Yayoi Kusama: la eternidad del punto
Bastaba un punto. Uno solo. Para saber que detrás estaba Yayoi Kusama. Durante más de siete décadas convirtió la repetición, el color, el vértigo y el infinito en un lenguaje imposible de confundir, hasta lograr que una obsesión íntima terminara formando parte de la memoria visual de varias generaciones.
La artista japonesa murió el pasado 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años. Su estudio comunicó después que siguió pintando hasta sus últimos días, todavía entregada a algunas de las ideas que atravesaron toda su obra: el amor eterno, el alma inmortal y esa necesidad casi física de seguir creando cuando todo parecía ya dicho.

Kusama había empezado a pintar siendo una niña en Matsumoto. Muy pronto aparecieron las visiones, los patrones repetidos, las redes, los puntos. Lo que podía haber quedado encerrado en el territorio de la perturbación encontró una salida en el arte. Y quizá ahí empezó todo: en la decisión de dar forma a aquello que la desbordaba.
En 1957 se marchó a Nueva York y entró de lleno en la vanguardia de los sesenta. Pintura, escultura, performances, instalaciones. Su obra fue creciendo mientras ella ensanchaba también los límites de lo que podía hacer una mujer japonesa en una escena artística dominada por otros nombres, otras voces y otras reglas. Décadas después llegarían las grandes retrospectivas, los museos, las colaboraciones con la moda y esas habitaciones de espejos donde el espectador deja de mirar la obra para quedar atrapado dentro de ella.
Regresó a Japón en los años setenta y decidió vivir en una institución psiquiátrica de Tokio. Desde allí siguió trabajando, desplazándose a su estudio y convirtiendo la creación en una rutina radical. No dejó de pintar. No dejó de buscar.
Hace apenas unos meses, Yayoi Kusama protagonizaba la portada del tercer Bookazine de Magas. Sobre su inconfundible melena roja aparecía un lema que entonces hablaba de su trayectoria y que hoy inevitablemente se lee de otra manera: La eternidad del punto. El arte de trascender.

Kusama sabía que el tiempo se acortaba, pero seguía diciendo que aún buscaba algo nuevo. Tal vez por eso su obra nunca pareció mirar hacia atrás. Incluso al final, seguía avanzando.
Yayoi Kusama ha muerto. Los puntos, en cambio, continúan.
Foto de portada:Courtesy of Ota Fine Arts, David Zwirner
