Félix G. Modroño es un escritor que combina historia y memoria en sus novelas. Su obra se centra en cómo los grandes acontecimientos —guerras, exilios, cambios sociales— afectan la vida de las personas, mezclando documentación precisa con una narrativa sensorial que hace sentir al lector dentro de la historia. Con títulos anteriores como Sombras de agua o La ciudad de los ojos grises, ha explorado el desarraigo, el amor y la identidad, siempre atento a los detalles que hacen humanos a sus personajes.
En Tierra de Sueños, Modroño une España y México a través de la historia del exilio republicano, el amor perdido y el arte como testigo de vidas marcadas por la guerra y la distancia.
Una guerra separa a dos adolescentes y un país abre sus puertas para acoger a quienes lo han perdido todo. A partir de ese desgarro inicial, el tiempo avanza y la memoria permanece, el amor que no se olvida, el exilio que deja huella y el arte como testigo silencioso de una historia compartida entre España y México. Décadas después, una investigación inesperada obliga a mirar atrás y a preguntarse por qué se hizo con lo que se salvó y con lo que se perdió.
P.— ¿Qué te llevó a trasladarte a México y a ambientar tu novela en dos décadas tan distintas?
R.— La verdad es que la vida me ha ido llevando por ciudades. Yo soy un niño nacido en la margen izquierda de Bilbao, de padres emigrantes, con el tiempo en la presa de mi padre. Puso una bomba, nos tuvimos que ir con 15 años, tuve que dejar mi tierra, mis amigos, mi primer amor y yo creo que ese desarraigo es el que me ha llevado después a enfocar Tierra de Sueños de esta manera. Tengo ya 60 años, no sé cuántas casas he vivido, ni en cuántos lugares, pero en los últimos tiempos el amor me llevó a México.
Y ese es el motivo por el que, de alguna manera, me sentía obligado a hablar de esa esencia, de ese México que, hablo por mí, conocía un poco de pasada, de manera superficial. Al poderme adentrar y vivir México desde dentro, me he enamorado completamente del país. Creo que con la lectura de Terror del Sueño se puede demostrar, y necesitaba ese hecho histórico del exilio de esos republicanos, obviamente desarraigados, niños de Morelia no solamente desarraigados sino abandonados. Como yo tenía esa vivencia personal, he hecho un ejercicio de empatía para ponerme en la piel de aquellos que se fueron o tuvieron que irse.
P.— En la novela, ¿a qué edad comienzas la historia de tus protagonistas y cómo se relaciona con tu propia infancia?
R.— 13 años. Es una niña de 13 años y un chico de 17. Para los años 40 era algo bastante propio. Siempre he oído en casa que mis padres se conocieron cuando mi madre tenía 13 y mi padre 17. Eso ha sido un pequeño guiño a la historia de amor de mis padres. Ella es una de las niñas que embarcan en el Mexique rumbo a México.
Esos 450 niños, una historia no muy conocida, fueron los primeros refugiados realmente españoles. Embarcaron en el 37 para sacarlos de la guerra, protegerlos de los bombardeos. En teoría iban a México por una temporada, hasta que la guerra terminara, en una especie de colonias vacacionales. Pero lo que pasó es que la mayoría de los niños nunca más volvieron a España ni a ver a sus padres. Entonces se me ocurrió esa historia, que la niña, mi protagonista, fue una de las niñas que embarcaron en el Mexique, de Morelia.
P.— ¿Qué papel juega el amor entre Ana y Mateo en la novela y cómo se entrelaza con la historia de exilio y México?
R.— Realmente la novela se desarrolla en dos épocas: la que hemos mencionado y otra contemporánea. La novela no deja de ser una historia de amor, el amor de entonces, los amores de ahora, y una historia de amor hacia México desde el punto de vista de un español. Yo había oído las historias que contaban los padres y los abuelos, de cómo se conocieron, de qué tipo de relación tenían. Ese amor estigmatizado, esos amores más idealizados, me interesaba que la historia tuviese mucha de esa idealización, que luego se traslada en la novela y me sirve para cotejarla con todos esos ideales políticos y sociales que muchos de los personajes tienen.
