El juez: Robert Duvall y Robert Downey Jr. ante una justicia que no admite certezas
Hay algo especialmente perturbador en ver a un hombre que ha dedicado su vida a impartir justicia enfrentarse a la posibilidad de haber cometido un crimen que no recuerda. David Dobkin convierte esa incertidumbre en el centro de una película extraordinaria, sostenida por dos interpretaciones que me han emocionado tanto como sus dilemas morales.

Esta semana nuestra sección de cine se traslada a casa. Y lo hace para recuperar una película de 2014 que vi ayer en Netflix y que me dejó profundamente conmovida. El juez, de David Dobkin, tiene algo que cada vez valoro más en el cine: personajes que no se agotan en lo que muestran, contradicciones que incomodan y una historia que sigue creciendo cuando termina. Robert Duvall y Robert Downey Jr. están extraordinarios. Me impresionó la dureza de uno, la necesidad de afecto del otro y esa manera de enfrentar la justicia, la enfermedad y la pérdida de memoria hasta llegar a un territorio donde las certezas empiezan a tambalearse. Hay escenas que duelen, otras que obligan a detenerse y algunas que resulta difícil olvidar.
Hank Palmer es uno de esos abogados que parecen haber aprendido a vivir dentro de un tribunal. Brillante, rápido, seguro de sí mismo hasta rozar la arrogancia, sabe encontrar una salida donde los demás apenas ven posibilidades. Ha construido una carrera de éxito en Chicago, lejos de su pueblo natal y, sobre todo, lejos de su padre. Pero la muerte de su madre lo obliga a regresar a un lugar del que salió siendo un muchacho y al que vuelve convertido en un hombre que aparentemente lo ha conseguido todo.
Lo recibe una casa llena de recuerdos, dos hermanos con los que comparte una historia que nunca ha terminado de resolverse y Joseph Palmer, su padre, un juez respetado que lleva décadas administrando justicia. Robert Duvall le da una presencia formidable. No necesita levantar la voz para imponer autoridad. Basta su manera de mirar, de permanecer sentado o de responder con una sequedad que deja poco espacio para la réplica.
Entre ambos existe una distancia que se advierte incluso cuando apenas intercambian unas palabras. Hank puede desenvolverse con soltura ante los abogados más temibles, pero delante de su padre vuelve a aparecer el muchacho que nunca consiguió sentirse suficientemente querido. Me impresionó esa contradicción. El éxito profesional no le ha permitido desprenderse de una necesidad de reconocimiento que lleva arrastrando desde la juventud.
Sin embargo, el verdadero vuelco llega cuando Joseph se convierte en sospechoso de haber atropellado mortalmente a un hombre. No es una víctima cualquiera. Se trata de Mark Blackwell, un delincuente al que el juez había condenado anteriormente y que, después de beneficiarse en otra ocasión de una sentencia indulgente, terminó asesinando a una joven.
Y aquí comienza lo que más me fascinó de El juez. Porque una cosa es saber que la víctima había cometido un crimen terrible y otra muy distinta considerar que su muerte podía estar justificada. Joseph conoce sus antecedentes, sabe el daño que causó y tiene motivos para sentir hacia él un profundo desprecio. Pero ¿pudo llegar a matarlo deliberadamente? ¿Fue un accidente? ¿Qué ocurrió realmente aquella noche?
Hay algo todavía más desconcertante: el propio Joseph no consigue recordarlo con claridad.
Cuando un juez termina sentado en el banquillo
Me pareció extraordinario que la película colocara a un hombre acostumbrado a decidir sobre la libertad de los demás ante un tribunal que ahora debe decidir sobre la suya. Joseph ha dedicado décadas a examinar pruebas, escuchar testimonios y dictar sentencias. Conoce las leyes, comprende sus procedimientos y sabe perfectamente que nadie debería estar por encima de ellas. Pero cuando la justicia dirige su mirada hacia él, descubre lo difícil que puede resultar aceptar las mismas exigencias que siempre ha impuesto.
El hecho de que Blackwell fuera un asesino introduce una incomodidad que me interesa especialmente. No podemos permitir que sus antecedentes sustituyan a las pruebas. Haber cometido un crimen no significa perder el derecho a que se investigue otro del que uno ha sido víctima. Y Joseph, precisamente por su condición de juez, debería comprenderlo mejor que nadie.
