Jesús Sánchez Adalid: “El cruce entre los enviados castellanos y Tamerlán era un choque de visiones del mundo.”

El poder no siempre se ejerce con leyes; algunos monarcas deciden con la vida y la muerte”

Un joven aprendiz recorre desiertos y ciudades desconocidas, llevando consigo halcones que simbolizan honor, deber y aventura, y enfrentándose a culturas y paisajes suspendidos entre la historia y el tiempo. Cada paso es un desafío, cada encuentro, una lección; lo que empieza como una misión diplomática hacia la corte de Tamerlán se convierte en un viaje de descubrimiento personal y de comprensión del otro.

En Tres halcones para Tamerlán, Jesús Sánchez Adalid revive la extraordinaria embajada de Ruy González de Clavijo en el siglo XV, mezclando historia y aventura de una manera que atrapa al lector, mostrando cómo la valentía, la prudencia y la sabiduría acompañan a un joven desde que es un muchacho hasta que se convierte en hombre. Con su conocimiento de Derecho, Filosofía y Teología, Sánchez Adalid nos lleva de Castilla a Asia Central, y más allá de la aventura nos invita a reflexionar sobre valores que siguen vigentes hoy: el coraje, el respeto y la tolerancia.

Jesús Sánchez Adalid, Tres halcones para Tamerlán.

P. — ¿Qué te llevó a este viaje, el de Ruy González de Clavijo, hasta la corte de Tamerlán?

R. — Yo tenía conocimiento del manuscrito que escribió Ruy González de Clavijo, que es una joya medieval, pero un libro de difícil lectura para el lector de nuestro tiempo, porque está escrito en castellano antiguo y hay que conocerlo.

Pero fue un viaje lo que dio lugar a este otro viaje, Tres halcones para Tamerlán. Fui invitado por la Agencia de Cooperación Internacional, del Ministerio de Asuntos Exteriores, a participar en la Fundación Nazarbayev, un centro precioso que está en Astaná, en Kazajistán, y donde acuden líderes culturales y religiosos de todo el mundo.

Desde allí, el embajador de España me facilitó un viaje al vecino país de Uzbekistán, y allí tuve el encuentro definitivo con Bujará y Samarcanda, que son los escenarios donde se produjo aquel viaje medieval de Ruy González de Clavijo.

Al regreso, no me quedó más remedio que escribir la novela y saldar la deuda, porque los españoles sabemos quién es Marco Polo, lo tenemos en el imaginario, pero desconocemos quién es Ruy González de Clavijo, por desgracia.

P. — ¿Por qué lo desconocemos?

R. — Yo creo que ha influido, en primer lugar, que hay una infinidad de personajes desconocidos en nuestra historia. La historia de España es un itinerario muy vasto, muy complejo, y las cosas se van descubriendo a medida que pasa el tiempo. Es imposible que conozcamos todo lo que ocurrió en la Edad Media o en el Renacimiento.

Tenemos una idea esquemática, pero no profunda, de nuestra historia.

Y también es desconocido por lo que he dicho antes: porque el manuscrito original, que está en la Biblioteca Nacional, ha quedado reservado a filólogos y eruditos y no ha pasado al lector común.

Esta es una forma de llevarlo a todos los lectores. Eso es lo que yo he pretendido: respetar toda la historia de Ruy González de Clavijo, pero que un lector, desde los 17 hasta los 80 años, pueda descubrir la gran aventura que realizaron.

P.–El viaje tiene como misión llegar a la embajada de Samarcanda —corrígeme si me equivoco—. La cuestión es que no era solo un viaje, sino una misión diplomática en un mundo desconocido.

R. — Como muy bien dices, se trata de una misión diplomática. Esa es, por ejemplo, la gran diferencia entre el relato de Marco Polo y el de Ruy González de Clavijo. Marco Polo es un comerciante puro y duro, que viaja para comprar sedas, especias… Sin embargo, aquí hay algo más, hay un sustrato de sentido. ¿Por qué van?

