Matar, proteger y todo lo que una familia puede esconder
Camilla Läckberg presenta El llanto de los muertos, la duodécima entrega de Los crímenes de Fjällbacka. Veinte años después de convertir su pueblo natal en territorio literario, la escritora sueca vuelve a mirar donde más le interesa: dentro de las familias, allí donde el amor, la violencia, la culpa y la protección pueden llegar a confundirse.
Camilla Läckberg lleva más de veinte años escribiendo sobre crímenes, pero lo que parece interesarle de verdad no es el momento en que aparece un cadáver, sino todo lo que ha ocurrido antes. Las relaciones que se deterioran, la violencia que cuesta reconocer porque sucede dentro de la familia o de la pareja, la maternidad cuando deja de caber en la idea de la “buena madre”, el duelo, la culpa y esa pregunta incómoda sobre hasta dónde puede llegar una persona cuando algo esencial se rompe.
Todo eso vuelve a estar en El llanto de los muertos (Planeta), la duodécima entrega de Los crímenes de Fjällbacka, la serie con la que la escritora sueca convirtió su localidad natal en uno de los escenarios más reconocibles de la novela negra europea y con la que ha vendido más de 40 millones de ejemplares en unos 60 países.
Läckberg ha presentado la novela en Madrid después de un verano casi enteramente dedicado a escribir. Mientras veraneaba en la costa mediterránea española, trabajó durante jornadas de ocho y diez horas para terminar la siguiente entrega de la serie, que ya está escrita. España ocupa además un lugar especial en su trayectoria: aquí encuentra una respuesta de los lectores que, según reconoce, no vive con la misma intensidad en ningún otro país.
El llanto de los muertos abre también una nueva etapa editorial. Es la primera novela de Fjällbacka que publica Planeta en España, que recuperará progresivamente los títulos anteriores en formato de bolsillo, justo cuando se acerca una fecha significativa: en 2027 se cumplirán veinte años de la llegada de la serie a nuestro país.
Fjällbacka, el pueblo donde todos quieren que alguien muera
Después de tantos años y tantos asesinatos ficticios, la relación de Camilla Läckberg con Fjällbacka ha adquirido algo de juego compartido con sus propios vecinos. La pequeña localidad sueca en la que nació no solo ha terminado convertida en uno de los escenarios más reconocibles del noir europeo, sino que sus habitantes parecen haber asumido con bastante sentido del humor la acumulación de cadáveres literarios. Hay quien le propone jardines donde podría aparecer el siguiente muerto e incluso quien le sugiere familiares a los que podría eliminar en una próxima novela.
Más allá de la anécdota, Fjällbacka explica bien una de las claves de su literatura. Läckberg coloca la violencia en espacios que conocemos y que, en principio, asociamos con la seguridad. Un pueblo pequeño, una casa, una pareja, una familia. Lugares donde la amenaza resulta todavía más inquietante precisamente porque no debería estar ahí.
Esa contradicción ayuda también a entender parte del atractivo que durante años ha tenido la novela negra nórdica. Sociedades contempladas desde fuera como ordenadas, seguras y prósperas se convirtieron en escenario de algunos de los crímenes más oscuros de la ficción contemporánea. La imagen aparentemente perfecta se resquebraja y obliga a mirar debajo.
Erica y Patrik también han envejecido
Cuando Läckberg escribió La princesa de hielo, Erica Falck y Patrik Hedström estaban comenzando una historia que entonces ni siquiera podía imaginarse hasta dónde llegaría. Hoy son pareja, padres de tres hijos y personajes que han acumulado suficiente vida como para que resulte imposible escribirlos como si cada nueva novela partiera de cero.
También la propia Läckberg ha crecido al lado de Erica. Cuando la creó todavía no había vivido muchas de las experiencias que terminarían entrando después en los libros y, con el tiempo, se ha permitido acercarla más a determinadas cuestiones personales. La maternidad es una de ellas y en El llanto de los muertos vuelve a aparecer lejos de cualquier imagen idealizada.
Erica ha cambiado porque también lo ha hecho la mujer que la escribe. Esa evolución permite a Läckberg mover ahora a sus personajes con más libertad y enfrentarlos a conflictos que no tienen únicamente que ver con resolver un crimen, sino con la manera en que se transforman las relaciones, las familias y nuestra propia idea de quiénes somos.
