Blue Jeans»Detrás de una prueba de un minuto hay cuatro años de trabajo que la prensa despacha como un fracaso»

"Se me ha caído la cara de vergüenza al ver que campeones de España tienen que pagarse sus propios viajes para competir".

Blue Jeans regresa a las librerías con su novela número 19, consolidando una trayectoria que lo ha mantenido durante años como el autor de referencia para el público joven en España. Tras dar el salto al misterio con sagas como La chica invisible, en esta ocasión el escritor sevillano explora un entorno que conoce bien: el del esfuerzo y la competitividad. 

En Los 15 de Fosbury, nos sitúa en una academia de alto rendimiento donde la preparación olímpica se ve interrumpida por una muerte que conecta el presente con un caso oscuro del pasado. Es una historia coral que pone el foco en la salud mental, la presión de los deportes minoritarios y la desconfianza que nace en un grupo de quince atletas cuando el asesino solo puede ser uno de ellos. En esta charla, nos cuenta cómo ha sido el proceso de documentación con deportistas reales y por qué decidió trasladar el suspense a las pistas de entrenamiento.

P.– Quería preguntarte: ¿por qué Fosbury?

R.– Porque uno no sabe muy bien cómo llamar a la academia; ya he pasado por residencias y colegios mayores en mis libros anteriores. Dick Fosbury fue una persona muy ligada al deporte, el inventor del salto de altura de espaldas. Antes se saltaba hacia adelante y él fue el primero en cambiarlo. Me parecía un buen símil para lo que buscaba con el libro: alguien precursor que había transformado el mundo del deporte. Además, el nombre «Academia Dick Fosbury» suena muy bien.

P.– Es una academia sobre deportes que podríamos llamar minoritarios, pero que en realidad tienen proyección olímpica. ¿Por qué buscabas hablar desde esta presión?

R.– Porque son deportistas que cargan con muchísimo peso. A mí me gusta todo el deporte y soy seguidor de muchas disciplinas, pero me apetecía que los protagonistas practicaran deportes individuales o por parejas. No quería formar equipos porque no buscaba llenar el libro de nombres; un equipo de rugby o de waterpolo habría sumado demasiados personajes. Quería centrarme en 15, para poder especificar el comportamiento de cada uno y que el lector llegara a conocerlos a fondo sin extenderme demasiado.

Y luego estaba la ambición: que estuvieran ahí por un motivo de peso, algo tan grande como los Juegos Olímpicos, preparándose para Los Ángeles. El deporte, la juventud y el entrenamiento extremo generan una gran presión. He hablado con muchos deportistas estos meses y creo que ese es el ingrediente que a veces no se ve. En televisión vemos una prueba que dura un minuto o unos segundos y juzgamos rápido si alguien es «malo», pero detrás hay cuatro años de trabajo. Muchos empiezan muy jóvenes y con muchísimas dificultades, porque no es fácil ser deportista de élite, y en España hay muchos deportes minoritarios que no cuentan con ningún tipo de ayuda.

P.– ¿Con qué disciplinas y deportistas has estado hablando para documentarte?

R.– He hablado con gente de esgrima, escalada, taekwondo, bádminton, tenis de mesa y gimnasia. He charlado con muchos deportistas jóvenes que hacen deporte de élite; gente que está a un paso de los Juegos Olímpicos o preparándose para ver si lo logran. Quería perfiles que no estuvieran consagrados del todo para que me dieran su visión real, su día a día y me contaran cómo se vive en un Centro de Alto Rendimiento en España o cuáles son las condiciones en un campeonato de Europa.

Me he encontrado con gente superagradable y muy motivada. A todos les hacía mucha ilusión que sus deportes aparecieran en un libro, porque normalmente se suelen tratar otras disciplinas. De hecho, a pesar de que este es mi libro número 19, ha sido la publicación que más aportaciones tiene de otras personas y la mejor experiencia de preparación que he tenido. Ha sido muy divertido aprender sobre deportes que no tenía tan controlados como el ciclismo o el fútbol.

