Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Rosa Montero: «Creo que muchos de los grandes males y catástrofes que ocurren en el mundo suceden por gente humillada»

Rosa Montero convierte el último día de trabajo de una mujer de 65 años en una historia sobre humillación, poder, diferencia, miedo y la posibilidad de volver a empezar.

El último día debería servir para cerrar una puerta, recoger lo vivido, despedirse, marcharse. Pero algunas vidas eligen precisamente ese momento para empezar a desobedecer. Después de treinta años intentando no ocupar demasiado espacio, alguien descubre que todavía puede ensanchar el suyo.

Rosa Montero llega a esta historia con algo muy suyo: el humor incluso cuando habla de lo más oscuro, una manera directa de nombrar el miedo, la humillación, la rabia o la vejez y esa capacidad para pasar de una reflexión enorme a una imagen que rompe cualquier solemnidad. Habla deprisa, piensa mientras habla, se indigna, se ríe y vuelve siempre al lugar que de verdad le importa.

En Un día en la vida de Clarita están muchas de esas obsesiones: el poder, el acoso, la diferencia, la vulnerabilidad, el paso del tiempo y la posibilidad de volver a empezar cuando parecía que ya no quedaba demasiado margen. La protagonista es una mujer de 65 años que ha pasado buena parte de su vida intentando no molestar, no destacar, no convertirse en objetivo de nadie. Hasta que llega un día —apenas catorce horas— en el que algo se rompe y también algo empieza.

Rosa Montero, Un día en la vida de Clarita.

Clarita aparece y toma el mando

P. ¿Por qué Clarita y no Clara?

R. Pues salió así. Los nombres son curiosos porque salen como si el personaje ya viniera con esas especificaciones. Y luego, en la novela, efectivamente tiene un sentido cuando ella misma dice: «Pobrecita, es que no tiene ni un diminutivo». Es diminuta hasta en el nombre.

Pero salió así, repentinamente, y el personaje me poseyó de alguna manera. Apareció como un cuento mientras estaba haciendo un trabajo para una residencia francesa y de repente me di cuenta de que aquello no iba a ser para nadie, sino que iba a ser para mí.

Ha sido una anomalía dentro de mi manera de trabajar. Este es, de los libros de verdad —las novelas más los tres que yo llamo artefactos literarios—, el número veinte en cuarenta y siete años. Y con todos los demás, cuando aparece el huevecillo, la idea, empiezo a tomar notas y puedo pasarme como mínimo un año, a veces mucho más, desarrollándolo.

Este es el primero en el que el personaje apareció de improviso, insospechadamente, y me obligó a contar su historia. Lo he escrito casi en tiempo real, en el sentido de que, mientras escribía, no sabía si Clarita y yo íbamos a ser capaces de llegar a buen término. No sabía si terminaría la novela, adónde iba a llegar, si íbamos a llegar a algún sitio.

Ha sido inquietante porque lo estaba haciendo tan sobre la marcha, tan distinto de siempre, que era como estar sin red. Lo que sí sabía era que iba a ser una novela corta. Eso estaba clarísimo. Quería que fuera algo compacto, casi un objeto sólido.

P. Y, sin embargo, dentro de esa novela corta has metido muchas cosas.

R. Sí. Una de las cosas de las que me siento orgullosa literariamente es de la elipsis. Porque realmente no sabemos prácticamente nada de Clarita antes de ese día y, sin embargo, sabemos todo lo que tenemos que saber.

Es una novela que transita por un lugar complicado porque está hecha de parejas de contrarios. Es muy realista, pero al mismo tiempo muy grotesca. Tienes que poner un pie en cada lado.

Trata de cosas terroríficas: de cómo el poder se ejerce humillando, del mobbing laboral, de cómo se destruye a las personas que son distintas o un poco distintas… Cosas terribles. Y, sin embargo, al mismo tiempo creo que es la novela más humorística que he escrito. Y mira que a mí me gusta el humor y está en otras novelas, pero creo que esta es la más humorística.

