En un barrio donde cada ventana guarda secretos y cada esquina susurra historias, Leo Almada ha pasado décadas observando la vida sin que nadie llegue a conocer del todo su mundo. Bajo el apodo de Majareta, su figura emerge entre risas, rumores y recuerdos, invitando al lector a adentrarse en un universo donde lo cotidiano se vuelve extraordinario y lo absurdo se entrelaza con la ternura.
Juan Manuel Gil, escritor atento a lo humano y a lo inesperado, construye con delicadeza estos mundos poliédricos. Su mirada combina humor, ternura y reflexión, y a través de sus personajes revela las pequeñas revoluciones de la vida cotidiana. En Majareta, Gil nos ofrece un barrio lleno de voces que antes permanecían ocultas y nos recuerda que cada historia merece ser escuchada.
«Título e ilustración forman un binomio casi perfecto».
P.— Ya desde la portada hay un gesto de osadía. Tiene una enorme fuerza de atracción. Y el título interpela de inmediato: ¿quién no ha llamado alguna vez “majareta” a alguien?
R.— Creo que título e ilustración forman un binomio casi perfecto, un matrimonio bien avenido. Me resulta imposible imaginar esta novela con otra portada. Fue un flechazo absoluto, tanto para la editora como para mí: un encuentro inmediato y definitivo.
«Donde hay fascinación, suele haber literatura».
P.— Leo Almada es un conserje jubilado que se convierte en el núcleo enigmático del relato. ¿Qué fue lo que te llevó a fijarte en este personaje?
R.— Dos impulsos muy claros. Por un lado, el deseo de regresar a un recuerdo de mi infancia: en el colegio público en el que estudié había un conserje que vivía dentro del propio centro. Aquel espacio me parecía fascinante, casi hipnótico, y donde hay fascinación suele haber literatura.
Por otro lado, me interesaba explorar la épica de un personaje anónimo, la vida cotidiana y silenciosa, la que transcurre a ras de suelo, pero que encierra una historia digna de ser contada.
«Un día es llamado al despacho del director y todo se quiebra».
P.— La novela se articula en torno a un instante de ruptura, el momento en que ese orden cuidadosamente construido se quiebra. ¿Cuál es ese punto de inflexión?
R.— Es un momento decisivo. Leo Almada es alguien que ha entregado su vida a una institución: más de treinta años trabajando en un colegio, ofreciéndose incluso más allá de lo razonable. Un día es llamado al despacho del director y se le comunica su prejubilación. No lo encaja bien. Nada bien. Y, como respuesta, decide llevar a cabo una trastada que va a sacudir no solo al colegio, sino a todo el barrio.
«Todos guardamos un espacio íntimo y reservado».
P.— ¿Qué permanece invisible en Leo Almada, incluso para quienes creen conocerlo?
R.— Creo que, en el fondo, es imposible conocer en profundidad a cualquier persona. A menudo creemos —con una seguridad engañosa— que conocemos bien a quienes nos rodean, pero no es así. Todos guardamos un espacio íntimo y reservado. No somos los mismos en el trabajo que en casa; no actuamos igual ante el farmacéutico que cuando navegamos por internet o nos movemos en las redes sociales.
Somos múltiples, poliédricos, una especie de caleidoscopio. Y si se pretende acercarse a la verdad de una persona —ni siquiera en una novela de más de trescientas páginas— es imprescindible escuchar muchas voces.
«Al diferente no lo comprendemos».
P.— ¿Qué dirías que es lo que más desconcierta de Leo Almeida?
R.— Creo que lo que realmente desconcierta de este personaje es que no está comprendido. Y, por lo general, al diferente no lo comprendemos. No queremos hacer ese esfuerzo: nos incomoda, nos violenta. Ante esa incomodidad solemos reaccionar poniéndole una etiqueta, un nombre que nos tranquilice.
En este caso, el nombre que tranquiliza al barrio es Majareta. Porque así te distancias de él, le restas importancia, le quitas relevancia y, al mismo tiempo, te mantiene en alerta. Creo que eso es lo que más desconcierta: que no lo comprenden y, lo que es más grave, que tampoco tienen intención de comprenderlo.

«Este personaje vive muy bien en el silencio».
P.— ¿Qué crees que protege mejor a Leo: el silencio o el propio misterio?
