Sara Barquinero: “Más financiación y espacio podrían eliminar camarillas y flotas de poder en la universidad”

“No condeno que exista atracción sexual, pero critico que no haya estrategias institucionales para el poder que se ejerce.”

Sara Barquinero se dio a conocer con Los Escorpiones, una obra que supuso un descubrimiento dentro de la narrativa española y generó repercusión inmediata por su forma de abordar tensiones, conflictos y relaciones complejas. Con La chica más lista que conozco, Barquinero se centra en la universidad, en los juegos de poder y en la necesidad constante de destacar, mostrando cómo la ambición, la desigualdad y las relaciones difíciles atraviesan a toda una generación. Su mirada es directa, incómoda y sin concesiones.

“Pensé: igual esta irritación da para una novela.”

P.— Las primeras páginas de tu novela surgieron de un cuaderno de irritaciones sobre la universidad. ¿Cuándo sentiste que esas anotaciones tenían que dar un pasito más?

R.— Más que un cuaderno, era una hoja suelta. No soy tan retro. Tenía ya bastante y estaba en un momento como de irritación. Pensé: ¿esto en realidad podría dar para novela? Estaba dándole vueltas a la forma y tal.
Y fue cuando ya había publicado Escorpiones y mi editora, como toda buena editora, me preguntó: “¿y lo siguiente?”. Entonces empecé a mirar todo lo que tenía medio empezado —que supongo que nos pasa a todos—, como diez proyectos y no acabas ninguno.
Y, aparte, me ayudó mucho a encontrar la forma la lectura de La trama nupcial, de Eugenides, para ver cómo podía hacer una novela de campus.

“Quería ser ácida, pero sin perder ese primer momento de fascinación.”

P.— En tu libro conviven crítica institucional, observación generacional y una historia íntima. ¿Cómo decidiste qué elementos debían permanecer?

R.— Quería hacer una novela crítica con la universidad y mostrar algunos de sus vicios, pero que el lector pudiera seguir a la protagonista con esa admiración inicial, ese momento feliz cuando llegas y descubres un mundo nuevo.
Entonces decidí dividir la novela entre la trama y las observaciones, para poder permitirme ser ácida, pero a la vez seguir a un personaje con el que se pueda empatizar.
Sobre todo, quizá, las lectoras, que puedan ver reflejada su experiencia en Alicia.

“Para criticar algo, primero tienes que analizarlo.”

P.— ¿Qué papel juega esa autoconciencia en la construcción de la identidad, sobre todo en la juventud?

 R.— Cuando creé a Alicia tenía como un vector muy claro: cada vez que llega a un sitio, ya no quiere estar en él.
Entonces es una persona que está siempre buscando lo negativo, la mancha en el paño, exactamente todo lo que le falta.
Y así la articulé. El análisis es el paso previo: para criticar algo, primero tienes que analizarlo.

“Ese entusiasmo inicial siempre está mezclado con duda.”

P.— La novela explora la transición entre adolescencia y adultez. ¿Fue difícil captar ese equilibrio entre entusiasmo y duda?

R.— Ahí tuve suerte, porque hay muchas novelas de campus estupendas que retratan eso, así que tenía referencias de las que tirar.
Ese toque un poco adolescente que tiene Alicia al principio está muy presente en ese tipo de novelas.
Y al final es una experiencia que todo el mundo ha vivido de una forma u otra.
Mi experiencia no es igual que la de Alicia, pero podía coger elementos míos para darle color.

“Yo esas zonas grises las vi más en el doctorado.”

P.— Tu experiencia no es como la de Alicia, pero sí sentiste esas zonas grises.

R.— Sí, pero bastante después. No tanto en el primer año, sino sobre todo durante el doctorado.
Pero ahí ya tenía otra voz, mucho más amarga, y no me parecía tan interesante para la novela.

“El sistema universitario español sigue siendo terriblemente endogámico.”

P.— El tono mezcla fascinación y desencanto por el mundo académico. ¿Crees que esa tensión sigue afectando hoy?

R.— Sí, claramente. El sistema universitario español sigue siendo terriblemente endogámico y cerrado sobre sí mismo.
Yo terminé el doctorado hace unos tres años, muchos compañeros también, y no es que estemos todos trabajando en la universidad precisamente.

“La universidad pública está precarizada, y así es difícil que cambie nada.”