Aquí tienes la continuación de la edición, manteniendo el estilo fluido y profesional para texto escrito, respetando las voces de ambos:

P.– Decíamos antes que el deporte de élite exige un rendimiento máximo y una exigencia constante. ¿Dónde está la línea entre la disciplina y la autoexigencia sana, especialmente cuando esta última se vuelve destructiva?

R.– Creo que cada uno se pone su propia línea. Pasa en el deporte, en la literatura y en la vida misma; todos tenemos límites y ambiciones diferentes. Al sacar un libro, todos queremos ser el número uno en ventas, pero hay quien se obsesiona con ello. En el deporte sucede igual: quieres hacerlo bien, pero sabes que siempre habrá otros compitiendo con mejores condiciones o habilidades.

Muchas veces la superación es con uno mismo. He hablado, por ejemplo, con chicas de halterofilia que lo que buscan es superar sus propias marcas, levantar un poco más en cada campeonato e ir creciendo. Es un proceso que puede empezar como un hobby en el gimnasio hasta convertirse en una profesión. Son deportes muy competitivos pero, en su mayoría, muy sanos. Es cierto que en niveles de alta competición, como un Mundial o unos Juegos Olímpicos, la competitividad a veces roza lo insano, pero lo que yo he visto es que se llevan muy bien entre ellos: compiten, pero son amigos y se apoyan.

Quería reflejar que el deporte es sacrificio y presión, pero también amistad. Tuve la oportunidad de visitar el CAR de Madrid y la residencia Blume, y es increíble la dinámica de esfuerzo y compañerismo que existe. No tiene nada que ver con lo que a veces vemos en las series de televisión, donde todo se orienta al sexo, el dopaje o las relaciones tormentosas. Lo que yo he percibido es mucho esfuerzo, mucha dedicación y, sobre todo, relaciones sanas.

P.– ¿Arrancas con la muerte de Anita Vidal como una sombra permanente? Es un caso que no se resolvió del todo y no sé si buscabas que esa ambigüedad funcionara como un eje dentro de la academia.

R.– Sí. Esta es mi novena novela de misterio y, aunque hablo de relaciones personales y deporte, el suspense es el eje de todo. Siempre intento introducir un pasado confuso. La Academia Dick Fosbury estuvo diez años cerrada por la muerte de Anita, que era la mejor gimnasta de su generación y apareció muerta en los jardines. Quería jugar con ese intervalo: la academia reabre y, apenas unos meses después, ocurre otra muerte.

Me interesa que el lector se pregunte si ambos casos están relacionados. De hecho, en la academia hay una placa con el nombre de Anita; su presencia es constante. Casi todos los que escribimos thriller utilizamos el pasado para explicar el presente y, aunque al final de la novela se termina sabiendo prácticamente todo, la ambigüedad de su muerte me permitió jugar con el suspense durante toda la trama.

P.– Cerrar la academia durante una década parece una forma de «resetear» el espacio físico.

R.– Exacto. De hecho, las disciplinas que se practicaban antes del cierre son distintas a las actuales. Necesitaba ese espacio de diez años para que la historia se «masticara» bien, para que los personajes que entonces eran niños ahora sean adultos y para construir un nuevo entorno humano sin olvidar lo que ocurrió en 2014. Era un tiempo necesario para resetear lo que había y convertirlo en algo nuevo.

P.– En este grupo de quince, aunque existe ese compañerismo que mencionas en la vida real, en el thriller buscas crear desconfianza. ¿Pesan aquí más las emociones que la parte física?

R.– Sí, porque al aparecer un cadáver en un espacio prácticamente cerrado, lo más probable es que el culpable sea uno de ellos. Me encargué de que los principales sospechosos fueran los propios atletas y el personal interno. Lo interesante es que, aunque desayunes cada día con alguien o estés enamorado de una persona, si ocurre algo así, empiezas a sospechar. Eso enturbia cualquier vínculo. Sabes que tú no has sido, pero no tienes la certeza sobre tu mejor amigo o tu amor platónico. Esa duda es fundamental para que el misterio funcione.

P.– ¿Te gusta jugar con ese «encerramiento» donde el culpable tiene que ser, obligatoriamente, uno de ellos?

R.– Sí, es un juego muy divertido. Agatha Christie escribió 66 novelas de misterio siguiendo ese esquema: un grupo de personajes relacionados entre sí, todos con algún vínculo con la víctima, donde vas descubriendo la verdad poco a poco. En mi caso, los quince podrían ser los asesinos. Aunque me centro en cinco personajes que llevan la voz cantante, cualquiera de ellos puede hacer dudar al lector. Me encanta jugar con lo que el escritor cuenta u oculta a propósito para que el lector intente adivinar quién es el culpable.

P.– Aprovechas el relato para visibilizar temas sociales, como la gordofobia o los trastornos alimenticios.

R.– Sí, y es un tema muy actual. He hablado mucho estos días con Paula Leitón, que me ayudó con la documentación y me regaló su libro XXL sobre la gordofobia. Es un tema poco tratado en literatura juvenil y me apetecía mostrar cómo se siente una persona que recibe insultos en redes por su físico. A veces uno se siente extraño con su propio cuerpo, pero en el deporte de élite ese cuerpo es tu herramienta. Paula mide casi 1,90 y necesita ese volumen para competir en su posición de waterpolo; ella está encantada con su cuerpo y así debería ser para todos.

Sin embargo, desde fuera, la gente ataca a quien no cumple con un estándar físico. Paula, tras ganar un oro olímpico, se encontró con una ola de odio e insultos en lugar de solo alabanzas. Ese conflicto lo reflejo en el personaje de Grecia, que hace halterofilia. Las redes sociales hacen mucho daño, incluso a campeones olímpicos, y creo que muchos lectores, especialmente las chicas, se van a identificar con ella.

P.– También incluyes a un personaje emocionalmente inestable que desaparece. ¿Buscabas representar esa vulnerabilidad y, a la vez, generar sospecha?

R.– Totalmente. Hay un personaje que desaparece y el lector no sabe si es algo voluntario o forzado, lo que da mucho juego a la trama. Al final, aunque haya cinco protagonistas principales, he querido que los quince tengan influencia en lo que sucede. Mis novelas son muy corales y sería desaprovechar el potencial de la historia no darles a todos un papel vital, por pequeño que sea, en el conjunto del misterio.

Aquí tienes el cierre de la entrevista editado, manteniendo la naturalidad de la charla pero pulido para su lectura:

P.– ¿Las víctimas son todas mujeres?

R.– Lo estuve pensando mientras escribía. No quiero que parezca que solo «mato» chicas; literariamente hablando, he matado a personajes de ambos sexos. Como te decía en la otra entrevista, me dices que me gusta matar, ¡pero luego soy incapaz de hacerle daño a una mosca! Incluso hice un pequeño estudio sobre Agatha Christie para ver si ella mataba más hombres o mujeres porque me sentía un poco mal. En esta historia, las dos primeras víctimas son mujeres: Anita y la psicóloga. Esto no significa que no vaya a morir algún chico más adelante, pero es verdad que al terminar la novela me di cuenta de esa coincidencia.

Suele salirme así, quizá porque tengo más protagonistas femeninas. Además, en el deporte las mujeres sufren una presión añadida. El deporte minoritario femenino apenas tiene atención mediática si no hay una medalla de oro, un suicidio o una gran polémica. Es una crítica que incluyo en el libro. Casualmente, para la documentación solo me atendieron mujeres; intenté contactar con chicos y no hubo manera. Ellas me han ayudado muchísimo, muchas son lectoras mías y conocen bien lo que cuesta llegar a la élite. Yo mismo fui entrenador de fútbol y recuerdo que hace no tanto, si una chica quería jugar, tenía que hacerlo en el equipo de los chicos porque no había otra opción. Por suerte, los resultados están haciendo que la mujer ocupe por fin un papel protagonista.

P.– Fíjate, me llama la atención que no hayas conseguido hablar con hombres. Es un punto interesante.

R.– Y no será porque no lo intenté; me puse en contacto con muchísimos. Pero ellas me conocían más. Mis estadísticas dicen que el 94% de mis seguidores son mujeres; siempre he tenido más lectoras. Paula Leitón, las chicas de escalada, de sincro, de gimnasia o la propia hija de Blanca Fernández Ochoa… todas son lectoras. No hubo que convencerlas, estaban encantadas de participar. Es algo muy bonito.

P.– Hablábamos de deportes donde todo se mide al milímetro. ¿Cómo se gestionan la ansiedad y el miedo en ese entorno?

R.– Los grandes equipos tienen sus psicólogos, pero en los deportes individuales muchas veces no existen esos recursos. Te sientes presionado y no siempre sabes si es por la marca, por tu físico o por la exigencia externa. Se me ha caído la cara de vergüenza escuchando ciertos testimonios estos meses. A veces los vemos por la tele y les exigimos el máximo, o la prensa habla de «fracaso» con una ligereza pasmosa. Ser campeón de España no te garantiza financiación ni premios metálicos. He hablado con chicas con opciones olímpicas que se tienen que pagar ellas mismas los viajes para competir en Europa porque las federaciones no cubren nada. Tienen que estudiar y trabajar a la vez. Muchas de nuestras charlas de documentación acabaron pareciendo sesiones de terapia.

P.– ¿Te has dado cuenta de lo mucho que cuesta llegar y de lo injustos que somos juzgando un error mínimo?

R.– Lo hablé con una deportista olímpica magnífica. En los juegos anteriores, le tocó en primera ronda contra una rival que venía de lesión y estaba en una parte del cuadro que no le correspondía por nivel; era como si Alcaraz tuviera que jugar contra Djokovic en primera ronda. Ella no tuvo un buen día y, después de cuatro años de preparación, en tres minutos estaba fuera de los Juegos. Es durísimo lidiar con eso cuando el problema no ha sido tu entrenamiento, sino la mala suerte. Pero lo que lee la gente en prensa o redes es: «Fracaso de la española». Es muy difícil gestionar ese sacrificio —físico, calórico y familiar— cuando todo se puede desvanecer en un minuto.

P.– Tú eres periodista deportivo de formación y entrenaste a equipos de fútbol. ¿Qué relación mantienes hoy con el deporte, más allá de ser espectador?

R.– Ahora me limito a andar mucho. Ya no entreno, aunque me hubiera gustado seguir porque disfrutaba muchísimo con los niños de 7 u 8 años. Me pasaba los sábados enteros en el club y mi única intención era que se divirtieran, aunque a veces los padres eran peores que los críos. Algunos de esos niños terminaron en las categorías inferiores del Madrid, del Atleti o del Rayo. Todavía me los encuentro por la calle o por redes sociales y me siguen llamando «Míster». No descarto volver a los banquillos en un futuro. Siempre he estado ligado al deporte, desde el ajedrez a los 5 años hasta el tenis de mesa. El periodismo deportivo fue una espinita que se me quedó clavada, quizá por errores míos, pero al final he podido quitarme el gusto escribiendo esta novela.

P.– Pues te veo más contento que otras veces.

R.– Siempre estoy contento, pero es verdad que con esta novela me lo he pasado muy bien. Al tener tanta documentación y contacto con la gente, el proceso ha sido distinto. He llegado a tiempo a la entrega, sin ir con la lengua fuera como otras veces. He asistido a entrenamientos de esgrima y he descubierto que hay un respeto mutuo precioso entre el mundo del deporte y el de los libros. Hay muchos más lectores entre los deportistas de élite de lo que pensamos. Me he divertido mucho y he aprendido un montón; si el libro sirve para darles un poco más de visibilidad, me doy por satisfecho.