Manel Loureiro regresa a las librerías con Antes de que todo cambie, un thriller que pone en jaque la seguridad del continente al plantear un atentado contra todos los líderes de la Unión Europea en la isla de La Toja. El autor gallego se adentra en los entresijos de los servicios de inteligencia para firmar una novela milimétrica que disecciona la fragilidad de nuestro sistema político y esa guerra híbrida y subterránea de la que apenas somos conscientes.
La fragilidad del poder, la amenaza del terrorismo y un protagonista que obliga al lector a cuestionar sus propios límites. Manel Loureiro regresa con Antes de que todo cambie, un thriller que sitúa a Europa al borde del abismo y convierte lo improbable en inquietantemente verosímil.
El thriller como escenario de los grandes dilemas morales
P. Me parece un planteamiento muy arriesgado, especialmente por ese arranque en el que el protagonista sufre un hecho brutal y, a partir de ahí, tiene que decidir hasta dónde quiere caminar. ¿Era ese conflicto moral el verdadero punto de partida de la novela?
R.– Sí, los conflictos morales —esos puntos donde no está claro qué es lo correcto y qué lo incorrecto— son el terreno perfecto para el thriller. Antes de que todo cambie es una historia que tiene muchísimos matices y que, sobre todo, parte de un punto de partida muy difícil: el protagonista es un villano, el protagonista es un terrorista. Es alguien que va a cometer un atentado, que va a acabar con la vida de decenas de personas y que puede tener consecuencias inimaginables en la vida del resto.
Claro, ¿cómo consigues empatizar con alguien así? ¿Cómo consigues que los lectores y las lectoras, desde el primer momento, digan: «Me interesa la vida de esta persona y quiero ver qué es lo que le va a pasar»? Pues poniéndolo en una situación espantosa; poniéndolo en una situación donde cualquiera pueda empatizar con él, pueda entender sus actos, pueda justificarlos y, sobre todo, diga: «Yo en tu lugar haría exactamente lo mismo». Ese lugar, ese sitio donde ya no hay respuestas correctas, donde todas las decisiones son diabólicas y donde cualquier línea moral queda desdibujada, es el arranque de Antes de que todo cambie. Es el terreno de juego perfecto, ese campo embarrado donde se mueve a la perfección el thriller.
P.– Eso por una parte y, por otra parte, también quieres mostrar de alguna forma la fragilidad de las lealtades institucionales.
R.– Sí, porque hay una cosa que a mí me fascina desde hace mucho tiempo: lo aparentemente fuerte que es todo el sistema y lo realmente frágil que es cuando lo miras de cerca; la cantidad de grietas que hay. Vivimos ahora mismo en un momento, el zeitgeist — el espíritu del momento—, en el que parece que algo va a suceder y resulta que cuando pasan cosas, los dirigentes y los dignatarios son piezas fundamentales porque de ellos dependen muchos temas, pero su vida es extraordinariamente frágil.
Siempre que hay momentos de cambio, se suceden magnicidios. A lo largo de toda la historia, fíjate: Filipo de Macedonia, Julio César, Lincoln, el archiduque Francisco Fernando, Kennedy, Gandhi, Olof Palme… Siempre que hay un punto de giro en la historia, hay un magnicidio cerca. Son como esa especie de canarios en la mina que detectan cuando algo está a punto de pasar. Llevamos una temporada en la que, fíjate, el presidente de Estados Unidos ha sufrido tres intentos de magnicidio. Vivimos un momento interesante.
P.– Y sí que son frágiles. No sabemos si se va a producir ese cambio… no digo ese magnicidio.
R.– No, no tiene por qué producirse, pero tentando está.
Del drama personal a una amenaza que puede cambiar Europa
P.– Lo que empieza como un caso íntimo termina afectando a la seguridad de toda Europa. ¿Dónde está ese punto de inflexión dentro de la historia?
