Durante años convulsos, con la política y la información moviéndose a un ritmo vertiginoso, Juan Gabriel Vázquez, novelista, ensayista y una de las voces más destacadas de la literatura en español contemporánea, escribió columnas que buscaban explicar y nombrar lo que estaba ocurriendo sin perder perspectiva. Lo que nació como intervención urgente en la prensa, al reunirse en un libro, adquiere otra dimensión: un registro reflexivo sobre la época que nos ha tocado vivir, donde los textos dialogan entre sí y con el lector sobre verdad, memoria y responsabilidad.
No resulta extraño que sea él quien plantee estas preguntas. Desde hace años, Juan Gabriel Vázquez ha convertido la literatura en un espacio desde el que reflexionar sobre la memoria, la violencia, el poder y la manera en que los relatos terminan condicionando nuestra forma de entender el mundo. Esa misma mirada, trasladada ahora al presente y a la actualidad, recorre Esto ha sucedido.
Hablamos con él sobre periodismo, desinformación, democracia, inteligencia artificial y el papel que todavía puede desempeñar la literatura en una época marcada por la polarización.
«Decir «esto ha sucedido» se ha convertido en un acto de resistencia.»
P. Esto ha sucedido parece un título muy sencillo, pero encierra una idea muy poderosa. ¿Qué significa realmente esa frase?
R. Sale de una novela de Camus. Fíjate: este libro sobre periodismo tiene un título que nace de una obra de ficción. En esa novela hay un narrador que dice que la tarea del cronista es decir «esto ha sucedido» cuando ve que, en efecto, eso ha sucedido.
Puede parecer una obviedad, casi una redundancia, pero para mí es una de las tareas más difíciles a las que nos enfrentamos hoy los ciudadanos y, desde luego, los periodistas. Vivimos un momento muy extraño en el que decir que algo ha ocurrido simplemente porque lo hemos visto ya no basta.
Hay maquinarias gigantescas —una combinación de redes sociales, nuevas tecnologías y las intenciones políticas de los autócratas de nuevo cuño, como Donald Trump— que buscan anular la percepción que el ciudadano tiene de la realidad. Intentan convencernos de que, aunque lo hayamos visto con nuestros propios ojos, en realidad eso no ha sucedido.
En ese mundo nuevo y peligroso escribí estos artículos, y por eso están reunidos bajo ese título.
«Una democracia no puede sobrevivir sin una realidad compartida.»
P. El título también admite otra lectura. Antes el problema era que nos hicieran dudar de algo que habíamos visto; ahora, con la inteligencia artificial y la manipulación digital, también puede ocurrir lo contrario: que veamos algo que nunca ha sucedido. ¿Hasta qué punto podemos confiar hoy en la realidad que tenemos delante?
R. Creo —y lo sostengo en varios artículos del libro— que desde hace unos años, especialmente desde 2016, cuando posverdad fue elegida palabra del año, hemos asistido a una destrucción meticulosa de nuestra realidad compartida.
Fuerzas que responden a intereses económicos y políticos han conseguido encerrarnos en burbujas de información y de sentido que apenas se comunican entre sí. Cada uno recibe una versión de la realidad distinta de la del vecino, y mucho más si ese vecino piensa de otra manera.
Ese encierro en burbujas impenetrables es uno de los mayores peligros para una democracia, porque una democracia se basa en la conversación y en la negociación. Si no estamos viendo la misma realidad, resulta imposible conversar y también negociar.
Lo que llamamos polarización es, en gran medida, consecuencia de eso: de la incapacidad para compartir una realidad común. Cada uno interpreta los hechos desde sus ideas, como siempre ha ocurrido, pero antes partíamos de unos hechos compartidos. Hoy esa base común está desapareciendo.
«El periodismo se ha convertido en el enemigo de quienes quieren manipular la realidad.»
P. En el libro reivindicas el periodismo tradicional. ¿Crees que sigue siendo el lugar donde todavía es posible distinguir la realidad del ruido?
