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Dolores Reyes: «Las mujeres buscan en basurales con las uñas un hueso, un diente o una astilla de sus hijas.»

La autora de Cometierra habla de memoria, desapariciones, censura y de la literatura como una forma de resistencia frente al silencio.

En 2019, Dolores Reyes debutó en la novela con Cometierra, una historia que parte de una premisa difícil de olvidar: una adolescente es capaz de encontrar a personas desaparecidas al comer la tierra que ellas habitaron. Lo que podría parecer el punto de partida de una novela fantástica acaba convirtiéndose en un relato profundamente arraigado en una realidad que sigue dejando miles de preguntas abiertas. Porque detrás del don de su protagonista aparecen las desapariciones, los feminicidios, la ausencia de justicia y el dolor de quienes continúan buscando a un ser querido.

Seis años después, Cometierra mantiene intacta esa capacidad de interpelar al lector. La novela ha cruzado fronteras, se ha traducido a numerosos idiomas y acaba de dar el salto a la pantalla con una adaptación audiovisual que vuelve a poner el foco sobre una historia que, por desgracia, sigue dialogando con el presente. Al mismo tiempo, la obra ha reabierto un intenso debate en Argentina tras el intento de retirarla de las aulas, convirtiéndose también en un símbolo de la defensa de la libertad de expresión frente a la censura.

Hablamos con Dolores Reyes sobre el origen de Cometierra, la memoria, las buscadoras, el realismo mágico, la adaptación audiovisual y la convicción de que la literatura también puede ayudar a nombrar aquello para lo que la realidad, demasiadas veces, todavía no encuentra respuestas.

La tierra sabe dónde están porque recibe los cuerpos como un útero caliente

P. La protagonista de Cometierra tiene una conexión muy especial con las víctimas de feminicidio. ¿Qué simboliza la tierra en la novela y cómo se relaciona con la memoria histórica de Argentina?

R. La tierra es casi un personaje más en Cometierra. Representa un principio femenino de conocimiento, de agricultura, de sostén. Es la que brinda alimento y sostiene materialmente la vida, pero también es quien recibe los cuerpos cuando esa vida termina. Incluso más allá de la voluntad de quienes intentan ocultarlos y separarlos de las personas que los buscan, la tierra sabe dónde están porque los recibe como si fuera un útero caliente: los vuelve a abrigar y los hace cuerpo otra vez.

Yo sentía que entre esa tierra que sabe y los familiares que buscan desesperadamente a un ser querido no existía comunicación. Ahí aparece Cometierra, una chica muy joven que tiene un don muy particular: comer la tierra que habitó una persona. No cualquier tierra, sino aquella donde creció, donde caminó descalza, donde dejó una parte de sí. Al ingerirla puede ver los últimos momentos de esa persona, parte de su memoria y de su experiencia, y transmitir esa información a quienes la están buscando.

«No quería convertir los cuerpos de las mujeres asesinadas en un espectáculo.»

P. En la novela abordas la violencia de género, la impunidad y la injusticia, pero lo haces a través del realismo mágico. ¿Por qué elegiste ese enfoque y qué aporta a la historia?

R. La magia siempre ha estado presente en la literatura y es un material narrativo muy antiguo. Basta pensar en Casandra, Medea o Circe. En mi caso la utilizo de una manera muy concreta: como un don de comunicación con un elemento de la naturaleza.

No quería crear una superheroína capaz de detener balas o hacer cosas extraordinarias. El poder de Cometierra es muy pequeño y, precisamente por eso, me interesa. Ella se comunica con el conocimiento que guarda la tierra al ingerirla y, a través de esas visiones, descubre si una persona está viva, si ha muerto o dónde se encuentra.

Gracias a ese don puede ayudar a que las familias sepan qué ocurrió y dónde está el cuerpo de quien buscan para poder comenzar un duelo. Y, en ocasiones, incluso consigue rescatar personas que todavía siguen con vida. Esa posibilidad también forma parte de la magia de la novela.

