En Coloquio de invierno, Luis Landero nos invita a un encierro inesperado provocado por la nieve, un escenario donde lo cotidiano se detiene y las historias fluyen con una libertad insólita. La novela explora la memoria, la imaginación y la experiencia de cada personaje: cómo se abren a los demás, cómo escuchan y son escuchados, cómo se revelan secretos guardados y emociones largamente contenidas.
Landero muestra que en la conversación, en la atención al detalle y en los gestos más pequeños, se descubre la esencia de quienes participan en el coloquio, y que incluso lo aparentemente trivial puede convertirse en una chispa que inspira relatos y transforma a quienes los escuchan.
P.— ¿Por qué eliges la nieve y el aislamiento como catalizador de las historias?
R.— Era inevitable. Si uno quiere escribir una historia en la que varias personas quedan encerradas en un mismo lugar, necesita un motivo. Y no era difícil pensar en Filomena: ocurrió hace poco, todos la recordamos. Así que la tormenta deja a estas personas aisladas en el hotel y crea el escenario perfecto para que empiecen a contarse historias.
P.— ¿Qué interés tiene para ti explorar un tiempo detenido, en el que la vida cotidiana deja de serlo?
R.— En realidad es también mi manera de vivir. Si me dedico sobre todo a leer y a escribir —dos actividades que ocupan casi todo mi día—, son actividades en las que la lentitud es fundamental. No se puede escribir desde la prisa ni desde la urgencia. Y leer exige lo mismo: soledad, concentración y lentitud. Son tres cosas maravillosas.
P.— Y esa lentitud que te dan la lectura y la escritura, ¿no te pide también momentos de movimiento físico?
R.— Sí, claro. De vez en cuando doy un paseo, voy a la cocina a buscar algo… pequeñas pausas. (risas). Y a veces también miro el móvil, incluso más de lo que debería. Es algo muy adictivo. A veces me descubro por la tarde mirando el móvil sin sentido y me digo: “¿Qué hago yo aquí?”. Pero es una adicción que todos podemos reconocer en nosotros mismos. No solo los jóvenes: también los mayores están completamente enganchados. Hay que tener mucho cuidado con eso, porque puede ser bastante tóxico.
P.— Ya que has abierto ese paréntesis, ¿qué mira Luis Landero en el móvil?
R.— Nada especial. En Twitter y en Instagram estoy con nombre falso, porque no participo ni intervengo. Simplemente me gusta asomarme a esas ventanas para ver qué ocurre ahí. Pero lo hago muy por encima. También veo YouTube: escucho música, entrevistas, vídeos sobre naturaleza o animales, que me gustan mucho. En fin, pequeñas curiosidades.
P.— Hablemos de Coloquio de invierno y de la memoria. Cuando un personaje narra su pasado, ¿te interesa más lo que vivió o cómo lo recuerda?
R.— La memoria es muy novelera. Memoria e imaginación van de la mano. La memoria es un instrumento un poco rudimentario que no siempre afina demasiado, y entonces la imaginación le presta sus servicios: remienda los rotos del olvido.
Hacen muy buena pareja. A veces creemos que recordamos las cosas tal como ocurrieron, pero no es así. Muchas veces las recordamos tal como las imaginamos después, porque la imaginación está siempre enriqueciendo —y también falseando felizmente— aquello que la memoria no alcanza a recordar del todo.
P.— Entonces, ¿dirías que el recuerdo se construye con memoria e imaginación?
R.— Sin duda. Y además no existe solo la memoria objetiva, la que todos reconocemos, sino también una memoria más irracional. Es una memoria que no controlamos del todo y que está llena de pequeñas cosas de las que no somos conscientes.
Por eso escribir es tan valioso, no solo para ser escritor, sino para concentrarse. La lentitud, la concentración y la soledad pueden regalarte cosas maravillosas que ni siquiera sabías que estaban dentro de ti.