R.– La conexión es entre Sam, el protagonista —que es historia de una persona que está buscando la redención y el perdón a uno mismo, que es el más difícil de lograr—, y lo global. Es decir, todos hemos cometido una de estas cagadas monumentales en nuestra vida; todos, tú la tuya, yo la mía y cualquiera que nos vea sabe cuál es la suya. Todos sabemos cuál es la nuestra. Puedes mitigar las consecuencias, pero conseguir perdonarte a ti mismo es mucho más complicado.
Él está en esa búsqueda de redención, y aquí es donde entra lo global: en esa búsqueda, una mujer misteriosa le ofrece la posibilidad de encontrar respuestas, de encontrar paz, de encontrar esa redención, pero a cambio la etiqueta del precio es enorme. Tiene que matar a todos los presidentes y primeros ministros de la Unión Europea en un solo golpe, porque él es el único que puede hacerlo. Claro, ahí saltamos de lo personal a lo universal y esto es lo importante: un lobo solitario. Ese es el gran desafío al que se enfrentan los cuerpos de seguridad: un lobo solitario con la motivación adecuada, los medios y el tiempo puede penetrar cualquier burbuja.
P.– Estás hablando de Julia, el otro eje de la historia.
R.– Sí, Julia Duarte, una agente del CNI que trata de impedir que se lleve a cabo este magnicidio. Julia tiene sus propios problemas, tiene sus demonios personales también que le persiguen, que le muerden los talones. Pero, aparte de eso, se tiene que enfrentar a un montón de dificultades. La primera, que le tomen en serio, que le crean. Aunque es una profesional respetada y reputada, cuando se planta ante sus jefes con una supuesta amenaza de ese calibre, su primera reacción es no tomarla en serio. Y después tiene un desafío mucho más grande: enfrente tiene a Sam, que es un tipo destrozado, sí, pero que es el mejor en lo suyo.
P.– Todo en tu novela es muy visual, supongo que tiene que ver con tu visión cinematográfica, o te gusta plantearlo así porque lo haces muy tangible, muy claro.
R.– Hay una mezcla de cosas. La primera es que efectivamente yo tengo un estilo narrativo muy visual, pero eso no es de ahora, es de siempre, porque me gusta que los escenarios sean parte de la historia, que atrapen al lector. Es decir, cuando tú escribes una historia que tiene vocación de mantener a los lectores enganchados, tienes que crear una atmósfera muy densa, muy intensa, para que se sientan —eso que se dice vulgarmente— que te caes dentro de la novela. Eso por una parte.
Pero por otra parte, hay otra cosa que es cosa tuya y cosa de todo el mundo: somos hijos de la generación audiovisual. Hemos crecido merendando delante de la tele, hemos crecido viendo cine, hemos crecido viendo series de televisión. Entonces, hay un montón de códigos en nuestra cabeza que ya hemos adquirido, que forman parte de nuestra cultura pop, que están ahí. Y yo, como escritor, en el fondo, que soy un ladrón y un trilero, lo que hago es colarme en la cabeza de las lectoras y de los lectores, coger esas piezas y hacer que de repente encajen y de esta forma cuando lo están leyendo, ven la escena perfecta para ellos porque tienen esas piezas en su cabeza.
P.– Neil Vega, es una agente de la CIA como Neil Vega. ¿Qué papel tiene él ahí?
R.– Neil es un agente que tiene un doble papel en esta historia. Por una parte, estas cosas son reales: es decir, los agentes de otras agencias de inteligencia, los operativos de otras agencias, participan muchas veces empotrados en fuerzas de seguridad de terceros países. Esto es algo cotidiano. Pero además, Neil es la salida perfecta para Julia, casi como un príncipe azul. Es un hombre que le ofrece luz, que le ofrece esperanza. Ella tiene que decidir si acepta o no acepta, porque hasta los premios tienen precio.
Cómo se documenta un thriller político
P.– Hablas del CNI y de todo este proceso de investigación. ¿Cómo te has introducido ahí? Porque a mí me parece un espacio o un muro un poco difícil de acceder.