P. La novela trata un tema extremadamente duro, pero está escrita con un lenguaje poético y delicado. ¿Cómo encontraste ese equilibrio?

R. Nunca quise convertir los cuerpos de las mujeres asesinadas en un espectáculo. Veo constantemente cómo las noticias, los periódicos e incluso las imágenes insisten en exhibirlos, generando un consumo morboso que me interesa muy poco como escritora. Tampoco quería contribuir a esa mirada.

En Cometierra sabemos desde el principio cómo la protagonista descubre su don. Ocurre cuando pierde a su madre. En esa desesperación, al verla enterrada, apoya las manos sobre la tierra y comienza a tragarla como una forma de conservar algo de ella dentro de su propio cuerpo. Es entonces cuando descubre que puede acceder a esa memoria.

Cada vez que una persona llega a pedirle ayuda, Cometierra reconoce inmediatamente el dolor, la soledad y la desesperación que tiene delante porque ella misma ha pasado por esa experiencia. Cuando transmite lo que la tierra le muestra lo hace desde esa empatía. De ahí nace esa lengua poética, una forma de contar que se aleja por completo del espectáculo morboso de los cuerpos violentados y pone el foco en quienes buscan, en quienes aman y en quienes han perdido a alguien.

«La respuesta fue una defensa de la libertad de expresión y de los libros.»

P. Cometierra fue criticada e incluso censurada por sectores del Gobierno argentino. ¿Cómo viviste aquella reacción y qué impacto tuvo en ti como autora?

R. Fue muy impactante y muy violento. Cada vez que desde el Gobierno se publicaba un mensaje sobre la novela, o que el entonces secretario de Cultura decía que era «un libro para degenerados» sin haberlo leído —porque cuando los periodistas le preguntaron terminó reconociendo que no lo había hecho—, yo recibía una enorme cantidad de amenazas.

Me enviaban fotografías de mis hijos acompañadas de mensajes pidiendo que les pegaran un balazo. Fue algo realmente muy agresivo y muy duro de vivir.

También entendí que detrás de buena parte de esa violencia había campañas organizadas por trolls que alimentaban ese apaleamiento digital desde determinados sectores de la derecha.

Pero, frente a todo eso, ocurrió algo extraordinario. Recibí una inmensa ola de solidaridad de escritores y escritoras de Argentina y de muchos otros países. Aquí, en España, también se organizaron lecturas de desagravio. Los lectores me hicieron llegar muchísimo apoyo.

Se llenó el Teatro Picadero con una lectura colectiva en la que participaron alrededor de doscientos escritores, y esa iniciativa se replicó después en plazas, universidades de toda Argentina, de otros países de Latinoamérica e incluso en la Feria del Libro de Nueva York.

Aquello me hizo comprender que la respuesta no era solo una defensa hacia mí como autora, sino una defensa de algo mucho más importante: la libertad de expresión y los libros.

«Según ellos, un adolescente puede ir a la cárcel, pero no puede leer un libro.»

P. Otra de las críticas que recibió la novela fue que no era una lectura apropiada para menores. ¿Cómo respondes a ese argumento?

R. No sé si la literatura tiene que tener necesariamente un valor educativo. Cuando pienso en las novelas y en los cuentos que hicieron de mí una lectora apasionada, recuerdo libros bastante incorrectos, y precisamente ahí residía buena parte de su encanto. La literatura permite explorar aquello que está más allá de nuestra propia experiencia.

Cometierra es un personaje de ficción. Aunque dialogue de una manera muy directa con la realidad y pueda llegar a incomodar a algunos gobiernos, sigue siendo una construcción literaria.

Creo que un joven de quince, dieciséis, diecisiete o dieciocho años puede leer perfectamente esta novela. No estamos hablando de un niño pequeño. En Argentina, además, se puede votar desde los dieciséis años y, al mismo tiempo, los mismos sectores políticos que pretendían censurar mi libro proponían bajar la edad de imputabilidad hasta los doce.

Entonces la contradicción resulta evidente: según ellos, un adolescente puede ir a la cárcel, pero no puede leer un libro.

«Un libro también puede sacar al lector de la indiferencia.»