De pronto, al escribir, aparecen recuerdos o imágenes que vienen de los fondos más profundos de tu pasado. Y uno se pregunta: “¿De dónde ha salido esto?”. Pues de esa memoria irracional. Los poetas lo saben muy bien, y los escritores también.

P.— ¿Cómo influyen las distintas experiencias de cada personaje a la hora de contar —y también de recibir— historias?
R.— Hay personajes que al principio creen que no tienen nada que contar. Piensan: “¿Qué voy a contar yo, si en mi vida no ha pasado nada interesante?”. Pero otro les hace ver que sí les han pasado cosas, aunque sean pequeñas. Basta con ponerse a contarlas para descubrir que también merecen ser escuchadas.
Cada uno recurre entonces a su experiencia, a sus vivencias. Y además, cuando uno no tiene demasiado que contar, puede inspirarse en lo que dicen los demás. Un buen conversador no solo habla: también sabe escuchar. Muchas veces ocurre que creemos no tener nada que decir y, sin embargo, al calor de las palabras de otros se despiertan la memoria y la imaginación. De pronto empiezan a surgir historias, incluso historias que nacen directamente de lo que hemos escuchado.
Eso es lo que tienen los coloquios cuando funcionan bien: las historias se alimentan unas a otras.
P.— Hoy en día no tenemos muchos coloquios así.
R.— No, porque creemos que no tenemos tiempo. Pero en realidad dedicamos muchas horas al móvil. No sé cuál será la media, pero seguramente rondará las tres horas al día. Si a eso le sumas la televisión, ya has ocupado buena parte de la tarde. Y entonces, si además trabajas, ¿cuándo vas a tener un coloquio de verdad?
A lo mejor ocurre alguna vez, un fin de semana, en una terraza con amigos. Pero muchas veces aquello acaba siendo más un guirigay que un coloquio.
P.— ¿Te interesaba explorar cómo cambian las relaciones humanas en una situación como esta? El encierro provocado por Filomena es temporal, pero algo tiene que transformarse. Uno no entra en una conversación así para salir igual.
R.— Sí, son experiencias casi fundacionales. Aunque también estamos hablando de una novela. No sé si en la realidad sucedería exactamente así.
Pero sí recuerdo obras de teatro o películas donde una conversación cambia la mentalidad o incluso el destino de los personajes. Son conversaciones en el límite. En este caso no es una situación tan extrema, pero es verdad que nadie sale exactamente igual.
En realidad, tampoco se sale igual después de leer con atención un buen libro o de ver una buena película. Uno está en continua transformación. Y si la experiencia es más intensa —como ocurre en una situación de encierro y confidencias—, esa transformación puede ser más profunda.
Además, algunos personajes cuentan historias que habían mantenido en secreto porque les avergonzaban. De pronto las sacan a la luz, casi como si estuvieran en el psicólogo o en una confesión. Hay algo de redención en ese gesto: un deseo de descargar culpas o de contar cosas que incluso uno mismo había olvidado.
P.— En ese contexto también aparece la soledad. A veces uno se abre más con desconocidos que con personas cercanas. Quizá porque inconscientemente sabe que no lo van a juzgar.
R.— Sí, y eso está muy subrayado en la novela. Como prácticamente todos son desconocidos entre sí, hablan con mayor libertad. Además, saben que quizá no volverán a verse.
Eso facilita que uno se “desnude” un poco más. No te importa tanto contar ciertas cosas porque esas personas no van a formar parte de tu vida cotidiana. En cambio, cuando convives con alguien o lo ves a menudo, siempre existe el temor de que te recuerde lo que has contado o de que te juzgue por ello.

P.— Pero tú sí conoces bien a tus personajes. ¿Hay algo de personas reales en ellos?
R.— Claro. Muchas historias y personajes nacen de la realidad. ¿De dónde va a sacar uno las cosas si no?
