Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Inma Pelegrín: «Para un niño, la prosopagnosia cambia su forma de relacionarse con el mundo.»

La poeta y psicóloga debuta en la narrativa con la novela ganadora del Premio Lumen 2025, una historia ambientada en el campo murciano que reflexiona sobre la diferencia, el cuidado y la resiliencia.

Después de una reconocida trayectoria como poeta, Inma Pelegrín debuta en la narrativa con Fosca, una primera novela distinguida con el Premio Lumen 2025. Poeta, psicóloga y profundamente vinculada al paisaje murciano, construye una historia donde la tierra no es solo un escenario, sino un personaje más. A través de Gaby, un niño que mira el mundo desde un lugar distinto, la autora reflexiona sobre la diferencia, la violencia heredada, la memoria y la capacidad de encontrar ternura incluso en los entornos más hostiles.

Más que un thriller rural, Fosca es una novela sobre quienes viven al margen, sobre la violencia que se hereda de generación en generación y sobre la capacidad de encontrar refugio en la naturaleza, en los animales y en el cuidado de los otros. Hablamos con Inma Pelegrín sobre memoria, poesía, resiliencia y el poder de la literatura para iluminar incluso los paisajes más ásperos.

Antes del crimen, quería que el lector sintiera el lugar

P. — ¿Por qué eliges comenzar con esa sensación física tan intensa, con ese sobresalto de Gaby al despertar, en lugar de empezar directamente por el crimen?

R. — Para mí era esencial situar primero el cuerpo que el suceso. Quería que el lector respirara el mismo calor, polvo y silencio forzado del campo murciano que Gabriel, que sintiera la fosca, ese cielo en guerra, esa tensión que solo entiende quien la ha vivido. Antes de contar lo que sucede, necesitaba que se comprendiera el lugar y el clima humano y físico: una casa sin agua ni luz, en condiciones durísimas, en un tiempo impreciso, finales de los cincuenta o principios de los sesenta. Ese “dónde” da sentido a todo lo que viene después.

La diferencia también es una forma de mirar el mundo

P. — Hablemos de Gaby, un niño cuya vida está marcada por la prosopagnosia, una condición que altera su manera de reconocer a los demás.

R. — La prosopagnosia dificulta o impide reconocer los rostros. Para un niño es duro, porque afecta su seguridad, sus relaciones y su día a día.

P. —¿Qué suponía para ti construir a un personaje que vive siempre al margen, alguien que no logra encajar en lo que se considera una vida “normal”?

R.— En aquella época era fácil no encajar, pero hoy también hay mucha gente que no encaja del todo con la sociedad o con lo que se escucha en las noticias.

Y quizá no encajar no sea tan malo como parece; te lo complica, sí, pero también puede protegerte de cosas crueles o violentas. Vive en un desamparo, pero desde ahí observa el mundo de otra manera.

La violencia también se hereda

P.—El padre de Gaby intenta formarlo a golpes y humillaciones. ¿Crees que esta situación dialoga con la idea de masculinidad actual y con la forma en que se perpetúa la violencia?

R. — En aquella época los roles estaban muy cerrados: había que cumplir lo que se esperaba de hombres y mujeres, y quien se salía de ese esquema era castigado. Hemos evolucionado, aunque no tanto como deberíamos. Esas actitudes perpetúan una masculinidad rígida, pero no se trata de hombres contra mujeres: las propias mujeres también mantenemos el patriarcado con nuestras actitudes.

La vida se sostenía con las abuelas y las madres; el hombre trabajaba fuera y traía la cosecha o el sueldo, mientras ellas cuidaban todo lo que estaba vivo: los hijos, los animales, los antepasados. Hoy las cosas han cambiado y cada vez todos podemos ocuparnos de todo, y eso es muy positivo.

