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Digger: Tom Cruise descubre que ni siquiera el poder puede llegar a tiempo

Alejandro G. Iñárritu desmonta la imagen de Tom Cruise para mirar el poder, sus excesos y nuestra obstinación por seguir buscando a alguien que venga a salvarnos.

Rosa Sánchez de la Vega

Tom Cruise lleva media vida corriendo. Ha corrido detrás de hombres, de coches, de aviones, de bombas a punto de estallar y de misiones que, por supuesto, eran imposibles hasta que él aparecía en pantalla. Hay algo casi tranquilizador en esa carrera: mientras Cruise siga avanzando, uno sospecha que todavía queda tiempo para salvarlo todo. Alejandro G. Iñárritu ha cogido precisamente esa certeza y la ha puesto del revés en Digger. Esta vez no importa demasiado cuánto corra su protagonista. Quizá el verdadero problema sea que durante demasiado tiempo nadie le dijo que tenía que parar.

No cuesta reconocer a Tom Cruise, aunque la caracterización haga todo lo posible por alejarnos de la estrella que conocemos. Lo que cuesta reconocer es su manera de estar en el mundo. Digger Rockwell no necesita saltar desde ningún edificio. Le basta con entrar en una habitación para que parezca suya. Es un hombre acostumbrado a que el dinero, el poder y la influencia conviertan los límites en pequeños inconvenientes y las advertencias en ruido. Cuando las consecuencias llegan, su reacción tampoco resulta demasiado extraña: si él ha sido capaz de construir semejante poder, ¿cómo no va a ser capaz también de arreglar aquello que se ha roto?

Ahí empieza de verdad la película. No tanto en lo que ocurre como en esa fe descomunal en uno mismo, en la convicción de que haber llegado tan lejos concede también el derecho a decidir qué viene después. Digger no parece un hombre que dude demasiado y, cuando uno lleva mucho tiempo viviendo así, quizá lo más difícil no sea reconocer que algo ha salido mal, sino aceptar que la solución puede no pasar por uno.

Iñárritu vuelve al largometraje en inglés con una película que no tiene ninguna intención de pasar de puntillas. Todo es grande en Digger: los espacios, los gestos, la puesta en escena, el propio personaje. Emmanuel Lubezki vuelve a mirar el mundo con él y hay imágenes que parecen querer ocupar la pantalla entera. La película se agranda, se retuerce, cambia de tono, se permite ser incómoda e incluso excesiva. No siempre busca caer bien y quizá por eso tampoco resulta fácil colocarla en un sitio cómodo después de verla.

Pero hay algo coherente en ese exceso. Digger habla de hombres que nunca parecen saber cuándo es suficiente. Suficiente dinero, suficiente poder, suficiente influencia, suficiente extracción, suficiente daño. Sería extraño que una película así se comportara con demasiada moderación.

TOM CRUISE CONTRA TODO LO QUE SABEMOS DE TOM CRUISE

Iñárritu tiene además una idea especialmente buena: utilizar contra Cruise todo lo que sabemos de Cruise. Porque Tom Cruise nunca entra solo en una pantalla. Con él entran cuarenta años de cine. Entra Maverick. Entra Ethan Hunt. Entran las motos, los aviones, los saltos, las carreras y esa obstinación física por convencernos de que todavía queda alguien dispuesto a hacer de verdad aquello que el cine podría fingir. Durante mucho tiempo ha representado al hombre que puede. Digger también cree que puede.

Y entonces el maquillaje deja de ser lo más interesante. No importa tanto verlo envejecido, deformado o alejado de su imagen habitual. Lo verdaderamente extraño es contemplar a uno de los actores que mejor han representado el control interpretando a un hombre que no entiende que ha dejado de controlar nada.

Cruise entra en el juego dispuesto a dejar atrás buena parte de lo que hemos aprendido a reconocer en él. Se permite estar feo, excesivo, ridículo incluso, y eso tiene algo liberador. Durante años lo hemos visto correr, saltar, pilotar, resistir y llegar a tiempo. Aquí no necesita demostrar nada de eso. Le basta con ponerse delante de nosotros convertido en un hombre que sigue creyendo que todo puede obedecerle.

A partir de ahí, Digger deja de ser únicamente una película sobre él. Detrás aparecen cosas que conocemos demasiado bien: empresas capaces de provocar un problema y presentarse poco después como parte de su solución; hombres que confunden éxito con inteligencia y poder con razón; discursos que convierten la responsabilidad en una cuestión de imagen; la facilidad con la que una culpa puede maquillarse si uno dispone de suficiente dinero, suficientes asesores y suficientes cámaras delante.

No hace falta buscar un nombre propio al que colocarle el personaje. Sería demasiado sencillo. Lo reconocemos porque reconocemos el mecanismo. Primero ocurre algo. Después empieza la pelea por decidir quién consigue contarlo.

Y ahí Digger se vuelve especialmente contemporánea. Vivimos rodeados de imágenes de aquello que nos preocupa: incendios, inundaciones, guerras, glaciares, ciudades arrasadas, cifras, gráficos, declaraciones. Lo vemos todo. Sabemos mucho. Nos indignamos deprisa. Y, sin embargo, quizá nunca hayamos tenido tanta facilidad para mirar una catástrofe y seguir haciendo otra cosa cinco minutos después. El desastre también se ha convertido en espectáculo, también produce imágenes, también necesita audiencia.