P.— ¿Qué aspectos de la Guerra Civil española consideras esenciales que los lectores comprendan a través de Ana y Mateo?
R.— Porque son dos personajes, aunque hay una cantidad de personajes impresionantes, todos son importantes, todos son necesarios, si no, no estarían ahí. No lo veo complicado; me he ido de una cosa a otra, pero aprovecho para mostrar ambos puntos. Realmente, lo que he hecho en la historia del pasado es recrearla. Yo creo que todos los personajes que aparecen son reales, con la excepción de mis dos protagonistas, y los he metido en ese contexto para que vivan la historia.
A mí la historia siempre me ha gustado con minúsculas.
P.— Más allá del dato histórico o el titular, ¿cómo retratas la vida de quienes sufrieron? Cuando se dice que murieron 20 personas, ¿quiénes eran? ¿A qué se dedicaban? ¿Qué inquietudes tenían? Porque al final, esos somos nosotros.
R.— Aprendimos todos en la pandemia que en cualquier momento nos puede sobrevenir algo para lo que no estamos preparados. Como a ellos, les pasó con la guerra. El protagonista era un chico aspirante a escritor, inspirado en Euralio Ferrer, un maravilloso publicista santanderino que hizo fortuna en México. Él era aspirante a escritor y de repente se ve implicado en la juventud de socialistas, tiene que alistarse, ir al ejército, huir, pasar por campos de concentración y finalmente llegar a México exiliado. La mayoría de los exiliados españoles llegaron absolutamente sin nada y tuvieron que empezar de cero, con el anhelo de volver a una España que nunca sería la misma que dejaron.
Me pareció que aferrarse al amor de Mateo por Ana era clave: cuando todo se derrumba, el amor es lo único que nos salva. Es importante vislumbrar el alma de las personas.
A pesar de mi veteranía, sigo aprendiendo mucho en México sobre la bonhomía de la gente, sobre cómo ser feliz con muy poco, valorando lo que se tiene, disfrutando de la vida, respetando tradiciones y valores. Esta novela no hubiera podido hacerla sin la edad que tengo ni sin haber vivido en México. He aprendido de los valores y tradiciones que se están perdiendo y de la manera en que los mexicanos ven las cosas bonitas de la vida.
Me hace gracia que allí me dicen: “Y ustedes los españoles, con lo poquitos que son, ¿por qué están siempre tan enojados?” Y es verdad. Observando la vida diaria en una cafetería de Castilla, Valladolid, Burgos o Cantabria, ves a la gente muy ensimismada, esperando… mientras que allí, aparte de la luz, el color y el sonido, la gente es mucho más humilde, con menos recursos, y vive con felicidad, unida en torno a su bandera, que me parece algo muy bonito.
Sí que he aprendido. Y alguna vez me entra ese ramalazo medio castellano, medio vasco que tengo, y me digo a mí mismo: feliz, que tú te estás haciendo mexicano.

P.— Has mencionado que el arte precolombino sirve como nexo entre las dos épocas de tu novela. ¿Cómo lo utilizas exactamente?
R.— El arte precolombino, y en general la arqueología, me sirve para unir épocas. Podría servir para unir cualquier periodo, pero en la novela lo he usado para conectar el final de los años 30 con el Madrid de 2005. Además, es una forma de denunciar el expolio arqueológico: el tráfico ilícito de arte es el tercero ilegal más grande del mundo, después de armas y drogas.
Lo sé porque escuchas y te cuentan historias en México, y me encantan estos temas. Sigo a arqueólogos muy conocidos, como Leonardo Cruján, que explican que el arte precolombino no es solo una pieza valiosa para un traficante o coleccionista, sino que forma parte de la esencia, la cultura y el alma de México. Cuando alguna pieza vuelve al país, ellos lo celebran como si recuperaran algo que les habían quitado del interior. Me parece muy emotivo.