¿Qué significa ser una buena madre?
R. La maternidad atraviesa de nuevo la novela, pero no desde una imagen idealizada. ¿Qué significa realmente ser una buena madre? ¿Proteger siempre a un hijo, incluso cuando ha hecho algo terrible? ¿Dónde termina la protección y empieza la complicidad?
La pregunta toca uno de los conflictos que más interesan a Läckberg. La escritora reconoce su fascinación por esos casos en los que una madre descubre que su hijo ha cometido un delito grave y debe decidir qué hacer con aquello que sabe. Desde fuera, las respuestas parecen mucho más sencillas: denunciar, decir la verdad, hacer lo correcto. Pero en cuanto entra en juego el vínculo entre una madre y un hijo, el dilema deja de ser tan limpio.
Läckberg se pregunta qué ocurriría si una madre tuviera delante la evidencia de que su hijo ha cometido algo imperdonable. Si sería capaz de entregarlo, si intentaría protegerlo o hasta dónde llegaría su necesidad de seguir viéndolo como el hijo al que conoce. Ahí aparece una frontera moral que también permite cuestionar esa construcción casi imposible de la “buena madre”, siempre obligada a proteger, comprender y sacrificarse.
La maternidad de sus novelas está atravesada por la culpa, el miedo y la contradicción. No hay madres perfectas, sino mujeres enfrentadas a decisiones difíciles, y eso hace que el conflicto vaya mucho más allá del propio argumento criminal. La pregunta termina siendo otra: quién decide qué debe hacer una madre para ser considerada buena y cuánto se le exige antes incluso de preguntarnos qué puede soportar.

¿Seríamos todos capaces de matar?
Una de las ideas que recorre la obra de Läckberg es que la distancia entre una persona corriente y alguien capaz de matar quizá no sea tan grande como nos gusta pensar. No todos cruzarían esa frontera por las mismas razones. Puede haber dinero, venganza, miedo, rabia, desesperación o un instinto de supervivencia llevado al extremo.
En su propio caso, la autora tiene bastante claro dónde situaría ese límite: una amenaza directa contra la vida de sus hijos o contra la suya podría llevarla a reaccionar de una manera que en otras circunstancias consideraría impensable.
Lo que verdaderamente le interesa, sin embargo, no es únicamente el momento del crimen, sino aquello que conduce hasta él. En El llanto de los muertos aparece, entre otros personajes, una mujer mayor que mata al marido después de haber sufrido durante años una relación marcada por la violencia. Läckberg no intenta convertir la comprensión en una absolución, pero sí obliga a mirar todo aquello que sucedió antes del asesinato.
Hay criminales cuyos motivos reconoce no poder comprender, especialmente cuando trabaja con perfiles psicopáticos o profundamente narcisistas. Con otros, en cambio, puede llegar a entender el recorrido que los ha llevado hasta el crimen. Y ahí se abre una pregunta bastante más interesante que averiguar simplemente quién mató: por qué llegó a hacerlo.
Cuando la violencia viene envuelta en afecto
R. Muchas de las formas de violencia que aparecen en tus novelas ocurren dentro de la familia, de la pareja o incluso de la amistad. Por un lado, ¿hasta qué punto nos cuesta reconocer una violencia cuando viene, de alguna manera, empaquetada en amor? Y, por otro, ¿qué importancia puede tener encontrarse en un libro y descubrir a través de una historia que aquello que estás viviendo también es violencia?
La cuestión apunta directamente a uno de los territorios sobre los que Läckberg construye buena parte de sus novelas. La violencia no siempre llega de una forma fácilmente reconocible. Puede confundirse con dependencia, costumbre, celos interpretados como amor, control disfrazado de preocupación o determinadas conductas que se han normalizado precisamente porque proceden de alguien cercano.
Ahí la literatura puede tener también una capacidad de reconocimiento. A veces un libro no nos descubre una realidad completamente desconocida, sino que consigue poner palabras a algo que alguien llevaba tiempo viviendo sin saber exactamente cómo nombrarlo. Verse reflejada en un personaje puede cambiar la percepción de una relación y hacer reconocibles el miedo, la humillación, el control o la dependencia.
