Hay personajes que envejecen y otros que siguen haciéndonos compañía. Las mujeres de Maitena pertenecen a esa segunda categoría. Nacieron en los años noventa para hablar, con humor y sin complacencia, de la maternidad, el trabajo, la pareja, el cuerpo o las contradicciones de la vida cotidiana, pero hoy siguen interpelando a lectoras de varias generaciones. Porque aquello que parecía una exageración humorística terminó siendo, muchas veces, un retrato bastante exacto de la realidad.
Maitena Burundarena revolucionó el humor gráfico en español cuando convirtió la experiencia femenina en el centro de sus viñetas, mucho antes de que esos asuntos ocuparan el debate público. Traducida a una docena de idiomas y publicada en más de treinta países, fue también la primera mujer en recibir el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos.
Ahora reúne más de cuatro décadas de trabajo en Las mujeres de mi vida, un volumen que recupera sus personajes más conocidos junto a material inédito y que invita a releer toda una trayectoria desde el presente.
En esta entrevista para Rosa Pasa Página conversamos con Maitena sobre el paso del tiempo, el humor como forma de pensamiento, la vigencia de sus viñetas y la responsabilidad de seguir dibujando un mundo que, pese a todo, continúa pareciéndose demasiado al que retrató hace treinta años.
Dibujar para sobrevivir y acabar construyendo una voz propia
P.– Cómo se transforma la mirada de una autora cuando descubre que su trabajo, pensado originalmente como viñetas independientes sobre, yo diría, lo cotidiano, acaba constituyendo un corpus de más de cuatro décadas con coherencia interna casi nada Interna propia.
R.— Me sorprende, como todo lo que me ha pasado profesionalmente. Nunca me dirigí hacia un lugar ni pensé: «Quiero ser artista». Yo quería ganar dinero para mantener a mis hijos y lo único que sabía hacer era dibujar. Para mí era un trabajo, no un proyecto creativo. Con el tiempo inventé algo que acabó teniendo una coherencia propia, aunque tardé muchos años en darme cuenta.
También influyó que no existían las redes sociales y que me retiré muy joven. En 2006 dije que me tomaría un año sabático y acabó siendo casi de veinte años. Lo recomienda a quien pueda permitírselo: jubilarse joven y volver después, porque a esta edad trabajar es muy agradable y mantiene activas las manos y la cabeza.
A los 43 años llevaba trabajando sin parar desde los 17 y su vida personal estaba en problemas. Decidió detenerse y ocuparse de ella. Reconoce que fue un privilegio poder hacerlo por motivos económicos, pero no se arrepiente: podría haber seguido con su carrera, sin embargo prefirió bajarse y gastarse hasta el último peso.
P.— ¿Decidiste volver porque sentías la necesidad de hacerlo?
R.— No, se me acabó el dinero. Podría mentir y decir que fue por una necesidad profunda, pero no. También podría trabajar de otras cosas; de hecho, durante estos años trabajé de otras cosas. Pero me gusta lo que hago. Tengo una relación de amor-odio con mi trabajo, porque lo que más me cuesta es el deadline de las publicaciones. Eso me arruina la vida: tener que entregar todos los días en el periódico. Ahora llevo tres años de nuevo en el diario y ya no lo aguanto más.
P.— ¿La obligación del horario?
R.— El horario, tener que trabajar todos los días, que se te ocurra algo y que además esté bien resuelto. Es ponerle muchísima energía al trabajo cada día. Y a mí me gusta poner energía en otras cosas: entrenar, mis tres hijos, mi nieta, mi pareja, mis cuatro perros, la casa, cocinar, mis amigas; la vida. Cuando trabajás en tira diaria casi no tenés vida, es siempre así.
P.— ¿Y cómo te sentís ahora?
R.— Feliz, porque todo me sorprende. Me dan este premiazo que me acaban de dar y yo pienso: guau.
Cuando millones de mujeres empezaron a reconocerse en sus viñetas
P.— ¿En qué momento sientes que estás construyendo un lenguaje propio, más que una serie de trabajos aislados?
R.— Cuando empiezo a vender muchos libros y entiendo que mi manera de comunicarme, de hablar de las intimidades y de ser mujer, llega a otras mujeres, que se identifican. Ahí me doy cuenta de que hago algo que funciona y que no estaba antes sobre la mesa. En su momento llevé alivio a muchas mujeres al hablar de cosas que pensaban que solo les ocurrían a ellas. Descubrir que les pasaba a muchas era reconfortante. Se dice que «mal de muchos, consuelo de tontos», pero yo creo que es consuelo de humanos.
P.— Hoy esas experiencias siguen ocurriendo, aunque ahora existen muchos más espacios donde se representan.