P.— ¿Cómo refleja el mestizaje y la diversidad cultural de México en la vida cotidiana?
R.— En el día a día se aprende mucho. Teóricamente sabemos que México es una mezcla de cultura indígena y europea, derivada de los españoles, pero lo ves de manera tangible en las celebraciones, en cómo cantan a sus muertos con mariachis, cómo beben tequila, cómo conviven rituales católicos e indígenas.
Por ejemplo, te acercas a una niña indígena que no habla español, esperas un nombre téneco o maya, y te dice “me llamo Seila”, y es maravilloso. Todo el día a día está impregnado de misticismo. Yo, que venía con escepticismo, he aprendido que lo que para ellos es normal muchas veces parece paranormal para nosotros. Todos hablan de espíritus, de la celebración de vivos y muertos juntos, enmascarados, sin saber quién está vivo y quién muerto. Me recuerda mucho a Pedro Páramo, uno de los primeros libros que leí al llegar a México, y todo eso lo he querido reflejar en la novela.
Para mí, lo más difícil ha sido condensar en las páginas ese espíritu, esa esencia maravillosa, mágica, onírica y surrealista de México. No, más que narrar dos épocas diferentes, lo que más me costó fue precisamente transmitir esa parte.
P.— Hablabas del desafío de narrar dos épocas. ¿Cómo lo resolviste?
R.— Concibo la novela como dos historias alternas, por eso los capítulos están diferenciados: algunos en números arábigos, otros en romanos. Incluso se puede leer cada época de manera independiente. Esto fue intencionado.
Aunque soy muy metódico y cronológico, tenía claro el final y cómo confluirían las historias. La redacción no fue complicada, pero sí el proceso de documentación. Para mis novelas, necesito ir a los lugares, olerlos, tocarlos, escucharlos, sentirlos, emborracharme con los mariachis, comer en los mercados de Santa María… Busco que mis novelas sean sensoriales.
Reivindico el placer de leer con todos los sentidos, frente a las modas modernas que venden libros como si fueran adictivos y hubiera que pasar páginas a toda velocidad. Yo busco una novela con alma, para que el lector lea cómodo y fácil, pero con profundidad. Por eso intento escribir con una prosa no lírica, pero sonora. Creo que ese placer de leer se está perdiendo y quiero recuperarlo.
P.— Además, voy a aprovechar este paréntesis: hoy muchos miden el éxito de un libro por lo rápido que se lee, ¿crees que eso es un error?
R.— Hay muchos contadores de historias, muy buenos, pero hay menos escritores. Ahora el mundo editorial es muy complejo y cada vez más comercial; se publican excesos sin filtrar para intentar acertar. Como ellos no saben cuál libro puede vender más, publican mucho con esa intención. Yo digo que cada vez hay más libros y menos escritores.
Está muy bien una literatura de consumo; a mí también me gusta comerme una hamburguesa, pero solo de vez en cuando. Además, cuando alguien me dice “qué bonito escribes”, para no subirme la cabeza, me releo El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Qué maravilla, por el mero placer de leer. No soy muy vivo ni social, muy encerrado, pero este año, en 2025, tuve la oportunidad de ir a Cartagena de Indias.
Hice una pequeña ruta por los sitios donde García Márquez había estado. Por supuesto, fui a su panteón, en un claustro precioso dentro de la universidad. Me pareció un sitio maravilloso para descansar para un escritor como él. Antes no lo habría hecho, pero desde que estoy en México, con naturalidad, le di las gracias por todo lo que me enseñó. También estuve en la tumba de José Alfredo Jiménez en Dolores Hidalgo. Yo era fan de las rancheras, pero no sabía que una ranchera me llevaría al país de las rancheras.
P.— ¿Por qué crees que conocemos tan poco sobre el exilio español en México?
