Revista. Periodismo literario y actualidad cultural

Una entrevista comienza
mucho antes de
encender el micrófono

Thomas Schlesser: ¿Qué puede hacer la cultura por nosotros cuando la realidad nos desborda?

Thomas Schlesser:«Poner palabras a lo que sentimos también es una forma de vivir»

El autor de El gato del jardinero habla del cuidado cuando ya no basta, de las distintas formas de conocimiento, del poder de nombrar y de una poesía capaz de consolar, reunir y también resistir.

Thomas Schlesser es historiador del arte, profesor en la Escuela Politécnica de París y director de la Fundación Hartung-Bergman. Después de convertir Los ojos de Mona en un fenómeno internacional —más de un millón de ejemplares vendidos en sesenta países—, vuelve a la novela con El gato del jardinero, donde cambia la mirada por la palabra: si en aquella historia Mona tenía que aprender a ver, aquí Luis tendrá que aprender a decir.

Un gato enfermo, un jardinero que sabe cuidar la tierra pero no siempre encuentra las palabras y una profesora jubilada que todavía necesita transmitir. Thomas Schlesser construye desde ahí una novela sobre aquello que podemos aprender del otro cuando nuestra propia manera de entender el mundo ya no basta.

A veces, una tormenta no termina cuando deja de llover. Quedan los árboles caídos, la tierra abierta, un animal enfermo entre los brazos y esa sensación de que algo también se ha quebrado por dentro. Entonces aparecen unas palabras que no estaban, unos versos, una voz al otro lado del jardín. Y mientras la tierra intenta recomponerse, alguien aprende también a mirar de otra manera aquello que no puede reparar.

El gato y el límite del cuidado

P. Luis es jardinero. Su oficio consiste en cuidar, reparar, hacer crecer. Y tú lo colocas frente a un gato al que probablemente no podrá salvar. ¿Necesitabas enfrentar a alguien acostumbrado a cuidar con el límite absoluto del cuidado?

R. Sí. Creo que pocas cosas resultan más insoportables ante un animal que verlo sufrir y pensar que no solamente siente dolor, sino que además no puede exteriorizarlo, no puede expresar ese dolor que lo devora. Cuando se quiere a los animales, eso es absolutamente intolerable.

Él, que ya de por sí tiene un carácter bastante silencioso, casi mudo, muy reservado, queda verdaderamente devastado por esta situación. Y, efectivamente, la poesía, que irá apareciendo poco a poco a lo largo de la novela, llega como un recurso, como una construcción, como una posibilidad de curación. Es lo que potencialmente empieza a dibujarse a medida que avanza el libro.

P. Luis adora al gato y, sin embargo, no consigue ponerle un nombre. ¿Qué hay detrás de esa imposibilidad de nombrarlo?

R. Primero me gustaría recordar que existe un poema de T. S. Eliot sobre los gatos, que además aparece en el libro, en el que explica que los gatos tienen siempre tres nombres y que uno de ellos es completamente secreto y solamente lo conoce el propio felino. Me gusta mucho esa idea de que cada gato conserve ese secreto.

Respecto a la dificultad que tiene Luis para darle un nombre, me parece importante la toma de conciencia de la responsabilidad que supone bautizar a alguien, a algo, a un ser al que queremos, porque un nombre le proporciona algo sensible, casi carnal.

Un nombre no es solamente un nombre. Es también una especie de color, una especie de piel. Y eso es lo que quería destacar en la novela a través de esa dificultad para nombrar al gato.

P. Luis entiende mejor a los animales que a los seres humanos, al menos al principio. ¿Qué encuentra en ellos que las personas hemos complicado o quizá perdido?

R. Más que algo que hayamos perdido, para él resulta más fácil amar, hablar y relacionarse con los animales que con las personas.

El gato del jardinero es realmente una novela que intenta explorar todas las formas de relación, de empatía, de amistad y de amor que puede haber en el mundo.