R. No diría necesariamente que el periodismo en papel sea más verdadero o menos manipulable. Pero sí creo que el periodismo —y este libro quiere ser también un gran homenaje a él— sigue siendo un espacio de resistencia.
Me refiero al periodismo que haces tú, al que hace mi periódico, al de los medios que, con todos sus problemas y todos sus defectos, siguen intentando verificar los hechos y contarlos con responsabilidad. Precisamente ese periodismo se ha convertido en el enemigo número uno de los Musk, los Zuckerberg o los Trump del mundo.
Hoy es el único lugar capaz de plantar cara a los excesos de estos autoritarismos y de estas plutocracias tecnológicas. Es desde ahí desde donde denunciamos los abusos de un Trump o de un Milei. Y por eso Milei llama a los periodistas «hijos de puta», y por eso Trump los llama «enemigos del pueblo».
Eso demuestra hasta qué punto este periodismo es hoy más necesario que nunca. Me gustaría que este libro también pudiera leerse como un homenaje a esos periodistas y a esa forma de ejercer el oficio.
«La literatura sigue siendo el lugar donde aprendemos a mirar con los ojos del otro.»
P. En el libro defiendes que el arte no es un lujo, sino una necesidad. En un mundo dominado por la polarización, ¿qué puede hacer todavía la literatura?
R. Es una pregunta que me hago todos los días. Hay muchas respuestas posibles, pero, en lo que tiene que ver con este libro, creo que la literatura puede convertirse en una especie de antídoto contra la forma que ha tomado nuestra vida en las plataformas: una vida dominada por percepciones sesgadas y por el encierro en burbujas.
Frente a eso, la literatura propone una salida, un salto hacia el otro, una ruptura de esa burbuja. Una gran novela invita precisamente a eso: a mirar el mundo, durante el tiempo de la lectura, a través de los ojos de otra persona.
Lo que hace veinte años podía sonar a frase de autoayuda, hoy tiene una enorme urgencia política. Ver el mundo desde el lugar del otro es algo casi imposible cuando vivimos inmersos en las redes sociales. Las novelas ofrecen justamente ese ejercicio: romper las barreras, abandonar la burbuja, instalarse en la sensibilidad y en las emociones de otra persona para comprender el mundo desde allí.
Y todo ello con la esperanza de que ese ejercicio conduzca a una mayor comprensión.

«La cultura es una forma de resistencia frente a la manipulación.»
P. Entonces, ¿la cultura puede convertirse en un acto de resistencia?
R. Exactamente. La cultura es una forma de resistencia frente a las peores manipulaciones a las que estamos siendo sometidos; frente al empobrecimiento de nuestra experiencia social y frente al olvido de nuestro pasado cuando hablamos de política o de historia.
Las novelas, en particular, y la cultura en general, siguen ofreciendo esa resistencia. Y precisamente por eso continúan siendo incómodas para los poderes.
«Las redes sociales han convertido al adversario en un enemigo.»
P. En lo personal, ¿cómo afecta a la vida intelectual habitar un tiempo marcado por la crispación y la manipulación informativa?
R. Lo veo todos los días. Estamos sometidos de forma constante a la crispación de nuestras conversaciones, a la construcción del otro no como un contradictor, sino como un enemigo, al envenenamiento de nuestras relaciones.
Todo eso responde a una lógica muy perversa: captura nuestra atención y genera tráfico. Y nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra actividad en las redes constituyen el modelo de negocio de las plataformas.
La consecuencia es que su forma de lucrarse depende, en buena medida, de enfrentarnos entre nosotros, de deteriorar la convivencia, de polarizar nuestras conversaciones y de mantenernos permanentemente enfadados. La naturaleza humana hace el resto: prestamos mucha más atención a aquello que nos irrita, nos agrede o nos indigna que a lo que nos tranquiliza o nos invita a la moderación.
«La violencia verbal es uno de los síntomas más graves de nuestro tiempo.»
