Rosario Villajos, ganadora del Premio Biblioteca Breve por su novela La educación física, se confirma como una de las voces más destacadas de la literatura contemporánea. Con su nueva obra, Cortarse el cabello, se adentra en el cuento, reuniendo historias que mezclan memoria, pérdida y fantasía. En esta colección, Villajos explora desde la muerte y el duelo hasta los rituales cotidianos y los cambios que marcan la vida, combinando lo real y lo extraordinario con una prosa intensa y simbólica que convierte cada relato en una experiencia íntima y profunda para el lector.
El enjambre de abejas zumba entre los pasillos de una casa silenciosa, mientras alguien huye hacia un horizonte que parece pertenecer a otra vida. Hay madres que se niegan a soltar lo perdido y jóvenes que se enamoran de lo que brilla demasiado, como si cada gesto fuera un ritual secreto para sostener lo esencial. Entre sombras que rozan lo imposible y momentos donde lo cotidiano se vuelve extraordinario, la pérdida se hace carne y memoria y cada despedida anuncia un nuevo comienzo. Así late Cortarse el cabello.
P.— Los relatos tienen algo especial cuando los ves todos reunidos en un libro. A la hora de compilarlos, ¿cuál fue tu criterio?
R.— Tenía muy claro qué quería hacer. No es que haya cogido “corta y pega” o que ya tuviera los cuentos escritos, sino que tenía claro lo que quería contar. Igual que cuando haces una novela y quieres contar una historia, yo hice algo parecido, pero escogí el cuento para cada temática que quería abordar: cómo se pierde una mascota, un hijo, algo que ni siquiera ha llegado a la vida, cómo se pierde la inocencia… Para cada historia busqué un enfoque distinto. Creo que el libro al final es bastante ecléctico, pero sí que me lo tomé muy en serio; yo nunca había escrito un libro de cuentos, entonces quería abordarlo como quien escribe una novela o un ensayo.
P.— Eliges la temática y abordas diferentes aspectos de ella. La pérdida es el núcleo principal, pero ¿hay alguna pérdida que destaque sobre las demás?
R.— Yo iba a decir que es la pérdida del padre, pero no es exactamente así como yo lo estoy viviendo. Creo que cuando muere alguien cercano es cuando te das cuenta de que esto es inminente. No se trata de que tenga un accidente y que un día estemos aquí y otro no, como dice Joan Didion, sino que esto va a pasar sí o sí. Es la pérdida de la inocencia, la que nos hace estar todos los días como si nada, yendo al trabajo, haciendo mil cosas. Y de repente te paras y dices: “Nos vamos a morir, esto pasa”.

P.— Has perdido a tu padre recientemente. ¿Quizás ese sea el motor de estos relatos?
R.— Sí, por supuesto. Incluso antes de que falleciera, ya notaba que había algo distinto, que la fuerza que él tenía ya no estaba. Pero se fue muy rápido; yo pensaba que lo vería en silla de ruedas y que me vería empujando esa silla de ruedas, pero no fue así. Y hay un componente de alivio también, de que haya ido más rápido que eso. Sobre todo, de que no tienes que pasar dos veces por la muerte de la misma persona, obviamente, porque es todo un proceso.
P.— Mencionas en una dedicatoria muy emotiva que tu padre nunca leía tus libros porque leía tu madre. ¿Podrías explicarnos qué significa eso o cómo surgió esa idea?
R.— Yo creo que de todas formas no le interesaba lo que yo escribía. No te voy a engañar. Creo que estaba orgulloso, supongo. Sobre todo un premio avalándome y así se enteró él de que yo escribía. A mí escribir me daba mucho pudor; pensaba que si la gente se enteraba no podría escribir lo que quería. Entonces prefería mantenerlo de manera íntima. Y no sé cómo le habría sentado a él saberlo. Entonces prefiero que haya sido así, incluso dedicarle este libro.
P.— Hay una fusión entre memoria personal y ficción fantástica. Sobre todo ahora que el realismo mágico está muy de moda.
R.— Bueno, yo me quedo con esa afición fantástica que me gusta. Sí, porque el realismo mágico, lo mágico no deja de ser mágico en ningún momento. Y creo que en todos los cuentos en los que aparece algo mágico, luego aparece el realismo para dar un “achazo” y decir: “De verdad, te había pensado que esto iba a ser así”. Ese es el juego.
P.— Por ejemplo, el hombre con un enjambre de abejas es un personaje muy singular. ¿Cómo se te ocurre combinar lo real con lo extraordinario?
