La escritora Isabel Arias regresa con una novela que pone en primer plano un vínculo tan habitual como poco explorado en la literatura: la amistad entre un hombre y una mujer. En Amigos, nada más, la autora sigue a Elena y Guillermo, dos personas que se conocen por casualidad en Nueva York y descubren una conexión profunda que no encaja en los moldes habituales del amor romántico.
A través de sus conversaciones, sus viajes y los pequeños gestos de la vida cotidiana, Arias reflexiona sobre la complicidad, la soledad, los amores a destiempo y el lugar que ocupan los amigos en nuestras vidas. Las relaciones y la necesidad de normalizarlas que no siempre responden a las expectativas de los demás.
P.—Si fueran dos amigas, nadie se cuestionaría nada. Y si fueran dos amigos, tampoco. Entonces, ¿dónde está el reto?
R.—El reto es normalizar la amistad entre un hombre y una mujer, especialmente cuando se complica más: cuando uno de los dos, o los dos, tienen pareja.
P.—¿Te propusiste desde el principio que fuera una historia de amistad y no de amor?
R.—Sí. Es un tema que me interesaba desde hace mucho tiempo. Siempre me ha llamado la atención lo poco normalizado que está. A veces reaccionamos de una forma un poco infantil, como cuando en el colegio un niño y una niña hablan mucho y enseguida alguien dice: “Es que se gustan”. Esa idea la trasladamos a la vida adulta: cuando vemos a un hombre y a una mujer muy amigos, tendemos a pensar que hay algo más, cuando puede no ser así.
P.—Además, en tu historia ellos tienen pareja. Eso hace aún más fácil pensar que, aunque sean amigos, quizá su relación vaya más allá.
R.—Exacto. Es lo que suele pensar la gente. A mí siempre me ha parecido un tema fascinante. Cuando lo hablas con otras personas, todo el mundo tiene una opinión y casi nunca coinciden. Por eso tuve muy claro que la amistad entre un hombre y una mujer iba a ser el centro de la novela.
P.—Preséntanos a Elena y a Guillermo.
R.—Elena es una mujer que se ve envuelta en un escándalo sin quererlo y paga las consecuencias con su salud. El estrés al que estuvo sometida le hace perder todo el cabello y se ve obligada a llevar peluca. Eso la lleva a retraerse, a aislarse de sus amigos y a cambiar su vida.
Guillermo, en cambio, es un hombre con una vida muy normal, alguien que podría ser nuestro vecino. Está casado, tiene un hijo pequeño. Ellos se conocen y surge ese flechazo que solemos asociar al amor, pero que también puede darse en la amistad.

P.—Después de lo que le ocurre, ¿cómo se reconstruye Elena? ¿Cómo pasa de ese paso atrás a empezar a caminar de nuevo?
R.—Se apoya mucho en su hermana, que tiene un papel fundamental en su vida, en sus sobrinos y en las nuevas amistades que hace, además de recuperar algunas del pasado.
Creo que la amistad tiene una importancia fundamental en la vida de todos nosotros. Es relativamente fácil imaginar una vida sin amor de pareja; no es imprescindible para ser feliz. Pero es muy difícil imaginar una vida plena sin amigos. Muchas veces son el pilar en el que nos apoyamos, nuestra red, la que nos ayuda a salir a flote después de situaciones complicadas.
P.—¿La relación entre Elena y Guillermo se sostiene sobre esa complicidad cotidiana, sobre la confianza?
R.—Sí, totalmente. A veces conectas con alguien cuando ya eres adulto y crees que todas tus amistades están hechas. Y, sin embargo, con esa persona te resulta más fácil abrirte y establecer una complicidad que quizá no tienes con gente a la que conoces desde hace mucho tiempo.
P.—Esa sanación emocional que describes se produce más en gestos pequeños que en grandes momentos.
R.—Sí, en el día a día. Son personas normales, con vidas normales, preocupaciones e inquietudes que cualquiera puede tener. En los momentos cruciales quizá aparece más gente, pero en el día a día, cuando tienes altibajos —tan frecuentes en nuestras vidas—, quien te sostiene es la persona que está ahí siempre.
Pero también es importante que esté cuando no eres vulnerable. Cuando rompemos esa barrera de invulnerabilidad es cuando realmente puede surgir una amistad.
P.—Como avanzar por una carretera: a veces hay baches, pero sigues adelante acompañado.
R.—Exactamente. Tener a alguien al lado con quien compartir experiencias y momentos que luego se convierten en recuerdos que duran toda la vida. De ahí nacen las verdaderas amistades.
P.—¿Esa amistad se comparte con la pareja? ¿Se cuenta que se ha ido a tomar un café con Elena o con Guillermo?
R.—Ahí está otra de las partes interesantes. Ellos tienen muy claro lo que son y hasta dónde quieren llegar, pero quizá sus respectivas parejas no lo tienen tan claro.