Es también una novela íntima, de un trayecto existencial, y al mismo tiempo tiene una acción trepidante. Caminar entre todas esas cosas… Yo me sentía como si me tiraran de un lado y del otro.

De hecho, cuando la terminé no sabía qué había hecho. La mandé a mis lectores beta y les dije: «Mira a ver qué es esta mierda», porque yo no sabía qué había hecho.

Cuando el trabajo deja de decir quién eres

P. La novela plantea una pérdida muy concreta: cuando aquello a lo que has dedicado buena parte de tu vida desaparece, ¿cómo se reconstruye la identidad después?

R. Ella se jubila y eso es muy importante. Yo no conozco la jubilación porque no solo no me he jubilado, sino que no pienso jubilarme. Pienso morirme a pie de cañón.

Además, he tenido una vida bastante en los márgenes. Casi toda mi vida he sido colaboradora. No he tenido esa vida en la que tienes que ir unas horas, fichar y volver todos los días al mismo sitio.

Lo que sí he visto alrededor, en amigos y amigas que han tenido una vida más parecida a la de Clarita —ella trabaja en un banco—, es que, aunque decían que deseaban mucho la jubilación, después han pasado por un periodo de adaptación muy duro. Se han sentido un poco en el aire: «¿Y ahora qué hago?».

En Clarita todavía es peor porque ha tenido una vida tan machacada, verdaderamente, que es una vida muy, muy pobre.

Hay una cosa que piensa en un momento de la novela que me conmueve mucho: durante décadas creyó que la felicidad era la ausencia de dolor. Como la han machacado tanto, la ausencia de dolor ya le parecía suficiente.

Pero llega la jubilación y esa pequeña, pequeña vida todavía va a hacerse más pequeña. Entonces dice: «No es suficiente. Esto no es vida».

Esos cielos pequeñísimos que apenas ve desde su casa, desde la oficina… Vive como en una celda. Y sucede algo ese último día que no vamos a contar, pero ocurre un acontecimiento que hace que se posicione.

Además, es una persona que ha sido humillada toda su vida y no soporta la última humillación. Es la gota que rebosa el vaso. Ese último día, cuando ya se va a jubilar, dice: «No».

Entonces emerge. Es un poco como el cuento del patito feo, pero en versión bastante punky. Más que un pato que se convierte en cisne, es una rana que se convierte en tiranosaurio rex o algo así.

El acoso, la humillación y lo que aprendemos a normalizar

P. La novela conecta dos formas de acoso que solemos mirar por separado: el que comienza en la infancia y el que puede reaparecer después en el trabajo. En Clarita, además, una humillación parece preparar el terreno para la siguiente. ¿Te interesaba mostrar cómo ese daño puede acabar incorporándose como algo normal?

R. Sí. Y ese es el problema: sentir que es normal. Normalizarlo.

Hablamos del acoso infantil, y deberíamos hablar todavía muchísimo más. Yo he escrito mucho sobre ello porque me obsesiona, me horroriza. Pero no hablamos nada del acoso laboral, y es súper habitual. Y no ya con los jefes: también con los compañeros.

La gente que no se adapta del todo al marco normativo recibe muchas veces los golpes de los demás, como si los otros descargaran ahí sus propias frustraciones.

Y, como tú dices, hay perfiles que son más dados a que los machaquen toda la vida. Además, lo vas interiorizando. Porque la identidad se basa también en el reflejo de ti que percibes en los ojos de quienes te rodean. Y si todo el tiempo te están devolviendo una imagen miserable de ti, vas sintiéndote cada vez más gusano.

Yo eso lo he visto en gente cercana y me ha escrito muchísima gente. Es terrorífico.

Ocurre también, por ejemplo, con algunas mujeres maltratadas. A veces no te pasa con una persona, sino con más de una. No porque tú lo provoques, por supuesto, sino porque tienes tan metido que las cosas son así que terminas aceptando dinámicas que no deberías aceptar.