El proceso judicial tiene una fuerza enorme. Me gustó observar cómo se construyen las estrategias de la defensa, cómo el fiscal, interpretado por Billy Bob Thornton, intenta establecer un posible móvil y cómo cada dato adquiere una importancia que puede cambiar el rumbo del caso. La investigación no se limita a determinar si el coche del juez estuvo implicado en el atropello. También importa establecer qué sabía Joseph, qué podía recordar y hasta qué punto era consciente de sus actos.
Porque el juez está gravemente enfermo. Padece cáncer y recibe un tratamiento de quimioterapia cuyos efectos pueden haber alterado sus facultades. La pérdida de memoria introduce una incertidumbre terrible en una investigación que necesita reconstruir con precisión lo sucedido.
Me detuve especialmente en esa circunstancia. Joseph no está necesariamente ocultando lo que recuerda. Puede que haya acontecimientos a los que sencillamente no consiga acceder. Y entonces la investigación se enfrenta a una dificultad extraordinaria: la falta de recuerdos no demuestra la inocencia, pero tampoco permite atribuir una intención que debe probarse.
¿Cómo puede alguien responder por unos hechos que no consigue reconstruir? ¿Hasta qué punto una enfermedad puede alterar la conciencia sin eliminar necesariamente la responsabilidad? La película deja que esas preguntas acompañen al proceso, sin resolverlas de manera apresurada.

Pero Joseph tiene otra preocupación que complica todavía más su defensa. No quiere que se conozca su enfermedad. Sabe que admitir los problemas de memoria asociados al tratamiento puede poner en duda las decisiones judiciales que ha tomado durante los últimos meses. Y eso, para él, resulta insoportable.
Hay algo admirable y desesperante al mismo tiempo en su actitud. Ha dedicado su vida a construir una reputación basada en la rectitud, la responsabilidad y el respeto a la ley. No quiere que sus últimos años comprometan todo lo que hizo antes. Prefiere asumir un riesgo enorme antes que permitir que su trayectoria quede bajo sospecha.
Yo misma encontraba momentos en los que quería que escuchara a su hijo, que aceptara la ayuda y comprendiera que utilizar los recursos legales disponibles no significaba necesariamente traicionar sus principios. Pero también podía entender su resistencia. Joseph no está defendiendo únicamente su prestigio profesional. Intenta conservar la imagen que tiene de sí mismo, aquello que le ha permitido reconocerse durante toda una vida.
Y ahí aparece otra contradicción magnífica. Para defenderlo está Hank, un abogado cuya manera de ejercer la profesión Joseph desaprueba profundamente. El hijo conoce todos los recursos que pueden favorecer a su cliente, pero el padre no está dispuesto a aceptar cualquier estrategia. Los dos pertenecen al mundo del derecho y, sin embargo, mantienen concepciones muy diferentes de la justicia.
Para Hank, ganar un juicio exige utilizar las herramientas legales con inteligencia. Joseph necesita algo más: sentir que, cualquiera que sea el resultado, no ha renunciado a sus convicciones.
Lo fascinante es que ninguno puede resolver el conflicto sin el otro. Hank necesita que su padre confíe en él y Joseph debe aceptar que precisamente ese hijo, al que ha juzgado con tanta severidad, puede ser su mejor defensa.
El proceso judicial se convierte así en una confrontación profesional y personal. Y me parece uno de los grandes aciertos de David Dobkin: las tensiones entre padre e hijo no interrumpen la historia judicial, forman parte de ella.
La infancia que seguía esperando en aquella casa
El regreso de Hank tiene algo especialmente doloroso porque no consiste solamente en volver al lugar donde nació. Es encontrarse con una parte de sí mismo que creía haber dejado atrás. La casa, los recuerdos de su madre, los objetos que permanecen donde siempre estuvieron y la presencia de sus hermanos le devuelven a una época de la que nunca consiguió desprenderse del todo.
Su padre ha sido un hombre respetado durante décadas, pero dentro de su propia familia esa autoridad ha dejado heridas profundas. Me impresionó especialmente que alguien capaz de impartir justicia durante toda su vida no hubiera sabido ser justo con uno de sus hijos.
