En una ciudad donde la vida sigue su curso, hay ausencias que no dejan de hacerse presentes: madres que continúan buscando a sus hijos desaparecidos, sueños que regresan como si quisieran señalar un lugar y árboles que parecen guardar en sus raíces la memoria de lo que la tierra ha visto y callado.
Entre la esperanza, la búsqueda y la necesidad de nombrar lo que muchos prefieren olvidar, se abre una historia marcada por la ausencia y la persistencia del amor. De ese territorio de memoria y resistencia surge Raíz que no desaparece, la nueva novela de Alma Delia Murillo.
Escritora mexicana, formada en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM y autora de libros como La cabeza de mi padre, El niño que fuimos o Las noches habitadas, Murillo vuelve a mirar de frente una de las heridas más profundas de México: la desaparición de miles de personas y la lucha de las madres que se niegan a dejar de buscarlas.
En Raíz que no desaparece, la literatura se convierte también en una forma de memoria: frente a las cifras, los nombres; frente al silencio, la búsqueda; frente a la ausencia, la obstinación de no olvidar.
La memoria frente al olvido de los desaparecidos
P. Raíz que no desaparece es una obra que no deja indiferente. Ante una realidad tan inmensa y, en cierto modo, delirante, ¿sentiste la necesidad de dejarla escrita, de contribuir desde la literatura a que no se olvide?
R. Sí, hay una intención última, con toda humildad, porque nunca se sabe hacia dónde va esta humanidad, que además últimamente no da buenas señales. Pero sí, con toda humildad, he pensado en este libro en particular como una forma de sumarme, al menos un poco, a la memoria, que es algo por lo que están batallando los colectivos buscadores de personas desaparecidas.
P. Cuando un país convive durante años con miles de desaparecidos, ¿cómo cambia la forma en que una sociedad entiende el duelo y la pérdida?
R. Uf, es una gran pregunta porque, mientras me la hacías, lo primero que pensé fue en las generaciones. Los chicos que hoy tienen 18 o 20 años empiezan a ser un número importante de jóvenes que tienen un padre desaparecido o una madre desaparecida. Su relato es distinto al mío, que tengo 48 años y más bien he sido una testigo.
Los últimos 18 años es el periodo en el que mayoritariamente han desaparecido. De las 134.000 personas que hoy se registran como desaparecidas, 100.000 desaparecieron en este periodo de 18 años. Es muy pronto, es muy cercano, es apenas un pestañeo.
Y lo mío es una mirada que ha visto cómo un gobierno tras otro, una administración tras otra, nadie ha querido realmente tomar este tema y ver si hay alguna manera de resolverlo.
Hay un duelo sordo que, por un lado, puedo entender. Tenemos miedo de que algo duela tanto. Y, como el mensaje está en el espacio público —las madres buscadoras preguntando dónde están nuestros hijos, el caso de Ayotzinapa…—, la sociedad también se ha vuelto un poco indolente, habituada a que esto pase. Lo ha integrado dentro de la vida cotidiana. Es un horror.
Es una manera de ir construyendo una narrativa de cierta normalidad: esto es normal en México. Una semana sí y otra también vemos una noticia sobre el hallazgo de una fosa clandestina y nos horroriza, la verdad es que sí, pero dos días después ya nos olvidamos, también porque lo necesitamos para subsistir. Por eso es muy importante hacer estos intentos de otras formas de narrativa para que no se olvide.
Vivir con un miedo que termina formando parte de lo cotidiano
P. ¿Se vive con miedo?
R. Sí. Hay un miedo latente en los espacios públicos. Algo muy puntual es viajar por carretera. Tomar el coche e ir de una ciudad a otra es peligroso. Solo lo hacemos con mucha luz de día y, a partir de las seis de la tarde, ya no.
Por otro lado, somos mexicanos y llevamos toda la vida, creo, en esta supervivencia. Tienes miedo, pero no tanto. También vives, te echas adelante, vas al trabajo, a las fiestas, a vivir.
P. Las desapariciones se reducen muchas veces a estadísticas. ¿Eso condena a las víctimas a un olvido todavía mayor, cuando no hablamos de números, sino de nombres, apellidos y vidas?
R. Sí, las vuelve más anónimas. Fíjate que tiene muchas aproximaciones esta idea del anonimato. Primero, lo que acabas de decir: ser un número, una estadística. Pero luego ser un desaparecido es un territorio muy peculiar, porque estás en un no lugar, tienes un no cuerpo. Es muy duro.