Podemos sentir amor, por ejemplo, hacia personas que han desaparecido. La forma en que Thalia ama a los poetas es un amor casi carnal, casi fusional, aunque esos poetas sean para ella fantasmas.

Thalia ama también a su compañero, Nicolas, después de muchísimos años juntos. Es, por tanto, un amor que se prolonga en el tiempo.

En el caso de Luis, el jardinero, existe una forma de amor muy intuitiva hacia todo aquello que compone la naturaleza. Es así con los animales, pero también con las plantas y con los árboles. Es como si entre él y el tejido del mundo que lo rodea existiera algo perfectamente continuo, perfectamente evidente.

Diría que El gato del jardinero intenta explorar toda esa gama de sentimientos, emociones y afectos.

Dos maneras de conocer el mundo

P. Thalia posee las palabras y Luis conoce la tierra, pero ninguno tiene todo el conocimiento. ¿Querías cuestionar también esa tendencia que tenemos a considerar más valioso el saber intelectual que el conocimiento nacido de la propia experiencia?

R. El libro está construido sobre una especie de oposición entre dos tipos de inteligencia.

Luis posee una inteligencia vinculada a las cosas de la naturaleza y también una inteligencia de las manos. Es capaz, por ejemplo, de cuidar árboles, plantaciones, pero también de fabricar sus propias herramientas, que terminan convirtiéndose en objetos absolutamente maravillosos, incluso podríamos decir, en cierto modo, un poco mágicos o milagrosos.

Thalia, por su parte, posee una inteligencia más conceptual, más verbal, una inteligencia ligada a la poesía.

Pero esas dos inteligencias van a encontrarse. En principio son opuestas, sí, pero como también descansan sobre emociones comunes, acabarán convergiendo de una manera muy natural y permitirán, diría, una fertilidad global.

El jardín renacerá gracias a él y la palabra de Luis renacerá o, más exactamente, nacerá. Y eso se lo deberá a Thalia y a su descubrimiento de los poetas.

P. Thalia está jubilada y, sin embargo, no puede dejar de enseñar. ¿Transmitir lo que uno sabe también es una forma de permanecer?

R. Thalia fue profesora y creo de verdad que, cuando uno es profesor o conoce a profesores, se ve perfectamente: no se puede ejercer ese oficio si no se siente el deseo de transmitir, si no gusta ver cómo los alumnos o los estudiantes que tienes delante progresan, se desarrollan, acumulan conocimientos y aprenden a dominarlos cada vez mejor.

Thalia ha tenido toda una carrera como profesora y, evidentemente, el hecho de jubilarse no significa que esa fibra de la transmisión desaparezca.

Simplemente va a encontrarse con un alumno muy particular: Luis, un hombre de unos treinta años que, además, procede de un entorno en el que la cultura literaria está prácticamente ausente.

Para ella supone un reto, pero es un reto muy agradable, muy estimulante, porque posee una fe profundamente arraigada: sabe que cualquiera que tenga ganas de aprender puede hacerlo de una manera u otra.

P. Luis entra en la literatura completamente desde fuera. ¿Querías mostrar que no es necesario ser una persona muy culta o especialmente preparada para entrar en ella?

R. Por supuesto. Y especialmente en la poesía.

La imagen que solemos tener de la poesía es, en mi opinión, un poco falsa. Con mucha frecuencia pensamos que la poesía es muy difícil, muy hermética, que requiere una iniciación muy larga.

Para determinados poetas quizá sea cierto. Pero la poesía también puede ser extremadamente sencilla, extremadamente divertida. Existen poetas que juegan con las palabras, con la provocación, con situaciones burlescas.

Además, como la poesía es la gran lengua del amor, también es una lengua en la que uno reconoce muy rápidamente sus propias emociones.

Lo que he querido hacer con El gato del jardinero es mostrar precisamente que incluso alguien de quien no esperaríamos que pudiera dejarse convencer poco a poco por ese gran país que es la poesía puede hacerlo.

