Santiago Díaz: “Saber quién es el asesino no reduce la tensión: la multiplica.”

“Hay escenas que no puedes escribir sin que te afecten.”

Hay crímenes que no se cometen una sola vez, sino que se repiten durante años en la oscuridad, protegidos por el silencio y el paso del tiempo. A veces, la verdad emerge donde menos se espera y obliga a recomponer una historia hecha de desapariciones, vidas interrumpidas y secretos demasiado bien guardados. En ese territorio inquietante, donde la investigación policial se entrelaza con la intuición, la memoria y las grietas personales, la novela vuelve a preguntarse hasta dónde puede llegar el mal cuando consigue permanecer oculto durante décadas.

Con El amo, Santiago Díaz se adentra en ese lado más perturbador del género para construir una historia donde el horror no siempre es explícito, pero sí constante. Un thriller que arranca con una escena contenida —una joven en una parada de autobús— y que sigue a J.D., un personaje marcado por sus contradicciones, desplegando después una trama en la que lo importante no es solo descubrir al culpable, sino entender qué lo ha llevado hasta ahí.

P.—Tengo que ser sincera: cuando me llega un libro tuyo, lo primero que pienso es cómo empieza. El anterior, Jotadé, abría de forma brutal. Y este, sin embargo, arranca con una imagen mucho más contenida: una chica en una parada de autobús.

R.——Jotadé comenzaba con algo muy duro, muy llamativo, muy sangriento. Aquí también hay una muerte, pero es distinta: es triste. Incluso más triste, porque esta chica es completamente inocente. No ves una violencia inicial explícita, pero llega más dentro precisamente por eso: es una muerte mucho más injusta.

Aparece asesinada en una parada de autobús y, a partir de ahí, empieza la investigación. Desde el primer momento se sabe quién es el asesino. Lejos de restar tensión, eso la incrementa: te mete más en la historia. El lector se pregunta si lo van a pillar o si logrará escapar, y eso resulta muy atractivo.

P.—Al revelar al asesino desde el inicio, el foco se desplaza: ya no es tanto el quién como el porqué.

R.—Exacto. Las novelas de enigma puras, centradas únicamente en descubrir al culpable, son muy difíciles de sostener hoy. Tenemos tanto bagaje de películas, series y libros que siempre hay algo que puede delatar la trama. Si todo depende de ese misterio, corres el riesgo de que el lector, a mitad del libro, piense: “Ya sé quién es” y pierda el interés.

Si añades otras capas —historias personales, relaciones, tramas paralelas—, aunque alguien intuya quién es el culpable, sigue enganchado hasta el final. A mí me interesaba explorar eso: no solo el quién, sino el porqué. Qué nos ha llevado hasta esa situación.

P.—Además, la investigación revela que no es un caso aislado: el patrón se repite a lo largo del tiempo.

R.—Claro. Eso intensifica el horror. No es solo alguien que mata, sino alguien que lo repite durante casi veinte años. Me parecía importante mostrar esa maldad en estado puro. Y hacerlo sin recrearme tanto en la sangre como en otras novelas, pero logrando que resulte incluso más estremecedor.

También me interesaba contar cómo alguien llega a convertirse en eso. No presentar a un villano plano, sino mostrar su evolución desde niño y entender —sin justificar— cómo se construye esa maldad.

P.—Sin desvelar demasiado, y partiendo del título, ¿qué convierte a una persona en “amo”?

R.—Busca el dominio absoluto sobre los demás. Lo ejerce sobre personas vulnerables, lo que lo hace aún más cruel. Él se considera un amo porque decide sobre la vida de otros: cuándo comen, cuándo no, cuándo son madres y cuándo deben morir.

Ese control total es lo que lo convierte en una figura terrible. Es un ejecutor, pero también un torturador. No mata de inmediato: retiene a sus víctimas durante años. Eso es lo que realmente pone los pelos de punta.

Ponerse en la piel de esas chicas secuestradas es estremecedor. Y eso es lo que busco al escribir: que el lector sienta. Que se divierta, sí, pero también que sufra, que sienta rabia, frustración, incluso momentos de alivio. Me gusta que haya una mezcla de emociones.

P.—Al trabajar con una violencia tan extrema y relaciones de poder tan perturbadoras, ¿cómo te afecta como escritor?

R.—Antes de escribir, hago un trabajo muy profundo de construcción de personajes: les creo una biografía completa. Cuando empiezo la novela, los conozco como si fueran personas reales. Sé cómo reaccionarán en cada situación.

Y ahí ocurre algo curioso: esa idea de que los personajes cobran vida propia es cierta. Si están bien construidos, tú los colocas en una situación y son ellos quienes marcan el camino. Te sorprenden.

