En un mundo donde la muerte suele ser un misterio temido y la vida se mueve entre prisas y desconexión, surge la necesidad de mirar más allá del velo que nos separa de lo invisible. Un puente hacia el alma invita a recorrer ese camino con valentía y ternura, explorando el lenguaje del espíritu, los guías que nos acompañan y la luz que cada uno lleva dentro. Es una guía para vivir con conciencia, descubrir nuestros dones y transformar el duelo en aprendizaje, recordándonos que la vida y la muerte son capítulos de un mismo viaje.
P.— En tu libro planteas que la muerte no es un final, sino una continuación. ¿Cómo se ve la vida desde la perspectiva del alma y qué nos aporta esa visión?
R.— Para el alma no existe la muerte como tal, solo la del cuerpo físico, que es prestado, igual que la “Universidad de la Tierra”, como yo la llamo. La vida es como un tablero de juego: no siempre conocemos las reglas, y nos enfrentamos a distintos retos y relaciones. Mi guía me dijo que es como un herrero que no sabe usar sus herramientas; tenemos todo para vivir plenamente, pero primero debemos entender quiénes somos y para qué estamos aquí. Para el alma, morir no es doloroso, sino una celebración de volver a casa. Aprender a amar la vida y la muerte es parte de ese aprendizaje.
P.— Comprendo. Pero el alma no es tangible. ¿Cómo trabajas esa parte?
R.— Cada vez más científicos y médicos exploran estas experiencias. Que no se pueda comprobar no significa que no exista. Todo órgano es energía, y la muerte no extingue esa energía. Incluso desde la ciencia hay evidencia de actividad cerebral después del fallecimiento. La clave está en experimentar y observar: todos tenemos el lenguaje del alma, que se manifiesta como energía, ondas electromagnéticas que habitan en nosotros. Si desde niños aprendemos a escucharnos, podremos navegar la vida y la muerte con más conciencia. Para el alma, morir es como cambiar de habitación: un paso más.
P.— Hay mucho miedo a la muerte.
R.— Sí, y muchas creencias religiosas han reforzado ese miedo, con castigos o infiernos. Para avanzar, debemos desprogramar lo viejo y reconocer nuestra responsabilidad: nadie nos hace nada sin nuestra participación. Conocer las “reglas del juego” de la vida nos permite vivir de forma más plena y consciente.
P.— ¿Pero a dónde vamos?
R.— Vamos a nuestro hogar, a nuestro origen, que no es tan distinto de aquí. Existen muchas ciudadelas y reinos; es necesario abrir la mente. Cuando decimos “vamos al hogar”, la gente suele imaginar una luz, pero allí hay estructuras, aprendizajes y responsabilidades. Recomiendo la película Soul de Disney, porque muestra el plan prenatal y todo lo que ocurre antes de venir a la Tierra. Allí tenemos una labor, no un trabajo remunerado, pero sí un propósito. Hay hospitales espirituales, lugares de estudio… pero la experiencia de la Tierra es todo lo opuesto: miedo, juicio, separación. El alma viene a la Tierra como a una “universidad de Harvard”: con la ley del olvido olvidamos quiénes somos y vamos recordando mientras enfrentamos desafíos, lo que hace que nuestra experiencia sea más intensa y valiosa.
P.— Estoy pensando en las señales y las fuentes. ¿Podemos correr el riesgo de recibir mensajes que malinterpretemos o que nos resulten confusos? ¿Cómo podemos discernir lo que realmente viene de esa fuente?
R.— No se trata de que en un fin de semana uno se vuelva psíquico o médium. Aprender es un proceso, como aprender a tocar el piano. No hay dos psíquicos iguales; cada uno tiene su propio lenguaje de recepción. Por eso es fundamental descubrirse a uno mismo. No me gusta que me llamen guía o maestra; todos somos maestros y guías a la vez. Yo ofrezco ejercicios y actividades para que cada persona pueda descubrir su propio lenguaje y percibir la información.