Van porque el reino de Castilla quiere extender sus dominios en el Mediterráneo, que están amenazados por los turcos y, sobre todo, por los piratas berberiscos, protegidos por el Imperio otomano. Y se ha enterado de que el gran Tamerlán es enemigo de los turcos. Por lo tanto, decide aliarse con él y envía a un hombre sabio, Ruy González de Clavijo, para que le convenza y lograr así una pinza que permita atrapar a los turcos en medio.

P. — Tamerlán: ¿cómo afrontas el reto de retratar a una figura histórica tan poderosa y compleja sin caer en la simplificación o el mito?

R. — No era fácil, porque la idealización de un personaje tan poderoso y tan cruel es algo que se ha hecho siempre en la literatura y en el cine. Había que revestirlo de misterio, de grandeza y, al mismo tiempo, darle los matices de un personaje que también tenía una dimensión legendaria.

Para las gentes de entonces, Tamerlán era la imagen del poder y del terror, porque por donde pasaba dejaba una huella devastadora. Sin embargo, para nuestros embajadores es la meta y el destino de su viaje. Ellos quieren estar ante él para entregarle los halcones, hablarle del rey de Castilla e intentar conseguir la alianza.

Ese encuentro entre los enviados castellanos y Tamerlán es también un choque de visiones del mundo. Siempre han existido dos grandes paradigmas: Oriente y Occidente. Tres halcones para Tamerlán es una historia que tiende un puente entre esos dos mundos tan distantes y diferentes.

Pero el lector descubrirá que, en el fondo, no hay tantas diferencias. Se va a encontrar con muchas sorpresas.

P. — El viaje atraviesa territorios que hoy asociamos con Oriente Medio, el Cáucaso y Asia Central. ¿Cómo trabajas esa diversidad cultural y geográfica y consigues que el lector la perciba?

R. — Eso forma parte del propio descubrimiento que propone la novela. Pero no olvidemos que también aparece retratada la península ibérica de inicios del siglo XV, que no tenía una capital fija, sino ciudades regias: la capital era allí donde estaba el rey. La corte estaba en permanente movimiento.

La primera parte del libro muestra esa corte —con el rey, los caballeros, obispos, arzobispos y damas— desplazándose de un lugar a otro. Es un recorrido que va desde Segovia, Aranda, Madrid, Toledo, Córdoba y Sevilla, hasta Sanlúcar de Barrameda, que era el puerto obligado para salir al mar Mediterráneo.

Pero no hacia el Atlántico —eso vendría después—. En aquella época existía la idea del non plus ultra, la creencia de que no se debía ir más allá, porque se pensaba que la tierra era plana y que los barcos podían caer al vacío. Por eso, se rodeaba la península ibérica y se buscaba el paso entre Córcega y Cerdeña, evitando también a los piratas.

Desde allí se continuaba hacia Sicilia y las islas griegas, muchas de las cuales conservaban aún sus propias culturas, herederas del mundo griego bajo la sombra de un Imperio bizantino ya decadente. Después venía la isla de Rodas y, finalmente, Constantinopla, la gran puerta de Oriente.

A partir de ahí comenzaba lo desconocido: las montañas que ya había atravesado Alejandro Magno, los inmensos desiertos y las estepas de Samarcanda.

P. — Esta expedición supuso una conexión directa entre Castilla y Asia Central en un momento clave. Sin embargo, da la impresión de que esa dimensión más compleja de nuestra historia se ha simplificado con el tiempo. ¿Por qué ocurre esto?

R. — Porque no nos ha quedado más remedio: es una historia tan compleja que resulta muy difícil abarcarla en su totalidad. Fíjate lo que va a ocurrir pocos años después.

En apenas cuarenta años cae Constantinopla y se convierte en Estambul, capital del Imperio otomano. Es decir, el viejo Imperio romano de Oriente sucumbe. Pero, al mismo tiempo, cae el Reino de Granada y surge la primera idea de Estado con la unión de los Reyes Católicos a través del matrimonio. “Tanto monta, monta tanto”.