R.— Sí, hoy hay mucha más narrativa sobre las mujeres: películas, series, cómics… El tema está mucho más presente. Pero también vivimos un momento muy misógino. Después de haber avanzado tanto, parece que el patriarcado ha reaccionado y está atacando duramente a las mujeres. Por eso mi libro, que pensaba que había quedado anticuado porque recoge material de los noventa y los dos mil, sigue teniendo vigencia. Da la sensación de que hay que volver a explicar muchas cosas.
P.— Aun así, tu manera de contar sigue siendo un espejo en el que se reconocen varias generaciones.
R.— Creo que es importante debatir ideas, pensar ciertos temas y compartirlos. Con lo que está pasando en las redes sociales, donde circulan mensajes muy nocivos para las chicas jóvenes, es fundamental ofrecer otra mirada, invitar a pensar y no limitarse a consumir los mandatos que se imponen sobre cómo debe ser una mujer.
Dibujar la propia vida: maternidad, cuerpo y paso del tiempo
P.— En tus viñetas abordas el maltrato, pero también la maternidad, la pareja, el trabajo, el cuerpo o las contradicciones. ¿Cómo consigues reunir todas esas experiencias compartidas sin perder tu propia voz?
R.— Me doy cuenta de que hablé de todos esos temas, especialmente de los hijos. Ahora hay muchas autoras de cómic, pero menos mujeres jóvenes con varios hijos. Mujeres alteradas está atravesado por esa experiencia: mis hijos están presentes continuamente. Cuando vuelvo a leer las historietas los veo a ellos y me veo a mí. Es impresionante mirar atrás y comprobar que, durante todos estos años, lo que hice fue dibujar mi vida. Ahí están mis emociones, mis tristezas, mis alegrías, mi casa, mi cocina, mis hijos y mis amigas. Es la historia de mi vida.
P.— ¿Y cómo te ves ahora con esa perspectiva?
R.— Me veo bien. Estoy muy vital, trabajando mucho, pero en el sentido de que estoy trabajando bien, haciendo algo distinto, con un nuevo desafío, sin repetir lo que hice siempre. Además, me enamoré hace dos años y siento que, desde hace cuatro, tengo una vida nueva que me gusta mucho.
Creo que hay que decirlo: la vida es larga y las mujeres seguimos siendo deseantes y deseables durante mucho tiempo. No se acaba todo a los 40 años; al contrario, lo que viene después está muy bien. Hay algo de la edad que me gusta mucho: tengo mucha menos angustia y sufro mucho menos que cuando era joven.
Luego está el cuerpo y la imagen, que son el gran desafío de envejecer. Hay que saber hacerlo, ser valiente y no intentar ser joven eternamente. Ese es un mandato muy heterosexual, que tiene que ver con gustar a los hombres, y a mí no me interesa gustarles.
P.— Te interesa gustarte a ti.
R.— Claro. Si no te gustas a ti misma, no vas a ser feliz, porque acabas transformándote en otra persona. Creo que esta es la etapa de mi vida en la que menos intento convertirme en otra y en la que más conforme estoy conmigo misma. Aunque me miro al espejo y pienso: «Qué mayor estoy». Pero no pasa nada.
El humor como una forma de pensar
P.— ¿Qué ocurre con una viñeta cuando el contexto social cambia y la interpretación del lector se desplaza décadas después de su creación?
R.— Me parece muy interesante. Las interpretaciones de una obra creativa siempre suman y la abren a nuevos significados. Muchas veces no somos conscientes de toda la profundidad de lo que hacemos ni de cómo puede interpelar a personas distintas, incluso en épocas diferentes.
P.— Hay un límite entre lo que hace reír y lo que obliga a pensar.
R.— Tal vez no ocurra al mismo tiempo, pero a mí me interesa un humor que haga pensar, que remueva algo por dentro y te cuestione. Desde el humor se pueden abordar cuestiones muy dolorosas o aparentemente superficiales que, en realidad, no lo son. Si algo provoca angustia o dolor, deja de ser superficial. Me gusta mucho una frase de Raymond Queneau: «El humor es una tentativa de limpiar de estupideces los grandes sentimientos». Es la definición de humor que más me gusta.
P.— Tu trabajo se sitúa ahí: como expresión del presente y respuesta a las tensiones sociales. ¿Qué vuelves a notar ahora?
R.— Cuando hice Mujeres alteradas o Superadas no tenía tan claro lo que estaba haciendo. Ahora sí. Desde que volví al periódico, hace tres años, para hacer una tira sobre las mujeres y la vida contemporánea, hay una dimensión más política e ideológica en mi trabajo. Intento «traficar ideología» deliberadamente, porque creo que, por mi edad y el lugar que ocupo, tengo la responsabilidad de no hablar solo de cosas banales. Está muy bien reírse y hablar de tonterías, pero también siento que debo hacerme cargo de lo que está pasando en el mundo, en Argentina y con las mujeres.

P.— ¿Ha cambiado con el tiempo la relación entre la intuición y la reflexión cuando abordas una viñeta?