En las formaciones, les doy un manual para que escriban y vayan tomando conciencia. Por ejemplo, cuando hago un ejercicio, puedo sentir la emoción o el dolor de otra persona; eso es clarisintiencia. El lenguaje del mundo espiritual es simbólico: los sueños son un canal. Cada noche, cuando dormimos, el alma sale del cuerpo; por eso es importante filtrar lo que es nuestra mente, nuestros miedos, de lo que realmente son señales. Un símbolo puede significar cosas distintas para cada persona: una pantera, unos zapatos rojos… para mí los zapatos rojos pueden significar empoderamiento, para otro inseguridad.
Discernir requiere práctica y constancia. El alma habla a través de lo sensorial: un escalofrío, un calor, un hormigueo son formas de comunicación. Es necesario abrirse a conocerse y a experimentar, investigar cómo nos comunicamos con el mundo espiritual. Yo empecé desde niña, y abrir a las personas no es para hacerlas médiums, sino para que puedan comunicarse con su alma.

P.— ¿Cómo empezaste?
R.— Mi historia fue dura. A los 7 años, mis padres sufrieron un accidente y nos mudamos. Una noche de primavera sentí cómo alguien entraba en mi habitación: sentí peso en la cama y, al abrir los ojos, vi a una mujer mayor, vestida con ropas antiguas de viuda, mirándome. Me tapé con la sábana, aterrada. Con el tiempo empecé a tener experiencias extracorpóreas y sueños premonitorios.
Durante siete años, vi y soñé con esa mujer constantemente. Recuerdo un sueño muy concreto: un examen de lengua, con todas las notas exactas y la vestimenta de la profesora, que se cumplió al pie de la letra. Luego empecé a soñar quién enfermaría o fallecería en mi familia, y sucedía. La mujer también interactuaba físicamente: la radio se encendía sola, objetos se caían, escuchaba ruidos de puertas… incluso mis amigas la llegaron a ver. Por miedo, no conté nada a nadie.
Mi madre también experimentaba fenómenos similares, y finalmente nos mudamos a casa de mis tías, quienes eran médiums, aunque en la familia esto era un tabú. Allí confirmamos que la mujer que yo veía había fallecido, era la madre de una vecina. Este conocimiento conecta con mi libro, que habla de “morir antes de morir” y preparar la maleta del alma: la maleta de la materia (coche, hipoteca, cosas que creemos que nos llevamos) y la maleta del alma (perdón, reconciliaciones, aprendizajes).
En el momento de morir, hacemos una revisión de vida: sentimos lo que hemos hecho y cómo hemos afectado a otros. El alma no busca hacer daño; solo intenta comunicarse. Crecer con esta percepción fue terrorífico, y hasta los 29 años estuve callada. También sufrí anorexia, pero estas experiencias me motivaron a escribir el libro y crear la Escuela de los Niños, para que ningún niño viva ese terror y los dones espirituales sean una bendición, no una carga.
Este enfoque no elimina el dolor humano ni el duelo, pero nos ayuda a transmutarlo en amor y conciencia. La muerte no es sufrimiento, sino un proceso de aprendizaje y reconciliación con nuestra vida y los demás.
P.— Para que lo entienda un poco, lo que me estabas contando era como un alma que había quedado atrapada en la materia.
R.— Sí, hablamos de las primeras capas más cercanas a la materia, lo que a veces se llama bajo astral, que podría parecer “el infierno”, pero no existe un lugar así; es un estado mental. Lo explico con un ejemplo de niños: un niño pequeño que tiene rabia y llora, no podemos forzarlo a calmarse; hay que dejar que atraviese sus emociones. Lo mismo ocurre con las almas: ninguna se queda “atrapada”, siempre atraviesan confusión y neblina.
