David Uclés ha relatado cómo su trayectoria literaria ha ido construyéndose a lo largo de los años, desde su primer contacto con la escritura hasta sus proyectos más recientes. Entre 2009 y 2024, la televisión y otros medios lo acompañaron, mientras él trabajaba en varias novelas, incluyendo El llanto del león, Emilio y Octubre, La Península de las casa vacías, y La ciudad de las luces muertas.
En 2021, mientras vivía en París, descubrió las becas Montserrat Roig, que requerían presentar un proyecto sobre Barcelona y su historia literaria. Aunque solo había pasado un día en la ciudad, Uclés se acercó a ella con la curiosidad de un corresponsal en territorio desconocido, investigando y familiarizándose con su rica tradición literaria. Presentó su proyecto y, tras un año de espera, logró obtener la beca, junto con la beca Leonardo que le permitió pasar un año en España desarrollando sus investigaciones. Este periodo marcó un momento clave en su carrera: su estancia en Barcelona durante medio año lo fascinó y sirvió de impulso creativo para su nueva novela.
Tras alzarse con el Premio Nadal, Uclés compareció ante un pool de prensa para hablar tanto del galardón como de La ciudad de las luces muertas. Durante el encuentro, profundizó en su proceso creativo, desveló las claves de la inspiración que dio forma a la obra y reflexionó sobre la relevancia de la memoria literaria y cultural como ejes fundamentales de su trabajo.
Uclés habla deprisa, con entusiasmo, saltando de una anécdota a otra como si la imaginación no le cupiera en el cuerpo. Presenta una novela que ha querido convertir en una explosión de Barcelona: una obra coral, atravesada por el realismo mágico, la memoria literaria y la oscuridad contemporánea. Y lo hace en una conversación larga, sin esquivar preguntas: sobre la fama, la política, la muerte, el amor o el miedo.
Una ciudad que explota al abrir el libro
Uclés quería que el lector, al abrir su novela, sintiera que la ciudad le estalla en la cara. “Yo lo que quería era que cuando abría el libro al lector le explotara Barcelona en la cara. La protagonista es Barcelona”, afirma.
Para lograrlo imaginó una noche imposible: un apagón que mezcla todos los tiempos y todas las etapas de la ciudad. Arquitecturas desaparecidas, murallas romanas, la Barcelona del Eixample en construcción, edificios de exposiciones que ya no existen, intelectuales y artistas que la moldearon. Todos conviven durante 24 horas sin luz.
El apagón es el recurso mágico que permite la mezcla. “Como soy escritor de realismo mágico, se me ocurrió lo del apagón: esa excusa de que mediante el apagón todos los tiempos se mezclan”, explica.
El resultado es una novela coral que se fue construyendo de forma orgánica, sin esquema previo. “No había nada premeditado al principio. La fui construyendo poco a poco”, confiesa.
Investigación, memoria literaria y obsesión
El proceso fue casi detectivesco. Investigó sobre figuras como Montserrat Roig o episodios históricos como la Capuchinada; visitó librerías especializadas en literatura catalana; leyó a Mercè Rodoreda —ahora mismo mi novela preferida es La muerte y la primavera— y recorrió restaurantes donde comieron García Márquez o Vázquez Montalbán.
Todo lo que le fascinaba de la ciudad entraba en la novela.
“Voy descubriendo la ciudad y lo que me va fascinando de ella lo voy metiendo”, dice.
La obra termina convertida en un mosaico de intelectuales y artistas que intentan descubrir por qué se ha ido la luz y si es posible que vuelva. No hay un protagonista único. “Subrayo mucho la palabra coral, porque verdaderamente es coral”, insiste.
Su intención es que el lector no se obsesione con cada historia individual, sino con el conjunto: “Que no se obsesionen con los árboles, sino que intenten disfrutar del bosque”.