R.— Este personaje vive muy bien en el silencio. Un silencio que es, a la vez, impuesto y elegido. Se siente cómodo en su vida, en su rutina, en sus pequeñas quejas, en sus libros —porque es un gran lector—. Sabe que un libro es una buena compañía, casi un abrazo.
Pero existe también un silencio impuesto por el vacío que se hace al raro, al diferente, al loco; por esa forma simplificadora de mirar al otro. Ahí aparece la dualidad: incluso las pasiones más intensas que uno puede tener en la vida tienen su cara B.
«Juzgamos para tranquilizarnos».
P.— Voy a decir “nosotros”, porque me meto en el libro y en ese barrio. ¿Crees que juzgamos para sentirnos más tranquilos?
R.— Sin ninguna duda. Somos una sociedad que juzga constantemente, muchas veces sin conocimiento de causa y sin posibilidad real de acceder a la verdad. Juzgamos porque no nos afecta, porque nos queda lejos, porque no conocemos esa realidad.
Tenemos una necesidad inmediata de saber, un deseo casi atávico —y bastante insano— de entenderlo todo ya, de forma rápida y sencilla, para que no nos complique la vida.
Por eso triunfan tanto los bulos y las fake news: suelen formularse en una sola frase, fácil de entender. El lector, el oyente, el espectador piensa: “esto lo entiendo y, por tanto, es verdad”. Pero, por desgracia —o por suerte—, la verdad suele ser compleja. Tiene muchas aristas, muchas zonas grises, y a menudo nos incomoda. Además, necesita tiempo para ser desmenuzada.
Y no le dedicamos ese tiempo. Lo decías antes: a todo aquel que se sale de lo que llamamos “normal” —ojo con esa palabra— no le concedemos ese espacio. Vivimos en el tiempo de la velocidad, de la inmediatez, de las redes sociales. Ya nadie se detiene a leer un artículo entero: se entra en ChatGPT y se pide un resumen de la idea principal; el resumen parece largo y se pide uno aún más breve. Es un disparate absoluto.
Todo esto resulta esperpéntico a niveles preocupantes y, a la vez, casi desternillantes. Somos caricaturescos —quizá en este país más que en otros, y lo digo con conocimiento de causa—. Y me incluyo el primero. No sabemos vivir en la incertidumbre ni en el desconocimiento, pero tampoco estamos dispuestos a meternos en faena: a leer, a descubrir, a intentar comprender. Porque eso exige reflexión, tiempo, serenidad y análisis.
«Un barrio muestra su auténtico ADN».
P.— ¿Qué revela un barrio cuando descubre algo extraordinario dentro de su rutina cotidiana?
R.— Un barrio, cuando ocurre uno de estos hechos singulares, lo que suele hacer es poner sobre la mesa su auténtico ADN: su espíritu, su esencia. En el caso del barrio de Leo Almada, de este Majareta, nos encontramos con un barrio profundamente literario.
¿Y por qué digo literario? Porque se asienta en uno de los orígenes mismos de la literatura: el rumor, el chisme. Existe una necesidad casi primitiva de contar algo. Cada vez que alguien construye un rumor utiliza los mismos mimbres que un escritor al escribir una novela: la verosimilitud.
Tiene que haber algo de verdad, intensidad, emoción y ritmo. Primero, para que no sea olvidado; y segundo, para que sea escuchado, que al final es una forma muy clara de recibir amor.
«Todo el mundo lleva una novela dentro».
P.— ¿Qué descubre Juan Manuel Gil cuando deja de escuchar a los personajes, especialmente en una obra como esta, tan poliédrica?
R.— Podría resumirlo en una palabra muy genérica, pero también muy certera: la vida. Me he sentado frente a cada uno de estos personajes —más de cuarenta—, hijos de los más variados mundos. Hay un cura, un farmacéutico, una curandera, pescadores…
Aparentemente pueden resultar disparatados, pero todos son de carne y hueso, todos son reales. Están inspirados en la vida misma porque, como decíamos antes, nuestra vida tiene mucho de esperpento: sentido del humor, preocupaciones, dolores, fragilidades, alegrías, contradicciones. Todo eso forma parte de lo verdadero.