P.— ¿Por qué no se produce un cambio?

R.— No lo sé del todo. Creo que la universidad pública tiene un estatus precario desde hace tiempo, quizá siempre.
Y, de hecho, aunque la novela es crítica con ciertas cosas, la solución sería más financiación y más espacio para la universidad pública.
Porque así se podrían eliminar muchas de esas camarillas y cuotas de poder.

“No tengo ni idea, porque no he estado ahí.”

P.— ¿Estas carencias no las tiene la universidad privada?

R.— No tengo ni idea, porque no he estado ahí.
Las experiencias que tengo cerca son en carreras bastante técnicas, con una idiosincrasia completamente distinta. Entonces parece todo muy diferente, pero no sé hasta qué punto es por el modelo o por la disciplina.

“La necesidad de validación no es solo de estudiantes, es humana.”

P.— El deseo de pertenecer a un grupo atraviesa la novela. ¿Sigue siendo central esa necesidad de validación?

R.— Sí, no solo para estudiantes, sino para cualquier persona.
Pero en la universidad estás en un momento muy frágil: tienes muchas expectativas de futuro y ya están al alcance de la mano. No es como en la infancia, que todo está lejos.
Aquí están cerca. Y… y decepciones.

“Empiezas creyendo que lo vas a cambiar todo y luego ves que no.”

P.— El primer día de universidad implica entrar en la adultez. ¿Cuáles son las primeras decepciones?

R.— Depende mucho, pero hay varias. Una es quién vas a ser tú en el futuro. Ese momento arrogante, muy adolescente, de pensar: la intelectualidad está muerta, la vamos a arreglar nosotros tres con 19 años.
Y luego, en algún momento, te das cuenta de que no.
Luego están los docentes: primero parecen templos de saber y luego ves que son personas, con cosas pequeñas —como no preparar una clase— y otras más graves, que afectan a la institución.
Y también el conocimiento: todos queremos que la literatura o la filosofía nos salven, pero a la vez sabemos que son peligrosas.

“Esa mezcla de ambición y fragilidad es bastante humana.”

P.— Hay una ambivalencia entre ambición y fragilidad emocional.

R.— Sí, yo diría que eso es más de la condición humana que de la universitaria.

“Hay gente que vive la universidad desde un lugar casi existencial.”

P.— En la universidad dejas atrás la adolescencia y proyectas muchas expectativas. A veces no sabes si te decepcionan o si buscas algo que ni existe.

R.— Claro. También construí a Alicia desde ahí. Hay personas que nos hemos relacionado con el conocimiento, con la literatura, con la universidad, de una manera mucho más existencial, desde muy pronto.
Lees una primera novela y ya piensas que eso es un modelo de mundo, incluso de sociedad.
No sé si le pasa a todo el mundo. Habrá quien llegue con expectativas más laborales.

“No me interesaba una víctima pura frente a un villano evidente.”

P.— La relación entre Alicia y su profesor combina admiración y desigualdad de poder. ¿Cómo trabajaste esa dimensión ética?

R.— No quería que Alicia fuese un ser de luz, porque eso me parecía demasiado fácil.
Hacer una historia de chica buena seducida por un depredador malvado se queda muy corta.
Entonces reduje la diferencia de edad y le di a ella un papel bastante activo, porque es más interesante ese lugar incómodo donde las cosas no están tan claras.

“Tenía tantos testimonios alrededor que el reto no era contarlo, sino decidir cuánto.”

P.— De hecho, exploras la atracción, la manipulación y la dependencia. ¿Ha sido un reto o querías simplemente mostrar ese tipo de moral?

R.— Por desgracia, tengo tantas personas a mi alrededor que han sufrido situaciones parecidas que no era en absoluto un reto.
El reto era elegir cuánto contar para que resultara realista. Tenía testimonios de sobra, no solo en la universidad, sino en general de mujeres en situaciones de desigualdad de poder, incluso en terapia.
Había material como para que le pasara todo a la vez, pero precisamente había que contenerlo para que funcionara.

“‘Eres la chica más lista que conozco’ es algo que te dicen todos.”

P.— El título tiene un matiz provocador. ¿Buscabas ese efecto?