P. Cometierra ha dado el salto a la pantalla con una adaptación audiovisual. Después de acompañar la novela durante todos estos años y verla traducida a tantos idiomas, ¿qué ha significado para ti verla convertida en una serie?

R. Después de acompañar a Cometierra en todas sus traducciones, siento que he llegado a la traducción más masiva que podía imaginar. Por momentos resulta abrumador el alcance que tiene una serie en una plataforma como Amazon Prime.

Ayer, por ejemplo, viví una sorpresa maravillosa al ver un vídeo de Natalia Lafourcade poniéndose en la piel de Cometierra y dialogando con la Cometierra de la serie, interpretada por Lili Curiel. Fue muy emocionante. Sigue siendo un sacudón tras otro.

Además, me interesa mucho que una historia como esta pueda llevar el tema de las violencias machistas y de las desapariciones a muchísimos más espectadores. Tanto un libro como una serie tienen la capacidad de sacar al lector o al espectador de la indiferencia, hacer que tome posición y mire de frente un problema social que en Latinoamérica sigue siendo una auténtica sangría y que, desgraciadamente, también veo presente aquí, en Europa.

P. Cuando una novela pasa al audiovisual siempre hay cambios. ¿Qué era irrenunciable para ti en esta adaptación?

R. La esencia de los personajes. Los adoro. Tanto Cometierra como su hermano Walter son el corazón de la historia. Al final, esta también es la historia de dos hermanos huérfanos que intentan salir adelante juntos.

Para mí era fundamental que esa esencia permaneciera intacta, y está ahí. No puedo contar demasiado, pero la interpretación de Yalitza Aparicio es una maravilla. Estoy muy contenta con lo que está sucediendo.

«Todavía seguimos buscando.»

P. ¿Qué esperas que descubran quienes lleguen a la historia a través de la serie sin haber leído antes la novela?

R. Espero que encuentren la esencia de Cometierra: esa conexión con un principio ancestral como es la tierra, capaz de unirnos con quienes ya no están.

Creo que hay algo profundamente humano en esa necesidad de enterrar, de despedirse y de hacer un duelo. Más allá del lenguaje, que suele distinguirnos como especie, está el hecho de saber que vamos a morir y la necesidad de acompañar esa ausencia con rituales y palabras.

Tanto la novela como la serie hablan de qué ocurre cuando son los padres quienes tienen que enterrar a un hijo o una hija. Y también de qué sucede cuando ese cuerpo ni siquiera aparece y no se conoce la verdad. Las preguntas que Cometierra intenta responder son siempre las mismas: dónde están, qué les pasó, cómo murieron o cómo podemos recuperarlos.

P. Es una novela profundamente contemporánea y, al mismo tiempo, tristemente atemporal.

R. Sí, eso es muy impresionante. Yo la escribí pensando en un personaje absolutamente contemporáneo, una heroína muy cotidiana. Sin embargo, cuando uno mira la historia de nuestros países descubre que siempre estamos buscando a alguien que falta: un abuelo, un familiar, una historia que nunca pudo cerrarse por las violencias internas o por la violencia del Estado.

En Latinoamérica, además, se suma la violencia del narcotráfico y el legado de las dictaduras. Todavía seguimos buscando.

Yo crecí viendo a organizaciones de madres y abuelas buscar a sus hijos y a sus nietos en la tierra. No como una metáfora literaria, sino como una realidad. Antes de venir a España estaban exhumando y clasificando restos humanos con el Equipo Argentino de Antropología Forense en un antiguo predio militar. Solo con eso ya sabemos qué ocurrió allí.

«Las mujeres buscan en basurales con las uñas un hueso, un diente o una astilla de sus hijas.»

P. Después de Cometierra llegó Miseria. ¿Cómo ha evolucionado ese universo y qué aporta este nuevo personaje?

R. No puedo contar demasiado porque haría spoilers, pero Miseria es un personaje al que quiero muchísimo. En Cometierra aparece filtrada por la mirada de la protagonista, que queda fascinada cuando la conoce. En la segunda novela adquiere una voz propia, una autonomía y una centralidad que antes no tenía.

