Marcela de San Félix vivió a la sombra de un nombre ilustre: Lope de Vega. Hija de un genio del Siglo de Oro, su talento y ambición quedaron relegados por la historia y las circunstancias de su época. Sin embargo, su vida, llena de silencios, ausencias y decisiones forzadas, tiene la fuerza suficiente para convertirse en protagonista de su propia narrativa.
La novela de Fernando Bonete, rescata a Marcela del olvido y reconstruye su voz: imaginando sus emociones, sus anhelos y la manera en que buscó desarrollarse a pesar de las limitaciones que la rodeaban. Es un relato que mezcla historia, imaginación y la lucha por encontrar un espacio propio en un mundo que no se lo permitió, mostrando que incluso entre sombras, algunas figuras saben hacerse notar.
P.–: ¿Qué te llevó a convertir a Sor Marcela de San Félix en protagonista de la novela, en lugar de mantenerla solo como parte de la biografía de su padre?
R.–: Porque su obra tiene la entidad y la importancia suficientes. Si no hubiera sido por los azares de su vida y de la historiografía, Marcela podría haber sido reconocida como lo que fue: no solo la hija de Lope, sino una escritora excepcional. Ese es el principal motivo por el que merecía tener presencia en la novela. Lope también aparece como padre, pero Marcela debía ser el personaje central.

P.–: Para quienes no la conocen, ¿quién era Marcela de San félix?
R.–: Marcela era hija de Lope de Vega y de Micaela de Luján. Esto ya es relevante porque Micaela no era la esposa de Lope, sino su amante mientras él estaba casado con Juana de Guardo. Lope tuvo varios hijos con Micaela, pero Marcela y su hermano Lopito, dos años menor, fueron los únicos que sobrevivieron. Lopito sí fue reconocido por Lope, pero Marcela no. Crecieron alejados de su padre, lo que marcó su vida con ausencias y dolores significativos.
P.–: ¿Cómo se construye un personaje histórico cuando no conocemos sus emociones ni pensamientos?
R.–: Esa fue una de las grandes dificultades de la novela. Intenté imaginar lo que Marcela podría haber sentido adorando a su padre sin recibir reconocimiento, y también los pensamientos de Lope frente a la disonancia entre lo que deseaba y cómo actuaba en su vida personal. En cierto sentido, traté de ponerme en su lugar, considerando situaciones que podrían resonar con experiencias propias. La ficción histórica mezcla lo que conocemos con lo que podemos imaginar; permite contar la historia documentada y, al mismo tiempo, darle vida a quienes permanecen invisibles en los archivos.
P.–: Desde la perspectiva femenina, ¿qué aspectos te interesaba destacar a través de Marcela?
R.–: Principalmente, el dolor y la frustración de tener talento y anhelo, pero vivir en un entorno que no permite desarrollarlos. En Marcela esto lo impedía su padre, las circunstancias de la época y su condición de hija ilegítima. Sin embargo, su vida también muestra la capacidad de sobreponerse y encontrar un espacio desde el que expresar su arte, aunque no fuera el ideal. En su caso, ese espacio fue el convento.
P.–: El convento, ¿no era la situación ideal?
R.–: No, pero era la opción disponible. Muchas mujeres de la época no podían casarse con quien querían, y el convento, aunque percibido como reclusión, también ofrecía una forma de liberación. Permitía proyectar la creatividad y escapar de las restricciones del mundo exterior. Hoy podemos verlo como aislamiento, pero entonces era un lugar donde las mujeres podían encontrar cierta libertad para dedicarse a sí mismas y a su arte.
Además, este concepto sigue vigente: hoy también estamos esclavizados por la tecnología o el trabajo. En un lugar como un convento, aunque sea físico o simbólico, desaparece esa presión constante y puedes contemplar, simplemente contemplar.