P.—Esa es una de las complicaciones de la amistad entre hombres y mujeres.
R.—Sí. Cuando uno de los dos, o los dos, tienen pareja es más difícil. Tú sabes lo que hay en esa relación de amistad, pero la otra persona puede tener un doble miedo. Por un lado: “¿Y si se enamora?”. Como si uno no pudiera enamorarse mañana de cualquier persona que se cruce en su vida. Los sentimientos no se controlan.
Y, por otro lado, existe cierta inquietud ante la intimidad que pueda desarrollarse con otra persona, aunque no sea sentimental. Todos tenemos amigos con los que hablamos de temas que quizá ni siquiera compartimos con nuestra pareja. Si tu marido se lo cuenta a un amigo no molesta tanto, pero si se lo cuenta a otra mujer, puede incomodar más. Es un tema delicado.
P.—Es complicado. Hay zonas grises. ¿Cuáles serían en este caso?
R.—En este tipo de relaciones siempre puede surgir ese momento en el que uno de los dos piense: “¿Y si siento algo más que amistad?”. Yo defiendo totalmente las relaciones entre hombres y mujeres. Son enriquecedoras. He tenido muchos amigos hombres sin ningún tipo de relación sentimental de por medio.
Además, aportan otro punto de vista. Eso es cierto. Que puedan aparecer sentimientos en algún momento es posible; la cuestión es cómo actúe cada uno ante ellos.

P.—Más allá de Elena y Guillermo, en la novela también aparecen relaciones familiares y de otros tipos. Imagino que te interesaba mostrar un abanico de vínculos emocionales.
R.—Sí. Hay personajes de distintas edades. Incluso dos personajes adolescentes y preadolescentes, porque me interesaba incluir la mirada de las generaciones más jóvenes sobre la amistad entre chicos y chicas.
También quería darle un aire de cotidianidad: la relación con una hermana, con compañeros de trabajo, con personas que se conocen desde hace mucho tiempo o que se encuentran en un entorno laboral. Son vidas normales, como las que nos rodean.
P.—También hay una cuestión generacional. Las generaciones más jóvenes ya no ven tan extraño este tipo de amistad.
R.—Totalmente. A las generaciones anteriores les cuesta más entender una relación de amistad sencilla entre un hombre y una mujer. Creo que vamos evolucionando en ese sentido y normalizándolo.
Las generaciones que vienen detrás lo ven mucho más natural. Incluso les sorprende que alguien lo considere raro. Para ellos es simplemente tener una amiga, igual que se tiene un amigo, sin que tenga que haber nada más. Y eso me alegra mucho.
P.—Querías resaltar todo esto en un contexto como el actual, en el que vivimos deprisa y también con mucha soledad.
R.—Sí, porque a veces se tiende a estigmatizar a la persona que está sola. Se confunde soltería con soledad. Que una persona —o un personaje, en este caso— no tenga pareja no significa necesariamente que esté sola.
Elena es un personaje que evoluciona a lo largo de la novela. Cuando empieza, está soltera y quizá también sola. Pero va evolucionando hacia otra situación: sigue soltera, pero ya no está sola. Empieza a recuperar su vida social, a relacionarse con sus amigos, a normalizar su vida.
P.—También te interesaba mostrar personajes no idealizados, sino cotidianos, con rutinas y costumbres: desayunar siempre en el mismo café, llevar al niño al colegio…
R.—Sí, exactamente. Vidas normales. Personas que están separadas, que a veces tienen a sus hijos y otras no, que intentan mantener una relación más o menos normalizada con su expareja. En definitiva, la vida de cualquiera de nosotros.
P.—Madrid, Nueva York, Roma, París, Budapest… Parece que te pasas la vida viajando.
R.—Ojalá. Todos viajamos menos de lo que quisiéramos. Yo creo que eso nos pasa a todos. Por mucho que viajes, siempre te parece poco.
P.—¿Por qué te interesaba situar a los personajes en ciudades distintas?
R.—Porque una de las cosas que une a los dos protagonistas es que comparten muchas aficiones y gustos. Les une el amor por la lectura —a veces coinciden en lecturas y otras no—, pero sobre todo comparten una gran pasión: los viajes.
De hecho, se conocen en un viaje, en Nueva York, y ese es el punto de partida. Cuando conocemos a un amigo, siempre hay algo que nos une mucho a esa persona. En su caso son los viajes.
P.—La mujer de Guillermo tiene miedo a volar. Eso complica las cosas.
R.—Sí, bastante. A Guillermo se le complica viajar y, de repente, encuentra una compañera de viaje. Eso me ha permitido llevarles por medio mundo.
P.—También es tentador desde el punto de vista narrativo: él puede viajar y su mujer no.
R.—Sí, y además es tentador para quien lee la novela, porque volvemos al cliché: si comparten viajes, parece que algo tiene que pasar entre ellos. Nadie se plantea nada raro si haces un viaje con una amiga, pero si es un hombre y una mujer volvemos a lo mismo.