Läckberg sitúa buena parte de sus historias precisamente en esos espacios próximos porque son los que conoce. No le interesa especialmente construir tramas alrededor del terrorismo, las bandas criminales o contextos de violencia que le resultan ajenos. Sí conoce, en cambio, las dinámicas familiares, sus lealtades, sus tensiones y sus disfunciones.
Parte además de una realidad que condiciona su mirada sobre el crimen: muchos asesinatos son cometidos por alguien conocido de la víctima. Eso transforma por completo la idea del peligro. El hogar, la pareja, la familia o el grupo de amigos, lugares que pensamos como refugio, pueden convertirse también en aquellos donde resulta más difícil detectar que algo está sucediendo.
Ahí encuentra Läckberg una de sus materias narrativas más fértiles. No en lo extraordinario, sino en aquello que está cerca y que cualquiera puede reconocer. Porque las familias sin conflictos prácticamente no existen y una determinada dosis de disfunción forma también parte de la vida.
Antes del asesino está la víctima
Otra de las cuestiones sobre las que Läckberg insiste tiene que ver con la forma en que contamos los crímenes. La figura del asesino suele resultar tan poderosa que acaba ocupándolo todo: sus motivaciones, su personalidad, su inteligencia, sus obsesiones y hasta el modo en que ejecutó el crimen. Frente a él, la víctima corre el riesgo de quedar reducida al cuerpo que permite que empiece la historia.
Läckberg intenta desplazar esa mirada. Le interesa saber quién era la víctima antes de morir, cómo era su vida y qué ocurre con las personas que deja detrás. Muchas de las víctimas de sus novelas son mujeres y la escritora procura que no existan únicamente en función de aquello que les ha sucedido.
Por eso el crimen no termina en el momento en que se descubre al culpable. Quedan los familiares, los amigos, las relaciones rotas y las consecuencias que la muerte deja en quienes siguen vivos. Ese después le interesa tanto como la investigación y explica también que sus novelas miren con frecuencia a quienes sobreviven al crimen.

Las plañideras y aquello que hemos dejado de saber hacer
Una de las imágenes que terminó dando forma a El llanto de los muertos apareció cuando Läckberg leyó sobre las plañideras, mujeres que durante siglos acompañaron el duelo ajeno mediante un llanto ritual. La autora encontró incluso grabaciones de esas voces y quedó fascinada por una tradición que no solo tenía una dimensión cultural, sino que le permitía pensar en nuestra propia relación con la muerte.
La figura terminó entrando en la novela vinculada al folclore y a una dimensión casi mágica, pero detrás de ella hay una reflexión mucho más cercana: qué hacemos hoy con el dolor. Las sociedades contemporáneas parecen haber convertido el duelo en algo cada vez más privado y difícil de mostrar, como si existiera cierta obligación de atravesarlo rápidamente y continuar.
Las plañideras representan justamente lo contrario. Una forma colectiva de reconocer la pérdida, darle un espacio y permitir que el dolor exista delante de los demás. Y de ahí nace una de las preguntas que atraviesan la novela: qué hemos perdido al ir apartando la muerte de nuestra vida cotidiana y qué hacemos con quienes siguen aquí cuando alguien desaparece.
El true crime como afición
Cuando Camilla Läckberg deja de escribir sobre crímenes no necesariamente deja de pensar en ellos. Su fascinación comenzó cuando apenas tenía cuatro años y, mientras otras niñas se interesaban por asuntos bastante distintos, ella ya sentía curiosidad por los asesinos y los casos criminales.
Décadas después, esa afición sigue intacta. Lee true crime, ve juicios y sigue procesos criminales reales con enorme interés. No significa que todo aquello que observa vaya a terminar en una novela. Muchas veces lo hace simplemente porque quiere entender qué ha ocurrido y qué lleva a una persona a comportarse de determinada manera.
Entre los casos que sigue recientemente está el de Lindsay Clancy, la mujer estadounidense acusada de matar a sus tres hijos. El proceso ha abierto un debate en Estados Unidos sobre la depresión posparto y la atención que reciben las mujeres que atraviesan problemas graves de salud mental después del nacimiento de un hijo, una cuestión que Läckberg conoce también desde su propia experiencia.