La película entra en ese terreno y empieza a preguntarse qué ocurre cuando hasta la crítica contra el poder puede acabar convertida en otra pieza del propio sistema. Una gran producción sobre un hombre poderoso denunciando precisamente los mecanismos del poder contiene una contradicción demasiado evidente como para pasarla por alto, y Digger parece saberlo. Quizá por eso se retuerce tanto y quizá por eso a veces parece desconfiar incluso de su propia capacidad para cambiar algo. Porque el cine puede enseñarnos un desastre, explicarlo, convertirlo en belleza, sacudirnos durante dos horas y devolvernos después a la calle. La pregunta incómoda es qué hacemos nosotros con todo eso cuando se encienden las luces.

CUANDO HASTA EL DESASTRE NECESITA UN RELATO

Hay algo especialmente reconocible en esa obsesión por controlar no solo lo que ocurre, sino también la manera en que será contado después. El poder hace mucho que descubrió que una crisis tiene dos partes: la crisis y el relato de la crisis. Y a veces parece dedicar más esfuerzo a la segunda que a la primera.

Digger quiere actuar, corregir, seguir tomando decisiones y conservar el derecho a ser quien escribe el final. Lo que le cuesta imaginar es que quizá la reparación empiece precisamente por dejar de ocupar el centro. Porque hay un momento en la vida de algunas personas en que equivocarse deja de ser el verdadero problema. Lo difícil empieza cuando reconocer el error obliga a perder algo: prestigio, dinero, autoridad, el lugar desde el que uno habla o la imagen que uno tiene de sí mismo.

Y ahí aparece una de las ideas que mejor quedan después de la película: por qué seguimos buscando salvadores cuando quizá lo que necesitamos son responsables. No es exactamente lo mismo. Nos tranquiliza imaginar que alguien suficientemente poderoso, brillante o rico encontrará una salida. Fabricamos salvadores en la política, en las empresas, en la tecnología y también en la cultura. Nos gusta pensar que la solución llegará desde arriba porque la alternativa es bastante menos confortable: aceptar que algunos problemas no necesitan un héroe, sino alguien que se haga cargo.

Hay además algo curioso en lo que está ocurriendo con Digger fuera de la pantalla. Tom Cruise ha sido durante décadas una de esas pocas estrellas cuyo nombre parecía suficiente para convertir una película en acontecimiento. Había algo casi antiguo en esa relación con el público: ir a verla porque estaba él. Ahora interpreta a un hombre convencido de que su poder todavía funciona como antes mientras la propia película descubre que ni siquiera el nombre de Cruise garantiza ya lo que parecía garantizar.

Eso no hace mejor ni peor a Digger. Una película no vale más porque las salas estén llenas ni menos porque no lo estén. Pero resulta difícil no apreciar la ironía. Digger Rockwell tampoco sabe muy bien qué hacer cuando aquello que siempre había funcionado deja de hacerlo, y quizá ahí esté una de las imágenes más interesantes de la película: un hombre que ha pasado tanto tiempo acostumbrado a avanzar que no sabe reconocer el momento en que seguir hacia delante significa acercarse más al precipicio.

CUANDO YA NO BASTA CON SEGUIR CORRIENDO

Al salir de Digger no me quedaría con el maquillaje ni con la discusión sobre si Iñárritu se ha excedido —se excede—, ni siquiera con la rareza de ver a Cruise tan lejos del hombre invencible que conocemos. Me quedaría con algo más pequeño dentro de una película enorme: esa dificultad que tenemos para aceptar que haber tenido poder no significa conservarlo siempre y que provocar un problema no nos concede automáticamente el derecho a ser quienes lo resuelvan.

Quizá por eso la transformación de Cruise termina funcionando más allá del maquillaje. No porque deje de parecernos Tom Cruise, sino porque por primera vez durante mucho tiempo lo vemos enfrentado a algo que no depende de su resistencia física. Aquí no hay edificio que escalar ni moto que acelerar. Hay algo bastante más difícil de aceptar: que el mundo puede continuar sin concedernos el papel que creíamos nuestro.

Durante años, el cine nos enseñó que cuando Tom Cruise empezaba a correr todavía quedaba esperanza. Digger se atreve a imaginar otra cosa: que uno puede correr todo lo que quiera y, aun así, llegar tarde.

Título: Digger
Dirección: Alejandro G. Iñárritu
Reparto: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Estreno: octubre de 2026
Distribución: Warner Bros. Pictures

El poder que termina confundiendo posibilidad con derecho. Un Tom Cruise dispuesto a utilizar contra sí mismo la imagen que lleva cuarenta años construyendo. La facilidad con la que el desastre puede convertirse en espectáculo. La necesidad de controlar incluso el relato de nuestros propios errores. Y una pregunta que queda flotando: ¿por qué seguimos buscando salvadores cuando quizá deberíamos empezar por exigir responsables?

Una película excesiva, incómoda y visualmente enorme. Un Tom Cruise muy lejos de la seguridad de sus grandes franquicias y un Iñárritu dispuesto a empujar la película hasta lugares en los que no todo funciona de la misma manera, pero donde casi nada resulta indiferente.

Quien prefiera salir del cine discutiendo sobre lo que acaba de ver antes que tener decidido en dos minutos si la película le ha gustado.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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