He sido muy feliz escribiendo esta novela. El proceso de escritura ha sido gozoso porque, con cada personaje, sentía que estaba ayudando a que aflorara la novela que llevaba dentro. Siempre se dice que todo el mundo tiene una novela en su interior —a mí me lo dicen mucho—, y aquí he querido darles la oportunidad de que cuenten la suya.
«El lector tiene un asiento en primera fila».
P.— Además de eso, consigues que el lector participe activamente en ese rompecabezas, lo cual resulta especialmente interesante.
R.— Sí, le he reservado un asiento en primera fila. Está ahí. Necesito un lector dispuesto a escuchar, a ofrecer ese amor del que hablábamos antes: una escucha atenta a estos personajes, porque lo merecen.
A veces pueden ser mezquinos o estar arruinados, pero todos tienen derecho a ser escuchados. Y creo que el lector adquiere aquí un protagonismo muy especial.
No en vano decidí sacar de la ecuación al escritor: el autor se convierte en una especie de oyente, de escuchante de todos esos testimonios. Pero, una vez puesto el punto final, el escritor se levanta de la silla y esa silla queda reservada para el lector.

«No aspiro a la exactitud de los hechos, sino a la exactitud de lo que se sintió».
P.— ¿Crees que la verdad se alcanza cuando se reúnen realmente todas las versiones?
R.— No sé si hablaría de “la verdad” como tal, no lo tengo claro. Pero sí creo que así nos acercamos a lo más próximo a ella. Para mí, una verdad tiene que cumplir al menos dos condiciones: primero, tiene que afectar; y segundo, tiene que contener contradicción.
En toda verdad hay lagunas, olvidos e incluso inexactitudes, porque es imposible hacer un registro absoluto, completo y verdaderamente poliédrico de cualquier hecho o de cualquier historia. Y, lejos de ser un problema, eso es lo más enriquecedor. Yo no quiero renunciar a ello.
No me interesa una exactitud científica, milimétrica, de lo que ocurrió, sino más bien la exactitud —también milimétrica— de lo que se sintió: qué pensaron, dónde estaban, qué fue de ellos después de lo acontecido. Ahí es donde yo coloco el foco.
Además, todos los personajes parecen estar unidos por un secreto común, que es el propio Majareta, el propio Leo Almada. He querido conducir la novela a través de todas esas voces para acercarme a esa verdad. Porque, probablemente, la vida gira en torno a un gran misterio que aún no se nos ha revelado del todo. Y eso es lo fascinante.
Eso es lo que hace que los museos estén llenos de cuadros, las bibliotecas de libros, que los poetas sigan recitando y los científicos continúen buscando. Ese misterio es el motor de la existencia. Y en esta novela hay uno propio: Leo Almada es el agujero negro en torno al cual orbitan todas estas constelaciones de personajes.
Ahí es donde se genera la fuerza nuclear de la novela. Leo Almada destila un equilibrio entre lo tierno, lo absurdo y lo inquietante. Y creo que lo inquietante nace precisamente de esa mezcla. Pueden parecer cualidades incompatibles, pero no lo son.
Uno puede ser inquietante y, al mismo tiempo, profundamente tierno. Leo Almada tiene esas dos facetas. Lo paradójico es que la mayoría cree conocer solo una de ellas, cuando en realidad son dos caras de la misma moneda. Una moneda que él mismo no termina de explicarse.
La novela vive de esa inquietud y se alimenta de ella, pero es una inquietud soportable porque existe la ternura de Leo Almada: su capacidad de comprensión, de escucha, su dedicación, su generosidad. Y también sus emociones más oscuras: el disgusto, la rabia, que son necesarias, porque hablamos de una persona que ha sido ninguneada, obviada y silenciada en el barrio en el que ha vivido.
Por eso me parece un personaje profundamente humano.
«El humor es la única forma que tengo de acercarme al dolor sin salir ardiendo».
P.— El humor y la risa parecen una forma de afrontar los miedos y los conflictos internos. ¿Es así también en tu escritura?
R.— No sé hacerlo de otra manera. No sé vivir si no es con sentido del humor. Lo utilizo constantemente porque me sirve tanto para huir de mis miedos como para acercarme a mis tormentos.
Es la herramienta que he encontrado para poder hacerlo sin quemarme en el proceso, porque no es fácil enfrentarse a aquello que te perturba, a lo que incomoda, a lo que lo sensato sería apartar y olvidar.