Es un personaje muy ligado a muchas de las alumnas que tuve durante décadas como docente. Chicas que crecieron en contextos de enorme vulnerabilidad. Miseria es pequeña, está marcada por muchas privaciones, pero al mismo tiempo es un personaje lleno de vida, de luz y de una enorme capacidad de resistencia.

Está fascinada con Cometierra. Quiere que vuelva a ejercer su don, que retome todo, incluso que tenga presencia en Instagram y vuelva a atender a quienes la buscan, porque para ella es la mejor vidente del mundo.

Con ese empuje consigue sacudir a Cometierra en un momento en el que está más reflexiva que nunca. Ella se pregunta si debe volver o no a comer tierra, sabiendo que esa será una decisión que cambiará su vida para siempre. Y en ese proceso Miseria tiene un papel fundamental.

P. ¿Qué sientes cuando das voz a mujeres que nunca pudieron contar su propia historia?

R. Siento muchísimas cosas. Por un lado es satisfactorio, pero, por otro, cada persona que se me acerca para contarme su historia me recuerda que la realidad siempre es mucho más cruel y despiadada que la ficción.

Me sigue ocurriendo que algunas personas leen la novela y creen que está basada en una vidente real. Me piden su contacto o incluso me preguntan si esa persona soy yo. Y ahí llega la parte más dura: tener que explicar a alguien que lleva veinte años buscando a una hermana o a una madre desaparecida que Cometierra es ficción y que esa vidente no existe.

Es muy doloroso porque esas personas saben que, en muchos casos, el Estado ya dejó de buscarlas. Ya nadie está investigando y eso es lo que realmente duele.

P. Cuando no aparece un cuerpo, tampoco existe un final posible para la historia.

R. Exacto. No tienes nada.

Creo que incluso en las novelas hay una evolución respecto a esa idea. En la primera, los personajes todavía no comprenden del todo la importancia de encontrar un cuerpo. Piensan que quizá la persona siga viva, buscan una fotografía que les dé alguna esperanza. Todavía no entienden que recuperar un cuerpo también significa poder cerrar una historia, empezar el duelo y comenzar a sanar.

En Latinoamérica he visto a mujeres buscar con sus propias uñas en basurales un hueso, un diente, una astilla, cualquier resto de sus hijas. A veces llegan a un lugar y encuentran unas zapatillas, una mochila o una nota. Solo un objeto que confirma que estuvieron allí.

Son lugares terribles donde se asesina a personas como si la vida no tuviera ningún valor. Eso me duele profundamente. Y, en países como México, muchas veces también desaparecen a quienes salen a buscarlas.

«Las buscadoras me enseñaron que la esperanza también puede ser colectiva.»

P. Convives literariamente con un dolor enorme. ¿Cómo consigues no perder la esperanza?

R. Creo que tanto en la novela como en la vida existe también un lado luminoso, y eso lo aprendí precisamente de las buscadoras.

Son mujeres que han atravesado experiencias devastadoras y, sin embargo, conservan una enorme vitalidad y una capacidad inmensa para sostener la esperanza. Muchas llegan a un punto de sabiduría en el que dicen: «Yo ya no busco solo a mi hijo. Buscamos a los hijos de todas». Y cuando aparece un nieto, una hija o un hijo, la alegría es compartida.

He aprendido muchísimo observándolas.

La realidad puede ser muy dura. A veces aplasta, entristece y nos hace sentir profundamente impotentes. Mi manera de enfrentarme a todo eso siempre ha sido la escritura y sigue siéndolo hoy.

«Un libro puede parecer pequeño, pero tiene la capacidad de poner el lenguaje en movimiento.»

P. Durante esta entrevista has contado que llegaste a recibir amenazas dirigidas incluso contra tus hijos. ¿Cómo se sobrevive a algo así?

R. Mis hijos no estaban tranquilos. Estaban aterrados. Porque uno nunca sabe cuándo algo que empieza siendo virtual o mediático puede convertirse en una amenaza real.

