Marta Borraz ha ganado el XXII Premio Tusquets Editores de Novela 2026 con Las leopardas, una novela que recorre la vida de una generación de mujeres desde los años setenta hasta los noventa y que habla de libertad, deseo, amistad, familia, cuidados y también de una enfermedad que terminó atravesándolo todo. Pero Borraz ha querido empezar mucho antes de que apareciera el sida. Antes estaban ellas. Antes estaba la vida.
La historia nace muy cerca de la autora. En Paloma, una tía que murió cuando Borraz tenía quince años y cuya ausencia permaneció durante décadas como una pregunta abierta. No empezó a escribir para contar cómo murió, sino para intentar comprender cómo había vivido. Qué había sido de aquella mujer antes de la enfermedad. Qué deseaba. De quién se enamoraba. Cómo se divertía. Qué lugar ocupaban sus amigas. Qué significaba crecer en un país que empezaba a cambiar mientras una generación entera trataba de descubrir hasta dónde llegaba aquella libertad recién conquistada.
Clara antes que la enfermedad
La protagonista de Las leopardas se llama Clara. Su historia comienza en los años setenta, cuando se marcha del Pirineo y llega a Zaragoza. El país cambia deprisa y también lo hacen quienes lo habitan. Las viejas normas siguen ahí, pero empiezan a abrirse grietas. Aparecen otras formas de amar, de salir, de vestirse, de relacionarse. La música, el cine, las fiestas y los amigos forman parte de ese despertar.
Borraz quería conservar precisamente esa sensación. No construir una novela que desde la primera página anunciara la tragedia, sino acompañar primero a sus personajes mientras viven. Clara crece, se enamora, encuentra amigos, se equivoca y va rodeándose de otras mujeres que terminan formando un pequeño mundo propio.
Ellas son las leopardas.
La explicación del nombre tiene poco de solemne. Así se llaman entre sí y Borraz bromeó con que, si entonces hubiera existido WhatsApp, probablemente ese habría sido el nombre del grupo. Pero detrás del juego hay una idea que atraviesa toda la novela: esas mujeres van encontrando unas en otras un lugar desde el que resistir, disfrutar y, cuando haga falta, cuidarse.
La autora conoce bien esa forma de estar juntas. Durante la rueda de prensa habló de las mujeres de su familia, de cómo se protegían unas a otras y de cómo transmitieron esa manera de cuidarse a las generaciones siguientes. Esa fuerza está en Clara, pero también en Eugenia, en Violeta y en el resto de personajes femeninos que van entrando en la historia. No como una consigna, sino como algo aprendido mucho antes: saber quién permanece cuando llegan el miedo, el juicio de los demás o la enfermedad.
Una generación que creyó que todo estaba por descubrir
Las leopardas avanza desde los años setenta hasta 1996 y acompaña también la transformación de un país. Borraz no utiliza ese cambio únicamente como contexto histórico. Le interesa cómo entra en las vidas privadas, cómo modifica las relaciones, el deseo, las expectativas y también los límites.
Clara pertenece a una generación que empieza a probar libertades que sus madres no tuvieron de la misma manera. No significa que desaparezcan de golpe los prejuicios ni las convenciones. Al contrario. Buena parte de la novela se mueve precisamente en esa tensión: todo parece nuevo, pero muchas estructuras antiguas siguen pesando.
Y ahí entran la amistad y la familia. No como refugios perfectos, sino como territorios llenos también de contradicciones. Las mujeres de Las leopardas no aparecen convertidas en símbolos. Discuten, se equivocan, se divierten, se enamoran y toman decisiones distintas. Lo que las une no es una misma manera de vivir, sino la posibilidad de seguir estando cuando una de ellas necesita a las demás.
El propio jurado insistió durante la presentación en que uno de los grandes aciertos de la novela está precisamente en esa forma de contar. Antonio Orejudo habló de una historia amarga abordada desde una voz que conserva la alegría, la ingenuidad y el humor. Borraz lo reconoció enseguida: no quería tratarla como un drama porque su protagonista tenía demasiada luz para permitirlo.

La historia que Marta Borraz tardó treinta años en contar
Detrás de Clara está Paloma.
Borraz tenía quince años cuando murió su tía y aquella pérdida quedó muy ligada a su propia adolescencia, al despertar sexual y a los miedos que rodeaban entonces al sida. Treinta años después empezó a preguntarse cómo había sido realmente la vida de aquella mujer y decidió reconstruirla desde la ficción.
Para hacerlo necesitó primero escuchar.
Sus tías y su madre fueron fundamentales. Una de ellas, enfermera, pudo explicarle cómo había sido el proceso hospitalario y los cuidados. Otra reconstruyó los años anteriores: la infancia, la juventud, los conciertos, las fiestas, los amigos. A esos recuerdos se sumaron después los de otras personas que habían conocido aquella época: médicos, músicos, fotógrafos, periodistas y gente vinculada a la Zaragoza de aquellos años.
Lo que empezó como una búsqueda familiar terminó abriendo una época entera.
Borraz, sin embargo, tuvo claro que no estaba escribiendo una biografía. Clara está inspirada en Paloma, pero no es Paloma. La memoria tiene límites y la autora sabía que llegaría un momento en el que tendría que entrar la ficción. Nadie puede reconstruir una conversación privada que no escuchó ni saber qué pensó otra persona en determinados momentos. Ahí comienza la novela.
Quizá por eso una de las ideas más interesantes que dejó la rueda fue esa frontera entre memoria y literatura: hasta dónde puede llegar un recuerdo y en qué momento necesita intervenir la ficción para acercarse a aquello que ya no puede preguntarse.