Joseph no es un hombre incapaz de querer. Lo que parece no haber aprendido es a demostrarlo. Ha confundido demasiadas veces la educación con la disciplina, la exigencia con la protección y la autoridad con una manera de relacionarse que apenas permite mostrar afecto.
Hank ha crecido bajo esa mirada. Y aunque se ha convertido en un abogado extraordinario, continúa esperando que su padre reconozca sus méritos. Hay algo desgarrador en comprobar que un hombre adulto, brillante y aparentemente seguro de sí mismo sigue necesitando exactamente lo que necesitaba cuando era joven: sentir que su padre está orgulloso de él.
El pasado permite comprender parte de esa distancia. Cuando Hank era adolescente estuvo implicado en un accidente de tráfico que cambió para siempre la vida de su hermano mayor, Glen, una prometedora figura del béisbol. Joseph nunca consiguió desprenderse del resentimiento que nació entonces.
Me parece terrible que un error de juventud pueda convertirse en una condena que se prolongue durante décadas. Hank tuvo que responder por lo sucedido, pero su padre parece haber sido incapaz de separar aquel muchacho de la persona en la que terminó convirtiéndose. Y quizá eso explique también por qué el éxito profesional no le ha proporcionado la tranquilidad que cabría imaginar.
La película no presenta a Hank como una víctima perfecta. Su ironía puede resultar hiriente, su arrogancia es evidente y tampoco ha sabido resolver todos sus conflictos personales. A veces reproduce precisamente la dureza de la que intenta escapar. Hay algo muy reconocible en esa contradicción: pasamos años rechazando determinadas actitudes de nuestros padres y podemos terminar descubriendo algunas de ellas en nuestra propia manera de comportarnos.

Y después están los tres hermanos. Me impresionaron profundamente porque, aunque crecieron en la misma casa, sus vidas han tomado caminos muy distintos.
Glen, interpretado por Vincent D’Onofrio, era el hijo que parecía tener un futuro prometedor como deportista. El accidente en el que estuvo implicado Hank truncó aquella posibilidad y lo obligó a renunciar a una carrera que había despertado enormes expectativas. Ha seguido adelante, tiene su propia familia y ha encontrado una forma de vivir, pero resulta imposible contemplarlo sin pensar en aquel joven que tuvo que abandonar un sueño que parecía al alcance de la mano.
Me interesó especialmente su manera de afrontar el pasado. Glen no necesita convertir continuamente su pérdida en un reproche, pero tampoco puede hacer desaparecer las consecuencias del accidente. Su relación con Hank tiene esa complejidad que encontramos a veces entre hermanos: se quieren, comparten una infancia y, al mismo tiempo, hay acontecimientos que han dejado una huella imposible de borrar.
El menor, Dale, interpretado por Jeremy Strong, me conmovió de otra manera. Tiene una discapacidad del desarrollo que condiciona su relación con el mundo y necesita cierta estabilidad para sentirse seguro. Hay mucha delicadeza en el personaje, en sus reacciones y en esa manera particular de observar lo que sucede a su alrededor.
Su cámara de vídeo es fundamental. Dale graba a su familia, conserva imágenes y vuelve sobre acontecimientos que los demás han dejado atrás. Mientras sus hermanos discuten sobre el pasado, él lo mantiene vivo. Sus grabaciones permiten contemplar a unos padres jóvenes, a tres niños y a una familia que en otro tiempo compartió momentos felices.
Me gustó mucho ese recurso porque las imágenes nos muestran algo que los personajes apenas consiguen expresar. Hubo una infancia anterior a los enfrentamientos, a las renuncias y a las heridas. Existieron momentos de felicidad que no han desaparecido, aunque ahora resulte difícil reconocer a aquella familia en los hombres que tenemos delante.
Y hay algo especialmente conmovedor en que sea Dale quien conserve esos recuerdos. Su cámara no es un simple entretenimiento. Le permite preservar un mundo que está cambiando y mantener cerca a personas cuya ausencia o deterioro le resultan difíciles de afrontar.

La madre, cuya muerte provoca el regreso de Hank, tiene una presencia extraordinaria a pesar de su ausencia. Comprendemos poco a poco que había sido el vínculo que mantenía comunicados a los miembros de aquella familia. Su manera de querer, de acompañar y de sostener las relaciones había permitido que convivieran personas que, sin ella, parecen haber olvidado cómo acercarse.