El silencio puede ser refugio… y también una forma de violencia

P. — ¿Qué papel juega el silencio en tu vida?

R. — El silencio me viene de la poesía, que es muy importante para mí. Todos los sonidos necesitan silencio para existir; sin él no hay nada que decir ni escuchar. También puede ser compañía: permite escucharte a ti mismo y comprenderte.

P. — El silencio también como forma de violencia.

R. — Sí. En personas narcisistas o maltratadoras, una forma de castigo es precisamente el silencio: “no te veo, no te oigo”, para que no sientas nada. Es duro. Aparece incluso en la portada del libro, Sombra, la perra que acompaña a Gaby, que puede ser un refugio afectivo o un espejo de la sociedad.

La naturaleza también habla cuando las personas callan

P. — ¿Querías mostrar, a través de la relación con la naturaleza y los animales, una parte más “pura” de la sociedad?

R.— Sí, más pura, en la relación con la naturaleza y los animales. En el libro muestro cómo se usan las plantas para remedios y cómo los animales, como Sombra, establecen vínculos emocionales directos, sin palabras.

La fosca, ese polvo del campo murciano en verano, también es un personaje: refleja la dureza del entorno y la forma en que la vida sigue antes y después de la historia. Quería mostrar cómo se vive y se siente ese lugar, y cómo esa relación con la tierra y los seres que lo habitan es mucho más intensa y sensible.

Más que una moraleja, quería mostrar las contradicciones del ser humano

P. — Digamos que Fosca puede leerse también como una fábula contemporánea sobre la España rural y las heridas que todavía existen en la historia.

R. — Sí, totalmente. Aunque la palabra “fábula” me da un poco de miedo, porque siempre implica una moraleja, y yo no quería ninguna. Prefiero decir que refleja nuestra contradicción: no somos buenos ni malos, sino una mezcla de todo. Quería que quien lea el libro saque sus propias conclusiones, igual que ocurre con la poesía: cada uno interpreta un poema según le convenga o como lo necesite. Me gusta que sea así, libre, abierto a la interpretación.

La memoria de las mujeres también sostiene la historia

P.—Al ser tu primera novela después de la poesía, y basada en tu infancia y tu tierra, ¿qué te resultó más difícil a la hora de abrirte a las emociones y trasladarlas al papel?

**R.—**Me interesaba más describir que emocionar. Quería rescatar la memoria femenina, mostrar cómo las mujeres vivían con lo mínimo, y reflejar la obsesión de los abuelos por la comida, fruto de la guerra y de la supervivencia desde cero: plantar, hacer harina, hacer pan. Esa capacidad de resistencia y adaptación ha sido fundamental en lo que quería contar.

«Pensé que se habían equivocado y que el premio no era para mí»

P.— ¿Cómo fue recibir el premio?

R.—¡Uy, alucinante! Me parecía tan increíble que en cualquier momento se iban a dar cuenta de que se habían equivocado y que no era yo. Era mi primera novela, me llaman por teléfono y me dicen que me vaya a Madrid al día siguiente; te entra un poco de pánico, pero al mismo tiempo es un milagro, una sorpresa maravillosa. Todavía intento creérmelo mientras pienso en el siguiente proyecto.

Me hizo gracia también porque me pedían una foto para el libro: estaba en la cocina, con la tostadora, el exprimidor y los platos por medio, haciendo una foto a uno de mis hijos. Fue un momento muy real, casi doméstico, que refleja que los escritores también tenemos vida normal; no estamos siempre en un despacho rodeados de libros. La vida a veces me distrae de escribir, y eso se nota, pero al mismo tiempo te recuerda que escribir y vivir van de la mano.

Contar también es una forma de preservar lo que somos

P. — Hablábamos de Gaby, de mujeres, de hombres, de la tierra murciana, y de esa fosca que vuelve cada verano.

R. — Sí, y con el cambio climático, cada vez más. También quería reivindicar el poder de la palabra: contar nuestras obsesiones, luchar contra los fantasmas, preservar nuestra cultura y nuestra manera de hablar. Contar algo a un amigo multiplica lo bueno y divide lo malo. Me interesaba visibilizar lo que a veces no se dice, como nuestro acento murciano, que muchos critican frente a otros acentos. Lo que no se dice, no existe, y quería hablar de eso.