Y entonces aparece el sida
Borraz intentó durante buena parte de la presentación no convertir la enfermedad en el centro absoluto de Las leopardas. No porque tenga poca importancia. Todo lo contrario. El sida atraviesa la historia y marca el destino de varias de sus mujeres. Pero la autora no quiere permitir que borre aquello que fueron antes.
«Tiene mucho protagonismo, pero no se lo quiero dar porque quiero que se lo lleven ellas», explicó.
La frase contiene buena parte del sentido de la novela.
Durante años, el relato público del sida quedó muy asociado a determinados colectivos. Borraz recordaba que había encontrado muchas historias sobre hombres homosexuales y sobre personas vinculadas a la heroína, pero muchas menos sobre mujeres como aquellas que ella quería contar. Mujeres que también enfermaron y cuya experiencia permaneció en muchas ocasiones dentro de las familias, rodeada por el silencio y por un estigma que todavía pesaba fuera de casa.
En su propia familia ocurrió algo parecido. Dentro sabían lo que había pasado con Paloma y lo vivieron con naturalidad, pero fuera apenas se hablaba de ello. Incluso algunas personas de su entorno conocieron la verdad mucho después.
Por eso Las leopardas entra en una parte de esa historia que quedó mucho menos contada. No para convertir a sus personajes en víctimas ni para explicar el sida desde fuera, sino para seguir mirándolas como mujeres completas cuando la enfermedad entra en sus vidas.
Siguen estando las amigas. Los amores. El deseo. La familia. El miedo. El humor.
Siguen estando ellas.
Zaragoza, los Monegros y el Pirineo
Hay otro personaje que atraviesa toda la novela: Aragón.
Borraz vive desde hace más de veinte años en Barcelona, pero cuando escribe regresa continuamente a los lugares de los que viene. Zaragoza, los Monegros y el Pirineo aparecen en Las leopardas no como simples escenarios, sino como parte de la memoria de la propia autora.
Habla del paisaje seco de los Monegros, de los ríos y las montañas del Pirineo, de los pueblos y de los veranos adolescentes que parecían no terminar nunca. También de aquella biblioteca municipal a la que acudía buscando una forma de escapar del aburrimiento. Y lo cuenta con humor: quizá, reconoce, algo de escritora nació precisamente de aquellos veranos en los que no había demasiado que hacer salvo leer.
Zaragoza ocupa un lugar especialmente importante. Borraz reconstruye la ciudad de los años setenta y ochenta, su música, sus ambientes y la sensación de una ciudad que también estaba entrando en otra época. Para hacerlo no se apoyó únicamente en sus recuerdos. Buscó testimonios de quienes habían estado allí y fue levantando un mapa en el que la historia personal y la historia colectiva terminan encontrándose.
Entre esas voces aparecen también personas vinculadas a la música, fotógrafos de la movida zaragozana, periodistas y médicos que vivieron de cerca aquellos años. La documentación le permitió volver no solo a los lugares, sino también a los silencios y a la forma en la que entonces se entendía —o no se entendía— lo que estaba ocurriendo.
Escribir primero las voces
Durante la rueda también apareció otra pista importante sobre cómo trabaja Marta Borraz.
Muchas veces lo primero que escribe son los diálogos.
Dice que escucha a sus personajes hablar y que puede llegar a detener la moto para apuntar una conversación antes de que desaparezca. Esa manera de escribir explica uno de los aspectos que más destacó el jurado: personajes que no parecen hablar todos desde una misma voz y diálogos que ayudan a distinguir quién es quién mucho antes de que el narrador tenga que explicarlo.
Andrea Gumes habló precisamente de una escritura sencilla y muy trabajada, de personajes reconocibles y de una voz que se sostiene sin necesidad de exhibirse. Borraz llegó al premio con un manuscrito que, según reconoció, todavía necesitaba capas de trabajo, pero las voces ya estaban allí.
Ese oído resulta especialmente importante en una novela como esta. Porque si todos hablaran igual, si todos reaccionaran igual, las leopardas terminarían convertidas en una idea. Y la novela funciona precisamente porque cada una conserva su manera de estar en el mundo.

Volver a Paloma sin convertirla en su final
Quizá la imagen más bonita de toda la presentación apareció casi al final.
Paloma disfrutaba haciéndose fotografías. Le gustaba posar y Borraz conserva tantas imágenes de ella que, cuando buscaron una para la cubierta, tenían prácticamente un pequeño archivo donde elegir. La autora imaginó entonces qué habría pensado su tía al verse ahora convertida, de algún modo, en protagonista de una novela.
Y creyó que estaría encantada.
La anécdota parece pequeña, pero contiene buena parte de Las leopardas.
Porque Paloma murió joven, sí. Pero había sido muchas cosas antes. Había tenido amigos, deseos, amores, fotografías, fiestas, una familia. Había vivido.
Borraz ha tardado treinta años en encontrar la forma de contar esa vida. Y quizá por eso Las leopardas no busca reparar el pasado ni convertirlo en una lección. Quiere devolverle volumen.
Que el sida esté.
Pero que no esté solo.
Que junto al miedo aparezca también el humor. Junto a la pérdida, la amistad. Junto al estigma, el deseo. Y junto a la muerte, todo aquello que había sucedido antes.
Marta Borraz escribió esta novela para volver a una mujer que se fue demasiado pronto.
Y acabó encontrando a toda una generación.
El XXII Premio Tusquets Editores de Novela 2026 ha reconocido por mayoría Las leopardas, que llegará a las librerías el 7 de octubre dentro de la colección Andanzas. El premio está dotado con 18.000 euros.