Hay un no duelo o un duelo suspendido de estas familias porque muchas siguen buscando en vida, así le llaman; otras ya buscan directamente un cuerpo, pero no tienen ninguna de las dos cosas.
Y parte de esta —yo la llamo necropolítica— consiste en hacer un recuento constante con un lenguaje que solamente da números. Por eso es muy importante volver a acercarse a las historias personales.
Cuando las madres tienen que hacer el trabajo del Estado
P. Las madres dedican su vida a buscar a sus hijos. ¿Cómo transforma esa búsqueda su relación con el tiempo y con el futuro?
R. Se transforma de manera radical, profundísima. El personaje que construyo en esta novela, que se llama Ada, es una madre que busca. Está hecha un poco de todas estas madres con las que yo hablé y conviví, y todas tienen claramente una especie de ruptura de sí mismas: son otra persona.
Físicamente, la mayoría pierden peso de manera muy notable y tienen algunas enfermedades crónicas que antes no tenían. Y, por supuesto, todo se convierte en esperar la siguiente jornada de búsqueda.
El futuro más inmediato es: ¿cuándo vamos a salir? ¿Cuándo vamos a salir al monte, al descampado, a la carretera, al bosque, a una jornada de búsqueda?
Y, a la vez, también es muy complejo porque están criando a sus nietos, que son los pequeños, las crías que dejan los jóvenes desaparecidos. Ahí hay un futuro, pero que las rebasa. Ellas ya eran abuelas y están volviendo a ser madres. De verdad que es muy complejo, devastador y, al mismo tiempo, muy vital.
P. Las madres aprenden por su cuenta técnicas de investigación y de rastreo. ¿Hasta qué punto han tenido que asumir una tarea que debería corresponder al Estado?
R. Ellas, las madres, los colectivos buscadores, las familias buscadoras, lo han hecho todo, Rosa. Son quienes han geolocalizado fosas clandestinas, crean bancos de datos genéticos para el reconocimiento de los cuerpos, de los hallazgos, de los fragmentos óseos; mantienen este mensaje y esta postura política para que el tema no se olvide.
Ahora está tan desbordado que de verdad habría que estar delirante para ignorarlo. Y, como digo yo, además, las madres buscadoras, aparte de estar buscando a sus hijos, están maternando a los hijos de un país entero, porque están protegiendo a quienes sí los tienen en casa al hacer visible el fenómeno.
Los gobiernos han sido muy perversos porque les trasladan los deberes del Estado, los temas de seguridad, de búsqueda, a las madres y, además, lo hacen ensalzándolas. Esto en México es algo muy tramposo: la idea de la Santa Madre Todopoderosa para cargarle todos los cuidados, que termina siendo —lo voy a decir en chilango— una chingadera.

¿Dónde están los padres?
P. Se habla mucho de las madres buscadoras, pero ¿dónde están los padres?
R. Están ausentes en cerca del 40 % de las familias mexicanas. Somos un país con una tasa de abandono paterno altísima. En mi novela anterior, La cabeza de mi padre, digo: «En este país todos somos hijos de Pedro Páramo». Y es así.
Por lo tanto, eso se traslada también a este espacio de los colectivos buscadores. De entrada, muchos padres no están. Y, entre los que están, generalmente la familia se encuentra en una situación muy precaria. Entonces, si la madre busca, el padre tiene que trabajar, porque cada día hay que generar el ingreso de ese día.
En mi novela relato el caso de un hombre, un padre, que sí vino a la búsqueda. Es un personaje muy conmovedor. Él estaba allí porque su esposa ya tenía un Alzheimer muy avanzado. Ella había empezado a buscar, entró en esta enfermedad y ahora era él quien ponía el cuerpo en la búsqueda.
Los sueños que señalan dónde buscar
P. En la novela, los sueños se convierten en una guía para la búsqueda. ¿Qué te interesaba explorar a través de esa experiencia?
R. Eso fue una sorpresa fantástica, y nunca mejor traído hablando de literatura, porque yo había planeado la novela a partir de que los árboles tenían que contar parte de este relato. Quería a una madre que buscara, ella es Ada, a su hijo Marcos, y las cartas. Pero lo de los sueños surgió en mis entrevistas con ellas.
Realmente sueñan pistas de dónde están los cuerpos de sus hijos. Es impresionante. Sueñan la calle, más o menos la ubicación, una fachada, un portón de tal color, una zona… «Veo caballos», me decía una. Y encontraron a su hijo cerca de unas caballerizas.