Cuando desaparece, los tres hermanos tienen que enfrentarse también a una nueva realidad. Glen ha permanecido cerca y ha asumido muchas responsabilidades. Hank ha construido su vida lejos y Dale necesita cuidados y estabilidad. Ninguno puede ocupar exactamente el lugar de los otros, pero ahora deben decidir cómo afrontar juntos lo que está sucediendo.
Me parece una de las grandes virtudes de la película que los hermanos no existan únicamente para explicar el enfrentamiento entre Joseph y Hank. Cada uno conserva su propia historia, sus renuncias, sus necesidades y su manera de entender lo que significa pertenecer a aquella familia.
La enfermedad del padre vuelve todo más difícil.
Joseph, acostumbrado a representar la autoridad y la fortaleza, empieza a descubrir que su cuerpo ya no responde como antes. Y hay momentos en los que el deterioro físico adquiere una dimensión mucho más dolorosa que cualquier diagnóstico.
La escena del baño me pareció de una humanidad difícil de olvidar. Joseph pierde el control de su cuerpo y queda expuesto a una situación profundamente humillante. El hombre que ha defendido durante toda su vida su independencia y su dignidad necesita que alguien lo ayude a asearse. Y ese alguien es Hank.
No hay nada agradable en lo que sucede. Tampoco hace falta embellecerlo. Me conmovió la manera en que el hijo atiende a su padre, la proximidad física entre dos hombres que apenas han sabido acercarse emocionalmente y la indefensión de Joseph, obligado a aceptar una ayuda que nunca habría querido necesitar.
El padre que durante años representó una autoridad casi inaccesible depende ahora del hijo al que tantas veces rechazó. Y Hank, que tendría motivos para mantenerse alejado, permanece a su lado.
No desaparecen de pronto los reproches ni se borran las heridas. Pero el cuidado empieza a ocupar un lugar que las palabras nunca consiguieron alcanzar. Me parece extraordinario que la película permita contemplar ese cambio sin convertirlo en una reconciliación fácil. Ambos siguen siendo quienes son. Lo que sucede es que las circunstancias les obligan a relacionarse de una manera que nunca habían imaginado.

Las mujeres y las vidas que pudieron ser diferentes
Hay otro aspecto que me gustó especialmente de El juez: las mujeres que aparecen en la historia y la importancia que tienen en la vida de sus protagonistas.
La primera es la madre, cuya ausencia está presente desde el comienzo. Su muerte no solo provoca el regreso de Hank, también obliga a todos a comprobar hasta qué punto dependían de ella para mantener sus relaciones. Hay algo muy doloroso en descubrir que una persona había estado sosteniendo durante años vínculos que ahora parecen incapaces de mantenerse por sí solos.
Después está Samantha, interpretada por Vera Farmiga, una mujer que formó parte de la juventud de Hank y con la que vuelve a encontrarse al regresar al pueblo. Me gustó especialmente esa relación porque introduce una emoción distinta, más cercana a la complicidad y a los recuerdos compartidos.
Samantha conoció a Hank antes de que se convirtiera en el abogado triunfador de Chicago. Conoce al muchacho que fue, sus primeras ilusiones y una parte de su vida que él parece haber querido dejar atrás. El reencuentro permite descubrirlo desde una perspectiva diferente. Frente a ella no necesita demostrar constantemente su inteligencia ni recurrir a la misma actitud desafiante que utiliza con su padre.
Hay algo muy reconocible en esos amores de juventud que vuelven a aparecer cuando nuestras vidas ya han tomado otros caminos. El tiempo ha pasado, hemos cambiado y probablemente ninguna de las dos personas sea exactamente la que el otro recuerda. Sin embargo, permanece una familiaridad difícil de explicar, una manera de reconocerse que no necesita demasiadas palabras.
Me interesa que Samantha no quede reducida al recuerdo de una relación perdida. Tiene su propia vida, sus decisiones y una hija, Carla, cuya presencia introduce otros secretos y conexiones con el pasado. Prefiero no desvelarlos porque forman parte de esos descubrimientos que la película va ofreciendo sin que sea necesario anticiparlos.
También está Lauren, la hija de Hank, que permite contemplar al protagonista desde otro lugar. Ya no es únicamente el hijo que necesita la aprobación de su padre. Es también un hombre que debe construir su propia relación con la paternidad.
