Europa todavía no ha entrado oficialmente en guerra, pero ya empieza a parecerse demasiado a ella. Es 1937, Mussolini estrecha sus vínculos con Hitler y el arte también se ha convertido en territorio de conquista, propaganda y poder. En ese escenario, Rafael Tarradas Bultó sitúa El falsificador, una novela en la que un cuadro puede convertirse en botín, una mentira en resistencia y una falsificación en la forma más inesperada de enfrentarse a dos dictadores.
Publicada por Espasa, la nueva novela del autor de El heredero, El valle de los arcángeles, La voz de los valientes, El hijo del Reich y La protegida transcurre entre marzo de 1937 y mayo de 1938 y se mueve entre Florencia y Roma, el fascismo italiano, el expolio artístico y una Europa que avanza hacia el abismo.
Un Botticelli para Hitler
En el centro de la historia está el retrato de Colomba Corsini, una obra ficticia atribuida a Botticelli y propiedad de los Viel, una antigua familia italiana de origen judío.
El régimen fascista pone sus ojos en el cuadro. Mussolini quiere convertirlo en un regalo para Adolf Hitler durante su visita oficial a Italia y, de pronto, una obra perteneciente a una familia deja de ser únicamente arte: se convierte en un objeto que el poder considera suyo.
Ante esa amenaza, Flavia Viel decide sustituir el original por una falsificación antes de que llegue a manos de Hitler.
El gesto tiene algo de desafío y algo de justicia poética: engañar con una copia a un régimen construido, precisamente, sobre la propaganda y la representación.
Pero para conseguirlo necesitará a Juan Rezola, un falsificador y también el hombre al que amó y perdió.
Cuando falsificar puede ser una forma de resistencia
Tarradas coloca así en el corazón de la novela una paradoja especialmente fértil: ¿puede una falsificación proteger aquello que es verdadero?
El arte deja de funcionar únicamente como escenario de la historia. Pinturas, colecciones y obras expoliadas entran directamente en la disputa por el poder.
Porque quien posee una obra no posee solo un objeto bello. Posee también patrimonio, memoria, prestigio e incluso una determinada manera de contar la historia.
En El falsificador, copiar un cuadro no significa necesariamente destruir su valor. Puede significar precisamente lo contrario: intentar salvarlo de quienes pretenden apropiárselo.
Italia, 1938: el espectáculo del poder
La visita de Adolf Hitler a Italia en mayo de 1938 funciona como uno de los grandes puntos de convergencia de la novela.
Para entonces, la alianza entre la Alemania nazi y la Italia fascista llevaba años estrechándose y la escenificación pública del poder formaba parte esencial de ambos regímenes. Tarradas utiliza ese momento histórico para hacer confluir distintas líneas narrativas: el expolio de una obra de arte, una conspiración contra Mussolini, la oposición al fascismo y una historia de amor interrumpida.
Alrededor de ese entramado aparecen instituciones y fuerzas con intereses muy distintos —la aristocracia, la monarquía, el Vaticano, el antifascismo o la mafia siciliana— mientras los protagonistas intentan ejecutar un plan cuyo fracaso tendría consecuencias mucho mayores que la pérdida de un cuadro.
El arte frente a quienes quieren poseerlo todo
Uno de los territorios más interesantes de El falsificador está precisamente ahí: en la relación entre arte y poder.
Los regímenes totalitarios comprendieron muy pronto que controlar la cultura significaba también controlar símbolos, relatos y legitimidades. La novela juega con esa apropiación desde un lugar muy concreto: ¿qué sucede cuando aquello que el poder exhibe como prueba de su grandeza resulta ser falso?
La pregunta atraviesa una historia en la que la falsificación deja de ser únicamente un delito o una habilidad técnica para convertirse en una manera de enfrentarse a quienes creen que todo puede comprarse, confiscarse o utilizarse.
Y al otro lado está el original: aquello que se intenta preservar no solo por su valor artístico, sino por la memoria que contiene.

Flavia Viel: quedarse cuando marcharse sería más fácil
En medio de esa maquinaria histórica aparece Flavia Viel, hija de la familia propietaria del cuadro.
Su decisión de permanecer en Italia cuando su origen judío comienza a convertirla en objetivo del régimen define buena parte del personaje. No se trata simplemente de proteger una obra de arte. Flavia se niega a entregar sin resistencia el país, la historia y la vida que considera suyos.
Esa decisión la conduce de nuevo hasta Juan Rezola y convierte el reencuentro entre ambos en algo más que una historia sentimental.
El amor forma parte de la novela, pero aparece atravesado por las decisiones que quedaron pendientes y por una pregunta más incómoda: qué estamos dispuestos a arriesgar cuando aquello que amamos empieza a desaparecer.
Rafael Tarradas y la historia como territorio de ficción
Rafael Tarradas Bultó nació en Barcelona en 1977, estudió Diseño Industrial y trabaja en el ámbito de la comunicación. Su interés por los siglos XIX y XX atraviesa una obra que comenzó en 2020 con El heredero y que desde entonces ha situado sus novelas en distintos momentos de la historia europea y española.
Con El falsificador vuelve a uno de los espacios que mejor encajan en su narrativa: el momento en que la gran Historia deja de ser una sucesión de fechas y entra en la vida privada de quienes tienen que decidir si obedecen, huyen o se enfrentan a ella.
Aquí lo hace a través de un cuadro que nunca existió, pero alrededor del cual sitúa personajes y acontecimientos históricos reconocibles.
La obra de arte es ficticia. El miedo, las leyes, la propaganda y los hombres que quieren apropiarse de ella pertenecen a una época que sí existió.
Una mentira frente a dos dictadores
Quizá por eso el corazón de El falsificador no esté únicamente en descubrir si Flavia y Juan conseguirán engañar a Mussolini y Hitler.
Está también en algo más elemental: la posibilidad de utilizar aquello que parece falso para proteger algo verdadero.
Una pintura puede copiarse. Una firma puede imitarse. Incluso el poder puede construir una representación gigantesca de sí mismo.
Pero detrás de todas esas apariencias queda una pregunta que atraviesa la novela: qué merece ser conservado cuando la historia empieza a destruirlo todo.
Y en ese territorio, Rafael Tarradas convierte una falsificación en algo mucho más peligroso que una copia: un acto de desobediencia.
El falsificador
Autor: Rafael Tarradas Bultó
Editorial: Espasa
Colección: Espasa Narrativa
Páginas: 488
Publicación: 26 de agosto de 2026