Eso me sorprendió y, a la vez, es tan contundente que hay una forma de conocimiento ahí, hay un saber, aunque racionalmente no podamos explicarlo. Y cuando apareció con tal potencia, porque todas me lo contaban, dije: «Esto tiene que estar en la historia».
Y ahora que ya existe la novela, hay madres que no conocía que la leen y me dicen: «Yo llevé mis sueños a la Fiscalía para que buscasen». Claro, en la Fiscalía se ríen de ellas en la mayoría de los casos, pero empieza a haber uno que otro funcionario público con un corazón latiendo en el pecho que sí lo toma como un dato que vale la pena seguir.
P. Los sueños se convierten entonces en una señal, en una esperanza. Y, en algunos casos, las llevan realmente hasta esos lugares. ¿Cómo se explica que consigan a través de los sueños o de la intuición lo que no consigue quien debería investigar?
R. Sí, porque es difícil de decir y de racionalizar. Pero, además de los sueños, están las intuiciones, que es un poco lo que apuntas. Hay mujeres que cuentan cosas muy duras, como que sienten en el cuerpo la tortura de sus hijos, por ejemplo.
Muchos de estos chicos son llevados a lo que llamamos, tal cual en México, campos de concentración —lo voy a decir con todas sus letras—, porque los explotan laboralmente para el crimen organizado, los torturan, los obligan a torturarse entre ellos. Hay varios sobrevivientes que han salido a relatar esto y las madres sienten la tortura, el dolor.
Yo paso por ello brevemente en la novela, pero existe este fenómeno de presencia celular. No solo de las células de la madre en el seno, sino a la inversa.
Por eso «sangre de mi sangre, carne de mi carne» es tan cierto a nivel científico, lo cual explica muy de fondo por qué estas madres siguen buscando. Va más allá —aunque no es que sea menor— de hacer política, va más allá de hacerle un reclamo al Estado, va más allá incluso del propio duelo. Es el profundo, inexorable e inagotable amor.
Los buscamos porque los amamos. Eso las sostiene más que todo y eso las hace ser más fuertes.
Si los árboles hablaran
P. Los árboles funcionan como testigos de lo ocurrido. ¿Qué te llevó a imaginar la naturaleza como depositaria de la memoria de la violencia?
R. Este fenómeno lo he contado mucho. Ocurrió un evento en la Ciudad de México: nos cortaron una antigua palmera que tenía un siglo de edad y pusieron un ahuehuete en su lugar. Y se murió. Ese árbol no logró crecer, desarrollarse, pero es que ya estaba rodeado de rostros de personas desaparecidas; los colectivos ya habían llegado allí.
Eso, por un lado. Y, por otro, andando con las madres en las búsquedas, que siempre son en áreas verdes, o mayoritariamente, me daba cuenta de cómo ellas ya tienen un diálogo con el espacio vegetal, con el patrón de los pastos, de la vegetación. Si hay un cuerpo de agua, la vegetación debería ser de una manera y, si está alterada, ellas saben que allí puede haber una fosa. Si el tronco del árbol está negro, ennegrecido, allí hubo alguna ejecución, con restos de humo.
Y me decían: «Si los árboles hablaran, si nos contaran…». Esto fue haciéndose cada vez más potente en mí y pensé que es inevitable que los árboles sepan con qué se alimentan sus raíces. Y, si en ello hay violencia, hay un proceso bioquímico que termina manifestándose.
P. Es impresionante porque la propia naturaleza, esos árboles que esconden cuerpos, al mismo tiempo parece estar señalando dónde hay que buscar la verdad.
R. Sí, es como si pudieran hablar de estas otras maneras, dando otras señales: con brotes, con cambios de coloratura en las hojas, con las raíces.
No sé si has estado en Ciudad de México, pero algo muy impresionante es que los árboles tienen rotas las avenidas, las aceras, las banquetas. Y yo siempre que los miro pienso que falta muy poco para que este gigante anclado termine de salir y un día se mueva.
«Mi hija también es tu hija»
P. Has hablado y convivido con muchas de estas mujeres. Imagino que cada historia es muy cercana y dolorosa. ¿Hubo alguna que te marcara especialmente o que cambiara tu manera de acercarte a esta novela?
R. Sí, es que cada vez te arrancan el corazón. Y la conversación transcurre desde la cercanía, es la única posibilidad de que realmente te cuenten algo.