Poesía, psicología y narrativa nacen del mismo lugar

P. — Vamos con Inma, poeta, psicóloga y narradora. ¿Cómo dialogan estas tres facetas con el dolor humano y la capacidad de resiliencia?

R. — Todas tienen que ver con eso. He trabajado como psicóloga y llevo más de treinta años en un laboratorio, de ahí mi interés por las plantas, los remedios caseros, las medicinas y los antídotos. Como dijo Joan Margarit, la poesía se hace con la vida; todo está conectado. Mi formación como psicóloga me ayuda a comprender cómo se siente la gente y cómo me siento yo misma desde una perspectiva más analítica y menos subjetiva. Todos tenemos dolor y alegría; nuestras experiencias se mezclan, y esa mezcla nutre tanto la poesía como la narrativa.

El cuidado también puede salvarnos

P. — ¿Qué significa para ti la lealtad de Sombra y la resistencia de estas mujeres? ¿Cómo se relacionan dentro de esa atmósfera sofocante?

R. — La lealtad es compromiso y también supervivencia. Surge del cuidado del grupo y de los más necesitados. La unión de Sombra con Gaby aporta compañía y llena carencias, mostrando cómo incluso un animal puede dar lo que a alguien le falta. Esa solidaridad, ese apoyo mutuo, puede salvarnos; como aparece en el libro, y también en la vida real, estar en compañía, cuidarnos y nutrirnos unos a otros —ya sea un animal o una persona— nos da no solo supervivencia, sino también felicidad.

«A veces tampoco sabemos ver al otro»

P. — Para terminar, ¿crees que Fosca puede ser una metáfora de la sociedad, de ese aire viciado en el que cuesta ver con claridad?

R. —No lo había pensado, pero sí, totalmente. No es casual que Gaby no pueda distinguir a unas personas de otras: refleja que, aunque somos muy distintos, en esencia todos somos iguales. También muestra que a menudo no sabemos ponernos en el lugar del otro, practicar la empatía o la compasión. Así que, sí, puede leerse como metáfora de una sociedad donde cuesta ver con claridad lo que siente el otro.

CINCO IDEAS DE LA ENTREVISTA

  • La diferencia también puede convertirse en una forma de resistencia.
  • El paisaje condiciona la vida de quienes lo habitan.
  • El silencio puede ser refugio, pero también violencia.
  • La memoria femenina sostiene buena parte de la historia.
  • La solidaridad y el cuidado aparecen como una forma de supervivencia.

ENCONTRARÁS…

Una conversación sobre Fosca, la primera novela de Inma Pelegrín, donde hablamos de poesía, memoria, violencia, naturaleza, infancia, silencio y resiliencia.


IDEAL PARA…

  • Lectores de literatura contemporánea.
  • Quienes disfrutan de la narrativa rural.
  • Interesados en historias sobre la memoria y la identidad.
  • Lectores de Delibes, Jesús Carrasco o Sara Mesa.
  • Quienes buscan novelas donde el paisaje es también un personaje.

PREGUNTA AL LECTOR

¿Crees que la diferencia nos aparta de los demás… o puede convertirse también en una forma distinta de comprender el mundo?


FICHA DEL LIBRO

Título: Fosca

Autora: Inma Pelegrín

Editorial: Lumen

Género: Novela

Temas

  • Memoria
  • Violencia
  • Infancia
  • Mundo rural
  • Naturaleza
  • Silencio
  • Resiliencia
  • Familia
  • Identidad

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

MUCHO MÁS QUE
UNA ENTREVISTA

SÍGUENOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de
Rosa pasa página en tu correo. 

MÁS LEÍDOS

LIBROS DEL AUTOR

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de Rosa pasa página en tu correo. 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR