Se dice que la historia de la humanidad se escribió con tinta, pero se rastreó con huellas. A lo largo de miles de años, el perro ha acompañado al ser humano como aliado, herramienta de trabajo, apoyo emocional y reflejo de nuestras propias contradicciones.
En La vuelta al mundo en 80 perros, el veterinario Juan Pascual propone un viaje por la historia, la geografía y la cultura a través de 80 relatos protagonizados por perros reales. Ellos mismos, en primera persona, cuentan su papel en contextos tan diversos como selvas, ciudades, laboratorios o expediciones, mostrando la enorme diversidad de funciones que han desempeñado junto a nosotros.
El libro combina rigor científico y mirada humana para reflexionar sobre esa relación única, basada en la capacidad de trabajo del perro, su olfato y su vínculo afectivo con las personas, pero también sobre cuestiones como el abandono o la explotación.
Desde ahí, esta entrevista se adentra en las historias, las experiencias y las reflexiones que han dado forma a ese recorrido singular.
P.– ¿Cuándo dirías que empieza realmente la relación entre el perro y el ser humano, más allá de su origen como lobo?
R.– Los datos que nos aporta la arqueología y la paleontología indican que esto ocurre hace aproximadamente 15.000 años. Lo sabemos porque existe un enterramiento en el que aparecen unas personas junto a un cachorrito. Y ese detalle es importante: cuando alguien es enterrado junto a otro ser vivo, eso sugiere que ese ser tenía un valor emocional o simbólico relevante, ya que le acompaña en el último viaje.
Además, se trata de un cachorro que, según las evidencias, murió de moquillo, porque en sus dientes presenta lesiones compatibles con esta enfermedad. Esto nos indica que era un animal que no podía cazar, ni ayudar en labores de caza, ni alertar de la presencia de depredadores o de tribus hostiles.
Por lo tanto, hablamos de un cachorro al que cuidaron, al que protegieron, no por el servicio que pudiera ofrecer, sino por lo que era en sí mismo. Esto nos sugiere una relación más profunda.
Pensamos que este puede ser uno de los puntos de partida del proceso de domesticación, aunque probablemente existan enterramientos aún más antiguos que no hemos descubierto. En cualquier caso, hace unos 15.000 años el perro ya no era simplemente un lobo: era algo distinto, más cercano al ser humano.

P.– Lo que acabas de comentar me lleva a una cuestión que ya se está planteando en algunas comunidades de España y ya está en vigor en otros países: la posibilidad de que los perros puedan ser enterrados junto a sus dueños. ¿Cómo valoras esta medida?
R.– Yo creo que al final, si te ha acompañado en vida, por qué no te va a acompañar en el último viaje. No le hace mal a nadie y es una forma de hacer feliz a la persona que quiere tener ese compañero para ese trayecto.
P.– Has planteado que sin el perro la civilización podría haberse estancado. En ese sentido, hablamos de coevolución entre humanos y perros, siendo el perro el primer animal domesticado y un apoyo clave en la caza.
R.– La caza es muy importante en la evolución humana, porque implica trabajar en equipo, anticipar lo que va a ocurrir y, en muchas ocasiones, localizar a la presa herida que se ha escondido. El perro te ayuda precisamente en esa tarea. Gracias a él hemos podido acceder de forma más eficaz a la carne, alimentarnos mejor, evolucionar y desarrollar el cerebro que tenemos hoy. Por lo tanto, ha sido fundamental en nuestra evolución.
P.– En el libro hablas de 80 casos, con una clara referencia a La vuelta al mundo en 80 días. ¿Fue una elección deliberada o surgió durante el proceso?
R.– La verdad es que encontré el título y pensé que era muy potente. A partir de ahí fui buscando casos hasta completar los 80 perros, y la verdad es que incluso me han sobrado ejemplos. De hecho, sigo descubriendo funciones y roles que desconocía antes de publicar el libro.
P.– De todos los casos recogidos, ¿cuál dirías que te ha sorprendido más desde el punto de vista de la resistencia del perro en condiciones extremas?
R.– Es una pregunta difícil. Quizás un caso del pasado, en algunos países en desarrollo, donde al perro se le llamaba el “caballo del pobre”. Cuando alguien no podía permitirse un burro o una mula, el perro tiraba de un carro. Era muy frecuente en zonas como Flandes, por ejemplo entre lecheros. Yo lo incluyo como el perro de un panadero. Eran animales con una vida dura, pero muy útiles e imprescindibles para personas que no podían permitirse un animal de tiro.
P.– El perro es la especie con mayor diversidad morfológica del planeta. En este contexto de gran plasticidad genética, ¿crees que este éxito se debe a una evolución natural del perro o a una intervención directa del ser humano a través de la selección?
R.– La mayor parte de los perros del mundo no son domésticos. De los aproximadamente 1.000 millones que se estima que existen, unos 300 millones son perros domésticos y unos 700 millones viven en libertad o semilibertad. Estos últimos son bastante similares entre sí: perros de tamaño medio, alrededor de 23 kilos, de color marrón en su mayoría. Son bastante homogéneos porque ese perfil es el que mejor favorece su supervivencia.
Las razas actuales, en cambio, aunque algunas tienen su origen en funciones concretas como el pastoreo o la guarda, no se han moldeado de forma tan rápida por la selección funcional. La gran diversidad morfológica que vemos hoy en las razas modernas procede, en gran medida, de selecciones genéticas intensivas realizadas en los últimos 200 años.
P.– En ese contexto de selección aparecen casos como el del carlino, una raza con problemas de salud derivados de su propia morfología. ¿Cómo valoras el equilibrio entre selección estética y bienestar animal?
R.– En genética canina debemos ser prudentes con aquellas selecciones morfológicas que puedan comprometer la salud del animal. Hay razas muy braquicéfalas que sufren problemas respiratorios, y otras con extremidades o espaldas que favorecen patologías vertebrales.
El objetivo debería ser siempre el bienestar del animal y garantizar que pueda llevar una vida lo más plena posible. Si una determinada morfología conlleva problemas de salud desde su origen, estamos comprometiendo ese bienestar.
P.– En relación a este tema, ¿cómo valoras la actual Ley de Bienestar Animal y qué retos plantea especialmente en el caso de los perros de caza?
R.– Cuando hablamos de una ley, siempre hay aspectos positivos y otros mejorables. Algunas partes están consensuadas por expertos, mientras que otras generan más debate, por lo que conviene analizarlas punto por punto.
En el caso de los perros de caza, existen razas genéticamente orientadas a esa función: los pointer, los perdigueros de Burgos o los perros de aguas, por ejemplo. Son animales con una predisposición natural a la caza, porque en el fondo el perro sigue siendo un depredador, descendiente directo del lobo en términos evolutivos.
Lo importante, independientemente de su función, es el trato que reciben. Un perro de caza, de compañía o de cualquier otro tipo debe ser cuidado adecuadamente. Lo inaceptable es el maltrato, el abandono o prácticas como el sacrificio cuando el animal no cumple expectativas.
Nadie está obligado a tener un perro. Pero si se tiene, hay una responsabilidad clara: garantizar su bienestar. Si no se pueden asumir esas condiciones, lo responsable es no tenerlo.

P.– En la ley se establece una diferencia entre el tratamiento de los perros de caza y el resto de animales de compañía. ¿Crees que esa distinción está justificada o responde más a criterios administrativos o políticos?
R.– Sí, esa diferencia existe, porque, si no recuerdo mal, los perros de caza están bajo el ámbito del Ministerio de Agricultura, mientras que los demás perros dependen del Ministerio de Asuntos Sociales, dentro del marco del bienestar animal. No conozco en profundidad las razones de esa separación, entiendo que puede haber factores políticos que se me escapan, pero en cualquier caso creo que lo fundamental debería ser siempre la protección del bienestar de los animales.
P.– ¿Crees que en nuestra forma de entender la relación con los animales de compañía existe un exceso de visión urbana o “urbanocentrismo”?
R.– Puede haber algo de eso, aunque no necesariamente en un sentido negativo. A veces tendemos a tratar al perro como si fuera un niño, pero su comportamiento y sus necesidades son distintas. Está bien, por ejemplo, proteger a un galgo del frío o cuidar a un husky en un entorno urbano, pero hay que tener cuidado con no desnaturalizar sus necesidades.