Pero creo que un escritor tiene, en cierto modo, la obligación —o al menos la tendencia— contraria: intentar llegar al corazón de ese tormento. El problema es que ese camino puede erosionarte, desgastarte, hacerte abandonar. Y ahí aparece esa cosa maravillosa que es el sentido del humor.
No solo el del narrador, también el de los personajes. Es como ponerse una buena capa de protector solar: te permite acercarte al dolor sin salir ardiendo.

«Es imposible acceder al corazón de una tragedia renunciando al sentido del humor».
P.— ¿Es complicado encontrar la frontera entre lo grotesco y lo doloroso?
R.— Es complicado, sí, pero también creo que es inseparable. Me da la sensación de que es imposible acceder al corazón de una tragedia renunciando al sentido del humor, al esperpento, a lo grotesco, a lo disparatado. Y del mismo modo, creo que es imposible llegar a una carcajada auténtica si detrás no se esconde una tragedia, un tormento, un dolor.
No es casualidad que, cuando atravesamos situaciones difíciles, dolorosas o desasosegantes, de pronto aparezca el sentido del humor casi como una voz que te susurra: “esto va a pasar”. Es profundamente sanador.
«La exageración forma parte de nuestra tradición literaria, pero no puede restar verdad».
P.— Los personajes parecen exagerados y, al mismo tiempo, muy reconocibles.
R.— Sí, y esa exageración es completamente deliberada. Me parece muy propia de nuestra tradición literaria. Pero esa exageración no debía restarles ni un ápice de verdad ni de autenticidad.
Quería que el lector sintiera en todo momento que quien habla lo hace desde la honestidad: que dice lo que dice porque es lo que piensa, porque es lo que siente y porque es la manera que tiene de estar en paz consigo mismo. Por eso el relato siempre se construye desde su punto de vista; no podría ser de otro modo.
Durante el proceso de escritura me lo he pasado realmente bien: he soltado más de una carcajada y también alguna que otra lágrima.
«Quise asumir la complejidad para que el lector no tuviera que hacerlo».
P.— Majareta se construye a partir de más de cuarenta testimonios, pero en ese proceso el propio Leo Almada también aporta su parte.
R.— Ha sido un trabajo muy laborioso, probablemente el más complicado, sobre todo en el plano estructural. Yo quería asumir la complejidad para que el lector no tuviera que hacerlo, para que pudiera centrarse en los personajes, en Leo Almada y en todas esas voces que lo rodean.
Eso exigía una precisión casi quirúrgica, porque era muy fácil que los testimonios se dispersaran. Intenté coserlos con una especie de hilo invisible para que todos permanecieran comunicados.
En ese sentido, fue fundamental un personaje que se repite prácticamente a lo largo de todo el libro: el amigo necesario del autor, alguien a quien le habría encantado ser escritor y que ahora aprovecha la oportunidad de contar.
«Mis novelas nacen de mis inquietudes literarias y de mis preocupaciones vitales».
P.— ¿Existe un hilo invisible que conecte Un nombre bajo el agua, Trigo limpio y La flor del rayo?
R.— Sí, es mi propio mundo: mis inquietudes literarias, mis preocupaciones vitales y esos grandes temas que cada escritor va guardando en una especie de canastilla personal. En mi caso, tiene mucho que ver con esa frontera —para mí indivisible— entre realidad y ficción.
También con la imposibilidad de separar el humor de la tragedia y con el ritmo, que busco de manera deliberada para seducir al lector desde las primeras páginas.

«La normalidad es una mentira literaria muy bien construida».
P.— Para terminar, hablábamos de los “raros”. Yo discrepo: quizá la rara soy yo.
R.— Si nos detuviéramos un poco, nos daríamos cuenta de que los raros son, en realidad, más astutos que raros. Hay una frase en la novela que lo resume bien: “al final, el majareta no era tan majareta”.
Quien opta por la simplificación y la etiqueta tranquilizadora demuestra una falta de inteligencia. La normalidad es una ficción colectiva que nos tranquiliza, que nos dice que pertenecemos a la tribu.
Pero es eso: una mentira literaria muy bien construida, con una enorme verosimilitud, en la que hemos mordido el anzuelo. Probablemente obra de un escritor cósmico extraordinario. Estoy completamente seguro.