Toda aquella exposición fue muy violenta. No ocurrió solo en redes sociales; también en televisión.

Sin embargo, cuando salía a la calle vivía exactamente lo contrario. La respuesta de la gente era profundamente afectuosa y muy empática. Al principio incluso resultaba desbordante. Bastaba caminar unas pocas cuadras para que muchas personas se acercaran a mostrarme su apoyo. Algunas ni siquiera habían leído el libro. Simplemente me decían: «Vamos, Cometierra», como si el personaje también caminara conmigo.

Creo que esa reacción tiene mucho que ver con la historia de Argentina. Sabemos perfectamente lo que significan la censura y la quema de libros. Durante la última dictadura se quemaron más de un millón de ejemplares del Centro Editor de América Latina delante de su editor. Lo hicieron a plena luz del día, lo fotografiaron y lo filmaron porque querían exhibirlo.

Por eso la sociedad reconoce esos gestos y no quiere volver a recorrer ese camino.

P. ¿Una sociedad puede llegar a acostumbrarse a un horror así?

R. Yo creo que no. Y precisamente por eso seguimos reaccionando, mostrando nuestro desacuerdo y negándonos a aceptar determinadas cosas.

Mientras algo nos siga doliendo y sigamos respondiendo, significa que no nos han vencido ni nos han conseguido paralizar.

Cada persona encuentra su propia herramienta. Para mí esa herramienta es la literatura. Un libro puede parecer un objeto pequeño, pero tiene la capacidad de poner el lenguaje en movimiento, abrir debates y hacer que las personas conversen sobre ideas en lugar de intentar silenciar al otro mediante la violencia.

Para mí, escribir también es una forma de intervenir en el mundo y de aportar un pequeño grano de arena.

«En la casa de Cometierra también hay mucho de mi propia familia.»

P. Cometierra nace de la ficción, pero ¿cuánto hay de tu propia vida en esta historia?

R. Muchísimo. Hay muchísimo de mí y de mi familia.

Mis hijos, cuando leen la novela, reconocen pequeñas escenas y momentos que ellos mismos vivieron durante su adolescencia. Esas tardes en las que uno llegaba con un juego, otro con una pizza y todos pasaban el día juntos, construyendo un refugio propio y dejando fuera el mundo de las violencias de los adultos.

En la casa de Walter y Cometierra sucede algo parecido. Desde el momento en que ellos toman las riendas de su vida, todo puede ser más caótico —hay abrigos tirados por el suelo, colchones por todas partes—, pero también aparece otra manera de convivir, mucho más libre y mucho más saludable.

P. Dolores Reyes, ha sido un placer volver a encontrarte. Muchas gracias.

R. Gracias a vos. Qué lindo volver a verte.

Cinco ideas que encontrarás en esta entrevista

  • El origen de Cometierra y el simbolismo de la tierra.
  • Cómo el realismo mágico puede hablar de los feminicidios y las desapariciones.
  • La polémica por la censura de la novela en Argentina.
  • La adaptación audiovisual y el salto de Cometierra a la pantalla.
  • El papel de la literatura frente a la violencia y el olvido.

Tendrás…

Una conversación con Dolores Reyes sobre Cometierra, una novela que une realismo mágico y compromiso social para hablar de desapariciones, feminicidios, memoria, censura y libertad de expresión. También hablamos de su adaptación audiovisual, de Miseria y del papel de la literatura frente a la violencia.


Ideal para…

  • Lectores de literatura latinoamericana.
  • Quienes disfrutan del realismo mágico contemporáneo.
  • Personas interesadas en feminismo, memoria y derechos humanos.
  • Lectores de narrativa social.
  • Quienes quieran descubrir una de las novelas más importantes de la literatura argentina reciente.

Ficha del libro

Título: Cometierra

Autora: Dolores Reyes

Editorial: Alfaguara

Género: Novela


Pregunta para los lectores

¿Puede una novela ayudar a mantener viva la memoria de quienes nunca dejaron de ser buscados? Te leemos en los comentarios.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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