Pero hay una mujer —de hecho, aquí la menciono y hablo de su hija— que se llama Jacqueline Palmeros, es de la Ciudad de México, y su hija Montserrat estuvo desaparecida desde 2020. La encontró el año pasado sin vida.
Yo hablé con Jacqueline, con Jackie, antes de que encontrara a Monse y me dijo lo más certero para que yo dejara de tener tantas dudas. Cuando le manifesté: «Es que no sé si es legítimo, yo no tengo una persona desaparecida, ¿qué voy a hacer?», ella me dijo: «Mi hija también es tu hija».
Eso fue algo que cayó en el centro de mi pecho y dije: «Por supuesto». Hay algo que trasciende y fue muy generoso de su parte.
También le decía: «Tengo miedo de escribir una novela, yo no soy periodista». Y ella me decía: «No, al contrario. Qué bueno, porque libros de periodismo hay muchos». Para mí fue muy importante la conversación con ella en ese sentido.
Cuando la violencia deja de tener dimensión humana
P. «Mi hija también es tu hija». ¿Por qué crees que las autoridades no sienten que esas hijas también son suyas? ¿Por qué reaccionan tantas veces con escepticismo o indiferencia?
R. Mi primera respuesta vino con una figura de la que hablamos en México, que es la necromáquina. Esto lo ha desarrollado una escritora y pensadora fantástica que se llama Rossana Reguillo.
Hay una deshumanización producida por esa necromáquina. Cuando la violencia lleva tanto tiempo y, además, es parte fundamental del capitalismo que sostiene un país… El crimen organizado en México es una especie de Estado paralelo que genera ingresos posiblemente a la par del Estado mismo y que ha ido corrompiendo —y esto lo sabemos de muchas maneras— todos los niveles de gobierno.
Entonces, creo que esa maquinaria de corrupción financiera y política —muchos miembros del crimen organizado quitan y ponen candidatos para ser presidentes municipales— lo ha permeado todo, a todos los niveles.
Ahí es donde pierde la dimensión humana y se trata de un juego de poder, de acumulación, de tratos, de pactos.
Hay unas que llamamos las narconóminas. Ahora que capturaron y mataron al Mencho, Nemesio Oseguera, líder de este cártel, Jalisco Nueva Generación, que ya el nombre dice mucho, hallaron una vez más —como siempre que detienen a alguno de estos capos de la droga— narconóminas.
Una narconómina es una lista larga donde ese cártel dice: policía estatal, tanto; Juan Pérez de tal, tanto. En un municipio pueden tener 300 personas. Quiero decir, geográficamente es un espacio pequeño. Imagínate la narconómina nacional.
En fin, me fui por ahí porque es lo que espontáneamente pensé que hace que se olvide la dimensión humana.
«Hay entre un 96 y un 98 % de impunidad en los crímenes de feminicidio»
P. ¿Hay detrás de todo esto una estructura profundamente patriarcal?
R. Totalmente.
P. ¿Y por qué afecta tanto a las mujeres?
R. Hay un punto de quiebre muy claro en la historia reciente de México, que es 2006-2008. Entonces el presidente era Felipe Calderón, que diseñó la peor estrategia de seguridad: mandar 9.000 soldados a la frontera norte de México, a Ciudad Juárez.
Poner 9.000 hombres armados en una ciudad que ya está llena de hombres armados, los del narco, es acorralar a las mujeres: hombres armados legal e ilegalmente. Y allí no se detuvieron los feminicidios, los de las mal llamadas «muertas de Juárez», que no eran muertas, sino asesinadas. No hicieron sino crecer, porque se fortaleció este vínculo entre hombres criminales y hombres de seguridad del Estado y la manera en la que pudieron secuestrar a las chicas.
Las secuestraban afuera de las maquiladoras y las prostituían, obviamente contra su voluntad, dentro de un lugar que se llamaba el Hotel Verde.
En fin, ese modelo se fue replicando, como dice Ernesto Gaitán, por todo México. Ciudad Juárez hizo eso también culturalmente: porque se puede.
Hay entre un 96 y un 98 % de impunidad en los crímenes de feminicidio. Es así de duro: porque pueden.
Escribir para devolver los nombres a las cifras
P. Para terminar, si escribir esta novela fue para ti una forma de enfrentarte a esta realidad, ¿qué estabas intentando encontrar tú mientras la escribías?
R. Creo que estaba intentando recuperar cómo es el alma del fenómeno, nunca mejor dicho, y apaciguar una incomodidad que no se ha ido.