R.– Bueno, mira, tengo una anécdota divertidísima. Claro, yo tuve que hablar con un montón de gente que participaba; primero con los equipos de seguridad de Casa Real, de Moncloa, de presidentes autonómicos, de presidentes de otros países, para que me explicasen cómo trabajaban, cómo era su operativo de seguridad. La llegada era dificilísima: «Hola, soy Manel Loureiro, quiero que me expliques cómo tengo que hacer para matar a tu protegido». «Pues sí, mira, pasa». Claro, estoy convencido de que ellos se guardaron cosas; me contaron muchas que están ahí en el libro, otras me dijeron que no las usase, y no las he usado, tampoco es cuestión de dar ideas.
Y también tuve que hablar con gente del CNI y con gente del antiguo CESID, su antecesor. Y fue muy curioso, y a esto voy con la anécdota: quedo con uno de ellos, por fin, después de muchos contactos, de tirar de amigos de amigos, hasta localizar a alguien. Y quedo en una cafetería en Santiago de Compostela. Llego allí, me siento, pido un café y no aparece nadie. De repente me suena el móvil, un número de teléfono desconocido. Lo descuelgo y al otro lado alguien me dice: «Vale, ya vemos que has llegado, que vas solo, que no te sigue nadie, ahora vete al siguiente punto de encuentro». Y de repente, o sea, yo decía: «Pero vamos a ver, me siento como si fuese protagonista de una peli de espías de serie B». ¿Realmente es necesario todo esto?
Lo que me llamaba la atención era el nivel de paranoia. A lo mejor me tocó uno especialmente zumbado o realmente es así en todos ellos. Es decir, ellos querían estar seguros de que yo era yo, de que no iba con nadie más. Y bueno, pero fíjate, sin embargo, no me cachearon ni nada por el estilo.
P.– Bueno, no les hacía falta.
R.– Posiblemente había sistemas de seguridad que te estuvieran observando, algún inhibidor… Imagínate que llevo un marcapasos y mi contacto me deja frito allí en el momento.
P.– ¿Viste alguna grieta en este proceso de investigación a la hora de montar este puzle?
R.– Sí. No es que la viese yo. Antes te dije que había hablado con responsables de seguridad, de escolta, de un montón de instituciones. Todos ellos estaban de acuerdo en una cosa: no hay una sola burbuja absolutamente impenetrable. No existe. Cada vez se tienen que enfrentar a desafíos nuevos. Lo que antes era un tirador, un explosivo o alguien que se colase, un francotirador, se ha multiplicado: venenos, drones, amenazas insospechadas. Y siempre, si hay un equipo o un lobo solitario con suficiente tiempo, motivación, ganas, medios y oportunidad, puede conseguirlo.
Fíjate, hace nada asesinaron al primer ministro de Japón, hace poco más de un año, en el país del mundo que tiene menos armas de fuego en manos de particulares. Y lo asesinó un tipo que fabricó una especie de pistola casera, insospechado, impensable, y sucedió. Siempre hay una grieta. La cuestión es si sabrán aprovecharla o no.
P.– O taparla en el caso contrario.
R.– Efectivamente.
¿Es realmente segura Europa?
P.– Frente al modelo americano en cuanto a este tipo de thriller o de magnicidio, ¿somos más vulnerables en Europa?
R.–Somos diferentes porque el trato humano es diferente. Hace poco salía en la prensa, justo estaba yo terminando el manuscrito, una reunión entre la primera ministra italiana y el vicepresidente de los Estados Unidos en Roma. Y ponían el contraste entre uno y otro: el vicepresidente se movía con una especie de caravana de un montón de vehículos que generaba un caos de tráfico absoluto, iba dentro de un vehículo blindado que pesaba 8 toneladas; la primera ministra italiana iba andando por la acera con 4 agentes de seguridad a su alrededor. Es decir, tenemos una manera diferente de entender las cosas que podría ser más fácil en Europa, quién sabe. Quizá.