Entonces, aunque suene mal, me divierte. Me lo paso muy bien escribiendo, viendo cómo reaccionan incluso en situaciones límite.

P.—El personaje cobra vida propia, el malo es cada vez más malo… ¿La parte “divertida” está en ese juego casi de ajedrez, en la estrategia?

R.—Claro. Es la tensión que intento generar, y que yo mismo tenía mientras escribía. Me decía: voy a acercarme un poco a la resolución para que ocurra algo que me vuelva a alejar, que me haga pensar: “Ostras, se escapa… ostras, no… ahora sí vamos bien encaminados”.

Ese juego con los investigadores —J.D., Verónica, Iván Moreno— me gusta mucho porque es lo que genera tensión y ganas de seguir leyendo. Y todo eso aderezado con otras tramas, algunas también crudas, pero que te permiten respirar de la principal.

P.—La novela muestra una investigación con un proceso lento, lleno de hipótesis que se caen y de intuiciones que tardan en confirmarse. ¿Te interesaba reflejar ese ritmo?

R.—A mí me gusta que las novelas tengan ritmo, que avancen, pero es verdad que aquí hay una investigación más clásica. Quien haya leído J.D. sabe que en otras ocasiones no hay una práctica de investigación como tal.

Aquí sí: hay búsqueda de pruebas, hay indicios que no saben interpretar, hay que moverse por distintos ámbitos dentro del universo de la novela para acercarse al culpable. Y me gusta porque, además, es una novela de personajes.

A mí me interesa que el lector conozca mejor a J.D., su forma de ser, sus problemas, lo que le atormenta, lo que le hace feliz. Y lo mismo con Verónica, con Melero, con Iván… Con todos. Así el ritmo me funcionaba bien.

P.—La violencia no se presenta como espectáculo, pero deja huella tanto en las víctimas como en los investigadores. Al final, es una novela muy centrada en los personajes.

R.—Totalmente. El personaje es lo que sostiene la historia. Con J.D. he llegado a un punto en el que me encanta escribirlo: lo ponga donde lo ponga, siempre le saco algo.

Puede estar en un mercadillo, en un avión o en la escena de un crimen, y siempre aparece un matiz nuevo. Tiene muchos códigos culturales y sociales, pero desde su profesión no tiene códigos ni ética.

P.—Decías antes que él es bueno en esencia, pero su vida, su entorno y lo que ha vivido lo han llevado a moverse al borde de la ley. Además, se enfrenta continuamente a una violencia extrema. Eso es difícil de sostener.

R.—Sí, pero hay algo que me gusta mucho de J.D.: cuando presencia violencia extrema, no se queda igual. Le afecta a nivel personal.

Aunque parezca muy duro, hay cosas que le superan. Y eso me lo “contó” el propio personaje. Tenía una escena en la que encontraba algo horroroso y no había pensado su reacción. Solo tenía claras las consecuencias argumentales.

Pero al escribirla pensé: J.D. no puede quedarse igual después de ver esto. Necesita sacarlo, necesita expresarlo. Y eso me llevó a crear una escena aparte con Lola, contándoselo.

Me gustó no porque quedara bien, sino porque me permitió conocer mejor a J.D., humanizarlo y llevarlo a un lugar que no esperaba.

P.—Eso me sorprende. Da la sensación de que os metéis tanto en el personaje que acabáis siendo él. Recuerdo que ya te lo dije: al leerte, te veía ahí.

R.—La gente que me conoce me dice eso: que J.D. soy yo en la forma de expresarme, en los dejes, en los chascarrillos, en el humor… En eso sí. Luego se mete en líos y hace cosas que yo jamás haría.

Pero es verdad que, al meterme en él, me divierte. Me gusta expresarme como lo haría yo a través de su voz.

Y tengo claro que, si yo viviera algo tan duro como lo que vive él, no podría irme luego a tomar una cerveza como si nada. Me afectaría. Y pensé: a J.D. también tiene que afectarle. Es lo natural. Y eso me llevó a esa escena, que me gustó mucho.

No voy a contar cómo evoluciona su relación con Lola, pero vemos que sigue atravesando una etapa complicada.

P.—Y ahora aparece el deseo de ampliar la familia. Me interesa ese contraste: frente al horror del “amo”, que mata tras el parto, surge esta otra línea.

R.—Sí, son dos caras opuestas: una realidad terrible y otra más luminosa. Me gusta ese contraste.

Y ahí entra la trama personal. En este tipo de novelas puedes mezclar muchas capas, y el amor es una de ellas. J.D. y Lola, desde su primera aparición, están enamorados, pero no podían estar juntos.