Por ejemplo, el personaje que pierde el mechero está inspirado en alguien real. No era mendigo: era fontanero y se ganaba la vida, pero vivía en un banco del parque. Estuvo más de veinte años durmiendo siempre en el mismo banco. No pedía dinero a nadie; simplemente había elegido vivir así.
Otro personaje que puede parecer inventado también existió. Era domador de caballos y cuatrero de vacas, y yo lo conocí.
Siempre necesitas un pequeño trozo de realidad. Esa es la chispa inicial que pone en marcha la imaginación. A partir de ahí ya empiezas a inventar, pero el primer impulso suele venir de la vida misma.
P.— En una conversación también cuentan mucho los gestos. No solo se habla con palabras.
R.— Claro. Cuando escribes una novela tiene que haber cierta sensualidad, cierta materialidad que permita ver al personaje. Muchas veces aparece a través de los gestos: un movimiento mínimo, una forma de rascarse la oreja, de mirar o de acomodarse en la silla.
Esos pequeños detalles pueden definir a una persona. También importa cómo va vestida, cómo se peina, cómo se mueve. El novelista trabaja siempre con cosas concretas. Lo abstracto es enemigo del arte; las ideas nacen después, pero siempre a partir de lo concreto.
P.— ¿Te cuesta más describir los gestos que las emociones?
R.— Sí, curiosamente es una de las cosas que más me gustan y que más me cuestan como escritor. Las emociones prefiero sugerirlas. La emoción pura es difícil de describir y a veces ni siquiera resulta verosímil. Es mejor crear una situación concreta y mostrar cómo alguien actúa dentro de ella; entonces la emoción aparece sola y el lector la percibe.
En cambio, encontrar los gestos justos o describir ciertos detalles materiales puede resultar complicado. Por ejemplo, vestir a un personaje femenino a veces me obliga a documentarme: peinados, cosméticos, prendas… Todo ese léxico que ayuda a que el personaje resulte creíble.
P.— ¿Qué te atrae de esa mirada serena de quienes ya no buscan tanto la redención como la comprensión?
R.— Me atrae la ternura que hay detrás de alguien que, en el fondo, lo que busca es ser comprendido. No necesariamente que lo perdonen, sino que lo entiendan. A veces basta con que alguien te escuche, te dé una palmada en el hombro y te anime a seguir adelante.
Cuando alguien me cuenta algo delicado, intento no juzgar. Me parece más importante comprender. Escuchar suele ser suficiente. A veces basta un gesto, una sonrisa o un comentario breve. Pero sin convertir la conversación en un tribunal ni en una sesión de consejos.
Somos muy aficionados a juzgar o a ofrecer soluciones rápidas, como si todo necesitara un consejo o una receta. Sin embargo, cuando alguien comparte algo doloroso —la muerte de un ser querido, una preocupación profunda— lo que busca no es un repertorio de frases hechas. Lo que busca es compañía y escucha.
En el fondo volvemos a lo mismo que ocurre en la novela: los personajes cuentan cosas muy íntimas porque sienten que no van a ser juzgados. Solo quieren que alguien los escuche.
P.— Cuando narramos el pasado, ¿qué papel juegan la nostalgia o la melancolía en la forma de recordar?
R.— La nostalgia suele estar siempre presente. Es como el laurel en los guisos: aparece casi inevitablemente cuando hablamos del pasado.
En todo recuerdo hay una pequeña dosis de nostalgia, aunque solo sea porque entonces éramos más jóvenes, porque ciertas personas estaban aún con nosotros o porque existían lugares que ya han desaparecido. Todo recuerdo tiene un componente emotivo.
Otra cosa distinta es la nostalgia enfermiza, esa que consiste en pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y en descalificar por completo el presente. Eso ya es otra cosa. Pero una nostalgia moderada, bien llevada, forma parte natural de la memoria.
Yo tiendo a ser algo nostálgico, aunque intento defenderme de la saturación sentimental que a veces provoca.