Un perro necesita caminar, oler, explorar, incluso ensuciarse; necesita expresar su comportamiento natural como cánido. Si lo mantenemos siempre en un carrito o en un entorno excesivamente artificial, no es lo mejor para el animal. Hay que respetar su naturaleza sin humanizarlo en exceso, es decir, sin convertirlo en algo que no es.
P.– Mencionas ciertas prácticas culturales en las que el perro ha sido utilizado como fuente de alimento o incluso dentro de la medicina tradicional. ¿Cómo se aborda esa realidad desde una perspectiva científica y cultural sin caer en juicios emocionales?
R.– En yacimientos como Atapuerca, por ejemplo, se ha documentado el consumo de animales a partir de las marcas que aparecen en los huesos, lo que indica que formaban parte de la dieta en determinadas épocas. Esto lo conocemos bien gracias al trabajo de antropólogos y veterinarios especializados en restos arqueozoológicos.
Hoy en día todavía existen algunos países, especialmente en el este de Asia, donde el perro ha formado parte de la alimentación en ciertas comunidades.
Es una realidad compleja y difícil de interpretar desde nuestra perspectiva cultural. Por eso tampoco lo he incluido como uno de los 80 casos del libro, porque considero que no aporta en la misma línea narrativa.
Aun así, es un hecho histórico y cultural que existe. Además, en algunos países ya se están dando cambios importantes: por ejemplo, Corea del Sur ha aprobado su prohibición, que se implementará en los próximos años. En otros lugares como China o Vietnam, el proceso aún no está tan avanzado, pero también se observan transformaciones graduales.
P.– En tu libro hay muchos casos que llaman la atención, pero hay uno especialmente impactante: la cita de un presidiario que se siente libre al cuidar a un perro. ¿Existe un ejemplo más claro de vínculo y entrega entre humano y animal?
R.– De hecho, esa frase la he colocado al inicio del libro porque me impactó mucho y resume bien el poder que puede tener un perro en la vida de una persona. En este caso es un presidiario que participa en un programa en el que un perro procedente de una perrera convive con él, ayudando a su reinserción, mientras el propio animal también se rehabilita.
Es un caso real, como prácticamente todo lo que aparece en el libro, basado en hechos documentados. Cuando ese presidiario expresa esa sensación de “es como un día de Navidad porque viene mi perro y voy a estar con él”, es algo muy potente. Cambia la vida de ambos y permite reconstruir una cierta normalidad emocional dentro y fuera del entorno penitenciario.

P.– ¿No estamos, en cierto modo, atribuyendo al perro funciones psicológicas para las que no ha sido específicamente preparado?
R.– En el caso de un perro de compañía, su presencia tiene efectos psicológicos positivos evidentes: aporta compañía, favorece la rutina de paseos, incrementa la interacción social en el espacio público y, en general, mejora ciertos indicadores de bienestar, incluso relacionados con la salud cardiovascular y la tensión arterial.
Cuando hablamos de funciones más especializadas, como la asistencia a niños con trastornos o víctimas de malos tratos, entonces sí hablamos de perros con un entrenamiento específico diseñado para esas tareas. Son funciones muy importantes y todavía poco conocidas, por lo que considero necesario darles visibilidad y potenciarlas.
P.– ¿Podríamos decir que el perro actúa como un puente sanitario a lo largo de la historia?
R.– En algunos casos, sí. Cada vez más. Hoy en día se están utilizando perros en la detección de ciertas enfermedades como el Parkinson, algunos tipos de cáncer, melanoma, diabetes o cáncer de próstata.
También se emplean en contextos de investigación, no tanto experimentando directamente sobre el animal, sino observando cómo responde de forma natural a determinadas patologías o tratamientos, lo que en algunos casos puede aportar información útil para la medicina humana.
En definitiva, el perro es un ejemplo claro de hasta qué punto existe una relación mucho más estrecha entre humanos y animales de lo que percibimos en la vida cotidiana, incluso en entornos urbanos.
P.– Hablemos ahora de algunas razas. Empezamos por una que me toca de cerca: el beagle. Más allá de su papel como perro de caza, ¿qué destacarías de esta raza?
R.– El beagle es un perro de muy buen carácter. De hecho, a veces se selecciona en determinados programas o pruebas precisamente por eso, por su temperamento equilibrado. Es un animal manejable, curioso, que permite trabajar con él sin que sea agresivo y con un nivel de docilidad que facilita mucho su manejo en distintos contextos.