R.— Sí, yo creo que además se llama Mi primer cadáver, pero podría haberse llamado Mi primer amor también. Creo que el primer amor siempre es el padre cuando eres muy pequeña. Te enamoras de alguien que te recuerda a tu padre. En este cuento, el personaje tampoco oye porque tiene un enjambre de abejas alrededor. Habla poco y es muy misterioso. Quería hacer algo simbólico y luego mostrar la decepción a la que te lleva esa persona cuando vas creciendo y te das cuenta de que no quieres a alguien que se parezca a tu padre en tu vida. Lo dejas de idealizar. Creo que es un tema de edad; cuando ya empiezas a ser un poco adolescente dices: “No me gusta nada esto”. Incluso pueden pasar 30 años para que te des cuenta de que las personas con las que has estado se parecen. Yo a veces pienso que mi pareja actual se parece a mi madre en muchas cosas.

P.— Tiene ese puntito. ¿Te gusta buscar los parecidos?
R.— Siempre. Todo el mundo dice que hay que salir de la zona de confort, pero yo digo: ¿por qué? Estar muy a gusto también tiene valor.
P.— Cortarse el cabello tiene muchísimas connotaciones. La portada del libro lo asemeja a cortar la cabellera. Recuerdo de niña, como todo el mundo, ver las películas donde eso era uno de los peores castigos. Pero en el siglo XXI el pelo sigue siendo motivo de tabú o religión.
R.— Bueno, aunque lo vieras así, yo estaba pensando más en lo que hacían los Sioux, que cortaban la trenza cuando alguien fallecía para rendirle honores. También en otras culturas, incluso por vergüenza o distintos motivos. El pelo se asocia a lo poderoso y a la juventud. Me obsesiona porque es algo efímero, que me recuerda que un día estamos aquí y otro no. Incluye la piel. También en la vida actual hay muchas mujeres que tienen que cubrirse el pelo. Las monjas se cubren el pelo. El pelo sigue siendo un símbolo muy importante. También hemos visto mujeres en Irán y Afganistán cortándose el cabello como señal de protesta. Está muy asociado a lo femenino hoy, pero creo que obsesiona tanto a hombres como a mujeres.
P.— ¿Qué significa para ti cortarse la coleta en términos taurinos?
R.— No me gusta el mundo de los toros, quitando la tumba de Manolete en Córdoba, que es muy bonita. Supongo que es como dejar de hacer lo que hacías antes, en la última corrida. Hay gente que se deja crecer el pelo mucho y si ocurre algo determinado, una promesa, se cortan el pelo. Sí, cambios de ciclo, cosas raras que hacemos. Yo me echo de todo en el pelo, desde trenzas hasta estilos diferentes. Pero ahora me apetece dejarlo largo y tranquilo.
P.— Temas como la culpa, los deseos prohibidos y la transgresión son recurrentes, y vuelves a la fantasía para abordarlos.
R.— Yo creo que es por pudor. Por ejemplo, cuando ves a alguien sufriendo en un hospital, no puedes contarlo de forma realista; recurro a un cuento del oeste o algo alejado para poder contarlo. Es mucho más sencillo usar la ficción y la fantasía para cosas que están muy alejadas de la contemporaneidad.
P.— Miedo y reflexión también los inducen, equilibrando incluso el terror. ¿Para qué lo utilizas?
R.— Para decir que no da tanto miedo; que los monstruos no están en la película ni bajo tierra. Están aquí, dentro de ti, en lo que piensas que puede pasar o lo que vas a hacer. Ahí lo veo yo.
P.— Acabamos de hablar de monstruos y vamos a ciertas figuras políticas que aparecen en tu libro, como Trump. Cuéntame algo que no sepamos.
R.— Creo que cuando estás delante de algo terrible, buscas algo más terrible todavía para hacerlo un poquito más liviano, para hacer la muerte más liviana. Mejor que mirar las noticias de Trump.
P.— Entonces utilizas también la metáfora.
R.— Sí, me apoyo mucho en la simbología popular. No sé si es suicidio editorial publicar un libro de cuentos basado en el cuento popular, porque se parece a los cuentos de toda la vida. Pero no encontraba otra manera de contar lo que quería contar: cómo hablar de la muerte. Está contada mil veces, pero yo la abordé como supe.
P.— Has implicado temas sociales y políticos sin que la narrativa se vuelva propagandística.
R.— Me acordaba mucho de Borges, que fue criticado porque no hablaba de la sociedad como Cortázar, pero a la larga sí lo hacía, de manera simbólica. Relees muchos cuentos y habla de corrupción y problemas sociales sin señalar nombres. También quería algo diferente al libro anterior, que estaba muy situado en los años 90. Ahora me apetecía que el tema de la muerte estuviera siempre presente.
P.— Tratas lo temas sociales, como la precariedad y la vivienda.
R.— Sí. La precariedad es un eterno retorno. No sé si hace 10, 20, 30 años era igual, pero lo que ha cambiado es la mentalidad. Muchas veces, cuando escucho cómo vivía la generación de mis padres, tenían un piso pero ahorraban mucho y no se gastaban nada. Era otra mentalidad, pero la precariedad existía, sobre todo en los barrios de donde yo provengo. Al final eran viviendas de protección oficial y a veces peor. La única manera de avanzar es soñar con un futuro posible, y eso aparece en los cuentos. El vampiro, por ejemplo, ya no puede soñar con un futuro; es una imaginación brutal.