P.— ¿Sientes nostalgia de una época mejor?
R.— Sí, en cierto modo sí. Pienso sobre todo en los años ochenta y noventa. Fueron años de bastante optimismo. Veníamos de una historia difícil —la dictadura, por ejemplo— pero nuestra generación tuvo la suerte de no vivir la guerra ni la posguerra.
Después llegó la transición y se abrió una etapa de ilusión. Había una sensación de estreno, de apertura. Recuerdo también que en Europa parecía que el ritmo era distinto: allí era lunes y aquí todavía era domingo, por decirlo así.
En aquellos años ocurrieron muchas cosas: la movida madrileña, el cine español, la narrativa, incluso la moda. España empezó a despertar curiosidad fuera. Durante mucho tiempo los españoles no nos hemos tenido demasiada estima, pero en aquel momento empezó a mirarse al país con cierta admiración. Y eso también nos hizo mirarnos a nosotros mismos de otra manera.
Quizá por eso recuerdo aquella época como un tiempo más distendido.
P.— ¿Qué es lo que más te disgusta del momento actual?
R.— Sobre todo el cambio en los referentes culturales e intelectuales. En los años ochenta y noventa había figuras de referencia: ensayistas, articulistas, intelectuales que participaban en el debate público. Incluso los políticos o los profesores gozaban de cierto respeto social.
Ser profesor, por ejemplo, tenía un prestigio evidente. Era una profesión que se miraba con admiración.
Con el tiempo esos referentes se han ido diluyendo. El intelectual ha sido sustituido por el tertuliano, por el comunicador, por el comentarista inmediato. Y ahora, en muchos casos, por el youtuber o el creador de contenidos.
Eso ha empobrecido el panorama cultural. Ya no existen periódicos o articulistas que funcionen como verdaderos referentes intelectuales. La autoridad cultural se ha desplazado hacia espacios mucho más efímeros.
A eso se suma el impacto del móvil y de las redes sociales. Vivimos rodeados de pequeñas píldoras de información o entretenimiento que fomentan la banalidad y reducen la capacidad de concentración.
Leer exige tiempo y atención sostenida. En cambio, el consumo continuo de estímulos breves hace que la mente salte de un tema a otro sin profundizar en nada. Y eso termina debilitando nuestra capacidad de pensar con calma.
En cierto sentido, el móvil puede convertirse en una forma de vivir la realidad de segunda mano: vemos lo que otros ven, pensamos lo que otros piensan. Y lo verdaderamente importante sería mantener una relación directa con el mundo, pensar por uno mismo y mirar con los propios ojos.
P.— Para terminar: si pudieras reunir a varios personajes en un coloquio como el de tu novela, ¿a quién invitarías?
R.— Seguramente intentaría mezclar perfiles muy distintos. Por ejemplo, me gustaría que estuvieran Miguel de Cervantes y el Arcipreste de Hita, que representan dos momentos fascinantes de nuestra literatura. También invitaría a Michel de Montaigne, que fue un gran maestro del pensamiento personal, y a Socrates, que hizo del diálogo una forma de filosofía.
Pero un coloquio así no debería estar formado solo por escritores o filósofos. También me gustaría que hubiera músicos. Por ejemplo Frédéric Chopin, cuya música tiene una melancolía extraordinaria.
Incluso alguien del mundo del deporte, como Alfredo Di Stéfano, que seguro aportaría otra mirada sobre la vida.
Y, por supuesto, también invitaría a mujeres que han marcado la historia. Por ejemplo Marie Curie, cuya vida y su trabajo serían fascinantes de escuchar.
También me gustaría incluir figuras del cine, como John Ford o Marilyn Monroe. En el caso de Marilyn Monroe, además, sería interesante escucharla lejos del personaje público, sin el peso del estereotipo, hablando simplemente de su vida.
Un coloquio así funcionaría precisamente por esa mezcla de miradas distintas.