P.– Pensando en las aglomeraciones y cumbres que se celebran en ciudades como Madrid, donde la seguridad se quintuplica de forma invisible para los ciudadanos, ¿crees que estamos preparados para evitar una catatrófe en un evento masivo?.
R.– Yo soy novelista, no soy experto en seguridad, y esta es una pregunta más para un experto de seguridad. Yo puedo hacer cábalas al respecto. Por lo que he aprendido, creo que sí, que estamos en buenas manos. El atentado que se plantea supera las capacidades de un solo individuo, lo que lo convierte en una operación viable para esta historia. El thriller tiene que ser siempre en esa línea de la posibilidad y la plausibilidad. Es decir, lo que planteas tiene que sonar realista y posible.
Tienes que, como toda novela… toda novela es una gran mentira, pero las mejores mentiras son aquellas que tienen muchas partes de verdad, porque eso es lo que las hace indistinguibles. Y en este caso, la realidad viene dada de que todo lo que sucede podría acontecer. Cuando alguien está leyendo Antes de que todo cambie, yo lo que quiero es que tenga la sensación de que lo que está leyendo no solo es una historia, sino que podría estar pasando ahora mismo o podría pasar la semana que viene.
El significado de Antes de que todo cambie
P.– Antes de que todo cambie es el momento exacto en el que debes intervenir. Hace referencia a un montón de cosas.
R.– Antes de que todo cambie en la vida de Sam, antes de que todo cambie en la vida de Julia, el mundo que nos rodea… antes de que todo cambie en esa cumbre extraordinaria de la Unión Europea que tiene lugar en la isla de La Toja.
P.– Vamos a la isla. Es el momento crítico, ese momento justo.
R.– Hay siempre un momentito antes de que empiecen a pasar cosas, ese momento de antes de que todo cambie es un pequeño momento de impasse, de paz, que es como cuando estás en la parte de arriba de una montaña rusa donde todo el mundo toma aire. Y es un momento crítico extraordinario porque es muy cortito. Todos los hemos vivido alguna vez, justo antes de que pase algo extraordinario. Y es lo que recuerdas, justo antes de que todo cambie.
P.– En ese sentido, te puede pasar que tú sepas que va a ocurrir algo como en la montaña rusa, o que no lo sepas.
R.– Claro, lo habitual es que no lo sepas. Siempre se cuenta la anécdota de Franz Kafka, el escritor, que en 1914 en su diario escribió aquello de: «Hoy por la mañana Austria-Hungría le ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde me he ido a nadar». O sea, no era consciente de que acababa de estallar la Primera Guerra Mundial, que iba a cambiar el mundo. Tú no eres consciente, como él no era consciente, de que estás viviendo un momento histórico hasta que el momento histórico ha pasado.
Es decir, cuando tú estabas viendo en las noticias que había una enfermedad que había empezado a propagarse en China porque un día un chino había tenido ganas de sopa de murciélago y se había ido al mercado, tú no sabías que ibas a acabar encerrada en tu casa y aplaudiendo a las 8 de la tarde desde el balcón.
P.– Cierto, es verdad. ¿Por qué una isla?
R.– Porque la isla de La Toja es el escenario perfecto para contar esta novela. Primero, porque es un sitio donde se celebran muchísimas reuniones de este nivel, de nivel ejecutivo altísimo: allí se reúne el Foro de La Toja, allí se reúne el Club Bilderberg. O sea, las mayores fortunas, las personas más poderosas de la Tierra se reúnen allí con cierta frecuencia porque tienen la infraestructura y, sobre todo, porque es una isla que solo tiene un punto de entrada y un punto de salida, que es el pequeño puente estrecho que los comunica con tierra. Si tienes que llevar a cabo un atentado, es increíblemente más difícil porque no solo tienes que pensar cómo entrar, sino cómo salir.
Y por último, porque a mí me gusta utilizar Galicia como parte integrante de mis historias. Fíjate, si te das cuenta, en La puerta era la Galicia rural, mágica, la Galicia que se está muriendo; en La ladrona de huesos era la Galicia de las leyendas, de las tradiciones, del Camino de Santiago; en Cuando la tormenta pase era la Galicia atlántica, salvaje, marítima, la isla de Ons. Y ahora es esa Galicia más turística, más conocida, más masiva: Sanxenxo, O Grove, Pontevedra, La Toja… Que de repente ese lugar que es conocido por cientos de miles o millones de personas pasa a ser el escenario de algo más.
P.– Y tenemos como punto de partida Madrid.
R.– Sí, claro, claro, pero y no es la primera vez que lo hago, además. Creo que el ser capaz de proyectar una historia que salga desde Galicia o que salga de otro sitio le dota de una capa de credibilidad, de verosimilitud. Y además, a mí me encanta Madrid, es una ciudad que adoro, que he aprendido a disfrutar con los años. A mí al principio, llegando del rural gallego, me resultaba extraordinariamente hostil. Era como Paco Martínez Soria en la ciudad; me faltaba la boina y la maleta con la gallina. Pero cada vez que estoy aquí la disfruto más y más, y me gusta irla metiendo poco a poco en mis historias porque cada vez forma parte más de mi vida.
La geopolítica, el poder y la guerra que no vemos
P.– En un mundo donde los equilibrios geopolíticos son cada vez más frágiles, ¿qué te interesa explorar cuando llevas al extremo la idea de un atentado contra el poder político europeo?
R.– Me interesaba explorar sobre todo tres cosas: a quién le beneficiaría, cómo lo harían y cuáles serían las consecuencias. Nadie se puede imaginar qué es lo que sucedería si de repente descabezas de golpe no a uno ni a dos ni a tres países, sino que descabezas de golpe a toda la Unión Europea. Si hay algo claro es que el vacío de poder se llena enseguida, es una tendencia natural. Hay un horror vacui ahí: si hay ese vacío, se va a llenar de alguna manera. ¿Pero quién lo va a llenar, cómo lo va a llenar, qué es lo que va a pasar mientras tanto en ese momento en el que no hay nadie que tome decisiones, quién se puede aprovechar? En definitiva, planteaba un montón de preguntas y planteaba un montón de dudas sobre las que me apetecía especular.

P.– ¿Y también quién lo ha provocado?
R.– Claro, por supuesto. Eso sería el cambio. La famosa pregunta del derecho, el cui prodest, ¿a quién beneficia? ¿Quién se vería beneficiado de algo de esto? Esa es una gran pregunta.
P.– ¿Tú crees que el lector contemporáneo ya ha normalizado la posibilidad de atentados o crisis políticas extremas, y que eso cambia también la forma de ver un thriller?
R.– Hemos normalizado un montón de cosas en los últimos años. Cada sociedad tiene sus miedos, tiene sus fobias y tiene su propia mitología de lo que puede suceder. Tú piensas que en los años 80, por ejemplo, para no irnos demasiado lejos, era el holocausto nuclear: parecía que vivíamos al borde inminente de que alguien apretase un botón y todo se fuese al carajo. Años después llegó el miedo a las pandemias: la enfermedad de las vacas locas, la gripe del pollo, el SARS, la gripe A, el coronavirus… Atravesamos esa fase.
Ahora vivimos otra fase, parece que hemos dejado atrás las anteriores, y ahora vivimos con la tensión de despertarnos cada mañana y no saber qué va a poner la portada de los periódicos; la sensación de que estamos viviendo uno de esos momentos de liberación tectónica de la historia que puede llegar a suceder, o no, no lo sabemos. A lo mejor sucede algo que lo cambia todo, pero antes de que todo cambie, estamos aquí.
P.– No sé yo si nos estamos acostumbrando demasiado a ver cosas en la tele. Más allá de la ficción, ¿qué te dice este tipo de historias sobre el miedo colectivo y la percepción de la seguridad europea hoy?
R.– Antes de nada, yo tengo que decir que yo soy un contador de historias. Yo lo que pretendo cuando alguien lee Antes de que todo cambie es que se lo pase bien, que tenga esos momentos de emoción, de tensión, de disfrute. Si después a mayores hace una reflexión sobre el mundo en el que vivimos, es estupendo, porque yo siempre he defendido que leer hace que entiendas mejor el mundo que nos rodea. Pero a mí personalmente, después de escribir este libro, me ha quedado la sensación de que casi todo es posible, que hay un montón de cosas que damos por sentadas y que están sujetas por alambres, clavadas con chinchetas; que es extraordinariamente frágil y que, desde luego —y eso sí que lo tengo claro—, hay una pelea debajo de la mesa, una pelea soterrada que no estamos viendo.
Ahora mismo estamos en medio de una guerra. Lo que pasa es que es una guerra que no se libra con balas y con cañonazos: se libra con ataques informáticos, se libra con fake news, se libra con injerencias en procesos electorales de otros países. Esa guerra híbrida se está peleando ahora mismo, me lo han confirmado personas que están participando en ella, y no somos conscientes. De vez en cuando notamos una perturbación en la superficie, es un pequeño plop. Cuando algo muy gordo sucede, miramos extrañados y decimos: «¿Qué ha pasado?». Pero no somos conscientes de esa guerra subterránea que está teniendo lugar justo delante de nuestras narices, y eso es lo que hace muchísimo más interesante esta historia.
P.– Pero imagínate que somos conscientes. ¿Qué provocaría? ¿Un caos?
R.– Uy, es entrar en una especulación muy salvaje. ¿Qué provocaría? Pues no lo sé, pero fíjate que yo no creo que provocase un caos. Creo que provocaría movilización, por lo menos en este país. Si algo nos demostró el periodo de la pandemia es que somos mucho más organizados, más disciplinados de lo que nosotros pensábamos de nosotros mismos. No creo que llegase a provocar caos, gente corriendo por las calles ni muchísimo menos, pero sí una honda preocupación y una profunda movilización social, sin duda.
Construir un thriller donde todo parece posible
P.– ¿Tu parte más divertida ha sido preparar el puzzle y pensar cómo el lector lo va a montar?
R.– Sí, ha habido dos partes muy divertidas de esta historia. Primero, era encajar todas las piezas, porque tiene que ser un puzzle. Recuerda, empezamos con un villano con el que tienes que empatizar, planificarlo todo para que en esta novela todos los detonadores estuviesen en su sitio, para que todas las sorpresas llegasen en el momento adecuado, para que todo fluyese muy bien.
Y otra parte muy divertida fue mientras estaba preparando la novela: yo me he pasado meses planificando un atentado, y lo puedo decir delante de una cámara. Me he pasado meses planificando un atentado. Entonces me he pasado días dando vueltas alrededor de ese gran hotel de La Toja, metiéndome dentro, tomándome un café allí, pensando rutas de entrada, rutas de salida… O sea, ha sido maravilloso planificar un atentado sabiendo que no lo iba a llevar a cabo yo personalmente en la vida real, pero es como ejercicio teórico.
P.– Te ha gustado.
R.– Es divertidísimo. He descubierto que soy un gran planificador de atentados. No lo puedo incluir en mi currículum porque no vale para nada.
P.– Todos tenemos un pasado, un recuerdo, un ver imágenes, una forma de mostrarlas que ya no se muestran de esa manera. ¿Qué suponía para ti ver un atentado?
R.– Soy un niño que creció en los 80. Tengo en mi cabeza aquellos años de plomo, aquellos años convulsos de muchísima violencia. La violencia política ha existido en España siempre, siempre. O sea, la gente tiene una memoria histórica muy corta. En el siglo XIX se cargaron no sé si fueron a dos o tres primeros ministros; a Dato lo acribillaron a balazos no muy lejos de donde estamos ahora tú y yo. En el siglo XX, Carrero Blanco voló por los aires.
Y cuando hablaba con los equipos de seguridad de Moncloa, me contaban la cantidad de intentos de atentado frustrados contra Zapatero, contra Rajoy, contra Pedro Sánchez, que no llegaron a ninguna parte. Al rey emérito lo tuvieron en el punto de mira de un rifle con mira telescópica. La violencia política, no solo en España, en toda Europa, en todo el mundo, es real. Y cuando se manifiesta, lo hace de una forma muy violenta. El problema es que sus consecuencias son imprevisibles y pueden ser devastadoras.
Mira, fíjate, el asesinato del archiduque Francisco Fernando provoca el estallido de la Primera Guerra Mundial: millones de muertos, redibujar Europa, cambiar el mundo. ¿Tú crees que Gavrilo Princip, cuando cogió la pistola y le pegó dos tiros, estaba pensando en eso? No, no estaba pensando en eso. Entonces, me hacían una pregunta… un periodista me decía: «¿Por qué plantear un atentado contra los líderes de la Unión Europea? ¿Por qué no contra Trump, contra Putin, contra Netanyahu, contra líderes que son mucho más polémicos, mucho más polarizantes?». Decía: «Bueno, porque me apetecía contar una historia aquí, plausible, y porque sobre todo, ante un atentado contra uno de estos líderes mundiales, las ondas expansivas que se pueden generar después son absolutamente impredecibles. No sabes si van a ser beneficiosas o desastrosas, nadie lo puede saber porque entras en un terreno incógnito en el que no hay respuesta.
P.– Es una llamada de atención brutal.
R.– Sí, eso sin duda.
Cinco ideas que deja esta conversación con Manuel Loureiro
- La novela parte de un planteamiento poco habitual: el protagonista es un terrorista al que el lector termina comprendiendo por los dilemas morales a los que se enfrenta.
- Manuel Loureiro imagina un atentado capaz de alterar el equilibrio político europeo para reflexionar sobre la fragilidad del poder y la seguridad internacional.
- El autor se documentó con antiguos miembros del CNI y especialistas en protección institucional para construir una historia tan verosímil como inquietante.
- La isla de La Toja no es solo el escenario de la novela; su aislamiento y su importancia en reuniones internacionales la convierten en una pieza clave de la trama.
- Más allá del thriller, la entrevista invita a reflexionar sobre la guerra híbrida, la desinformación y las amenazas invisibles que ya forman parte de nuestro presente.
Ficha del libro
Título: Antes de que todo cambie
Autor: Manel Loureiro
Editorial: Planeta
Género: Thriller político · Suspense
Ambientación: Madrid, Galicia (La Toja) y distintos escenarios europeos.
Temas principales: Terrorismo, geopolítica, seguridad internacional, guerra híbrida, poder, dilemas morales y espionaje.
Ideal para lectores que…
Disfrutan de los thrillers políticos con un sólido trabajo de documentación, personajes complejos y tramas que mezclan suspense, actualidad y reflexión sobre el mundo en que vivimos.
Lo que muchos lectores quieren saber sobre Antes de que todo cambie
¿De qué trata Antes de que todo cambie?
La novela sigue a Sam, un hombre marcado por un profundo conflicto personal que acaba viéndose implicado en una conspiración capaz de poner en peligro a los principales líderes de la Unión Europea. A través de esta historia, Manel Loureiro reflexiona sobre la fragilidad del poder, la seguridad internacional y los dilemas morales.
¿Está basada en hechos reales?
No. Es una obra de ficción, aunque nace de un importante trabajo de documentación sobre los sistemas de seguridad, los servicios de inteligencia y el contexto geopolítico actual, lo que hace que la historia resulte especialmente verosímil.
¿Quién es Manel Loureiro?
Manel Loureiro es uno de los autores españoles de thriller más reconocidos internacionalmente. Sus novelas, traducidas a numerosos idiomas, combinan suspense, acción y una cuidada documentación para construir historias que conectan con preocupaciones muy actuales.
¿Crees que las amenazas invisibles, como la desinformación o los ciberataques, son hoy tan peligrosas como los conflictos tradicionales? Nos encantará leer tu opinión en los comentarios.