Te empieza a dar mucha culpa cuando de veras te metes en el tema. Lees los expedientes, te acercas a las familias, llega la noche y estás en tu piso, como dicen aquí, en una zona céntrica de la Ciudad de México. A mí ya me ha dado miedo apagar la luz después de todo este proceso de trabajo, de lectura y demás.
Pues la incomodidad de pensar: «¿Yo qué puedo hacer?». A los colectivos siempre les preguntas: «¿Cómo puedo ayudar?». Y te preguntan: «¿Qué sabes hacer?». Para que hagas lo que sabes, no intentes meterte donde no.
Yo dije: «Bueno, yo sé escribir, lo intento».
Pero buscaba un poco eso: recuperar esta parte que tiene alma y muchas vidas humanas y mucho dolor y mucho amor. Hay mucho amor. Los colectivos dicen: «Nuestra lucha no la sostiene el dolor, sino el amor». Eso. Que no fuera otro número más.
Ahí va. Creo que está empezando para mí. Fíjate, ahora que salió el libro, más que terminar, está empezando una relación y una conversación constante con las familias.
Un nombre escrito para que nadie pueda borrarlo
P. Y eso, de alguna manera, debe hacerte sentir que has hecho algo. Además, como decíamos al principio, la palabra queda escrita: todo cuanto cuentas queda ahí y está al alcance de todo el mundo.
R. Sí. Y para los colectivos… Las madres me mandan fotos. En las últimas páginas hay una lista de nombres y encuentran el nombre de su hijo. Tú no sabes la ilusión que les hace que diga: «Aquí, Manuel de Jesús Cruz Delgado, desapareció el año 2016 en Zacatecas».
Entonces me mandan una foto señalando: «Aquí está mi hijo». Eso me ha dado de regreso no sabes cuánto.
Nombrar en un libro… Aunque borren las bases de datos, aunque el relato en el futuro, como las leyes en Argentina, dijera que no existieron, habrá por ahí un libro viejo, en un instante, que dirá: «Sí, estoy aquí».
Encontrar un cuerpo para poder despedirse
P. ¿Qué pasa cuando una madre por fin encuentra a su hijo? ¿Siente paz?
R. Para ellas es un anhelo muy grande. Tienen una fe tremenda, también eso me ha venido. Y dicen: «¿Por qué Dios les da este privilegio a unas y no a otras?». Y le piden a Dios cada día que ya sea la elegida, que encuentre diez centímetros de un resto óseo de su hijo.
A veces encuentran eso, pero ya con eso pueden hacer un duelo y cerrar y honrar y poner unas flores. Y viene toda la familia.
Hay una mujer fantástica en el norte de México, en Sonora, la señora Mirna. Junto con su colectivo han encontrado más de 600 cuerpos y hacen una cadena de custodia, se los entregan a la familia.
Para ellas, eso es lo que están esperando muchas veces. Muchas, después de ello, quedan muy impasibles. Claro, porque han dedicado toda su vida a la búsqueda y ya el cuerpo también necesita ese descanso.
CINCO IDEAS
1. La desaparición no permite cerrar el duelo.
Las familias quedan atrapadas en lo que Murillo llama un «no duelo» o un «duelo suspendido»: algunas continúan buscando a sus hijos con vida; otras buscan ya un cuerpo que les permita despedirse.
2. Las madres buscadoras han terminado haciendo el trabajo del Estado.
Geolocalizan fosas clandestinas, crean bancos de datos genéticos, participan en la identificación de restos y mantienen viva públicamente la búsqueda de los desaparecidos.
3. Los sueños también forman parte de las búsquedas.
Murillo descubrió al hablar con las madres que muchas sueñan lugares, calles o señales que después utilizan como pistas. Esa experiencia terminó entrando en Raíz que no desaparece.
4. La naturaleza conserva las huellas de la violencia.
Las madres han aprendido a observar alteraciones en la vegetación, los troncos o el terreno para detectar posibles fosas. De ahí surge la presencia de los árboles como testigos dentro de la novela.
5. Escribir también significa impedir que una persona se convierta únicamente en una cifra.
Los nombres de desaparecidos incluidos en el libro adquieren para sus familias un significado fundamental: queda un lugar donde constatar que esa persona existió.
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Lectores interesados en literatura y memoria, México, derechos humanos y desapariciones, y en novelas capaces de acercarse a una realidad brutal desde las historias y los nombres de quienes la viven.
PREGUNTA FINAL AL LECTOR
¿Puede la literatura impedir que una persona desaparezca también de la memoria?