P. Pero esa dinámica también se percibe en algunos medios de comunicación, no solo en las redes sociales.
R. Sí, también ocurre en la prensa. La diferencia es que las redes sociales ocupan muchas horas de nuestra vida y terminan condicionando nuestra manera de ver el mundo.
La prensa, afortunadamente, todavía ofrece más espacio para la reflexión y para que el ciudadano conserve cierta conciencia crítica sobre lo que está ocurriendo.
P. ¿Qué te preocupa más: el deterioro del lenguaje político o la normalización de la violencia?
R. Van completamente de la mano. Pero, si tuviera que señalar un síntoma especialmente preocupante, diría que es la normalización de la violencia verbal entre los ciudadanos. Es una señal muy clara de una disolución cívica que me inquieta profundamente.
Y, en cuanto al deterioro del discurso político, creo que una de las grandes enfermedades de nuestra convivencia aparece cuando los responsables políticos descubren el enorme poder que tienen para influir en los ciudadanos y utilizan esa capacidad para dividir, enfrentar y polarizar a la sociedad.
Hoy mismo, en mi país, estamos en un proceso preelectoral. Las elecciones son dentro de pocas semanas y ya vemos a candidatos cuyo principal argumento consiste en convencer a media Colombia de que la otra mitad es su enemiga y debe ser aniquilada. Eso está ocurriendo.
Existe un cruce muy peligroso entre ese discurso político y el deterioro de la conversación pública. Me preocupa profundamente y me gustaría que este libro pudiera servir también como un pequeño antídoto frente a esa deriva.
Al final, todo vuelve a esa idea con la que empezábamos: la responsabilidad ética de decir lo que vemos cuando vemos que ha sucedido.
«Cuando la política convierte al adversario en un enemigo, la democracia empieza a romperse.»
P. En un contexto como el actual, ¿cómo debería narrarse un conflicto como la escalada entre Estados Unidos e Irán sin caer en la simplificación?
R. Más que propaganda, el gran riesgo es precisamente la simplificación.
Es difícil explicar el enorme daño que la segunda presidencia de Trump ha causado —y seguirá causando— al orden internacional.
Más allá de que consideremos que Maduro es un dictador violador de los derechos humanos o que Jamenei dirige uno de los regímenes teocráticos y autoritarios más represivos del mundo, el verdadero problema es que el orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en acuerdos y convenciones extremadamente delicados, está siendo desmontado de manera sistemática por el gobierno de Trump.
Y eso es gravísimo. Hoy vivimos en un mundo más peligroso.
Quien piense que las intervenciones militares de Estados Unidos, emprendidas sin pasar por el Congreso o al margen de la legalidad internacional, son un problema aislado, se equivoca. Lo que hacen es abrir la puerta para que otros Estados actúen del mismo modo. Ahí están los ejemplos de Rusia en Ucrania o de China en Hong Kong, y la lista podría continuar.
Muchas de estas guerras responden a intereses de política interna. En Estados Unidos, además, coinciden con periodos electorales. Pero también responden a intereses económicos y a la codicia. Trump está atacando a un país que supone un riesgo para algunos de sus principales aliados comerciales en Arabia Saudí y los Emiratos.
Lo verdaderamente preocupante es la subordinación del orden internacional, de la salud de las democracias y, en definitiva, de la seguridad de los ciudadanos a la ambición personal y a la codicia de un solo hombre.
Deberían existir mecanismos capaces de impedirlo. Algunos han sido desmantelados por el propio Trump y, lo más grave, es que nosotros lo hemos permitido.
«La polarización consigue que millones de personas crean una realidad que nunca existió.»
P. Ese parece ser también un ejemplo extremo de polarización: la necesidad de situarse en un bando u otro.
R. Exactamente. El trumpismo es uno de los ejemplos más claros de polarización porque ha conseguido imponer un relato falso a una parte muy importante de la población.
Hoy millones de estadounidenses creen que lo ocurrido el 6 de enero en el Capitolio no fue un intento violento de impedir una transición democrática, sino una manifestación pacífica y patriótica.