Ella también ha sido maltratada por Clemente, que precisamente no es nada clemente. Y hay una frase que me parece espeluznante: «¿Ves lo que me obligas a hacerte?».

Clemente salió también con el nombre así, pero luego apareció esa frase porque a los personajes los vas oyendo. Igual que sale Clarita, vas oyendo las cosas que dicen.

Y «¿ves lo que me obligas a hacerte?» me pareció espeluznante porque es una frase típica del maltrato: «Mira lo que me estás obligando a hacerte». Es muy fuerte.

P. ¿Por qué el dolor puede producir compasión en unos y crueldad en otros?

R. Pues depende mucho del tipo de persona que seas. Si eres una persona poco empática, poco pensante… Todos tenemos nuestra carga de miserias, frustraciones, zozobras y angustias. Y si no sabes digerir todo eso, si no te miras, hay una tentación muy grande de descargarlo sobre otro.

¿Por qué? Porque ese latigar al otro, por desgracia, te hace sentir bien.

Depende mucho de si cultivas la empatía o no la cultivas y depende también muchísimo del entorno. Porque puede haber una persona miserable en una oficina, igual que en una escuela puede haber un psicópata o una psicópata, pero si los demás no se oponen, aquello va creciendo.

El mal triunfa porque los buenos no se oponen.

Puedes tener la mala suerte de coincidir con un psicópata o con una psicópata y que los demás sean grises, éticamente grises, empáticamente grises. No son ciegos. Se dan cuenta de lo que pasa, pero les importa un carajo o no se atreven a enfrentarse.

Eso está también en el libro. Matilde, por ejemplo, es una mente financiera brillante y sabe que nunca va a llegar a la planta de arriba. Por ser mujer, por la edad que tiene y porque está en un banco familiar, con estructuras todavía más piramidales, más clasistas y más machistas.

Yo creo que está horrorizada de que Clarita se jubile porque piensa: «La siguiente soy yo».

El apellido, el clasismo y las formas del poder

P. Y luego está el sobrinísimo. Alguien que, por parentesco, ocupa un lugar que quizá de otro modo no ocuparía. ¿Qué dice de una institución que un apellido pueda abrir tantas puertas?

R. Claro. Si llevas determinado apellido te va a abrir mucho mundo. Eso te lo aseguro.

El clasismo sigue existiendo y sigue siendo verdaderamente una llave para escalar o, por lo menos, para mantenerte en un lugar.

Hay unas determinadas familias que, además, me hacen mucha gracia porque cuando hablas con ellas te dicen «mi tío fulano» o «mi primo tal» y carnalmente no tienen nada que ver. Pero todos son tíos y primos. Son esas doscientas familias, por decirlo de alguna manera.

Y todos se ayudan. No van a dejar caer a uno de los suyos, te lo aseguro, por muy inútil y necio que sea.

P. Hay algo aparentemente tan pequeño como tener una plaza de aparcamiento o un coche que se convierte también en una demostración de poder. ¿Por qué necesitamos poseer?

R. El poder, ya sabes, es uno de los temas que me interesa muchísimo y que trato en muchas novelas. Y aquí hay algo que trabajo especialmente: cómo el poder se regocija en la humillación. La sensación de poder se agranda cuando tú puedes humillar al que está por debajo.

Eso es terrorífico y, además, es verdad que toda nuestra vida está entretejida con relaciones de poder. No ocurre solamente en la oficina y, desde luego, no ocurre únicamente con tus jefes. Es con tus amigos, con tu familia, con tus hermanos… Todo es un entramado de relaciones de poder clarísimo.

Hay que tener muchísimo cuidado para no caer en cualquiera de los dos papeles, que son horribles: víctima o victimario.

Luego está el poder materialista. Poseer cosas materiales es una forma de poder, sobre todo porque puedes mostrarlas.

Por eso existen esas marcas de lujo que cuestan unas cantidades estrepitosas. Ves un bolso que cuesta como un coche o unas zapatillas que cuestan una barbaridad y dices: «¿Pero por qué? Si además me parece feísimo».