Lola no quería vivir con alguien que se mete en todos los problemas y que un día puede no volver. Intenta hacer su vida, pero siguen pensando el uno en el otro.

Ahora consiguen acercarse un poco más. No voy a contar demasiado, pero mis personajes siempre tienen que tener conflictos. Y si no es en el amor, es en otra cosa.

En este caso, quieren aumentar la familia… y no todo sale como esperaban. Y ahí lo dejo.

P.—Tus personajes se mueven constantemente en una línea muy fina entre la lealtad y la sospecha. Es un equilibrio complejo. ¿Cómo trabajas esa tensión?

R.—A mí me interesaba ya desde Indira que una cualidad positiva pudiera convertirse en un problema, según las circunstancias o la forma de ser del personaje. En Indira era la honestidad: ¿es algo bueno? Sí, pero si esa honestidad te lleva a delatar a un compañero, te conviertes en una “chivata”, dejas de ser respetada, rompes un código.

Me parecía muy interesante esa paradoja: que algo bueno pueda volverse en tu contra. Y en J.D. ocurre con la lealtad. Él es leal, es bueno en esencia… pero depende a quién sea leal. Si lo es a la gente con la que se ha criado, entonces está siendo desleal a su juramento como policía. Y si es leal a la policía, puede traicionar a personas que confían en él.

Ese conflicto me gusta mucho, porque define su manera de ver la vida. Al final, J.D. es leal a sí mismo. Eso no significa que sea un personaje perfecto: tiene contradicciones, zonas grises, momentos en los que ni él mismo se siente buena persona.

Pero en esencia es bueno. Igual que un personaje malvado, si lo haces plano, pierde interés. Un asesino puede ser también un buen padre o un buen marido. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de “con lo bueno que parecía”? Esa dualidad es lo que da verdad y complejidad a los personajes.

P.—En ese sentido, espacios como la familia o la pareja, que deberían ser refugio, también aparecen atravesados por la violencia.

R.—J.D. se ha criado en una buena familia, y a mí me interesaba retratar el mundo gitano mostrando tanto lo bueno como lo malo. Lo malo es que, en algunos contextos, hay familias metidas en problemas, como el tráfico de drogas. Pero eso no significa, ni muchísimo menos, que sea algo generalizado. Es una minoría, aunque exista.

Y luego está la parte bonita, que a mí me gusta mucho contar. Siempre pongo un ejemplo: si a nosotros nos dicen que van a operar a alguien de apendicitis, preguntamos el horario de visitas y vamos un rato. En cambio, en una familia gitana pueden aparecer treinta personas a las doce de la mañana en el hospital.

A primera vista puede chocar, pero si lo piensas, es algo precioso: toda la familia, desde el más mayor hasta el más pequeño, está ahí acompañando. Hay un sentido de comunidad muy fuerte.

También el respeto a los mayores: el patriarca puede ser alguien sin estudios, alguien que trabaja en un mercadillo, como el padre de J.D., pero tiene el respeto absoluto de los suyos. Esas contradicciones son las que me interesan.

P.—Lucía Navarro parece haber encontrado, por fin, su sitio.

R.—Sí, aunque en mis novelas encontrar el sitio suele ser algo provisional, porque enseguida pasa algo que lo cambia todo. Pero es verdad que, después del error que cometió, está pagando por ello. Y lo hace sin sentirse víctima: acepta las consecuencias.

Dentro de esa situación complicada, ha encontrado su verdadera vocación, que es ayudar a los demás, trabajar con chicos con problemas. Lo que ocurre es que esos problemas, muchas veces, son incluso más duros que los que afrontaba como policía.

P.—Y en el caso de Iván Moreno, sigue arrastrando lo vivido en Indira. ¿Qué querías explorar con él aquí?

R.—Con Iván me planteé hacia dónde llevarlo. Es un personaje al que tengo mucho cariño, pero si lo mantenía en la investigación, se solapaba con J.D., porque comparten rasgos: son valientes, impulsivos, muy entregados, a veces incluso un poco inconscientes.

Entonces decidí explorar otras facetas. Ya había trabajado su parte más familiar, como padre, como yerno, y quería ir un poco más allá. Lo he llevado a un terreno distinto, en el que me he sentido muy cómodo y que he disfrutado mucho escribiendo.

P.—Y eso se nota. Cuando disfrutáis escribiendo, el lector lo percibe.

R.—Sí, totalmente. De hecho, ya estoy metido en la tercera entrega y ayer escribí una escena con la que me moría de risa. Y pensaba: “queda un año para que esto llegue a los lectores”. Tengo muchas ganas de que lo leáis.