R.— Posiblemente es una historia que no ha interesado y durante muchos años no se contó. Hubo muchos escritores exiliados cuyos escritos no llegaban a España, y cuando lo hicieron, ya era historia pasada que no interesaba. Poco a poco se han reivindicado algunas figuras aisladas y hemos ido conformando el microcosmos que existía allí.
Cuando afronto la escritura de novelas sobre el exilio, no hay tantas, al menos desde el punto de vista de ellos. Yo me he leído memorias, biografías, vivencias… hay dos preciosas de niños de Morelia que cuentan lo mismo que ocurrió. Yo me he dedicado a darles voz, contar cómo sufrían, cómo pensaban y su día a día. Me siento muy contento de aportar mi granito de arena a esas tristes historias de desarraigo. Ellos querían volver a una España que ya no existía.
En Las Cantinas lo cuento: los políticos exiliados hablaban de cuándo Franco muriese, de cómo se repartirían cargos, iban a ser ministros o secretarios, y los pobres cantineros estaban hartos de escuchar siempre esas conversaciones. Los niños de Morelia también estaban hartos. Hay un cuento de Max Aub precioso y divertido: un cantinero, cansado de escuchar a los exiliados hablar de Franco, decide venirse a España y matarlo él mismo para olvidarse de las conversaciones. Para ellos era muy difícil porque querían volver a una España que nunca iba a ser la misma.
P.—¿Qué aspectos de México crees que la literatura española desconoce?
R.— México es muy desconocido realmente. Hay estados maravillosos como San Luis Potosí, donde vivo. La capital es patrimonio de la humanidad, una ciudad colonial preciosa. Luego está La Huasteca, una parte de la selva con el jardín escultórico de Edward James y un museo de Leonora Carrington, donde todavía se percibe el sentimiento indígena. Me llamaba mucho la atención que nadie hablara de eso.
En el día a día, los europeos solemos conocer Cancún, Chichén Itzá o algún museo, pero se confunden con el arqueológico de Madrid. Tenemos un conocimiento muy superficial; la esencia de México sigue siendo desconocida. Me llama la atención que autores mexicanos, muy buenos, no lleguen a España. Hay un poco de desdén de los españoles por lo latino, aunque algunos autores como Guillermo Arriaga destacan muchísimo. También me gusta mucho Elena Garro, que vivió a la sombra de Octavio Paz. Creo que García Márquez la leyó antes de escribir Cien años de soledad.
Me preocupa reivindicar a mujeres olvidadas en la historia: desde Helena Episcopia, la primera doctora del mundo en el siglo XVII, hasta Leonora Carrington y Remedios Varo, pintoras surrealistas exiliadas en México. Rescatarlas me satisface mucho, porque sus vidas y obras son muy novelescas.

P.— ¿México, tierra de sueños, Félix?
R.— Sí, totalmente. Cuando diseñamos la cubierta, quería ruinas mayas en la selva, y dar un tono onírico. Los tonos rojizos del cielo, la línea blanca y el verdor recuerdan un poco la bandera mexicana. Me pareció preciosa.
Es una tierra de sueños: para los personajes del pasado, algunos querían volver y otros empezar una nueva vida. Para quienes vivimos México ahora, es una tierra muy onírica; a veces pierdes la concepción de la realidad, sobre todo con nuestra mentalidad europea. Es un país inabarcable, con tantos matices, lugares y pequeñas cosas que todos los días descubro algo.
Tenemos una casita en Santa María del Río, que aparece en la novela. Soy el único europeo del pueblo y me conocen como el señor que toma fotos de todo. Me tienen cariño porque ven el cariño que les tengo. En la barbería, Aron me imita y me saluda con familiaridad; las señoras del mercado sonríen cuando voy a desayunar chilaquiles o sopes.
Ahora, cuando escucho rancheras en entrevistas en España, me emociono mucho; me da un nudo en la garganta. Con la música española no me pasa igual. Creo que tengo un trocito de alma mexicana ya.