P.– También es una raza que, desde la percepción pública, suele asociarse a su uso en laboratorios o pruebas farmacológicas. No sé si esa visión está distorsionada o responde a la realidad.
R.– Su buen carácter es precisamente una de las razones por las que se utiliza en determinados contextos. En el desarrollo de medicamentos, en algunos casos es necesario trabajar con animales, aunque son muy pocos en comparación con el conjunto.
He tenido ocasión de visitar algunos laboratorios y la realidad es que el bienestar animal está mucho más controlado y protegido de lo que la gente suele imaginar. Mi experiencia en ese sentido ha sido más positiva de lo que esperaba.
P.– En el libro mencionas casos de perros que cumplen funciones muy específicas en distintos lugares del mundo, por ejemplo en África. ¿Podrías explicarlo?
R.– Sí. En África aparecen varios ejemplos. Por un lado, perros que ayudan a proteger la fauna salvaje frente a los furtivos. También hay perros utilizados por comunidades locales, como algunas tribus del Congo, en labores de caza o apoyo en su entorno.
En Marruecos, por ejemplo, hay perros entrenados para detectar fugas de agua en tuberías, lo que muestra hasta qué punto pueden adaptarse a funciones muy distintas.
P.– Hay también una curiosidad que me llamó la atención: una raza que, en lugar de atacar a la presa, la “seduce”. ¿Cómo se entiende eso?
R.– Es un buen ejemplo de cómo el perro ha evolucionado para adaptarse a nuestras necesidades. En ese caso, se trata de estrategias de caza muy especializadas en las que el comportamiento del animal se orienta a facilitar la captura de la presa de una forma distinta, incluso utilizando la interacción o la distracción.
En general, el perro ha sido una herramienta muy versátil para el ser humano, y en cierto sentido también nosotros lo hemos moldeado para nuestro propio beneficio.

P.– En ese sentido, planteas una relación casi inseparable entre perro y ser humano.
R.– Sí. Allí donde hay humanos, hay perros. Es un animal prácticamente ubicuo en nuestra historia. Nos ha acompañado desde hace unos 15.000 años en nuestro desplazamiento por el mundo: llegó con nosotros a América, a Australia… no se entiende la expansión humana sin el perro.
Hoy en día no existe prácticamente ningún perro que no dependa, de forma directa o indirecta, del ser humano. Incluso en situaciones de abandono, siguen vinculados a nuestro entorno, porque viven en espacios donde están nuestros residuos o nuestra presencia. Siempre existe esa relación, de una forma u otra.
P.– Has mencionado el caso de Australia, donde un perro actúa como una especie de “guardaespaldas” de pingüinos frente a los zorros. ¿Cómo es posible algo así?
R.– Es un caso que ocurrió en un pequeño islote del sur de Australia. Cuando bajaba la marea, quedaba conectado a tierra firme y los zorros se comían a los pingüinos. La situación era crítica. No porque la especie estuviera necesariamente en peligro de extinción global, pero la pérdida de una colonia de pingüinos sí podía suponer un problema genético importante.
Ante esto se introdujo un perro pastor italiano, y el resultado fue muy positivo. De hecho, incluso se ha llegado a hacer una película sobre su historia. Es muy sorprendente porque, aunque el perro desciende del lobo o es su pariente cercano, cuando se le adiestra muestra una capacidad de adaptación extraordinaria. Por eso estos casos resultan tan llamativos: explican bien por qué el perro da tanto de sí como especie y por qué genera tanto interés.
P.– ¿Por qué crees que el perro es considerado el animal más leal al ser humano, incluso en situaciones en las que puede recibir un mal trato?
R.– El perro ha evolucionado como un animal especialmente adaptado a la comunicación con el ser humano. De hecho, los músculos faciales y oculares están mucho más desarrollados que en otros cánidos, lo que le permite expresar y captar emociones de forma muy eficaz.
Cuando una persona interactúa con un perro con el que tiene vínculo, se produce una liberación de oxitocina, tanto en humanos como en el animal, que es la llamada hormona del apego. Es la misma que se activa en vínculos familiares o afectivos muy estrechos.
Todo esto es el resultado de miles de años de coevolución. El perro ha desarrollado una dependencia del ser humano que está inscrita en su comportamiento, y de ahí surge esa lealtad que a veces incluso nos sorprende, y que no siempre somos capaces de corresponder en la misma medida.
P.– Como veterinario y experto en sanidad animal, ¿de qué manera crees que este libro ayuda a comprender mejor la salud del perro y su relación, más allá de lo individual, con la salud del propio planeta?
R.– Por definición, creo que el hecho de convivir con perros hace que el planeta sea un lugar mejor. El perro hace el mundo un lugar mejor.
Yo creo que cualquiera que haya tenido un perro puede compartir esta opinión. Lo que he querido mostrar con este libro es, más allá de lo cotidiano —más allá de lo que todo el mundo ve al salir a la calle o en su propio entorno—, otras funciones de los perros, tanto en el pasado como en el presente, que no son tan evidentes pero que son importantes conocer.
Algunas son muy conocidas, como los perros de detección en aeropuertos, pero otras lo son mucho menos, como los perros que ayudan en procesos judiciales en casos de niños víctimas de malos tratos, donde su presencia facilita que puedan declarar en un entorno menos hostil. El perro está entrenado para generar un ambiente de calma en situaciones muy tensas.
He visto personalmente en Madrid, en un hospital, cómo un perro entraba en la habitación de un niño con un problema cardíaco grave, y en apenas 45 minutos cambiaba por completo la atmósfera de la sala. No solo en el niño, también en su madre y su abuela, que estaban solas y sin recursos en ese momento. Ese cambio es muy significativo. Incluso el propio personal sanitario lo percibe.
Hay estudios que indican que la recuperación de los pacientes mejora en presencia de perros. Esto tiene una relevancia social muy importante y debería darse a conocer más. De hecho, cada vez se utilizan más perros como apoyo en tratamientos, especialmente en oncología pediátrica, por la compañía y el bienestar emocional que aportan.
P.– ¿Qué te impulsa a escribir?
R.– Creo que todo empieza por la lectura. Me gusta mucho leer, y esa curiosidad crece cuando lees mucho y sigues leyendo.
Además, me parece importante poder contar cosas del mundo que conozco y no quedármelas para mí. Compartirlas es una parte fundamental del proceso.
P.– ¿Qué mito sobre los perros te ha resultado más difícil o doloroso de desmentir durante tu asistencia?
R.– A mí lo que más me duele, y cuando escribí el libro, es el abandono. Uno de los perros es un perro abandonado. Todos los perros describen su experiencia en primera persona y yo creo que este perro le escribe diciendo qué le ha pasado a mi dueño. De repente ha desaparecido y el perro está muy preocupado porque no encuentra al dueño.
Eso yo creo que no tiene perdón: abandonar un perro. Si no puedes o la vida te cambia y necesitas desprenderte de él, hay protectoras, hay formas de hacerlo. Pero también hay mucha falta de responsabilidad. Mucha gente se compra un perro de capricho y luego lo trata como si fuera un juguete que puedes dejar en un armario.
Eso es lo que más me duele porque sigue pasando. Además, sobre todo en ciertas épocas del año, se regala un perro como el que se regala un juguete.
Y luego otro caso que ha pasado, y afortunadamente recogido en la historia, es el de algunas tribus norteamericanas. En ciertas comunidades, los perros utilizaban a los cachorros en contextos muy concretos, por ejemplo con mujeres que habían perdido a sus hijos, para ayudar en procesos de lactancia; el cachorro mamaba directamente de las mujeres.
Pero por tradición, en aquellas zonas y en aquel momento, ese perro debía quedarse en la casa para siempre, y en algunos casos incluso le quitaban la vista. Era una tradición que tenían aquellos pueblos. Cuando lo lees, te preguntas por qué. Pues no lo sé. Sería materia de antropólogos.
Me parece una falta de lealtad, pero ellos quizá lo veían de otra manera. Seguramente era su costumbre. Hablamos de hace 200 o 300 años. Pero fue un episodio que también doloroso de descubrir y de escribir.
P.– ¿El llamado “perro de diseño” es una aberración frente a la funcionalidad que tenían los perros en su origen?
R.– Yo creo que cuando se busca una raza por moda o se intenta crear un perro únicamente por criterios estéticos, se corre un riesgo. Estamos hablando de seres vivos, animales que sienten, con un sistema nervioso muy similar al nuestro, y en ese sentido debemos respetarlos siempre.
Hay razas que ya existen, y lo razonable es trabajar, si acaso, en su evolución de forma que determinadas características físicas que resultan atractivas para nosotros, no supongan un perjuicio para el animal. Porque una cosa es una variación estética que no afecta a su bienestar, y otra muy distinta es una modificación que le genere problemas de salud.
El criterio debería ser siempre el mismo: garantizar la calidad de vida del animal por encima de cualquier moda o preferencia estética.

P.– De todos los casos que recoges en los 80 perros, ¿cuál te ha resultado más curioso?
R.– Es difícil elegir uno solo, porque el libro sorprende precisamente al recoger situaciones muy distintas y, en muchos casos, muy llamativas. Pero hay uno que me gustaría destacar: un perro adiestrado para detectar heces de ballena.
Estos perros trabajan en barcos de investigación oceanográfica, porque los científicos necesitan esas muestras para distintos estudios: desde la presencia de microplásticos en el mar hasta el análisis de parásitos o incluso niveles hormonales relacionados con el estrés en los ecosistemas.
En este caso concreto, es una perra que fue rescatada de un refugio por una científica que posteriormente la entrenó para esta función. La perra cuenta su experiencia: cómo sube al barco, cómo rastrea, cómo detecta la muestra y cómo la marca ladrando. Aunque una ballena es un animal muy grande, en mitad del océano encontrar estas muestras sigue siendo un trabajo complejo, y el perro resulta clave en esa tarea.
Hay muchos otros ejemplos similares de usos sorprendentes de los perros a lo largo del libro.
P.– Si el perro lleva acompañándonos desde hace unos 30.000 años y avanzamos hacia un mundo cada vez más tecnológico, ¿qué crees que ocurrirá con esa relación en el futuro?
R.– No lo sabemos con certeza, pero es probable que la tendencia vaya a más en cuanto a la convivencia con perros. Puede parecer contraintuitivo, pero quizá la tecnología nos esté llevando a vivir en sociedades cada vez más solitarias.
No hablo tanto de mi generación, que ya tiene otros patrones, sino de generaciones más jóvenes, muy conectadas digitalmente, donde las relaciones sociales pueden ser más complejas o más distantes. En ese contexto, el perro sigue siendo un vínculo incondicional.
El perro está ahí siempre: te obliga a salir, a caminar, a interactuar, juega contigo, te busca, te acompaña. Y eso tiene un valor enorme. Por eso creo que su presencia no solo se mantendrá, sino que probablemente aumentará en el mundo occidental. Cuanto más crece el aislamiento, más funciona el perro como punto de conexión con lo cotidiano y con lo humano.
P.– Vamos a hablar un poco de ti, si te parece. No sé si estudiaste Veterinaria o si decidiste ser veterinario precisamente por un perro.
R.– Yo quise ser veterinario desde muy niño porque siempre me han encantado los animales. Me gustaba estar con perros, con animales en general, y además me interesaba entender cómo funciona todo eso: por qué un animal se comporta de una determinada manera, cómo responde, cómo se relaciona. Esa curiosidad siempre ha estado ahí. Desde pequeño lo tuve claro y, al final, aquí estoy.
P.– ¿Cuál fue tu primer perro?
R.– Mi primer perro se llamaba Mick. Era un mestizo, con parte de spaniel bretón. Lo tuve desde que era un niño, con unos ocho años. Venía de un refugio y lo recuerdo mucho.
P.– ¿Qué aprendiste de ellos sobre la comunicación no verbal que no te enseñaran ni en la carrera ni después?
R.– Lo que aprendes con un perro es la relación emocional, ese vínculo, esa especie de amistad que se genera. Eso no se puede estudiar en un libro, se tiene que vivir. Puedes conocer la teoría, pero cuando convives con un perro lo entiendes de otra manera.
Hay momentos en los que estás desanimado y el animal percibe tu estado, se comporta distinto contigo, y eso te hace verlos de otra forma. No son libros de texto, es una experiencia vital.
P.– ¿Cuál es tu vinculación o tu trabajo dentro del mundo veterinario actualmente?
R.– Dirijo una empresa de sanidad animal y soy responsable de su actividad en cuatro países. Trabajamos tanto en animales de compañía como en animales de producción. La parte de animales de compañía es muy importante, y estamos muy vinculados al mundo del perro.
Desde la empresa colaboramos con asociaciones que trabajan con perros de asistencia: niños con autismo, víctimas de violencia, perros de rescate o unidades de seguridad. Cerca de Madrid hay un centro de entrenamiento donde se preparan perros de rescate en condiciones muy realistas, como si hubiera habido un terremoto. Es muy interesante verlo.
Además, llevamos más de 25 años colaborando con este tipo de organizaciones. De hecho, ese vínculo fue el origen de este libro. Empecé a darme cuenta de que, siendo veterinario, muchos de estos usos y funciones del perro no eran tan conocidos, ni siquiera para profesionales. Y pensé que valía la pena contarlo.
P.– Después de conocer esos 80 perros del libro, ¿cuál ha sido la mayor lección de humildad que has recibido en tu vida profesional?
R.– No sé si la más importante de mi vida, pero sí una de las que más me ha marcado. Tiene que ver con el trabajo de los perros de rescate y las personas que los entrenan. Son voluntarios altamente especializados, con una preparación muy exigente.
Cuando ocurre una emergencia, como un terremoto o el derrumbe de un edificio, estas personas y sus perros tienen que estar listos en muy pocas horas para viajar a cualquier parte del mundo. El perro debe estar entrenado constantemente, porque tiene que aprender a distinguir olores muy complejos: personas vivas, fallecidas, edades distintas… todo eso forma parte de su formación.
He conocido a gente así y, sinceramente, es gente extraordinaria. Muy silenciosa, muy comprometida. Probablemente la mayoría de personas no conoce a nadie que haga este tipo de trabajo, pero se merecen un reconocimiento enorme.
Además, estos perros no pueden trabajar toda su vida. A partir de cierta edad, normalmente alrededor de los 8 o 10 años, su rendimiento cambia y pasan a adopción. Y se procura que quienes los adopten sean personas que realmente los valoren como se merecen.
Para estas personas no hay horarios normales, no hay rutina fija, ni siquiera vacaciones sin planificación. Viven siempre en disposición de actuar en caso de emergencia. Y esa entrega, tanto de las personas como de los perros, es algo que genera una enorme admiración.
P.– Si imagináramos esa “vuelta al mundo en 80 perros”, ¿a qué lugares del mundo viajarías y con qué tipos de perros lo harías, no tanto por su función, sino por el deseo de compartir ese viaje con ellos?
R.– Hay muchísimas opciones. Por ejemplo, en algunas regiones de la selva, ciertos perros son vistos por comunidades nativas casi como chamanes, como seres que conectan con otro plano o dimensión simbólica dentro de su cultura.
Me atrae especialmente la idea de un viaje a Laponia para conocer a los perros pastores de renos. Son animales que realizan migraciones de miles de kilómetros cada año siguiendo los rebaños en condiciones extremas de frío, protegiéndolos de lobos, osos y otros depredadores. Son perros absolutamente adaptados a un entorno durísimo, y ese tipo de vida me resulta fascinante.
También me habría gustado incluir el primer viaje al Polo Sur, protagonizado por las expediciones de Amundsen y Scott. Amundsen utilizó perros y logró llegar con éxito, mientras que la expedición de Scott, que utilizó ponis, no sobrevivió. Son ejemplos históricos donde los perros tuvieron un papel determinante.
Otro caso que recojo es el de Seaman, el perro que acompañó a la expedición de Meriwether Lewis durante la exploración del oeste de Estados Unidos. Fue un viaje que atravesó territorios desconocidos en aquel momento, desde el interior del país hasta el Pacífico. El perro formó parte de esa expedición y su historia es realmente interesante.
En general, hay muchos perros con los que me habría gustado compartir un viaje o conocer sus historias de cerca.
P.– ¿Tienes perro actualmente?
R.– Ahora mismo no. Me encantaría tener perro, pero por mi trabajo y mis circunstancias actuales no podría darle la atención que merece, y prefiero no tenerlo en esas condiciones. Pero es algo que tengo pendiente para el futuro.