R.— En realidad surge de algo mucho más banal. Hablando de relaciones con diferencia de edad o de poder, de estatus en el conocimiento y tal, es una frase que te dicen todos los hombres:
“Eres la chica más lista que conozco”.
Aunque te saquen años, aunque conozcan a mucha gente inteligente, tú eres especial.
No sé qué espero, si que lo sigan diciendo o que nos lo sigamos tragando.
Si alguien me dice “eres la chica más guapa que he visto”, me da igual, sé que es mentira. Hay muchas más guapas que yo.

“A mí me mueve más el malentendido que la pérdida.”

P.— La pérdida puede convertirse en una crisis de identidad.

R.— Bueno, supongo que ante la ausencia uno intenta llenarla con palabras. Es bastante fútil, pero ahí está la literatura.
Pero a mí, fíjate, más que la pérdida, me interesa el malentendido.
Me mueve más escribir desde ahí: generar un malentendido y luego poner a los personajes a intentar arreglarlo, aunque en el fondo sepas que no se puede.
Muchos nos acercamos a la filosofía buscando respuestas y acabamos encontrando preguntas.

“Me interesa una literatura que se quede en la duda.”

P.— ¿Tiene que ver eso con tu forma de trabajar la tensión y la duda?

R.— Sí. A mí me gusta que la literatura se quede en ese espacio de duda.
Creo que se me ve bastante la “patita” ahí, en los temas que trabajo.
Me interesa una literatura que no da respuestas claras, que no ilumina del todo, y en ese sentido está muy cerca de ciertos planteamientos filosóficos: aclarar las condiciones de la pregunta más que ofrecer una respuesta.

“El problema no es el deseo, sino el uso del poder.”

P.— La novela dialoga con debates sobre consentimiento y poder. ¿Qué matices se pierden en la discusión pública?

R.— Muchas veces tendemos a construir situaciones muy maniqueas: un hombre malvado y una chica ingenua que es seducida. Y creo que el problema es más amplio.
Por ejemplo, en el ámbito universitario, yo no condeno que exista atracción sexual. Ni siquiera que a alguien le gusten personas más jóvenes. Eso pertenece a la esfera privada.
Lo que sí critico es que no haya estrategias institucionales o que quienes tienen poder no sean conscientes del poder que ejercen.
Que a una alumna le guste un profesor puede pasar, como te puede gustar una serie. No es lo mismo, pero se entiende.
El problema es cuando eso se lleva a la práctica.
Y para entender estas relaciones hay que mirar más allá: cultura, imaginarios, ficción.
He intentado introducir referencias, tanto cultas como populares, sobre cómo las mujeres nos construimos también desde la idea de salvar a un hombre problemático.
Estas relaciones aparecen constantemente en lo que consumimos, no son un caso aislado ni se reducen a “un hombre malo y una chica ingenua”.

“La amistad femenina también puede ser un espacio de violencia.”

P.— La amistad, especialmente en la universidad, es fundamental pero compleja. ¿Qué tensiones quisiste reflejar?

R.— Creo que a veces tenemos una visión demasiado positiva de la amistad femenina en literatura. Hay muchas obras recientes en esa línea, y en los últimos años se ha hablado mucho de la soledad.
Pero me interesaba mostrar que, en entornos masculinizados y con cierta violencia, las relaciones entre mujeres también pueden ser muy duras, incluso más que otras.
Y no lo digo para culpabilizar a nadie —yo misma he estado ahí—, sino para mostrar cómo hay contextos en los que el espacio de juego está tan condicionado que acabas compitiendo contra tus propias compañeras, en situaciones donde, en realidad, es muy difícil no perder.

“Escorpiones me cambió la vida materialmente, pero no mi forma de escribir.”

P.— Después de Escorpiones, ¿ha habido una evolución o transformación? Fue un libro muy potente.

R.— Escorpiones me cambió bastante la vida. Dejé un trabajo cutrísimo que tenía, me dieron una beca… en ese sentido, todo fue a mejor y eso ayuda mucho a poder escribir otro libro.
Pero como autora, elegí este tema porque me parecía importante. No es muy similar a Escorpiones, pero tampoco me interesa hacer siempre el mismo libro.
Supongo que hay algo de estilo que se mantiene, claro.

“No tienen nada que ver, pero se nota que lo he escrito yo.”

P.— ¿Dialogan de alguna forma entre sí?