P.— También hablas de los no nacidos, un tema delicado.
R.— Muy delicado. Fue el único cuento que mostré a algunas amigas porque era muy delicado. No pido permiso para escribir, pero sí tuve su beneplácito.

P.— ¿Cuál era tu duda?
R.— Frivolizar demasiado con ese tema. Escribir es como actuar; debes ser tus propios personajes. Igual que vemos en Hamnet, una actriz que no es madre puede interpretar la pérdida de un bebé. ¿Por qué no puedo hacerlo yo? También en otro cuento abordo la pérdida de un bebé. Muy doloroso.
P.— Los roles de género también aparecen.
R.— Sí, de alguna manera. Incluso en lo del pelo, ha sido muy sexista hasta ahora. Llamaba la atención que un hombre llevara pelo largo o una mujer llevara el pelo de cierta manera. Pero también hay lo contrario: ¿qué pasa si una chica tiene barba? Igual que podría ser una chica trans o influencer. Simplemente quería hacer un cuento de alguien con barba. Es sobre la pérdida del cuerpo o decidir no perderlo. Es el único cuento en el que no muere nadie.
P.— ¿Lo has disfrutado?
R.— Cada vez me gusta más escribir cuentos y pienso: “Madre mía, cómo voy a volver a escribir una novela”.
P.— Pero estabas escribiendo una novela.
R.— Sí, y me gustaría retomarla, cambiar cosas, porque la premisa era muy divertida, pero yo no me sentía divertida por dentro porque lo estaba pasando mal, aunque el tono sí tenía algo de humor, como en el cuento de la chica con pelo.
P.— Has hablado de monstruos, fantasía, humor y duelo. ¿Qué hacemos en las redes sociales, Rosalía?
R.— Cada vez pinto menos allí. Noto que el algoritmo me ha castigado. Sí, hay gente que me ha dicho que no sabía que había sacado el libro. Estoy en otra cosa, aburrida de las redes.
P.— ¿Cuántos monstruos creamos a través de las redes nosotros mismos?
R.— Demasiados. Es un personaje, pero la gente no sabe cómo está ni nada. Nunca debió suceder lo de las redes. Al principio me encantaban y me ayudaron a crear un personaje inventado para tantear si lo que escribía le importaba a alguien. Pero hay demasiadas cosas negativas. Me alegro de que se planee prohibirlas a menores, porque son un generador de baja autoestima.
P.— ¿Qué papel tienen los sueños en Cortarse el cabello?
R.— Son un lugar de aprendizaje, emociones y anticipación. Desde pequeños sueñas con lo que puede pasar si tus padres se van o con el abandono. Ahí se ven muchas cosas. También son reparadores; cuando todo va mal sueñas cosas bonitas y puedes descansar. Recuerdo sueños recurrentes de niña, que me regalaban una bicicleta mejor que la que tenía. En Inglaterra soñaba que se me caían los dientes, porque económicamente estaba fatal y no podía ir al dentista. En Francia soñaba poco porque estaba de fiesta y dormía mucho; era una vida distinta. En Barcelona, cuando tenía beca, soñaba feliz.
P.— Digamos que Cortarse el cabello ha sido una forma de pasar un duelo, pero también de soñar. ¿Es por eso que pausaste la novela hasta recuperar el aliento?
R.— Claro. Como dice María Bastarós, es como una bola de pelo que hay que expulsar, un grito atrapado que hay que soltar. Pausar también está bien; no pasa nada, escribiré la novela cuando toque.
P.— Sí, necesitas estar bien para poder escribir.
R.— Sí. Mucha gente considera el cuento menor, pero unificar un libro de cuentos no es fácil. No es lo mismo escribir un cuento aislado que querer que un libro de cuentos condense un estado de ánimo. Mi padre está más presente ahora de otra manera. Creo que la gente debería darle una oportunidad al libro.
P.— Cortarse el cabello también es un acto de rebeldía porque no te lo cortas, ¿verdad?
R.— Sí, hace muchísimo que no me lo corto. Por varios motivos: para llevarle la contraria al libro, porque es difícil encontrar a alguien que me lo corte como me gusta, y porque el pelo me da calor y me protege simbólicamente.
P.—En el cuento del hombre con abejas, cuando se corta el pelo, ¿cómo crees que se siente el personaje sin toda esa maraña que lo acompañaba? ¿Te ha hecho reflexionar sobre cómo nos protege o nos esconde nuestro propio cabello?
R.— Sí. En el cuento del hombre con abejas hay un momento en que se corta el pelo y se da su primer baño con el cabello rapado. La narradora se pregunta si se sentirá indefenso sin toda esa maraña de pelo que lo ha acompañado. Como Sansón.