Me parece especialmente significativo ese contraste. Hank sabe lo que supone crecer bajo una exigencia constante, pero eso no significa que tenga resueltas todas sus dificultades para relacionarse con su hija. La película permite descubrir en él una ternura que su actitud habitual apenas deja entrever y plantea la posibilidad de que algunas heridas no tengan por qué transmitirse inevitablemente de una generación a otra.
Las mujeres aportan así algo más que historias sentimentales. Nos permiten conocer distintas facetas de los protagonistas, recuperar el pasado y observar cómo determinadas decisiones continúan influyendo en quienes vienen después.

La dignidad, la memoria y aquello que ninguna sentencia puede resolver
Sería imposible hablar de El juez sin detenerse en Robert Duvall. Su interpretación me parece extraordinaria precisamente porque no intenta convertir a Joseph en un hombre al que debamos admirar constantemente. Puede ser injusto, insoportable y profundamente hiriente. Hay momentos en los que dan ganas de pedirle que abandone esa obstinación que tanto daño provoca. Y, sin embargo, resulta imposible permanecer indiferente ante él.
Duvall consigue que veamos al hombre que existe detrás del cargo, de las normas y de la severidad. No necesita explicar continuamente sus sentimientos. Hay una manera de sostener la mirada, de guardar silencio o de mantenerse erguido que dice mucho sobre su relación con el mundo.
La enfermedad va dejando al descubierto una vulnerabilidad que Joseph siempre había intentado esconder. Pero el personaje no cambia de pronto. Sigue siendo orgulloso, exigente y difícil. Y eso me parece importante porque las personas no abandonan necesariamente su carácter cuando enferman ni se convierten en otras simplemente porque necesiten ayuda.
Joseph tiene miedo. A perder la memoria, la independencia, el respeto de quienes lo conocen y la reputación que ha construido durante décadas. Ha vivido convencido de que actuar de acuerdo con sus principios era la mejor manera de conservar la dignidad. Ahora descubre que incluso esas convicciones pueden resultar insuficientes ante una enfermedad que escapa a su voluntad.
Robert Duvall recibió por este papel una nominación al Oscar como mejor actor de reparto, un reconocimiento que resulta fácil de comprender ante la complejidad de su interpretación.
También quiero destacar el trabajo de Robert Downey Jr., capaz de pasar de la seguridad casi insolente del abogado a la fragilidad de un hijo que continúa buscando reconocimiento. Vincent D’Onofrio y Jeremy Strong aportan una humanidad extraordinaria a los hermanos, mientras Billy Bob Thornton convierte al fiscal en un adversario cuya presencia resulta fundamental para sostener el rigor y la tensión del juicio.
Pero hay algo que me parece especialmente inteligente en la película: el proceso judicial acaba iluminando conflictos que ningún tribunal puede resolver.
La ley puede determinar responsabilidades, valorar pruebas y establecer una sentencia. Lo que no puede hacer es devolverle a Glen el futuro que perdió, borrar de la memoria de Hank los años de rechazo o recuperar el tiempo durante el que Joseph fue incapaz de acercarse a su hijo.
Y esa relación entre la justicia y la vida íntima de los protagonistas me parece extraordinaria. Joseph ha pasado décadas juzgando las decisiones ajenas, pero apenas ha conseguido revisar las suyas. Hank sabe defender a otros con brillantez, aunque le resulte mucho más difícil enfrentarse a sus propios errores. Los dos conocen perfectamente las normas de un tribunal y, sin embargo, han pasado años sin encontrar la manera de resolver aquello que los separa.
No quiero contar cómo se resuelve el proceso ni los últimos acontecimientos de la historia. Creo que merece la pena descubrirlos sin anticipaciones.
Sí quiero volver a lo que más me fascinó: la incertidumbre de un hombre que puede haber cometido un acto terrible sin recordarlo y que, aun así, se resiste a utilizar su deterioro para protegerse. No sabemos hasta qué punto su memoria le permite reconstruir los hechos, pero sí conocemos la importancia que concede a su honor. Y ahí la película nos obliga a distinguir entre la verdad judicial, las convicciones personales y la imagen que cada uno intenta preservar de sí mismo.