E inmediatamente después de la conquista de Granada, se descubre el Nuevo Mundo. Fíjate en el propio nombre: “Nuevo Mundo”. Ese nombre lo acuña uno de los consejeros de Isabel la Católica, porque ya intuyen que aquello no son las Indias que esperaban, sino algo completamente distinto.

No saben todavía qué es exactamente, pero se abre una puerta a un territorio nuevo, enigmático, que va a provocar cambios fundamentales en la economía, la cultura y la forma de vida de los españoles.

P. — Hablábamos antes de Tamerlán. A través de su figura, ¿qué reflexión te interesaba plantear sobre el poder y las distintas formas de gobernar?

R. — Una de las cosas que puede sorprender al lector es que la forma de gobernar de este tipo de monarca oriental difiere de la del rey de Castilla. Esa reflexión la hace el propio Ruy González de Clavijo.

Existe un aforismo jurídico del derecho romano y del derecho medieval que dice: si facieres legem, eris rex; es decir, si haces leyes, serás rey. En otras palabras, el rey debe gobernar mediante leyes. Incluso si es cruel, no puede señalar con el dedo a alguien para que le corten la cabeza sin más. En Occidente eso no es posible: debe haber un juicio, con todas las limitaciones de la época.

Sin embargo, Tamerlán hace lo que quiere. Es dueño de la vida y de la muerte de sus súbditos.

P. — Más allá de esa dimensión política, también llama la atención la vida en la corte de Tamerlán. ¿Qué te interesaba mostrar de ese mundo y qué es lo que más puede sorprender al lector?

R. — Es un personaje muy potente y muy temido, precisamente por eso. Los lectores verán cómo los embajadores se asombran y se horrorizan ante las crueldades que son capaces de cometer los esbirros del gran Tamerlán.

Pero su corte no era solo poder y terror; también era cultura y simbolismo. Y había mucha fiesta, mucha juerga, como diríamos en España. En tiempos de paz, Tamerlán se desplazaba con toda su corte, incluidas las mujeres, que gozaban de gran libertad. Bebían grandes cantidades de vino —todo esto está perfectamente reflejado en el relato de Clavijo y yo lo he respetado—.

Organizaban lo que ellos llamaban ferias y romerías: se reunían en las surtas, grandes tiendas de campaña heredadas de sus antepasados, donde comían, bebían, bailaban, escuchaban música y conversaban.

Estas celebraciones interminables sorprendían a los embajadores y, en ocasiones, llegaban a cansarlos. No olvidemos que eran castellanos austeros, y llegaba un momento en que tanto comer y tanto beber les producía hastío.

Todo esto está muy bien reflejado en el relato original y lo seguimos también a través del aprendiz de halconero, que actúa como narrador.

P. — ¿Por qué elegiste una mirada tan humilde, la de un joven halconero, en lugar de la de un noble o un diplomático?

R. — Aquí he pensado en los jóvenes. El libro debía tener también una dimensión de asombro y descubrimiento, y la juventud es el momento ideal para representar eso, porque es cuando uno descubre el mundo.

Álvar, cuando inicia el viaje, tiene 17 años, y cuando regresa ya es un hombre: ha cambiado. Pero, además, su figura es imprescindible. El halconero tiene que acompañar la expedición porque los halcones no se pueden transportar en jaulas, como si fueran gallinas. Eso, en aquella época, no solo era improcedente por el maltrato que supondría, sino que se consideraba casi una aberración.

Las aves de cetrería son aves nobles que deben ir siempre en el puño. Existe un pacto entre el cetrero y el ave, un vínculo de confianza. Si el ave no se siente bien tratada o algo no le gusta, se marcha, porque es un animal salvaje. Por eso, los halcones debían llegar en perfecto estado: de plumaje, de alimentación y de temple.

El temple es el arte de mantener ese equilibrio entre el ave y el ser humano, y solo puede lograrlo un cetrero que conozca el complejo y antiguo arte de la cetrería.