La oscuridad: fascismo, muerte o turistificación
La novela gira en torno a la oscuridad, pero no la define de manera única. “La oscuridad depende del lector”, sostiene.
Puede ser el fascismo, la muerte o la propia condición humana. También la turistificación de las ciudades. “Para Barcelona puede ser el turismo masivo y la gentrificación, que hace que haya una pérdida de vida y de identidad”.
Para él, sin embargo, la mayor oscuridad es existencial: “Me meten en una caja bajo tierra. ¿Hola? ¿Qué broma es esta? Para mí esa es la mayor oscuridad”.
El fascismo también aparece como alegoría. Pero matiza con una frase contundente: “El fascismo no lee novelas”.
Aun así, cree en el poder del arte para influir en quienes sí lo hacen: “El arte siempre ha sido una herramienta para hacer una catarsis emocional con el otro”.
Escribir como resistencia y memoria
A la pregunta de si escribir es una forma de resistencia, responde sin dudar: sí. Sobre todo como ejercicio de memoria literaria. “Es recuperar la memoria de tantos artistas que ya no están. El tiempo nos borra todo”, señala.
Quiere que autores olvidados o poco leídos vuelvan a estar presentes para nuevos lectores. “Es un ejercicio de memoria literaria”, resume.
En ese sentido, decidió abrir el libro con Carlos Ruiz Zafón, pese a saber que parte de la crítica podría no aprobarlo.
“Zafón no ha tenido los homenajes que debería. La huella de La sombra del viento es impresionante”, defiende.
Y añade: “No hago las cosas por la crítica. Las hago por lo que quiero y considero”.
Fama, prensa y lectores
La popularidad repentina tampoco lo descoloca demasiado. “La llevo bien. Es mucho mejor que recoger aceitunas”, bromea.
Ha trabajado de repartidor, coctelero o músico callejero. Hoy vive “un sueño”, aunque reconoce que la fama tiene daños colaterales, como la exposición de su familia. “Que llamen a mis padres para entrevistarlos me parece feo”, admite.
Su relación con la prensa ha cambiado. Antes leía todo lo que se publicaba sobre él; ahora no lee críticas. “Mi crítica son los lectores”, afirma.
Se fija en si las presentaciones se llenan o no. “Cuando vaya a una librería y no haya gente, entonces me miraré al espejo como escritor”.
Un próximo libro sin ciudades ni personajes reales
Tras esta novela, planea escribir una historia sin topónimos ni personajes famosos. Quiere imaginar un mundo completamente ficticio y explorar la “magia de lo cotidiano”.
“Quiero conseguir la magia de lo cotidiano, que el lector se asombre ante escenas que parecen mágicas pero son reales”, explica.
También busca alejarse un poco del realismo mágico clásico y asumir nuevos retos narrativos.
“Cada novela para mí ha sido un salto al vacío”, dice. Y advierte: “Nunca publicaré paja. Los libros que publique serán los que pueda defender”.

Escribir desde la soledad
Para escribir necesita aislarse. Planea irse al extranjero —quizá Venecia, Praga o Budapest— con una maleta y sin conocer a nadie. “Yo para escribir necesito sentirme como la bolsa que vuela en American Beauty”, describe.
La fama, dice, hace aún más necesaria esa distancia: “Necesito olvidarme de mí mismo, de todo lo que hay alrededor”.
Viajar solo es parte del proceso creativo. “He ido siempre a lugares donde no conocía la cultura y me sentía muy solo. Ahí es donde mejor escribo”.
Amor, vida y prioridades
En medio de la conversación surge el tema del amor. ¿Dónde queda frente a la carrera literaria?
Uclés lo tiene claro: “Dentro del amor también está el amor propio. Y es más importante”.
Pero añade, medio en broma, medio en serio: “Si me enamoro de alguien de Murcia, me voy a Murcia. El amor siempre ha sido la prioridad de mi vida”.
La literatura como esperanza
Al final, su visión del presente es ambivalente. Cree que vivimos un tiempo de cierta oscuridad social, pero insiste en la necesidad de crear esperanza.
“El resto de la gente necesita una cosa que no existe fuera de nosotros: la esperanza. Y la tenemos que crear”, afirma.
Y concluye con una idea que atraviesa toda su obra: “El arte es la herramienta para cambiar la conciencia y crear esperanza en tiempos oscuros”.
Un proyecto a largo plazo: la segunda parte de La península
Durante la conversación, Uclés también confirma que planea una continuación de La península de las casas vacías, aunque no será inmediata. La novela está completamente estructurada en su cabeza: personajes, desarrollo, final e incluso ideas para la portada. Sin embargo, no quiere escribirla todavía.
“Tengo títulos, final, personajes, desarrollo, todo. Si me pongo con ella a tiempo completo, en un año y medio o dos la tendría”, asegura.
Pero añade un matiz decisivo:“Tengo que madurar yo también como persona. Esa novela debería salir, si Dios quiere, a los cuarenta o así”.
La segunda parte abordará la posguerra española desde 1939 hasta, al menos, la muerte de Franco. Se desarrollará en un “limbo mágico” con los personajes supervivientes del primer libro y explorará el periodo más oscuro del franquismo.
“El reto sería hacerlo todo: desde el 39 hasta el 75, o incluso el 78”, explica.
También deja entrever que en el futuro podría abordar la Transición o incluso el terrorismo de ETA, marcado por la experiencia personal de su padre, guardia civil que vivió años bajo amenaza. “Miraba debajo del coche cada día por si había una bomba”, recuerda. Una infancia atravesada por ese miedo que, reconoce, todavía resuena en su imaginación literaria.
El desgaste de escribir con personajes reales
Una de las razones por las que quiere cambiar de registro es el enorme trabajo que implica escribir con figuras históricas reales. En su nueva novela aparecen manuscritos ficticios que imitan la grafía de escritores reales, algo que obligó a un trabajo minucioso de documentación.
“Hemos estado mirando textos de cada persona para imitar la grafía. Cuando habla Rodoreda, está todo el rato diciendo ‘¿verdad?’ porque ella tenía ese tic”, detalla.
Cada voz exigía un registro distinto:
- Rodoreda, con su insistente muletilla.
- Sagarra, con una prosa más enraizada.
- Carmen Laforet, con un tono más ingenuo y juvenil.
Ese nivel de detalle implica un desgaste que ahora quiere dejar atrás. “Eso lleva un desgaste y un tiempo que me apetece cambiar por creación pura”, reconoce.
Por eso su próximo libro no tendrá ciudades reconocibles ni personajes históricos. “Quiero hacer una historia que no nombre ninguna ciudad, que sea pura imaginación”, afirma.
La salud, el tiempo y la urgencia de crear
Uclés también habla abiertamente de su salud. Padece arritmias cardíacas y recientemente se sometió a una ablación que no funcionó. Tendrá que operarse de nuevo en otoño.
“Me han hecho la ablación pero no ha funcionado. Me la tienen que hacer otra vez”, explica con naturalidad.
Aun así, intenta restarle dramatismo: “Duele más el dentista que la ablación”, bromea.
La enfermedad, sin embargo, influye en su relación con el tiempo. “Tengo que aprovechar el tiempo porque no sé cuánto tengo”, confiesa.
Esa conciencia de fragilidad refuerza su ambición literaria y su negativa a publicar obras menores: “No publicaré paja. Cada libro tiene que ser un salto al vacío”.