Ese es uno de los grandes mensajes del libro: se puede llegar a la poesía desde fuera.

Incluso cuando no leemos mucho, con frecuencia nos gustan las canciones. Las letras de las canciones, aunque a veces puedan ser extremadamente ingenuas y estén muy lejos de la literatura sofisticada de un Cervantes o un Victor Hugo, contienen una pequeña cualidad poética.

Y esa puede ser una primera escalera, una puerta de entrada que después nos lleve hacia cosas mucho más elaboradas.

Cuando el dolor no puede repararse

P. La novela cuestiona nuestra obsesión contemporánea por anestesiar el dolor. ¿En ese empeño podemos olvidar que sufrir también contiene información sobre aquello que amamos?

R. El gran escándalo de nuestra condición humana es que sufrimos. El dolor es nuestro escándalo ontológico.

No formo parte de quienes piensan que, como decía Dostoievski, la belleza salvará al mundo.

No creo que mediante el arte o mediante la poesía vayamos a curar nuestras enfermedades. Decir algo así supondría además una ofensa tanto para quienes verdaderamente cuidan y curan como para las personas que padecen enfermedades graves. No es cierto.

Lo que sí es verdad es que el arte, la poesía, el cine o la música poseen esa maravillosa virtud de poder consolarnos y, por tanto, de anestesiar un poco el dolor.

Diría que en la poesía existe algo semejante a domesticar el dolor, un poco como se domestica a un animal.

A este respecto me gustaría citar un verso magnífico de Charles Baudelaire, el primer verso de su poema Recogimiento, donde se dirige a su dolor y le dice: «Sé prudente, dolor mío, y mantente tranquilo».

El tiempo de los hombres y el tiempo de la naturaleza

P. El gato enferma, Thalia envejece y las estaciones avanzan. ¿Querías colocar frente a nuestra obsesión por controlar el tiempo un mundo natural que sencillamente sigue avanzando?

R. Hace unos diez años escribí un ensayo precisamente sobre esta cuestión, que no ha sido traducido al español.

En él estudiaba la forma en que los artistas, a partir del siglo XVIII, han tratado la naturaleza como una fuerza indiferente al ser humano.

Existe un contraste enorme entre nuestra preocupación por el tiempo y por nuestra propia condición sobre la Tierra y, por otro lado, un entorno que permanece absolutamente ciego y sordo ante nuestra condición.

A los árboles, al cielo, al sol, a la tierra les importa bastante poco la manera en que nosotros percibimos nuestro lugar.

Este aspecto está presente en El gato del jardinero. Por un lado, podríamos decir que resulta un poco angustioso porque nos devuelve a la pequeñez de nuestra escala humana.

Pero, por otro, precisamente eso explica la fascinación maravillada que sentimos ante las fuerzas de la naturaleza.

La poesía también es un canto constantemente renovado ante esas fuerzas naturales que renacen una y otra vez con una especie de energía vital, una energía intrínseca que nos supera completamente.

Basta con vivir durante un tiempo, aunque solo sea un año, fuera de un espacio urbano, en el campo, en una casa algo aislada, para observar realmente los ciclos de las estaciones.

Es algo que olvidamos cuando vivimos en la ciudad.

Cuando observamos el ciclo de las estaciones dentro de la naturaleza, una y otra vez quedamos completamente fascinados y, de alguna manera, resulta incluso bastante optimista.

P. Construir una biblioteca con la madera de los árboles caídos por la tormenta es una imagen muy clara de la naturaleza convertida en cultura. ¿Qué querías encerrar en esa biblioteca?

R. El libro comienza con una gran tormenta en la que algunos árboles son arrancados y quedan destrozados.

Toda esa madera, destinada a morir, a ser quemada, acaba convirtiéndose, gracias a Nicolas, el compañero de Thalia, en un instrumento de cultura.