P. — Más allá de su función en la historia, el halcón es el gran símbolo de la novela. ¿Qué representa en el viaje interior del protagonista?

R. — El halcón es un ave noble, de alto vuelo. De ahí vienen palabras como “altanería” o “altanero”, que tienen múltiples significados. Representa, por un lado, el alma que se eleva; por otro, la nobleza; y también la mirada que sabe fijarse y descubrir el sentido profundo de las cosas.

Pero hay que tener en cuenta que no es un solo halcón, sino tres, y eso no es casual. En la Edad Media todo se pensaba mucho. No actuaban al azar: había reflexión, consejo, tiempo y sabiduría detrás de cada decisión.

Se eligen tres halcones porque es el mayor regalo que un rey puede ofrecer a otro rey. El primero es un jerifalte, que es el halcón más grande, más poderoso, más valioso y más caro. Solo lo podían poseer los reyes. Y, entre ellos, el jerifalte blanco era el más valioso de todos.

De hecho, cuando se veía una comitiva de caballeros con sus galas y sus halcones en el puño —como tantas veces aparece en los grabados—, el jerifalte blanco solo lo llevaba el rey. Así, incluso a distancia, el pueblo sabía quién era, porque era el único que lo portaba.

Esto ha dejado huella en nuestra lengua: cuando hablamos de una persona importante en la política o en una empresa, decimos que es un “jerifalte”.

El segundo halcón también tiene su simbología: representa la potencia, es el más rápido, el más veloz. Simboliza a la Castilla que avanza, en pleno proceso de reconquista del reino de Granada.

Pero hay un tercer halcón, el baharí, que representa al islam. Es el halcón utilizado por emires y sultanes, un ave muy apreciada en el mundo árabe. Con él, están enviando un mensaje: reconocen ese mundo y tienden un puente, sabiendo que Tamerlán es musulmán.

Todo está cuidadosamente pensado, y parte del encanto de la novela está precisamente en descubrir ese significado.

P. — Álvar parte con 17 años y regresa convertido en un hombre. ¿Cómo influyen los dilemas morales en su transformación durante el viaje?

R. — Efectivamente, el viaje no es solo físico, cronológico o geográfico; es también un viaje espiritual, un viaje del alma. El protagonista, Álvar, madura en ese recorrido: se va siendo un muchacho y vuelve siendo un hombre. Al mismo tiempo, va descubriendo el sentido de las cosas y recibiendo enseñanzas.

Los personajes principales del viaje —que, además, son reales— cumplen funciones muy definidas. Está Ruy, el diplomático, el hombre que tiende la mano, un hombre templado, como el halcón. Está también el guerrero, que debe proteger la comitiva ante los peligros del camino. Y, por último, el sabio, un fraile dominico.

Los dominicos eran, en aquel momento, de los más sabios. Basta recordar a los grandes nombres que ocupaban las cátedras principales en las universidades, todavía incipientes. Este personaje es especialista en filosofía, en teología, en orientalismo; conoce las lenguas de Oriente, especialmente el árabe, y es quien va instruyendo a Álvar a lo largo de todo el viaje.

P. — Es, en cierto modo, un maestro. Y lo que mencionas conecta también con tu propia formación en derecho, filosofía y teología. No digo que seas el personaje, pero forma parte de ese mismo universo de conocimiento.

R. — Sí, porque al final todo lo que aprendemos nos sirve en la vida. Pero aquí no se trata solo del conocimiento entendido como aprendizaje de disciplinas.

Aquí el conocimiento es, sobre todo, descubrimiento de la vida e interpretación de la vida con un sentido, que es el propósito. Álvar va a descubrir que tiene un propósito y una responsabilidad muy grande que cumplir, y que debe hacerlo bien. Va más allá del hecho de llevar físicamente los halcones hasta Tamerlán: tiene que ejercitarse en la prudencia, en la obediencia, en el hacerse sabio.

Y eso, para un joven, no es fácil. Pero el camino enseña.

