Hye-young «El cuidado y el maltrato pueden convivir en la misma relación.»

«La fragilidad del cuerpo expone la fragilidad de la identidad.»

La escritora surcoreana Pyun Hye-young se ha consolidado como una de las voces más singulares de la narrativa contemporánea de su país gracias a una obra marcada por la inquietud psicológica, los espacios cerrados y las relaciones atravesadas por tensiones invisibles. En El Pozo, novela reconocida internacionalmente —entre otros, con el Shirley Jackson Award—, construye un relato asfixiante donde el deterioro físico de un hombre tras un accidente se convierte en el punto de partida para explorar la fragilidad de la identidad y las formas más sutiles del poder.

La historia de Ogi, paralizado y dependiente, no se limita al drama corporal: el jardín que se transforma, los silencios que se espesan y la presencia ambigua de la suegra configuran un escenario donde el cuidado convive con el resentimiento y donde la culpa y la víctima nunca están del todo separadas. Con una prosa contenida y precisa, Pyun Hye-young indaga en la vulnerabilidad humana sin recurrir al exceso, dejando que la inquietud crezca lentamente, como los huecos que se abren en la tierra.

P.— ¿Qué ocurre con la identidad cuando ya no podemos intervenir ni siquiera en la forma en que los demás nos perciben?

R.— Creo que en ese momento se hace evidente que nunca controlamos del todo la vida ni la imagen que los otros construyen de nosotros. En el caso de Ogi, la pérdida del control físico pone en crisis su identidad: la persona que siente que es ya no coincide con la que los demás ven. El accidente funciona como una metáfora de esa fractura. Al no poder actuar ni corregir la mirada ajena, queda reducido a lo que otros interpretan. Esa distancia provoca el deterioro de sus relaciones y lo confronta con la soledad y con la sensación de haber perdido todo aquello que definía su lugar en el mundo.

P.— Para situarnos, ¿cómo llega Ogi a esa situación? ¿cómo surge la idea del accidente que marca la novela?

R.— Esta historia empezó a partir de un título que vi en otro libro, que no era mío, y que se llamaba Amante de las plantas. Me llamó especialmente la palabra “plantas” porque, para nosotros, tiene dos sentidos. Por un lado, el evidente; por otro, en Corea también se utiliza para referirse a una persona paralizada, como “hombre vegetal”. Esa doble imagen me llevó a imaginar a un personaje enfrentado a dos situaciones distintas. Desde ese punto de partida supe que necesitaba que el protagonista sufriera algún daño físico.

P.—Mencionas el jardín. Primero es un espacio de cuidado y después se convierte en un terreno devastado. ¿Qué le interesa de esa destrucción como forma de lenguaje?

R.— El proceso de destrucción del jardín tiene mucho que ver con la destrucción psicológica. Lo relaciono directamente con la psicología y con la relación entre los protagonistas, o más bien tres protagonistas. Al principio, el jardín es sobre todo el espacio de la esposa de Ogi: ella lo ha decorado y cuidado. Pero cuando la relación entre ambos empieza a deteriorarse, el jardín también cambia. Tras la muerte de la esposa y la revelación de los secretos de Ogi, ese espacio es devastado aún más por la suegra. La transformación del jardín refleja así la destrucción de las relaciones.

P.— Los hoyos que cava la suegra no parecen anunciar nada nuevo. ¿Son una forma de duelo, de castigo, de búsqueda? ¿Qué significado tienen?

R.— Algunos lectores interpretan esos hoyos como un castigo que Ogi debe recibir. Al escuchar esos comentarios, me pregunté si realmente es un personaje que deba ser castigado. No podemos dividir fácilmente a una persona entre culpable y víctima, y Ogi es un personaje complejo. Algunos lectores quieren verlo como una forma de castigo, pero para mí lo importante era la última escena: ese es el único momento en que Ogi está verdaderamente solo. Después de haber tenido éxito y de empezar a perder todo lo que había conseguido, por fin puede aceptar la realidad tal como es. Más que culpabilidad, lo que siente es una soledad absoluta y la conciencia de lo que ha perdido.

P.— La dominación que sufre Ogi no es violenta ni explícita. ¿Inquietan más esas formas de poder que no pueden denunciarse?

R.— En realidad está sometido a un maltrato que no es explícito. Son situaciones incómodas que no se muestran directamente. Para mí, esa violencia implícita es más cruel que la explícita. Ogi juzgaba constantemente a su mujer desde su propio punto de vista; ahora el papel se invierte. La suegra hace con Ogi lo que él hacía con su esposa. No lo agrede físicamente, pero utiliza otros medios, como avergonzarlo delante de sus conocidos. Quise describir esa forma de violencia porque me parecía más cruel en cierto sentido.

P.— No sé si querías mostrar también cómo el miedo puede convivir con la gratitud. Porque, igual que lo cuida, también está presente esa forma de violencia de la que hablábamos. ¿Querías trabajar esa ambivalencia? ¿Pueden coincidir el miedo y el agradecimiento?

R.— Sí. En realidad, gracias a la ayuda de la madre, el miedo convive con el agradecimiento. Esa coexistencia de dos elementos contrarios es una de las cuestiones clave que quería que los lectores percibieran.

P.— A lo largo de la novela cambia la percepción del lector, sobre todo en relación con la suegra. Al principio parece que la familia decide cuidar a Ogi por compasión.

R.— Al principio, seguramente los lectores piensan que la suegra actúa por compasión, que le da pena Ogi y por eso lo cuida. Pero poco a poco ese cuidado se transforma, y el lector puede llegar a pensar que quizá era una forma de encubrir el maltrato implícito que iba a ejercer. El miedo y la gratitud conviven como elementos contrarios. Quería generar esa confusión para que el lector reflexionara y no se posicionara de manera definitiva. En la novela, el cuerpo deja de ser un instrumento y se convierte en una carga.

P.— ¿Hasta qué punto el cuerpo define nuestra dignidad?

R.— A veces el cuerpo puede llegar a convertirse en la identidad total de una persona. Cuando tenemos un cuerpo sano no somos conscientes de que funciona como un instrumento, casi como el lenguaje. Pero cuando alguna parte deja de funcionar, otras partes del cuerpo se convierten en una forma de comunicación. En el caso de Ogi, su cuerpo está completamente destruido y lo psicológico pasa a dominarlo todo.

P.— La esposa de Ogi cambia de aspiraciones, pero no abandona su deseo de reconocimiento. ¿Ese deseo es una forma de supervivencia?

R.— En este personaje es importante recordar que la esposa nunca habla directamente porque está muerta. Todo lo que sabemos de ella proviene de la interpretación de Ogi. Por eso está presente su prejuicio. Puede que ella haya cambiado de aspiraciones y que parezca buscar reconocimiento, pero esa es la mirada de Ogi. Ella no tiene voz propia en el relato.

P.— ¿Qué influencia tienen los secretos de los muertos en la vida emocional de los vivos?

R.— En este relato, el secreto de los muertos cambia sobre todo la relación entre los vivos. El cambio radical de la suegra comienza cuando lee el diario que dejó su hija. En ese diario aparece una historia que quizá no escuchó cuando su hija estaba viva. A partir de esa lectura, la suegra interpreta lo que pudo haber ocurrido y eso transforma su actitud.

P.— Si Ogi recuperara el control de su cuerpo, ¿podría recuperar también el control de su vida o hay pérdidas que no admiten rehabilitación?

R.— Me gustaría que pudiera recuperarlo, pero lo veo difícil. Una vez que algo ha cambiado en su vida, volver a como era antes resulta complicado.