Lo que quería intentar transmitir es la idea de que una biblioteca puede ser un refugio. Es un refugio dentro de la casa de Thalia y Nicolas.

Pero, al mismo tiempo, ese pequeño microcosmos supone también una apertura inmensa gracias a los 13.000 libros que posee Thalia.

Eso es precisamente lo que me resulta estimulante: pensar que una biblioteca, cerrada sobre sí misma y procedente además de elementos de la naturaleza, puede ser a la vez ese microcosmos de escala reducida y ese horizonte increíblemente abierto hacia multitud de países y continentes que constituye la literatura.

Todavía queda sitio para el milagro

P. Hemos aprendido a desconfiar de la palabra «milagro». ¿Puede existir el milagro simplemente como aquello que rompe una lógica o abre algo que creíamos definitivamente cerrado?

R. En Los ojos de Mona hay un capítulo dedicado precisamente al milagro. Y la consigna es: «Cree siempre que el milagro es posible».

No sé si es una suerte o una desgracia, pero tengo un temperamento un poco místico, espiritual. Habita en mí una forma de fe.

Y he visto en mi vida cosas que se parecen a un milagro: una pequeña posibilidad escondida en algún lugar, de la que uno piensa que nunca germinará y que, finalmente, acaba haciéndolo.

Por eso creo profundamente que debemos conservar siempre, tanto en el corazón como en la cabeza, la posibilidad del milagro.

Ahora bien, ¿el milagro es verdaderamente algo trascendente o simplemente el resultado de una pequeña posibilidad? Eso dejo que cada uno lo decida.

Encontrar las palabras

P. Thalia enseña a Luis a poner palabras a algo doloroso que, tarde o temprano, va a suceder. ¿Poner palabras también puede ser una forma de sanar?

R. El papel de la poesía consiste precisamente en dar, poner, insuflar lenguaje a aquello que nos cuesta calificar, aquello que nos cuesta definir.

Pondré un ejemplo sencillo. Cuando somos adolescentes y estamos cambiando, podemos estar habitados por sensaciones extremadamente contradictorias.

Por ejemplo, sentir unas ganas enormes de vivir y, al mismo tiempo, ganas de morir. Es algo que todos los adolescentes, o casi todos, han podido experimentar: esos sentimientos contradictorios.

La poesía posee realmente el poder de hacer convivir esas cosas.

Tengo muchísimos ejemplos de poemas que juegan con esos contrastes.

Podría citar uno de Verlaine que habla del amanecer. Verlaine dice: «Una aurora debilitada…» y aparece también la melancolía de un sol que se pone.

En una pequeña estrofa, en apenas cuatro versos, encontramos al mismo tiempo el sol que se levanta y el sol que se pone.

Eso es completamente característico de la capacidad de la poesía para reunir los contrarios.

Cuando la poesía también es política

P. La poesía puede servir para cantar a la libertad, pero también para glorificar la guerra o el fascismo. ¿Toda poesía es política?

R. Ese es uno de los grandes mensajes del libro.

Lo que quería mostrar a través de esta novela es que la poesía no es simplemente un ejercicio cerrado sobre sí mismo realizado por espíritus desconectados de la realidad.

Los poetas y las poetas son muy a menudo aventureros, prisioneros, criminales, locos, resistentes. Son personalidades profundamente implicadas en su época.

Sabemos que Paul Verlaine estuvo en prisión. Sabemos que René Char formó parte de la Resistencia. Sabemos que Hölderlin terminó completamente loco.

Son cuerpos.

Y muchos de ellos estuvieron profundamente comprometidos políticamente.

La poesía puede ser un grito de resistencia. Cuando el poeta francés René Char, durante la Segunda Guerra Mundial, lucha en la clandestinidad contra el nazismo, al mismo tiempo escribe poemas. Para él eso es fundamental: es una manera de resistir.

La poesía también es resistencia hoy, en nuestro contexto.

En ocasiones tengo la oportunidad de hablar con personas que están sufriendo la guerra en Ucrania o con personas que padecen el desastre de un régimen opresivo como el de Irán.