P.–: ¿Cómo era la relación de Lope de Vega con Marcela y con Micaela, y cómo se refleja esto en la novela?
R.–: Era una relación complicada, en algunos momentos incluso cruel. Pero también había una dualidad interesante: gracias a que Marcela vivía en esta casa, rodeada de miles de libros, pudo desarrollarse literariamente. Eso no habría sido posible en otra situación, por mucho talento que tuviera. Además, su madre, Micaela de Luján, que pasaba horas en el teatro, le proporcionaba proximidad al mundo dramático, lo que también la beneficiaba como persona y como literata.
Sin embargo, todas estas ventajas coexistían con dificultades. Lope, aunque conocía el talento de Marcela, no se lo reconocía. Incluso sabiendo que podía escribir su propia obra, la ponía a trabajar como secretaria en la correspondencia con César.
P.–: ¿No le permitía dedicarse libremente a su escritura?
R.–: Exactamente.
P.–: ¿Crees que esto se debía a que era mujer? ¿Si hubiera sido varón le habría permitido escribir?
R.–: Sí, lo creo. La evidencia está en cómo dirigió la vida de sus otros hijos varones. Intentó que Carlos Félix siguiera su estela literaria, pero murió muy pequeño, a los siete años. Lopito también murió joven durante una expedición en Venezuela. Lope quería que sus hijos varones fueran grandes literatos, pero no tuvo éxito. Aun así, nunca reconoció expresamente a Marcela.
P.–: ¿Cómo transmitir el anhelo de Marcela de seguir escribiendo a pesar de sus limitaciones?
R.–: Muchas veces se escribe para uno mismo, casi como terapia. Pero ver a tu padre viviendo de la literatura y no recibir reconocimiento es difícil de comprender y aceptar, sobre todo si deseas que tu futuro esté en la escritura. Cualquier escritor quiere que su obra sea leída y perdure.
Marcela, en cambio, escribía no para el mundo ni para la posteridad, sino para su entorno, su congregación y Dios. Escribir para Dios es quizás la expresión máxima de la escritura, y muchos testimonios literarios lo corroboran.
P.–: La novela también refleja los espacios físicos, como la casa de Lope y el convento. ¿Qué papel juegan estos lugares?
R.–: Los espacios son fundamentales porque contienen muchas historias. Por ejemplo, en la casa de Lope de Vega hay tanto que contar: cómo la compró, los años que vivió allí, lo que sucedió en cada habitación, los cuadros y tapices. Todos estos espacios permiten narrar la vida de Marcela y conectan con figuras como Cervantes, que pudo haber visitado a su hija. Los lugares, por sí mismos, aportan información y riqueza a la narrativa.

P.–: Revisando la novela, ¿hay algo que echas en falta o hubieras querido añadir?
R.–: Podría haber incluido otra anécdota o algún personaje que cerrara el círculo entre los presentes. Toda obra es imperfecta, pero creo que la novela está bien como está. Quise evitar sobrecargarla con detalles históricos para que el lector no se ahogue en fechas o acontecimientos; la información histórica funciona como un colchón que acompaña al relato. Me autolimité desde el principio: “No te pases leyendo sobre el Siglo de Oro”.
P.–: ¿Qué opinan tus alumnos sobre la novela?
R.–: Pueden conectar con la vida de la joven Marcela, aunque quizá les resulte más difícil acercarse a los dilemas del Lope adulto o padre. No es una novela pensada principalmente para ellos, pero hay partes con las que pueden identificarse, especialmente la idea de que, cuando quieres algo, como lo quería Marcela, debes poner todos tus medios, aunque no sean los idóneos, para lograrlo.
P.–: Durante la escritura y documentación, ¿cambió tu percepción sobre Marcela?
R.–: Sí, me costó poner lo mínimo de mí mismo en el retrato de Marcela. Recrear la vida de una mujer de aquella época siendo hombre y de otro tiempo es difícil. Las partes sobre Lope me resultaron más fáciles porque sus dilemas me son cercanos. La novela también habla de Lope como padre, porque necesitaba su presencia para contextualizar a Marcela. Al fin y al cabo, ella es hija de Lope y no se puede obviar.
Todos los personajes satélites alrededor de Lope los conocemos gracias a él, aunque tengan importancia propia. Hubo momentos en los que escribir sobre Marcela fue complicado debido a la distancia de tiempo y género, pero ese esfuerzo me enseñó a ponerme en su lugar, y lo intenté.
P.–: ¿Por qué no conocemos a personajes como Marcela, en literatura o arte?
R.–: Hay muchísimos personajes como Marcela. A mí me parece un personaje precioso, pero no se les da visibilidad. Los españoles somos muy autocríticos con nuestra historia y nuestra cultura, más que otros países. Es una forma de invisibilizar figuras que merecen reconocimiento.

P.–: También tendemos a juzgar la historia desde la personalidad de quien la protagonizó.
R.–: Exacto. Si valoras a Lope solo por quién fue como persona, podrías descartarlo por completo. Fue, siendo muy honesto, deleznable como individuo. Por eso hay que separar vida y autor. Solo así se madura intelectual y culturalmente. En esta obra doy todo el privilegio literario a lo que merece Marcela, sin negar los errores de Lope. Se puede ensalzar la cultura española sin absolutizar los fallos de sus protagonistas.
P.–: Para terminar, ¿por qué este título?
R.–: Marcela no dejó de referirse a su padre al entrar en el convento. Recuperó un apellido muy presente en su familia. Por eso, en el título no podíamos perder la referencia a Lope, el Fénix de los Ingenios. Ella fue hija de este Fénix y, de cierta manera, resurge del olvido histórico, como el Fénix renace de sus cenizas. Hasta qué punto logre resurgir dependerá de los lectores.
P.–: Pues espero que muchos.
R.–: Ojalá que sí.