Cuando ese tipo de distorsiones de la realidad consiguen imponerse, las consecuencias políticas terminan siendo profundamente nefastas.
«La inteligencia artificial puede convertirse en el mayor desafío para la democracia.»
P. Si esta situación se prolonga, ¿qué te preocupa más: el impacto geopolítico o la forma en que el debate público terminará convirtiéndolo todo en un espectáculo?
R. Está muy bien visto, porque esa transformación de todo en entretenimiento es una de las razones por las que hemos llegado hasta aquí.
Pero, por encima de eso, a mí me preocupa una triple amenaza que definieron los científicos atómicos encargados de actualizar el llamado Reloj del Fin del Mundo.
Es una iniciativa que impulsaron Einstein y Oppenheimer, entre otros científicos vinculados a la creación de la bomba atómica. Inventaron este reloj simbólico para medir el riesgo de que la humanidad se acerque a una catástrofe irreversible. Cada año, desde 1947, las manecillas se ajustan en función de los riesgos que afrontamos.
Hoy están más cerca del fin que nunca. Simbólicamente faltan ochenta y nueve segundos para el cataclismo.
Los tres grandes riesgos que identifica ese comité científico son el cambio climático, el mal uso de la energía nuclear y el mal uso de la inteligencia artificial.
Creo que, pese a los negacionistas, hemos alcanzado cierto consenso sobre los dos primeros. Sin embargo, todavía no somos plenamente conscientes del enorme riesgo que supone la inteligencia artificial.
Seguimos fascinados con el juguete nuevo y no estamos viendo con claridad las consecuencias que la inteligencia artificial generativa puede tener sobre nuestras democracias y nuestras sociedades. Y esas consecuencias pueden ser enormes y gravísimas. Tenemos que empezar a ser conscientes de ello.
«Conversar sigue siendo el mejor antídoto contra el fanatismo.»
P. Rosa Montero decía que creíamos haber creado una herramienta extraordinaria cuando, en realidad, la inteligencia artificial terminaría dominándonos a nosotros.
R. Y es que eso ya está sucediendo.
Escuchamos afirmaciones como esa y enseguida pensamos en 2001: Una odisea del espacio o en la ciencia ficción. Las desestimamos como si fueran exageraciones de tecnófobos o de personas que no entienden la tecnología.
Pero la realidad ya nos está alcanzando. Ya hay jóvenes que se han suicidado siguiendo el consejo de un chat de inteligencia artificial. También hay empresas que han rechazado participar en proyectos destinados a espiar ciudadanos con fines bélicos. Son situaciones que hace unos años habríamos considerado propias de una distopía.
Nos falta compromiso como ciudadanos para comprender mejor los riesgos que tenemos delante y decidir qué podemos hacer para afrontarlos.
P. Decías antes que este libro quiere ser, sobre todo, una conversación. ¿Puede esa conversación convertirse en un antídoto contra el fanatismo?
R. Sí. La conversación puede mucho, incluso cuando fracasa.
Una conversación fracasada siempre es mejor que el fracaso sin haber intentado conversar. Al menos existe el esfuerzo de reconocernos en un plano humano y de escuchar al otro.
Uno de los síntomas más graves de nuestro tiempo es la incapacidad para encontrarnos con quienes piensan diferente y escuchar realmente sus ideas.
Eso no es casual. Es un diseño favorecido por las redes sociales. La desinformación y la posverdad son también consecuencia de habernos encerrado en monólogos. Nos hemos convertido en pequeños fundamentalistas de nuestras propias causas, alérgicos al disenso y a la diversidad de opiniones, incapaces de reconocer que incluso una idea que no compartimos puede contener algún valor.
Recuperar el hábito de conversar, debatir y dialogar debería ser uno de los primeros pasos para reconstruir sociedades que hoy están profundamente fracturadas.
«La democracia empieza cuando somos capaces de escuchar a quien piensa distinto.»