La depresión posparto que también llegó a Erica
Läckberg sufrió depresión posparto y trasladó parte de aquella experiencia al personaje de Erica en una de las primeras novelas de la serie. Por eso observa el debate generado alrededor del caso Clancy desde un lugar especialmente cercano y considera importante que haya servido, al menos, para obligar a hablar de una realidad que durante mucho tiempo ha permanecido insuficientemente atendida.
Más allá del caso judicial concreto, su preocupación está en las mujeres que piden ayuda y no consiguen recibirla a tiempo. También aquí vuelve una de las ideas fundamentales de su manera de mirar el crimen: nada empieza exactamente en el momento en que ocurre lo irreparable.
Antes puede haber señales, miedo, enfermedad, violencia o peticiones de ayuda que nadie supo escuchar. Mirar solamente el resultado significa perder todo aquello que ocurrió antes y que, en ocasiones, permite comprender mejor la dimensión real de una tragedia.
El atractivo del crimen nórdico
Camilla Läckberg forma parte de una generación de escritores que convirtió los países escandinavos en uno de los grandes territorios de la novela negra contemporánea. Ella misma reconoce que no existe una única explicación para el fenómeno, aunque encuentra especialmente interesante el contraste entre la imagen exterior de estas sociedades y los crímenes que la ficción sitúa dentro de ellas.
Durante años los países nórdicos fueron vistos como ejemplos de orden, bienestar y seguridad. Colocar asesinatos brutales dentro de ese paisaje rompe la imagen y permite explorar aquello que puede esconderse detrás de una superficie aparentemente impecable.
Fjällbacka encaja perfectamente en esa contradicción. Es un lugar pequeño, hermoso y aparentemente tranquilo. Precisamente por eso funciona tan bien cuando Läckberg empieza a abrir sus puertas y a mirar lo que sucede dentro.
Una escritora que ya no cabe solamente dentro de sus libros
El fenómeno Camilla Läckberg hace tiempo que desbordó la literatura. Economista de formación, su vida cambió después de realizar un curso de escritura orientado a la novela negra y publicar La princesa de hielo en 2003. Desde entonces no solo ha desarrollado una de las sagas criminales más populares de Europa, sino que ha construido una carrera que se extiende por territorios muy distintos.
Ha escrito libros infantiles y de cocina, trabajado como guionista, participado en televisión y desarrollado diferentes proyectos empresariales. En Suecia su notoriedad excede ampliamente el mundo de los libros y ella misma ha sabido moverse entre literatura, entretenimiento y negocios sin abandonar la escritura.
Ahora trabaja también en nuevos proyectos para cine y televisión, tanto desde el guion como desde la producción. Algunas de sus historias ya han sido adaptadas fuera de Suecia y no oculta que le gustaría ver también una versión española. En una próxima producción sueca aparecerá incluso brevemente delante de la cámara, jugando con esa tradición de los pequeños cameos que inevitablemente remite a Hitchcock.
Y mientras todo eso ocurre, Fjällbacka sigue abierto. Läckberg ha terminado ya la siguiente novela de la serie.

Una nueva etapa con Planeta
El llanto de los muertos marca además un cambio importante en la trayectoria española de Camilla Läckberg. Es la primera entrega de Los crímenes de Fjällbacka que publica Planeta, después de los años anteriores con Maeva, y la editorial irá recuperando progresivamente las novelas precedentes en formato de bolsillo.
El cambio llega justo cuando la saga se acerca a otro momento significativo. En 2027 se cumplirán veinte años desde que los lectores españoles comenzaron a entrar en Fjällbacka de la mano de Erica Falck y Patrik Hedström.
Dos décadas después, Camilla Läckberg continúa regresando al mismo pequeño lugar del mapa, pero sus novelas hace tiempo que dejaron de tratar simplemente sobre quién ha matado a quién. Hablan de lo que ocurre antes del crimen, de aquello que una familia puede callar durante años, de una violencia que a veces cuesta reconocer porque llega acompañada de afecto, de las madres y todo lo que esperamos de ellas, del duelo y de quienes tienen que aprender a vivir después.
Y también de una frontera que resulta bastante más incómoda cuando dejamos de colocarla únicamente en los otros: la que separa a una persona corriente de aquello que nunca imaginó ser capaz de hacer.