Porque eso es una marca de poder. Es como si llevaras unos galones.

Salirse de la norma

P. Las altas capacidades ¿Por qué aquello que nos distingue puede convertirse también en aquello que deseamos esconder?

R. Porque vivimos dentro de una engañifa: nos dicen que la normalidad equivale a lo que hace todo el mundo, y eso es mentira.

La normalidad no quiere decir lo que es más habitual o lo que hace todo el mundo. Viene de norma. Es un marco de comportamiento, un troquel que depende de las culturas, de las sociedades, de las épocas, y todo el entorno te obliga a adaptarte a ese troquel.

Como he dicho en El peligro de estar cuerda, lo normal es ser raro. Hay un abanico grandísimo de rarezas.

Lo que ocurre es que todos nos esforzamos desde la niñez para que no se note nuestra divergencia respecto al troquel. Aunque tengas que cortarte un brazo para caber.

Y lo hacemos con razón, porque al niño al que se le nota mucho la divergencia los otros niños lo atizan. Y eso ya puede acompañarte para adelante.

A Clarita se le nota mucho. Se le nota. Y da igual por dónde te salgas del marco. Si eres superdotado también te sales. Tengo amigos con hijos superdotados y es complicado. Muy complicado.

P. Entonces, quizá el problema no sea qué significa ser normal, sino quién obtiene el derecho a decidirlo.

R. Exactamente. Y esa normalidad cambia con las épocas.

Cuanto más tiránica es una sociedad, cuanto más monolítica y menos democrática, más estrecho es ese marco. Evidentemente, cuanto más democráticamente avanzada es, más laxo.

Pero, aun así, sigue existiendo un troquel y sigue existiendo una tiranía sobre los diferentes.

El miedo a querer y dejarse querer

P. Yoli ha intentado muchas veces acercarse a Clarita, pero ella nunca termina de atreverse. ¿Llega un momento en que la amistad o la intimidad pueden dar más miedo que la propia soledad?

R. Sobre todo a Clarita. Porque la han pegado tanto toda su vida, ha sido tan maltratada, que le da muchísimo miedo.

Como decía antes, durante muchos años creyó que la felicidad era la ausencia de dolor. Y para no tener dolor no se pone siquiera en riesgo.

Eso le basta durante un tiempo, como les ocurre a muchas personas maltratadas. Pero llega justamente al momento de la jubilación, ve que su vida todavía va a achicarse más y dice: «No es suficiente. Esto no es vida».

No se atreve a ser amiga porque tiene miedo.

Porque querer a alguien te pone en una situación de vulnerabilidad tremenda. Eso es así. Y no te digo ya querer amorosamente. Querer a un amigo, por supuesto, querer a un perro… te coloca en una situación de vulnerabilidad.

Tienes que tener valor para querer y para dejarte querer.

Y la pobre Clarita al principio no tenía suficiente. Pero yo creo que cuando termina la novela sí. Se va a ir con Yolanda a Alicante, en un viaje del Imserso, y va a ser feliz.

Empezar de nuevo cuando parecía demasiado tarde

P. Porque 65 años puede ser una edad tan buena como cualquier otra para empezar a hacer aquello que no hiciste porque te daba miedo.

R. Totalmente. Cualquier momento es un momento posible para volver a cambiar tu vida.

Yo, aunque ya soy muy mayor, voy por la cuarta o quinta vida, más o menos. Quiero decir que hay muchas vidas en cada vida.

Creo que por eso, además, he escrito esta novela. No ya por la edad. Porque no sabes por qué se impuso Clarita, por qué me contó esta historia. Pero luego, cuando empiezas a hablar de ella, reflexionas sobre lo que has hecho.

Creo que estamos en un momento muy oscuro y muy angustioso. Yo estoy muy angustiada. Me parece un momento muy duro.

