamos mucho menos es que Siddal también dibujaba y pintaba, y que John Ruskin se interesó lo suficiente por su trabajo como para asegurarle una cantidad anual a cambio de tener prioridad sobre lo que produjera.

Eso cambia bastante la manera de acercarse a La dama de Shalott, uno de sus dibujos presentes en la exposición. Durante un rato Siddal deja de ser la mujer que otro convirtió en imagen y aparece simplemente como artista. Y quizá ese sea uno de los mejores efectos de toda la visita: ir dejando atrás algunas historias que conocemos demasiado bien para descubrir otras que apenas nos habían contado.

También hay una ventana de Alice Boyd que me hizo pensar bastante. No porque sea la obra más espectacular de la muestra, sino por algo mucho más sencillo: durante buena parte del siglo XIX muchas mujeres pintaban lo que tenían cerca porque tampoco podían moverse con la misma libertad que los hombres. Una habitación, un jardín, una vista desde casa, alguien de la familia. La ventana deja entonces de ser únicamente parte del paisaje. También marca hasta dónde llegaba el mundo que podían recorrer.

Y, sin embargo, el cuadro no transmite pequeñez.

Eso me parece importante porque la exposición está llena de esos desplazamientos. De cosas que podrían parecer menores hasta que una empieza a mirarlas desde otro sitio.

Pero sería un error quedarse únicamente con la recuperación histórica porque entonces nos perderíamos lo mejor: los cuadros.

Hay mucha belleza aquí. Muchísima. Sigue estando ese universo tan reconocible del prerrafaelismo, los colores intensos, las flores, los relatos literarios, las mujeres que parecen estar esperando algo, soñando algo o escondiendo algo. Solo que ahora empiezan a aparecer otras firmas debajo.

El pálido semblante del amor verdadero, de Eleanor Fortescue-Brickdale, es uno de esos cuadros ante los que una se queda intentando averiguar qué ha pasado. Hay una historia dentro, pero no nos la entregan entera. Parece que hemos llegado tarde o quizá demasiado pronto. Y eso basta para olvidarse durante unos minutos de cualquier discurso sobre mujeres olvidadas y quedarse simplemente mirando.

Creo que ahí la exposición funciona especialmente bien: cuando dejamos de pensar que tenemos delante “una artista recuperada” y pensamos solo que tenemos delante una buena obra.

Y después aparece Julia Margaret Cameron y todo vuelve a cambiar. Sus fotografías tienen algo que sigue resultando extraño incluso hoy. Rostros muy próximos, zonas desenfocadas, sombras, figuras que parecen salir de otro tiempo. En una época en la que la fotografía podía presumir de reproducir la realidad con una precisión nunca vista, Cameron decide no conformarse con reproducirla. La transforma. La vuelve un poco incierta.

Me gusta mucho ese momento de la exposición porque desmonta también la idea de que estamos ante una sucesión de pintoras prerrafaelitas. El recorrido se abre. Aparecen fotografías, bordados, textiles, diseños, vidrieras. Y con ellos surge otra pregunta que sigue teniendo bastante recorrido: quién decidió durante tanto tiempo que unas cosas eran arte y otras eran simplemente labores.

May Morris entra por ahí. El apellido pesa porque era hija de William Morris, uno de los grandes nombres del movimiento Arts and Crafts, pero cuando una ve sus trabajos entiende que no necesita que su padre esté siempre delante explicándola. Diseñó, bordó, enseñó y desarrolló una obra propia. Y sus piezas recuerdan algo bastante elemental que, sin embargo, tardamos mucho tiempo en aceptar: también se puede dibujar con hilo.

Una de las cosas que más me gustan de Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos es que no intenta convencernos de que todas estas mujeres fueron iguales ni de que existe una única manera femenina de entender el arte. Al contrario. Unas estuvieron mucho más cerca del lenguaje prerrafaelita que conocemos; otras se alejaron. Algunas pintaron, otras fotografiaron o diseñaron. Algunas tuvieron apoyos importantes y otras tuvieron que encontrar espacios mucho más estrechos.