P. — ¿Por qué decides novelar esta historia en lugar de abordarla como un ensayo histórico?

R. — Porque creo que es más fácil aprender a través de una historia así, que incorpora la aventura y permite que el lector se identifique con los personajes. La historia, en su forma más pura, parece a veces reservada a especialistas, a historiadores que trabajan entre tratados, fuentes y libros.

La novela, en cambio, es una forma más cómoda y amena de acercarla al gran público. Y ese es el objetivo. Yo no pretendo que el lector adquiera un conocimiento académico de la historia, sino que disfrute, que se evada.

La novela produce un placer inmenso: estés donde estés —en la playa, en la montaña o en casa— abres el libro, te sumerges en él y realizas el viaje.

P. — La novela también gira en torno al encuentro entre culturas y religiones. ¿Qué querías transmitir sobre la intolerancia?

R. — Es un tema muy importante para mí, casi un motivo personal. De hecho, fui invitado a Kazajistán para participar en un centro dedicado al diálogo y la tolerancia entre religiones.

Allí han acudido todos los papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y el papa Francisco. El papa León todavía no ha ido, porque no ha tenido tiempo. El encuentro se celebra siempre en otoño y allí se reúnen líderes de todas las religiones del mundo: el Dalái Lama, representantes de distintas confesiones, pastores de todo tipo, incluso la reina de Inglaterra y el rey de Inglaterra, que representan a la Iglesia anglicana. Todos ellos hablan de tolerancia.

Las religiones nunca deben convertirse en un arma arrojadiza. Quien las utiliza para justificar la violencia va en contra de su esencia. La religión es unión y debe acercarnos, no separarnos.

Por eso, a lo largo de mis novelas he procurado que la tolerancia sea un valor real, creíble, que llegue a la gente. No quiero que sea solo una utopía, sino algo que podamos practicar todos.

Desgraciadamente, creo que cada vez nos volvemos más intolerantes. A lo largo de la historia, hemos tenido periodos de mucha tolerancia, pero la humanidad da bandazos: ahora vamos hacia un lado, ahora hacia otro. Hoy escuchamos de nuevo expresiones desagradables, términos como “estos moros”, y eso me duele profundamente.

La palabra “moro”, en sí misma, es un nombre geográfico, meridional, del sur. Tenía un significado neutro o incluso positivo; ellos mismos la utilizaban. Pero las palabras adquieren el sentido que les damos. Si las cargamos de hostilidad, se convierten en palabras hostiles y pueden ser agraviantes.

P. — Después de tantos años escribiendo novela histórica, ¿qué te interesa más: reconstruir el pasado o tratar de cuestionar y entender el presente a través del pasado?

R. — Indudablemente lo segundo, aunque no descarto tampoco lo primero.

La novela histórica nos permite hacer un viaje al pasado. No tenemos una máquina del tiempo, pero los libros sí la ofrecen.

Y no se trata solo de contar hechos. Hay que ir un poco más allá. Creo que los libros deben ayudarnos a ser mejores; ese es, a mi juicio, el fin de un libro: enseñarte, transformarte, hacerte más consciente y más humano. Al menos a mí, los libros me han servido para eso. Y sigo en ese camino.

P. — Para concluir este viaje, ¿se puede considerar tu obra también como un puente entre Occidente y los territorios que hoy identificamos como Oriente Medio y Asia Central?

R. — Pues mira, en una de las presentaciones en la Casa Árabe, que depende del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, estuvieron presentes tres embajadores: el de Kazajistán, el de Uzbekistán y el de España. Surgieron ideas muy bonitas y todos mostraron una curiosidad enorme por el tema.

Este libro ya ha comenzado a traducirse al uzbeko, y mi novela El Mozárabe ya está traducida al kazajo.

A través de mis novelas, los lectores de Asia Central podrán conocer lo que para ellos era el extremo del mundo: Occidente. Y nosotros, a su vez, podemos conocerla. Es todo un aprendizaje, un puente de culturas y conocimiento que trasciende fronteras.