R.— No mucho. La intuición es muy importante, sobre todo para encontrar un tema, para saber por qué voy a hablar de una cosa y no de otra. Yo confío mucho en ese momento en que algo me enciende una luz. A veces digo: «Esto es un tema». Lo comento y quizá alguien me dice que no le parece, pero yo siento que sí, porque he escuchado dos o tres cosas, porque hay algo ahí. Y una vez que lo plasmo, se ve claramente. Entonces me dicen: «Sí, eso está pasando». Me gusta la intuición. Creo que es un don.
P.— ¿Y el descarte? ¿Forma parte habitual de tu trabajo?
R.— Sí, descarto mucho, porque escribo mucho. Siempre tengo una parrilla de temas y de ideas, porque, si no, con una tira diaria te volverías loca. También digo siempre que, si esos temas siguen en la parrilla, es porque todavía no están buenos; si estuvieran buenos, ya los habría dibujado.
Pero para llegar a una idea hay que desmenuzarla. Hay que probar desde dónde se cuenta, quién habla, si el personaje es mayor o joven, si se lo dice alguien, si está hablando por teléfono… Ese trabajo es importante. A veces tengo diálogos enteros que terminan reducidos a una sola persona hablando por teléfono.
Además, en esta época me parece importante reducir lo que va en los bocadillos. No hacer bocadillos eternos, porque no los lee nadie. La gente lee muy poco y tiene muy poca atención. Por eso intento que lo que hago ahora sea mucho más directo que Mujeres alteradas. Ahí sí hay mucho descarte, hasta llegar a la síntesis. Es un proceso largo.
P.— Después de tantos años construyendo un universo tan reconocible, ¿dirías que ese mundo te pertenece a ti o pertenece más a quienes lo han leído?
R.— Pertenece más a quienes lo han leído.
«La cura para todo es el amor»
P.— En el fondo, has contado las mujeres de tu vida a los demás.
R.— Sí, pero las mujeres de mi vida también son mis lectoras. Es un círculo virtuoso. Cuando alguna se me acerca y me recita una página de memoria, o me cuenta que algo que leyó le cambió un momento —no digo la vida, pero sí un momento—, o le ayudó a entender cosas, siento que encuentra algo en mi trabajo. Y yo también lo encuentro, porque a mí me pasa lo mismo. Es muy hermoso.
P.— ¿Y los hombres de tu vida?
R.— Han sido pocos. Ahora mismo son mi hijo mayor, Juan Pablo, y el conserje de mi casa.
P.— Para terminar, si tuvieras que resumir todo en una sola idea.
R.— Que el amor salva y sana. Que la cura para todo es el amor.
Las cinco ideas
- El humor puede ser una forma de cuestionar la realidad. Muchas de las viñetas creadas por Maitena hace décadas siguen plenamente vigentes. Envejecer también puede ser una forma de libertad. La intuición continúa siendo el motor de su proceso creativo. Después de más de cuarenta años dibujando, sigue creyendo que la mejor respuesta frente al mundo es el amor.
Antes de marcharte, te invitamos a descubrir algunos detalles sobre Las mujeres de mi vida y responder a las preguntas que muchos lectores se plantean antes de leer la obra.
Lo que muchos lectores quieren saber sobre Las mujeres de mi vida
¿Qué encontrarás en Las mujeres de mi vida?
Más que una recopilación de viñetas, este libro es un recorrido por más de cuarenta años de la trayectoria de Maitena. Reúne algunos de sus personajes más conocidos, material inédito y una mirada que sigue siendo sorprendentemente actual sobre la maternidad, las relaciones, el trabajo, el paso del tiempo y la experiencia de ser mujer.
¿Por qué las viñetas de Maitena siguen teniendo tanta vigencia?
Porque hablan de emociones, contradicciones y situaciones cotidianas que siguen formando parte de la vida de muchas personas. Lo que en los años noventa parecía una exageración humorística, hoy continúa despertando reflexión, identificación y debate.
¿Quién es Maitena?
Maitena Burundarena es una de las grandes referentes del humor gráfico en español. Sus obras han sido traducidas a numerosos idiomas y publicadas en más de treinta países. En 2024 recibió el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos, uno de los mayores reconocimientos a su trayectoria.
Información del libro
Título: Las mujeres de mi vida
Autora: Maitena Burundarena
Editorial: Lumen
Género: Humor gráfico · Novela gráfica · Memorias ilustradas
Temas: Feminismo · Maternidad · Relaciones · Paso del tiempo · Identidad · Humor · Vida cotidiana
Ideal para quienes…
Disfrutan de los libros que combinan humor, inteligencia y sensibilidad, y buscan historias capaces de provocar una sonrisa al mismo tiempo que invitan a reflexionar sobre la vida y la sociedad.
Después de leer esta conversación con Maitena, ¿crees que el humor sigue siendo una de las mejores maneras de entender el mundo que nos rodea? Nos encantará conocer tu opinión en los comentarios