P.—Además de los viajes, en la novela hay muchas referencias a libros, cine o gastronomía.
R.—Porque forman parte de la vida. Volvemos a lo cotidiano. Cuando tienes una relación de amistad hablas de lecturas, de series que has visto, viajas a una ciudad y buscas un restaurante especial. Son cosas que compartimos con nuestros amigos. Y en los viajes todo se vive de una forma más intensa, porque parece que está todo concentrado en unos pocos días.

P.—Los diálogos son muy importantes en esta historia. ¿Cómo los planteaste?
R.—Como los de dos amigos que podrían estar horas hablando. Ese es el tipo de amistad que a mí me gusta: puedes pasar horas conversando y no se te acaban los temas. Saltas de uno a otro.
Es genial coincidir en algunas cosas, pero también lo es discutir sobre aquello en lo que no coincides. Esa sensación de haber estado cuatro horas desayunando y pensar que podrías seguir hablando mucho más. A través de los diálogos se construye una relación muy bonita entre ellos.
P.—A lo largo de la novela no solo hay amistad: también aparecen relaciones familiares, amorosas y otros vínculos.
R.—Sí. Aprovecho los distintos personajes para introducir otros temas. Por ejemplo, con Lucía y John aparece la idea de los amores a destiempo. Es algo que le ha pasado a mucha gente: conocer a alguien y pensar que, si hubiera llegado a tu vida cinco o diez años antes, podría haber surgido una relación maravillosa. Pero no estáis en el mismo momento vital.
Eso escuece mucho cuando sucede. Piensas que la vida es una y quizá no volverás a coincidir con esa persona. Aunque también es verdad que la vida da muchas vueltas.
P.—Amores a destiempo… ¿Crees que el amor llega a veces en el momento equivocado?
R.—Sí, yo creo que sí. A mí me ha pasado y conozco más casos. A veces tu camino se cruza con el de alguien en un momento que no es el adecuado.
Recuerdo una frase de una película —no recuerdo el título— en la que una mujer le decía a una amiga: “¿Qué pasa si conoces al amor de tu vida y ya estás casada con otra persona?”. Me pareció una frase demoledora. Se me quedó grabada.
Porque a veces ocurre: conoces a alguien en el peor momento posible para alguno de los dos. Y da mucha rabia, porque la vida es una y no puedes volver diez años atrás para que las cosas sucedan de otra manera.
P.—Pero si conoces a alguien que piensas que es el amor de tu vida y ya tienes pareja, entonces se abre otra pregunta: ¿cómo sabes que es el amor de tu vida?
R.—Claro, ahí ya habría que analizar cada caso. Pero es un poco como cuando conoces a un amigo y piensas: “¿Por qué no habré conocido a esta persona quince años antes?”. La de cosas que habríamos vivido juntos.
Eso puede pasar en la amistad o en el amor. La diferencia es que socialmente aceptamos querer a muchos amigos, a varios hijos, incluso querer a los dos padres. Pero en la pareja parece que solo puedes querer a una persona. Y eso lo complica todo.
P.—¿Por qué te gusta tanto viajar?
R.—Porque no concibo la vida sin viajar. Viajo desde que era niña. Tuve la suerte de que mis padres me llevaron por medio mundo y siempre me ha encantado.
Me gusta aprender, y viajando se aprende muchísimo: sobre otras formas de vida, otras culturas. También aprendes que no eres el centro del universo. Es muy enriquecedor. Creo que viajar te abre mucho la mente.
P.—¿Viajas sola?
R.—Viajo mucho sola, aunque también viajo acompañada. Y me gusta viajar sola. Me gusta la libertad: organizar mis horarios, sentarme en un café tres horas a escribir, entrar en una librería y quedarme hasta que cierran, visitar un museo sin prisas.
Viajar sola te permite estar más atenta a todo, absorber lo que ocurre alrededor. Luego también es muy bonito viajar acompañado, compartir risas y experiencias que recuerdas durante mucho tiempo.
P.—¿Algún día escribirás una novela de viajes?
R.—Es posible. Siempre hay viajes en mis novelas, porque son parte de mi vida. Pero no descarto que algún día el viaje sea el tema central. Al final, lo que más me gusta en el mundo es la literatura y los viajes, así que siempre estarán unidos.
P.—El título, Amigos nada más, suena casi irónico. Porque los amigos son mucho más que “nada más”.
R.—Sí, totalmente. De hecho, creo que vivimos en una sociedad en la que la amistad es muchas veces más duradera que las relaciones de pareja. Es un pilar fundamental.
Se puede concebir una vida sin amor de pareja, pero es muy difícil imaginar una vida sin amistades. Al final son —aunque la frase esté muy usada— la familia que eliges. Nadie te obliga a tener un amigo en tu vida. Si está ahí es porque tú quieres activamente que esté.
