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Trece hombres se ríen frente al Prado. Lo inquietante es no saber de qué

El arte aparece antes de cruzar la puerta del museo: trece cuerpos de bronce alteran la plaza y consiguen que algo tan reconocible como una carcajada empiece a resultar extraño.

Trece figuras ríen frente al Prado y basta detenerse ante ellas para que aparezca la pregunta: ¿de qué se ríen y por qué sentimos, por un instante, que quizá sea de nosotros?

Hay días en los que uno llega al Prado pensando en lo que va a encontrar dentro: Velázquez, Goya, Rubens, las salas que conoce y las que todavía no. Y entonces, antes incluso de cruzar la puerta, pasa algo. Hay trece hombres riéndose. No se mueven, no hablan y ni siquiera podemos escuchar esa risa que sus rostros parecen sostener desde hace años, pero uno mira y vuelve a mirar porque hay algo extraño en una carcajada que no podemos oír y todavía más extraño en no saber qué la ha provocado. Se miran unos a otros como si compartieran un secreto y nosotros acabamos de llegar con la incómoda sensación de habernos perdido el principio de la historia.

¿De qué se ríen?

Trece riéndose unos de otros fue realizada por Juan Muñoz en 2001, el último año de su vida. El conjunto llegó al exterior del Museo del Prado con motivo de la exposición Juan Muñoz. Historias de arte y, aunque la muestra terminó en marzo de 2026, las figuras se quedaron. Pero saber todo esto no resuelve la pregunta. ¿De qué se ríen?

Las figuras tampoco responden exactamente al cuerpo que esperamos encontrar. La parte inferior termina en una forma redondeada, casi como un tentetieso, que las vuelve todavía más extrañas: humanas y reconocibles, pero nunca del todo. Sus rostros ríen mientras esos cuerpos parecen haber encontrado una manera imposible de mantenerse en pie.

Tal vez no haya respuesta, y quizá por eso seguimos mirándolos. La risa es uno de esos gestos que reconocemos inmediatamente. Cuando alguien ríe cerca queremos saber qué ha ocurrido, buscamos la complicidad, esperamos que alguien nos ponga al corriente. Aquí nadie lo hace. Las figuras permanecen encerradas en algo que parece pertenecerles solo a ellas y, sin embargo, nosotros ya estamos dentro de la escena. Basta caminar entre ellas, cambiar de posición o cruzarse con una de esas sonrisas para empezar a preguntarse si realmente estamos observando un grupo de esculturas o si, de alguna manera, hemos irrumpido en una reunión que no era para nosotros. Y entonces surge una sospecha bastante menos divertida: ¿y si se ríen de nosotros?

Una plaza donde algo está ocurriendo

Hay esculturas que uno contempla. Estas, en cambio, parecen estar haciendo algo incluso cuando no hacen absolutamente nada. Quizá ahí esté una de las cosas más sorprendentes de Juan Muñoz. Sus personajes no necesitan moverse para que la escena cambie; el que se mueve es quien los mira. Uno se acerca, se aleja, intenta encontrar otro ángulo, descubre una nueva mirada entre las figuras y, en algún momento, deja de sentirse completamente fuera de aquello que está viendo.

No hay un pedestal que marque una distancia cómoda. Están ahí, ocupando el mismo espacio que nosotros, casi a nuestra altura. Podemos caminar junto a ellas, rodearlas, pasar entre un grupo y otro. Y eso basta para alterar la plaza. El lugar sigue siendo el mismo, la Puerta de Jerónimos continúa delante, la gente entra y sale del museo y Madrid sigue alrededor, pero esas trece figuras han introducido una pequeña anomalía en medio de todo. Algo está ocurriendo y no sabemos qué.

Tal vez por eso funcionan incluso para quien no conoce a Juan Muñoz, para quien no ha leído una sola línea sobre su trabajo o para quien simplemente pasaba por allí. Antes de saber llega la extrañeza. Antes de entender, la curiosidad. Y ahí el arte ya ha empezado a hacer su trabajo.

Antes de entrar al Prado

También resulta difícil ignorar dónde sucede todo esto. Detrás de esas figuras está uno de los grandes museos del mundo. Dentro esperan siglos de historias detenidas en un instante: personajes que miran hacia fuera, gestos cuya causa desconocemos, escenas de las que nunca sabremos del todo qué ocurrió antes ni qué sucedió después.

Quizá por eso estos trece hombres no resulten tan ajenos a lo que aguarda tras las puertas. Juan Muñoz conocía bien el Prado y regresó muchas veces a sus maestros. Velázquez fue una de sus grandes referencias. También le interesaba esa capacidad que tiene el arte para abrir un espacio y hacer que quien mira deje de estar completamente seguro de cuál es su posición dentro de él. Ahora sus figuras parecen continuar esa vieja historia desde la calle. Uno todavía no ha entrado en el museo y ya ha comenzado a mirar.

Lo extraordinario de encontrarse con el arte sin buscarlo

Cuando Juan Muñoz. Historias de arte cerró sus puertas, las obras que habían ocupado las salas se marcharon. Trece riéndose unos de otros, no. El Museo del Prado y Juan Muñoz Estate decidieron prolongar su estancia en el Prado hasta marzo de 2028.

Y quizá lo más hermoso de que sigan allí tenga poco que ver con las cifras de visitantes o con la duración de un depósito. Tiene que ver con todos aquellos que van a encontrárselas sin haber ido a buscarlas. Alguien que atraviesa la plaza, alguien que espera a otra persona, alguien que ni siquiera piensa entrar al museo, levanta la vista y encuentra trece hombres riendo. Durante unos segundos quizá no sepa quién los hizo, ni cuándo, ni por qué están allí, pero se detiene.

La capacidad de asombro empieza muchas veces exactamente así: cuando algo que no esperábamos consigue apartarnos durante un instante de aquello que creíamos estar haciendo. Después podremos buscar el nombre de Juan Muñoz, saber que fue uno de los grandes escultores españoles de su generación, entender mejor su manera de trabajar con el espacio, la ausencia o el silencio. Pero primero ocurrió otra cosa. Primero miramos.

Y quizá por eso, la próxima vez que pasemos frente a la Puerta de Jerónimos, merezca la pena quedarse un momento. Mirar esas caras. Intentar escuchar una risa que no existe. Probablemente sigamos sin descubrir de qué se ríen. Aunque después de un rato quizá la pregunta sea otra: cuánto tiempo podemos mirarlos sin acabar riéndonos también.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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