Me gustó Joseph con todas sus contradicciones. Me enfadó su dureza, comprendí su necesidad de conservar la dignidad y me dolió su incapacidad para demostrar cariño. Me conmovió Hank, especialmente cuando dejaba de ser el abogado brillante para convertirse simplemente en un hijo. Y me impresionaron esos tres hermanos, tan diferentes, que seguían unidos por una historia de la que ninguno había conseguido desprenderse.
También me gustó reencontrarme con ese amor de juventud que permite mirar al protagonista de otra manera, descubrir la importancia de las mujeres en sus vidas y observar cómo el pasado continúa apareciendo incluso cuando creemos haberlo dejado atrás.
Pero, sobre todo, me fascinó el juicio. Esa manera de enfrentarnos a la muerte de un asesino sin permitir que su pasado justifique cualquier cosa. La necesidad de demostrar los hechos, de distinguir entre lo que sabemos y lo que suponemos, y de comprender que la justicia no puede depender de nuestras simpatías hacia una víctima.
Hay películas que parecen construidas para hacernos llorar. El juez tiene momentos abiertamente emotivos y no siempre consigue escapar de cierto sentimentalismo, pero sería injusto reducirla a eso. Lo que me ha impactado es la cantidad de contradicciones que consigue reunir alrededor de sus personajes y la naturalidad con la que la enfermedad, los recuerdos y las decisiones del pasado terminan influyendo en el presente.
Ayer terminé de verla con esa mezcla de emoción y tristeza que dejan algunas buenas películas. Seguí pensando en Joseph y en su necesidad de conservar la dignidad, en Hank y en todo lo que nunca consiguió decirle a su padre, en los hermanos y en aquella infancia que Dale se empeñaba en mantener viva a través de su cámara.
Y volví una y otra vez al juicio, a la posibilidad de haber matado a un asesino sin recordarlo, al miedo de perder la lucidez y a esa contradicción terrible de un hombre que ha dedicado su vida a buscar la verdad y que, cuando más la necesita, no consigue encontrarla dentro de su propia memoria.
Quizá por eso El juez me ha impresionado tanto. Porque nos enfrenta a algo que resulta mucho más inquietante que una sentencia: la posibilidad de no llegar a saber nunca con absoluta certeza qué ocurrió, incluso cuando somos nosotros quienes tenemos que responder por ello.
Ficha de la película
Título: El juez
Título original: The Judge
Dirección: David Dobkin
Guion: Nick Schenk y Bill Dubuque
Historia: David Dobkin y Nick Schenk
Año: 2014
País: Estados Unidos
Género: Drama familiar y judicial
Duración: 141 minutos
Reparto: Robert Downey Jr., Robert Duvall, Vincent D’Onofrio, Jeremy Strong, Vera Farmiga, Billy Bob Thornton, Dax Shepard y Leighton Meester.
Música: Thomas Newman
Fotografía: Janusz Kamiński
Distribución original: Warner Bros. Pictures
Reconocimientos: Robert Duvall fue nominado al Oscar como mejor actor de reparto.
Cinco ideas
1. Un juez acusado de matar a un asesino. El proceso plantea la diferencia entre impartir justicia y actuar movido por convicciones personales.
2. Una memoria que empieza a fallar. La enfermedad introduce una incertidumbre decisiva en la investigación y obliga a distinguir entre la falta de recuerdos y la responsabilidad penal.
3. Dos abogados y dos maneras de entender la justicia. Padre e hijo se enfrentan dentro y fuera del tribunal.
4. Tres hermanos y una infancia que continúa presente. Glen, Hank y Dale han construido vidas diferentes, pero siguen condicionados por acontecimientos compartidos.
5. La dignidad ante la enfermedad. Joseph intenta conservar su independencia mientras el hijo con el que mantiene una relación más difícil termina cuidándolo.
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Un drama judicial que mantiene la tensión alrededor de una acusación de homicidio y una historia familiar llena de contradicciones. Interpretaciones extraordinarias, recuerdos de juventud, relaciones que vuelven a cobrar importancia y una reflexión sobre la memoria, la responsabilidad y el miedo a perder aquello que nos define.
Ideal para…
Quienes disfrutan de las películas sostenidas por grandes intérpretes, conflictos morales y personajes complejos. También para quienes buscan historias capaces de emocionar y de plantear cuestiones que siguen acompañándonos cuando termina la proyección.