R.— No tienen nada que ver en temas ni en estructura ni en nada.
Pero bueno, como lo he escrito yo, se nota. Eso siempre pasa.
Podría haber intentado disimularlo más, pero tampoco me interesaba.

“Me gusta pensar la literatura como un espacio de preguntas.”

P.— ¿La escritura te sirve para explorar preguntas o también para resolver cosas personales?

R.— Una amiga dice en broma que este es el libro de mis venganzas, porque tiene partes bastante activas…
Hay un vídeo de Muchachada Nui en el que Nietzsche empieza a mandar SMS a todos sus enemigos. Pues un poco eso.
Supongo que puede haber algo de ajuste de cuentas, pero me gusta pensar la literatura más como un espacio de pregunta, de investigación.

“Con Escorpiones aprendí a ser más empática con lo que no conozco.”

P.— ¿Has encontrado respuestas escribiendo?

R.— Tendría que pensarlo bien. Con Escorpiones sí tuve muy claro que había aprendido algo: a ser más empática con cosas que no conozco.
Leí muchos testimonios de gente que estaba muy mal, incluso cerca del suicidio, con vidas muy grises. Y eso te cambia.
A veces alguien te trata mal en el día a día y piensas: tú qué sabes lo que lleva dentro.
Eso me lo enseñó mucho ese libro.
Con este… no lo tengo tan claro todavía. Quizá tiene que ver con aceptar que muchas cosas no se resuelven.
He creado muchas situaciones que no terminan de cerrarse, y quizá la vida funciona más así.

“Me ayudó a reconciliarme con la filosofía después de hartarme de ella.”

P.— También ha sido una forma de mostrar lo que no te gusta.

R.— Sí. Y también de reconciliarme con la filosofía.
Cuando terminé la tesis acabé bastante harta, dejé de leer filosofía, no me interesaba nada. Me fui muy lejos de lo académico.
Y con este libro tuve que volver a leer bastante, y fue una forma de reconectar con la disciplina.

“El sistema promueve el aislamiento y no cuida la salud mental.”

P.— Has hablado con gente que estaba muy mal, incluso cerca del suicidio. ¿Qué está pasando?

R.— Creo que tiene que ver con el sistema económico y social en el que vivimos, que promueve el aislamiento y una relación muy distorsionada entre expectativas y realidad.
Y también con que no se cuida lo suficiente la salud mental.
Pero siempre que me preguntan esto me siento un poco incómoda, porque yo quería hacer preguntas, no dar respuestas.
Hay gente mucho más formada en sociología o psicología que puede explicarlo mejor.
Lo que sí pasa es que cuando estás cerca de personas en esas situaciones, te obliga a hacerte muchas preguntas.

“No es un fallo del sistema, es algo estructural.”

P.— A veces convivimos con personas así sin darnos cuenta. Y da la sensación de que la sociedad no mira lo suficiente.

R.— Claro, pero para cambiar eso habría que cambiar el sistema económico y social. Y eso es muy difícil.
Piensa en el desastre ecológico: ni siquiera ante algo así hay cambios profundos.
Con la salud mental puedes poner parches, pero el problema de fondo es estructural.
De hecho, ciertas formas de malestar favorecen el propio sistema: el aislamiento, por ejemplo, alimenta ciertos consumos, ciertas dinámicas.
No creo que sea un fallo, sino algo que forma parte del propio funcionamiento.
Quizá lo que sí se podría hacer es reconstruir espacios comunitarios: relaciones con amigos, vecinos, familia…
Pero bueno, no lo sé.

“Me gustaría que habláramos de estos temas sin simplificarlos.”

P.— Para terminar, ¿qué te gustaría que provocara La chica más lista que conozco?

R.— Me gustaría que el libro ayudara a hablar de temas complicados —como el consentimiento— desde una perspectiva no maniquea.
Que se entienda que la atracción por hombres mayores o problemáticos no es solo cosa de una persona concreta, sino algo más amplio.
Y lo mismo con la universidad: que haya crítica, pero sin eliminar los espacios de belleza.
Porque a mí eso me dolía.
Puedes haber tenido experiencias malas, pero también algunos de los mejores momentos de tu vida están ahí.
Y quería que esa mezcla estuviera: la parte crítica, pero también esa belleza de ser estudiante, de ser arrogante y pensar que vas a cambiar el mundo.