«Amar sin perderse es amar con egoísmo: cuidar de uno mismo para dar y recibir auténticamente.»
Especialista en astrología humanista, explora en “Mil hombres y el amor” las relaciones humanas a través de la astrología, mostrando cómo cada vínculo refleja tanto nuestra luz como nuestra sombra. La obra invita a comprender y resignificar los vínculos, identificando patrones, deseos y bloqueos heredados de la infancia, y propone que el amor se manifiesta de mil maneras distintas, revelando que la comprensión de uno mismo se encuentra a través de la experiencia y la reflexión sobre nuestras relaciones.
P. — Mil nombres tiene el amor, porque solemos interpretarlo de una sola manera.
R. — Buscaba un título que fuera a la vez significativo y poético. “Amor” es una palabra muy poderosa, pero también muy amplia: vertemos en ella conceptos como amistad, compañerismo, deseo, amor desinteresado… Todo son vínculos relacionales, diferentes formas de amar. Por eso el libro se llama Mil nombres tiene el amor: llamamos al amor de mil maneras distintas.
Incluso el amor puede disfrazarse de odio, rechazo o repulsión. Lo que odiamos a menudo refleja nuestra sombra.
P. — Mencionas mucho la sinastría en tus análisis. ¿Podrías explicarnos qué significa y cómo funciona?
R. — La sinastría viene del griego: sin significa “con” y astro “astro”. Es el método más básico para comparar cartas natales: superpones tu carta natal con la de otra persona y observas los contactos entre planetas, ángulos, ascendente, descendente… Yo lo llamo relaciones químicas, porque cuando los elementos de una carta entran en contacto con los de otra, reaccionan y producen un nuevo compuesto.
P. — Cuando dos cartas se tocan, hablas de reacciones químicas. ¿Por qué algunas nos elevan y otras nos desgastan?
R. — Todo depende de cómo vivimos nuestra propia interioridad. La carta natal muestra lo que somos en potencia, pero cada persona ya ha vivido experiencias que moldean cómo reacciona. Por ejemplo, tu Luna puede haber interactuado con el Plutón de tus padres, y eso condiciona cómo enfrentas ciertas relaciones intensas.
Además, no solo importan los contactos planetarios, sino cómo cada persona los vive. Por ejemplo, el Marte de una persona sobre el Venus de otra puede indicar deseo o atracción inmediata, pero a veces surge fricción. Esto ocurre porque vivimos nuestros planetas de manera condicionada: en sociedades patriarcales, las mujeres suelen estar socializadas para no vivir plenamente su Marte o su Sol, sino sus planetas femeninos, enfocándose en agradar, doblegarse o ser amables.
Eso genera conflictos: la mujer puede sentirse atraída y no saber cómo procesar su deseo, y el hombre puede sentirse desconcertado al recibir afecto o deseo de manera inesperada. Por eso algunas relaciones no fluyen: no es culpa del otro, sino de cómo cada uno vive su propia carta natal.

P. — ¿Y cómo vives tu propia carta natal?
R. — Esa es la pregunta del millón. La clave está en vivirla bien, primero sin juzgarla. No hay planetas buenos ni malos. Todos tenemos aspectos “masculinos” y “femeninos” en nuestra psique: la Luna, Venus, Marte, el Sol… Como hombres o mujeres, debemos vivir abiertos a todos esos aspectos. El hombre, a la receptividad, la sensibilidad, la compasión, la empatía; la mujer, al dominio, la iniciativa, la afirmación personal.
Luego está nuestra historia: la Luna puede estar herida desde la infancia, porque refleja nuestras primeras relaciones, especialmente con quienes dependemos para vivir, como la madre. Si hubo desencuentros, abusos o abandonos, toda nuestra vida relacional se ve afectada. Hay que “reanimar” esa Luna y enseñarle que ya no depende de nuestra madre: que ahora somos nosotros mismos quienes nos cuidamos.
El trabajo con la carta es enorme, pero las relaciones nos obligan a hacerlo. No podemos evitarlas: aunque uno se aísle en una ermita, seguimos entrando en relación con otros —un hijo, un amante, un hermano, un colega…— y a través de ese caos aprendemos a encontrar nuestro propio orden interno. No cambiamos al otro, pero el otro sí puede cambiarnos a nosotros. Y cuando cambiamos nosotros, el sistema de relación también cambia: tú te adaptas a mí, yo me adapto a ti.
P. — ¿Por qué repetimos patrones de relaciones que sabemos que no funcionan?
R. — Básicamente, porque somos humanos, cometemos errores, y eso es normal. Nadie nace sabiendo. Algunos necesitan repetir un patrón veinte veces, otros solo unas pocas. Por ejemplo, si alguien crece sin figura paterna, su psique busca crearla por sí misma, usando fragmentos de lo que observa. Esa figura interior suele ser muy potente y rígida; cuando aparecen figuras paternas reales, muchas veces no encajan y surgen conflictos. Esto explica por qué algunas personas repiten dinámicas que podrían parecer absurdas.
P. — En los vínculos que mencionas de Venus y Urano, hablas del miedo a que el otro sea libre. ¿Por qué nos amenaza tanto la libertad?