Siempre hay guías y seres queridos que nos acompañan, pero el libre albedrío es constante. Cuando morimos, también tenemos libre albedrío: podemos decidir cuándo avanzar. La pregunta de muchos es: ¿mi familiar está bien? ¿Está en la luz? Hay mucha información falsa que asocia la espiritualidad con peligro o “espíritus en sombra”. El mayor “infierno” no es externo, sino cuando uno muere y ve la versión de lo que pudo haber sido y no fue. No existe un juicio final impuesto; el juicio más importante es interno, del alma misma. Conocer las reglas del juego y quién somos nos permite vivir desde una perspectiva más elevada.
P.— En cuanto a la persona que se va y al duelo, normalmente suele ser silencioso o aislado. ¿Cómo conseguimos que sea menos doloroso y cómo logramos una conexión espiritual?
R.— El duelo hay que pasarlo. Como humanos, sentimos dolor y pérdida. Yo también he perdido seres queridos, y es normal atravesar emociones fuertes. Pero es fundamental observar también cómo están nuestros seres queridos: ¿qué querrían que hiciéramos? En muchas formaciones he visto ejemplos de comunicación con fallecidos: datos precisos, detalles de su vida que solo ellos podrían dar. Esto nos ayuda a mirar más allá del dolor y abrir un diálogo con el ser querido.
Los seres queridos se despiden de nosotros a través de sueños, señales o gestos que reconocemos. Puede ser un olor, una canción, un objeto, un gesto característico… estas señales nos conectan y nos recuerdan que seguimos vinculados. Por ejemplo, mi madre un día descubrió los cajones abiertos sin que nadie los tocara; fue una señal de mi abuelo, que ayudaba a guiarme. Otro ejemplo: una señal que pedí a mi tía fallecida fue un arcoíris; cuando apareció, confirmé su presencia.
No necesitamos rituales complejos ni meditación extensa: estas señales son naturales y cotidianas. La comunicación con el alma y los seres queridos es fluida, y es importante no apegarse ni forzarla. Somos emisores y receptores de energía y amor, y estas experiencias nos permiten sentir ese abrazo del otro lado, liberando miedo y reconociendo nuestra propia naturaleza. La conexión espiritual debe ser una fuente de consuelo y guía, no de terror.
P.— Para terminar, cuando alguien pierde a un ser querido, sobre todo de forma inesperada, el refugio que busca la persona suele ser “estar en algún lugar”. Es un poco lo que dices tú de estar en su hogar, como mencionabas al principio de la entrevista.
R.— Exacto, ese es el consuelo: saber que no se han ido del todo. Pedir señales es útil, porque nos muestran “estoy aquí”, pero también hay que respetar que ellos tienen su misión y su camino.

P.— Y, ¿cuál es su misión en ese hogar al que van?
R.— Su misión es seguir evolucionando hacia la mayor expresión de amor. Esto es complejo, pero desde mi sentir, cada alma continúa creciendo y aprendiendo. Somos creaciones de la fuente de luz, esa chispa divina, y el alma decide cuándo reencarnar, ya sea en la Tierra u otros lugares, para experimentar distintos aprendizajes.
Si allí trabajamos en hospitales espirituales, aquí somos sanadores: no necesariamente doctores, sino personas que acompañan, cuidan y ayudan a otros desde la empatía y el amor. Muchos padres que han perdido a un niño me han compartido cómo su dolor se transforma en aprendizaje y en ayuda para otros; por ejemplo, un niño que fallece puede generar una conciencia mayor en quienes lo rodean.
El duelo siempre es la primera fase: hay que atravesarlo y sentirlo, sin apego. Luego, podemos abrirnos a la conexión espiritual y a la comprensión de que nuestros seres queridos continúan su camino. Esto genera consuelo y sanación, y nos permite vivir la pérdida desde un lugar de amor y conciencia.
P.— Entonces, la muerte no es un final, sino parte de un ciclo mayor.
R.— Exactamente. La muerte es un paso más, un regreso al hogar, y la vida y la muerte son capítulos de un mismo viaje. Aprender a verlo así nos permite transitar el dolor, honrar a quienes amamos y abrirnos a la guía y la presencia del alma, en nosotros y en los que ya han partido.