El sida, la memoria y la identidad
Uno de los temas que atraviesa la novela es la pandemia del sida, tratada como homenaje a quienes murieron en los años ochenta y noventa. Uclés, homosexual, habla con emoción de la huella personal que le dejó esa historia.
“El momento de ir a recoger el resultado de la prueba es terrorífico. Yo lo vivo una vez al año aunque no haya tenido riesgo”, admite.
Piensa en quienes murieron aislados, estigmatizados y abandonados.
“Murieron apartados de todo el mundo, sin trabajo, sin familiares. Fue horrible por un virus relacionado con el amor”, recuerda.
Quiere escribir en el futuro una novela entera sobre esa pandemia. “Quiero hacer un libro entero sobre el sida. No sé cuándo, pero lo haré”.
Política, presente y sensación de decadencia
Aunque insiste en que su novela no fue concebida como respuesta directa al presente, reconoce que hoy se lee de forma inevitable en clave política. Percibe una sensación general de decadencia social en Occidente. “Tenemos la sensación de que vamos cuesta abajo”, afirma.
Cree que la moral colectiva se está debilitando y que los discursos pesimistas se multiplican. “Cuanto menos repitamos el mantra de la esperanza, más débiles vamos a estar”, advierte.
Sin embargo, insiste en que la novela no fue escrita como reacción a un contexto concreto. “Empecé en 2021. En ese momento no tenía constancia de una oscuridad que se cerniera sobre nosotros”, dice. Con el paso del tiempo, la realidad parece haber alcanzado a la ficción.

La ciudad vaciada y la turistificación
La turistificación de Barcelona aparece como uno de los grandes ejes simbólicos de la obra. Uclés describe una ciudad que pierde su alma al expulsar a sus habitantes y convertirse en escaparate.
“La turistificación estirpa el alma de la ciudad. Expulsa a quienes crean ese alma y la llena de tiendas de souvenirs”, denuncia. Recuerda paseos recientes por el centro en los que apenas reconocía los espacios: “Está asfixiada. Demasiadas tiendas, demasiado Airbnb”.
Para muchos barceloneses, asegura, esa es la verdadera oscuridad contemporánea.
Una estética obsesiva y simbólica
La obsesión por el detalle se extiende incluso a la portada del libro. Uclés encargó la ilustración a un artista y trabajó con él durante meses. Quería una farola iluminando una Barcelona caótica, con decenas de elementos ocultos.
“Le di una lista de 50 cosas que aparecen en el libro y consiguió meter 40 en la portada”, cuenta. Cada objeto tiene sentido dentro de la historia. “Todos esos objetos aparecen en la novela”, subraya.
Para él, la portada es parte del universo narrativo y siempre quiere que la realice un artista. Ya tiene elegido al de su próxima novela, aunque no revela el nombre. “Quiero que cada portada esté hecha por un artista. Ya tengo al siguiente, es muy conocido”, adelanta.

La literatura como catarsis colectiva
Al final, la conversación regresa al sentido último de la escritura. Uclés cree firmemente en el poder del arte para generar comunidad emocional y esperanza.
“El arte siempre ha sido la herramienta para hacer catarsis con el otro”, sostiene. No cree que una novela pueda detener el fascismo, pero sí influir en la conciencia colectiva. “El fascismo no lee novelas. Pero el resto sí”, repite.
Su aspiración es que el lector cierre el libro con la sensación de haber vivido muchas Barcelonas y, quizá, de haber recuperado algo de esperanza. “Si al cerrar el libro sientes que has estado en mucha Barcelona, el protagonista principal ha funcionado”, concluye.
Entre la memoria y la imaginación, entre la oscuridad y la luz, Uclés reivindica una literatura ambiciosa, obsesiva y profundamente emocional. Una literatura que, en sus propias palabras, intenta resistir al olvido y a la banalidad del presente sin renunciar a la belleza ni a la ambición.