R. — La libertad es la mayor amenaza porque desafía lo conocido. Vivimos dentro de fronteras familiares y seguras, y la libertad nos empuja hacia lo desconocido. Urano, por ejemplo, rompe la cáscara de nuestro mundo seguro y nos fuerza a enfrentar lo inesperado. Por eso tendemos a lo conservador: en lo político, lo económico y lo emocional. Terminamos con personas que nos recuerdan a nuestra madre, a nuestro padre o a parejas anteriores.
Urano es inhumano: le da igual tu vida establecida, tu familia o tu rutina. De repente, a los 50 años, te enamoras de alguien inesperado y todo se desbarata. Pero también te da oxígeno: te obliga a mover Venus, a salir de la anquilosada zona de confort. La cuestión es cómo negociar esa situación: quedarse quieto casi nunca es la solución.
P. — ¿Qué nos dice el inconsciente cuando elegimos vínculos destructivos?
R. — Muy sencillo. Nos dice que preferimos vivir el dolor y la destrucción porque es lo conocido.
Recuerdo una historia que me contó mi primera esposa, que fue cuidadora de jóvenes delincuentes en Escocia. Les daba cuidado y apoyo amoroso, con confort material y psicológico, pero muchos de estos chicos se escapaban para volver con padres que los maltrataban. ¿Por qué? Porque lo malo era lo conocido.
Nosotros hacemos lo mismo: hemos vivido relaciones con maltratadores y tendemos a repetir ese patrón. No es que busquemos conscientemente el maltrato; de algún modo, nuestra psique está acostumbrada a ello. Hasta que dejemos de buscar lo que nos es familiar y abramos espacio para lo nuevo, seguimos repitiendo el sufrimiento.
P. — ¿Qué significa para ti amar sin perderte?
R. — Amar sin perderse es amar con egoísmo, y no me refiero a un egoísmo negativo: el egoísmo bien entendido es una virtud. Significa cuidarte, establecer un intercambio real con la otra persona: yo te doy, pero tú también me das. Te permite ser consciente de que el otro no es perfecto, pero tiene cualidades que te enriquecen, que te hacen evolucionar y te satisfacen.
Así, uno reevalúa la relación continuamente: a veces mejora nuestra percepción, a veces no. Amar sin perderse es preguntarse: ¿qué saco yo de esto? Si no obtienes nada, la relación no es real; es victimización. Podemos entrenar una mirada consciente, y una vez que la desarrollas, aprendes a reconocer señales sutiles: cómo te mira, cómo te trata, cómo se acerca… son esas pequeñas cosas las que contienen la información más valiosa.
P. — ¿Cuál es el puente entre la física y la astrología?
R. — No hay puente: es lo mismo. La física clásica es a la astrología clásica lo que la física moderna es a la astrología humanística. La física clásica era determinista, predecible, como la astrología antigua: “tu madre morirá tal día, tu marido te dejará tal día”. La física moderna, en cambio, nos habla de partículas que interactúan a distancia, de fenómenos cuánticos y de la conciencia. La astrología humanística se siente cómoda en ese marco: principios astrológicos como Sol, Luna, Marte o Venus aparecen en pares, en interacción constante.
P. — ¿Qué nos revela esto sobre la naturaleza humana?
R. — Nos revela que se alcanza la unidad a través de la dualidad. Necesitamos al otro, necesitamos una autoridad o un espejo que nos confronte. Todos estamos polarizados internamente, y las relaciones complementan esas polaridades de formas inesperadas.
Aquí hay que tener cuidado con la astrología clásica, que reduce todo a fórmulas: “si tu Luna está en tal signo, no puedes llevarte con esta persona”. Mi mujer y yo tenemos algunas cuadraturas en nuestras cartas y llevamos casi 20 años juntos. Es complicado, sí, pero también tiene ventajas: la letra pequeña de las relaciones. Para emitir juicios acertados, hay que ver todo, estudiar, dialogar y observar a las personas en acción.
P. — Cuando conoces a alguien y percibes esa chispa, ¿lo primero que miras es a la persona, o lo analizas desde el punto de vista astrológico?
R. — Mi práctica personal es no mirar las cartas natales de entrada, porque me interferirían con la intuición. Si alguien me hace “tilín”, ya sé que hay química; no necesito confirmarlo en la carta. Muchas veces, después de la experiencia, reviso la carta y digo: “Ah, claro, ahora entiendo, qué interesante”.
He sido un astrólogo muy estricto: cuando consultaba a gente, podía predecir solo con intuición si una relación funcionaría o no, sin mirar la carta. Y acertaba casi siempre. La razón es simple: si te surge la duda, eso ya es señal de que algo no va a funcionar. Cuando hay una relación “troncal”, no hay dudas.
Luego descubres que la relación tiene una dimensión mucho más sutil y potente de lo que esperabas. Por eso hablo de la carta compuesta, que representa a la pareja como un ente vital y emocional independiente. Tú y yo, ahora mismo, tenemos una carta compuesta; esta entrevista es fruto de esa carta, no de lo que tú o yo hacemos individualmente.
A veces, personas muy diferentes se encuentran y generan algo muy concreto. La carta compuesta define dinámicas, fortalezas y desafíos de la relación. Por eso Mil nombres tiene el amor: hay infinitas formas de amar y de vincularnos, y cada relación tiene su propia química, su propio reflejo astrológico y su propia historia.