Por eso el título funciona tan bien.

Itinerarios.

No uno.

Muchos.

Y a medida que se avanza por las salas ocurre algo que al principio casi no se percibe: los nombres empiezan a quedarse.

Elizabeth Siddal ya no es únicamente Ofelia. Julia Margaret Cameron tiene sus rostros. May Morris, sus bordados. Eleanor Fortescue-Brickdale, ese cuadro en el que una sigue intentando averiguar qué está pasando. Evelyn De Morgan aparece después con Lux in Tenebris, una figura luminosa rodeada de oscuridad, y es casi inevitable pensar en una metáfora demasiado perfecta sobre mujeres saliendo de las sombras.

Prefiero no hacerlo.

Porque a esas alturas de la exposición ya no hace falta que ninguna represente a todas las demás.

Y creo que esa es precisamente una de sus mayores virtudes.

No sales pensando únicamente en mujeres a las que la historia trató mal. Sales pensando en cuadros concretos, en una fotografía, en una ventana, en un bordado, en un rostro, en una historia que has intentado reconstruir delante de una pintura.

Eso es bastante más interesante.

Hay además un detalle final del montaje que resume bien lo que ha ocurrido. Al principio aparecen los siete hombres que fundaron la Hermandad Prerrafaelita. Al terminar, un gran panel reúne los nombres de las mujeres que hemos ido encontrando durante el recorrido.

Entre una cosa y otra han pasado más de cien obras.

Pero también ha pasado algo más.

Algunos de esos nombres que no significaban nada al entrar ahora tienen una imagen.

Y eso cambia la visita.

No hace falta borrar a Millais, Rossetti, Holman Hunt o William Morris para que ellas entren. La historia del arte no gana nada sustituyendo unos nombres por otros. Gana cuando deja de fingir que solo había sitio para unos cuantos.

Yo salí de la exposición pensando precisamente en eso, pero también con ganas de volver a algunos cuadros. Y quizá esa sea la mejor razón para recomendarla.

Porque Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos no se queda en decirnos que faltaban mujeres en la historia.

Consigue algo bastante mejor.

Que, después de verlas, nos apetezca recordarlas.

1. El rostro antes que el nombre.
El prerrafaelismo convirtió a las mujeres en algunas de las imágenes más reconocibles del siglo XIX, pero muchas de sus creadoras quedaron fuera de la memoria colectiva.

2. Elizabeth Siddal fue mucho más que Ofelia.
Posó para Millais, pero también dibujó y pintó, y John Ruskin llegó a interesarse directamente por su trabajo.

3. Pintar lo que estaba cerca no significaba mirar poco.
Habitaciones, jardines y ventanas fueron también consecuencia de los límites reales que condicionaban la vida y la formación de muchas artistas.

4. El arte no terminaba en la pintura.
La fotografía de Julia Margaret Cameron y los textiles de May Morris amplían el recorrido y cuestionan la vieja frontera entre arte y artesanía.

5. No existe una única “mujer prerrafaelita”.
La exposición reúne trayectorias, lenguajes y oportunidades muy diferentes. De ahí la importancia del plural: Itinerarios.

Una revisión del prerrafaelismo desde sus creadoras; Elizabeth Siddal más allá de Ofelia; pintura y literatura; ventanas e interiores que hablan también de límites; la fotografía de Julia Margaret Cameron; los bordados de May Morris; obras de Eleanor Fortescue-Brickdale y Evelyn De Morgan; y una historia del arte bastante más amplia de la que solemos recordar.

Quienes reconocen inmediatamente el universo prerrafaelita pero apenas conocen a sus creadoras; amantes de la pintura, la fotografía y las artes decorativas; y cualquiera que disfrute de una exposición que consigue hacerte mirar algo conocido desde un lugar menos previsible.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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