Y de repente quizá necesitaba decirme: bueno, pese a todo, cuando tienes lo peor de lo peor, cuando estás convertida en un moco en el suelo, los seres humanos somos tan tenaces, tan adaptativos, tan supervivientes, que somos capaces de ponernos de pie de nuevo y crear otra vida. Una vida más digna, mejor, y conquistar un poco de luz.

Yo soy una voluntarista y una superviviente. Y creo realmente en eso.

P. Y hay vidas que parecen demostrarlo.

Hay una historia maravillosa de Minna Keal. Era una mujer británica y judía que venía de una familia de músicos. Estudió música hasta los quince o dieciséis años, pero murió su padre y tuvo que ponerse a trabajar. Pasó toda su vida trabajando como secretaria en un ministerio.

Le pilló la Segunda Guerra Mundial y toda aquella época. Se jubiló a los 65 años y volvió a estudiar música. Y a los 80 estrenó su primera composición como compositora en los Proms. Se convirtió en una de las compositoras contemporáneas importantes de Europa y murió con 94 años.

Es decir, tuvo toda una vida como compositora entre los 80 y los 94.

Envejecer es quedarse con menos futuro

P. ¿Qué es para ti envejecer?

R. Pues es una putada.

P. Pero no por lo que acabas de contar.

R. No. Lo del cuerpo es lo de menos, en tanto en cuanto estés sana.

Llevo un año en el que no te puedes imaginar la cantidad de entrevistas que me han hecho para reportajes sobre gente mayor. Yo no era consciente, te lo prometo.

Recuerdo una que me hizo un chico de treinta y tantos años. Me preguntaba: «¿Y tú ahora cómo ves la vida? ¿Qué has perdido de tu vida anterior?». Y yo le dije: «No he perdido nada. Tengo exactamente la misma vida. No he cambiado nada».

Y si la cambio, si la pierdo, no me interesa vivir.

A mí, por ejemplo, me encanta la montaña. Evidentemente, antes hacía en los Pirineos rutas de treinta y cinco kilómetros y eso ahora no lo voy a hacer porque me mata. Pero si no puedo hacer una docena de kilómetros por el campo, no me interesa vivir.

No es tanto el cuerpo. Lo verdaderamente tremendo de envejecer es que cada vez te queda menos futuro.

Porque ser joven, creo yo, es tener la convicción de que al día siguiente puedes empezar una vida totalmente distinta.

El paso de los años también te da cierta seguridad porque ya sabes que has podido con muchas cosas. Pero esa sensación de que realmente puedes volver a empezar de cero… Para mí eso es la juventud. De verdad.

Llega un punto en el que ya no hay manera de empezar de cero. Aunque te cambies, aunque te vayas a un monasterio, ya no empiezas de cero. No sé cómo explicarlo. Para mí esa sensación es la juventud.

P. ¿Por qué se habla tanto del miedo a morir y no se habla lo suficiente del miedo a descubrir que no has vivido lo que querías?

R. Yo creo que, primero, porque es inútil reconcomerse con lo que has hecho y con lo que no has hecho. Uno hace lo que puede.

Si hoy piensas: «Tuve que haber hecho otra cosa», lo piensas porque has vivido lo que has vivido. Eres lo que eres por lo que has hecho.

Si hubieras hecho otra cosa, habrías sido otra persona. Pero no eras esa persona. Hiciste lo que pudiste.

Por eso es completamente inútil reconcomerse pensando «tenía que haber hecho esto», «tenía que haber cambiado aquello». Es un poco como ese refrán inglés que dice que la hierba siempre es más verde al otro lado de la valla.

No es verdad. Pasas la valla y está llena de hongos.

Esa sensación constante que tenemos los humanos de que siempre nos falta algo… Yo me niego a eso. A esa ansiedad me niego.

La rabia y el límite de la humillación

P. La rabia. Es muy importante para Clarita, pero creo que también puede ser una emoción necesaria.

R. Mira, a mí el tema de la humillación me importa muchísimo desde siempre. Hasta el punto de que si conozco a alguien que me parece una persona estupenda y veo a ese hombre o a esa mujer humillando a alguien que no puede defenderse, para mí esa persona se ha acabado.