P. Entonces habría que empezar desde la raíz, desde las primeras generaciones.
R. Exactamente. Hay que enseñar a los niños a hablar, a dialogar, y no encerrarlos desde pequeños delante de una pantalla.
Y, además, hace falta regulación. Sé que es una palabra impopular, pero creo que la intervención de los Estados sobre estos espacios digitales es cada vez más urgente.
De hecho, uno de los mejores argumentos para apoyar esa regulación es observar lo mal que les sienta a los propietarios de las plataformas. Basta ver los niveles de ira que alcanza Elon Musk cada vez que un país intenta sancionar o regular su actividad.
Sus reacciones llegan a parecer auténticas injerencias en la política interna de otros Estados. Eso debería servirnos de alerta. Si una regulación les molesta tanto, será por algo.
«Pensar por uno mismo es uno de los mayores actos de libertad.»
P. ¿Cómo puede un columnista ayudar a los lectores a filtrar la desinformación sin perder la capacidad de responder a la actualidad inmediata?
R. No sé si ese es exactamente el propósito de una columna de opinión como las mías.
Mis artículos tienen unas mil doscientas cincuenta palabras. Exigen tiempo, atención y también respetan la inteligencia del lector. Intentan preservar los matices de una situación.
Más que ofrecer respuestas inmediatas, lo que buscan es orientar al lector frente a algo que ya ha sucedido. Es lo mismo que yo busco cuando leo a los columnistas que admiro: entender cómo pensar un acontecimiento, cómo situarme frente a él.
Y eso es muy difícil, porque pensar por uno mismo es una de las tareas más complicadas de un mundo tan gregario y tribal como el nuestro, donde sentimos constantemente la necesidad de pertenecer a una tribu.
«La independencia también se construye escuchando a los demás.»
P. Esa búsqueda de la independencia acaba siendo casi una forma de vida.
R. Exactamente. Pero esa independencia tampoco se construye en soledad.
Necesitamos a otros que, con sus ideas y sus argumentos, nos ayuden a formar nuestro propio criterio.
Este libro, humildemente, quiere contribuir a ese esfuerzo.
«Mientras podamos decir «esto ha sucedido», todavía habrá esperanza.»
P. Si tuvieras que escribir una última columna para esta edición, ¿sobre qué escribirías?
R. Escribiría sobre lo que estamos viendo ahora mismo.
Intentaría comprender qué está ocurriendo en Irán y por qué se está bombardeando ese país de esta manera: sin la intervención del Congreso de Estados Unidos, que siempre había sido una institución sagrada; sin una idea clara de cómo puede terminar esta guerra; y sin el respaldo de los aliados tradicionales, que, afortunadamente —y hablo también por España—, han levantado la mano para decir: «En esto no estamos».
Eso es lo que está sucediendo.
Ojalá pase pronto y podamos decir, simplemente: «Esto ha sucedido».
Cinco ideas que encontrarás en esta entrevista
- Por qué la desinformación amenaza la democracia.
- El papel del periodismo frente a la manipulación.
- Cómo la inteligencia artificial puede transformar nuestras sociedades.
- La literatura como resistencia frente a la polarización.
- La importancia de recuperar el diálogo para reconstruir la convivencia.
Encontrarás…
Una conversación con Juan Gabriel Vázquez sobre Esto ha sucedido, la verdad, el periodismo, la inteligencia artificial, la polarización, la democracia y el papel que todavía puede desempeñar la literatura en un mundo cada vez más fragmentado.
Ideal para…
- Lectores interesados en política y actualidad.
- Periodistas y estudiantes de comunicación.
- Quienes quieren comprender el impacto de la inteligencia artificial.
- Lectores de ensayo y literatura contemporánea.
- Personas preocupadas por la desinformación y la democracia.
Ficha del libro
Título: Esto ha sucedido
Autor: Juan Gabriel Vázquez
Editorial: Alfaguara
Género: Ensayo
Pregunta al lector
¿Crees que todavía compartimos una misma realidad o las redes sociales han terminado por fragmentarla?