Además, es interesante ver cómo evoluciona un personaje a lo largo de varias novelas. A mí lo que me gusta de J.D. es que todavía consigue sorprenderme, pero sin dejar de ser fiel a su esencia.

Tiene matices nuevos según la situación en la que lo pongas: a veces acierta, otras se equivoca. Y el lector puede pensar: “por ahí no vas bien”. Pero eso también forma parte del personaje: equivocarse, rectificar, pedir perdón.

Si no, serían planos. Y a mí me gusta precisamente eso: cómo J.D. me sigue llevando a lugares que no esperaba.

P.—La novela se desarrolla, o al menos el crimen, en entornos muy concretos: barrios, centros de menores, familias atravesadas por conflictos. ¿Era necesario situarla ahí?

R.—No era necesario, pero en este caso me apetecía. Por ejemplo, en El buen padre, la primera de Indira, ocurría lo contrario: se movía en un entorno de gente con dinero. Voy cambiando según me pide la historia. En la novela en la que estoy trabajando ahora también cambia mucho ese contexto. Pero aquí ese entorno me daba exactamente lo que necesitaba para contar esta historia.

P.—Más que presentar el mal como algo excepcional, lo sitúas dentro de esos contextos, donde aparecen silencios, desigualdades… ¿Lo planteas así desde el inicio?

R.—Sí. Hay dos personajes esencialmente malvados. Por un lado, el “malo malísimo”, que aparece desde la primera página. Y por otro, un chico con el que trabaja Lucía.

Son dos formas de maldad distintas: una psicopatía que evoluciona hasta convertirse en lo que vemos en el antagonista principal, y otra que parece nacer con la persona, sin necesidad de un entorno que la genere. Ese es el caso de Alejandro Nuero.

Me interesaba diferenciarlos y explorarlos de manera distinta, porque me llevaban a lugares narrativos diferentes. Y sí, lo he disfrutado mucho, aunque suene raro decirlo hablando de la maldad.

P.—¿Te interesa, de alguna manera, cuestionar la forma en la que vivimos a través de estas historias?

R.—Sí, creo que forma parte del trabajo del novelista. Al final, te metes en la mente y en la vida de otros. En cierto modo, eres el “dios” de ese pequeño mundo: decides qué ocurre, incluso si llueve o no.

Pero lo más interesante es que puedes habitar pieles distintas a la tuya y hacer que el lector también lo haga. Puedes acompañar a alguien en situaciones que nunca vivirías: un intercambio de drogas, un asesinato, una persecución…

Eso te permite cuestionarte otras vidas, otras realidades. No las vives, pero te acercas a ellas. Y ese es uno de los grandes logros de este tipo de novelas.

P.—En ese ejercicio de meterte en otras pieles, ¿te cuesta más escribir personajes como Lola?

R.—Es parte del oficio. Yo escribo todos los personajes. Es verdad que me resulta más sencillo meterme en la piel de J.D., porque se parece a mí en muchas cosas. Pero precisamente por eso me gusta el reto de Lola.

Me gusta pararme a pensar cómo ve ella el mundo, cómo mira a su marido: le quiere, pero a la vez piensa “¿dónde me he metido con este loco?”. Me cuesta como cualquier otro personaje, pero lo disfruto mucho.

P.—¿Veremos a J.D. en una serie?

R.—Ojalá. Todo va bien encaminado, pero este es un mundo complicado y hay muchas decisiones que no dependen de mí. Soy optimista, pero hay que esperar.

P.—Y ya para terminar: cuando una novela se adapta a serie, tendemos a compararlas. ¿Sientes que se pierde algo esencial en ese proceso?

R.—Lo primero que se pierde es espacio. Una novela puede tener 400 o 500 páginas; un guion, mucho menos. Hay que condensar, y eso obliga a dejar fuera muchas cosas.

Además, el lenguaje es distinto. En pantalla no puedes detenerte tanto en explicaciones porque aburrirías. Hay elementos que simplemente se muestran.

Y luego hay algo que para mí es una ventaja de la novela: el lector construye los personajes en su cabeza. Tú das unas pinceladas y cada uno imagina a J.D. a su manera. Cuando luego ve la serie, puede que ese personaje no se parezca en nada a lo que había imaginado, y eso genera rechazo.

Por eso creo que hay que entender cada formato en su propio lenguaje y disfrutarlo por lo que ofrece. A mí, por ejemplo, si veo una serie que me gusta, me apetece ir al libro porque sé que ahí voy a encontrar más matices, más profundidad.

P.—Pues El amo, Santiago Díaz, un placer como siempre.

R.—El placer ha sido mío.