Pero se ha acabado.

Me parece imperdonable humillar a alguien. Creo que es de lo peor que puedes hacer con una persona porque, además, la humillación es como un veneno que te destruye.

Hace un año o así escribí un artículo sobre esto, y no es la primera vez que lo trato. Creo que muchos de los grandes males y catástrofes que ocurren en el mundo suceden por gente humillada.

Eso no lo justifica, porque hay muchísima gente que ha sido humillada y se convierte en gente maravillosa. Pero sí puede explicar esa ruptura del ser.

De eso trata también esta novela.

Y hay una cosa que me gusta muchísimo de Clarita: cuando de repente da un paso adelante y empieza a emerger esa otra Clarita, ella misma se da cuenta y dice: «Soy otra». Y empieza a preguntarse: «A ver cómo soy».

Entonces dice: «Pues decido ser buena».

Decide ser buena.

Eso me encanta de mi Clarita.

Catorce horas para cambiar una vida

P. Lo concentras todo en un día, apenas catorce horas. ¿Querías también decir que no siempre hace falta planificar un cambio a largo plazo?

R. No exactamente, porque ella no habría podido planificarlo. Estaba hundida. Tenía que pasar algo verdaderamente fuerte, algo que la hiciera enfadarse.

Pero el concepto de un día sí me gusta por eso que hemos hablado de la falta de futuro. Y además es como un cuento.

Yo quería desde el principio que tuviera eso. Cuando escribo, siempre tengo una intuición. Cuando todavía no sé nada de la novela, ya sé la longitud que va a tener. Y no me equivoco.

Sabía que esta era una novela corta. Quería que fuera como uno de esos pisapapeles de cristal, algo sólido, un objeto redondo y sólido.

Tenía que ser contundente y tenía que pasar en un día. Y ni siquiera llega a las veinticuatro horas: son catorce.

Rosa Montero, fuera de Clarita

P. Para terminar, ¿cuál es tu mejor y tu peor emoción, Rosa?

R. Pues mira, lo peor es que soy súper, súper vehemente. Muchas veces me pongo a discutir y luego me avergüenzo de haber discutido, porque ni siquiera opino de una manera tan tajante como parecía mientras discutía. Pero es que me llevan los demonios.

Y la mejor es que soy súper empática. Pero empática, eso sí lo digo.

1. La humillación puede marcar una vida entera.
Rosa Montero habla del acoso infantil, del acoso laboral y de cómo determinadas heridas pueden terminar normalizándose hasta formar parte de la identidad.

2. El poder no siempre necesita grandes gestos.
Puede estar en un apellido, una plaza de aparcamiento, un bolso, una jerarquía laboral o en la posibilidad de humillar a quien está por debajo.

3. Ser diferente sigue teniendo un precio.
Para Montero, la normalidad funciona como un «troquel» al que aprendemos a adaptarnos desde niños, incluso a costa de esconder aquello que nos distingue.

4. Envejecer no significa que todo esté decidido.
Clarita llega a los 65 años y todavía puede cambiar su vida. Rosa lo resume de una forma muy suya: «hay muchas vidas en cada vida».

5. Querer también exige valor.
Después de una vida intentando protegerse del dolor, Clarita tiene que aprender algo quizá todavía más difícil: dejarse querer.

Una mujer a punto de jubilarse, un banco en el que las jerarquías pesan más de lo que parecen, acoso y humillaciones que vienen de lejos, humor en medio de situaciones muy oscuras y apenas catorce horas capaces de alterar una vida entera.

Quienes buscan una novela breve pero intensa, con humor, tensión y una protagonista que obliga a mirar de frente asuntos como el acoso, la diferencia, el poder, la vejez y la posibilidad de empezar de nuevo.

La novela salió a la venta en España el 17 de septiembre de 2026.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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