La poesía, que a nosotros en España o Francia puede parecernos simplemente algo decorativo u ornamental, para las personas que viven esas situaciones, aunque sea un arma aparentemente irrisoria, sigue siendo un arma fundamental.

Decir el mundo para vivir juntos

P. En Los ojos de Mona, Mona tiene que aprender a ver. En El gato del jardinero, el jardinero tiene que aprender a hablar, a decir, a nombrar. ¿Parten ambas relaciones de esa necesidad de exteriorizar aquello que llevamos dentro?

R. Exteriorizar lo que llevamos dentro es muy importante.

Por una parte, porque nos permite desarrollarnos individualmente, pero también porque así es como nos comunicamos y como construimos sociedad.

La poesía, que muy a menudo aparece como algo puramente subjetivo, como una variación individual, como una ensoñación individual, tiene también una función cohesionadora, una función colectiva.

Me gustaría poner un ejemplo muy antiguo: la Antigüedad griega y la Antigüedad latina.

El papel de esos grandes poemas que llamamos epopeyas, como La Ilíada, La Odisea o La Eneida, consistía en reunir comunidades de personas alrededor de unos ideales heroicos compartidos.

En ese sentido, la poesía se declamaba, se cantaba ante comunidades de personas reunidas alrededor de quien pronunciaba los versos.

Por eso creo que decir el mundo y decírselo a los demás es una manera de vivir juntos y de crear referentes comunes.

P. Luis comienza el libro sin encontrar las palabras. Para terminar, ¿cuál es para ti la palabra más difícil de encontrar, la más difícil de nombrar?

R. Lo más difícil de nombrar es aquello que tiene que ver con la felicidad.

Porque «felicidad» y «alegría» son palabras que a menudo parecen un poco ingenuas. En cuanto las pronunciamos, tenemos la impresión de que no están del todo a la altura de aquello que sentimos, hasta el punto incluso de que pueden alterar esa fuerza que supone sentirse vivo en el mundo.

Decir la felicidad, decir la alegría, es, en mi opinión, una de las cosas más difíciles.

Pero en El gato del jardinero aparecen grandes poetas de la alegría y de la felicidad que saben decir esas cosas muchísimo mejor de lo que yo puedo expresarlas.

1. El gato coloca a Luis ante el límite del cuidado. Está acostumbrado a hacer crecer, reparar y proteger, pero se enfrenta a un ser al que quizá no pueda salvar.

2. Luis y Thalia representan dos formas distintas de inteligencia. Él conoce la naturaleza y posee «una inteligencia de las manos»; ella domina las palabras, la literatura y la poesía. El libro no establece cuál vale más: muestra qué ocurre cuando ambas se encuentran.

3. La palabra ocupa el centro de la novela. Luis debe aprender a hablar, decir y nombrar. Para Schlesser, poner lenguaje a aquello que nos cuesta comprender permite también exteriorizarlo y compartirlo.

4. La poesía no aparece como algo ornamental. Puede consolar ante el dolor, reunir emociones contradictorias y convertirse también en resistencia política.

5. La felicidad es, para Thomas Schlesser, una de las cosas más difíciles de nombrar. Precisamente porque palabras como «felicidad» o «alegría» pueden parecer demasiado pequeñas frente a la intensidad de aquello que sentimos.

Una novela atravesada por un gato enfermo, un jardín que intenta recomponerse después de una tormenta, una biblioteca construida con árboles caídos, dos formas muy distintas de conocimiento y una pregunta que recorre toda la historia: qué ocurre cuando necesitamos palabras para algo que todavía no sabemos decir.

Lectores interesados en novelas sobre los vínculos humanos, la relación con los animales y la naturaleza, la transmisión entre generaciones, el poder del lenguaje y una manera de acercarse a la poesía que no exige haber llegado antes a ella.

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

MUCHO MÁS QUE
UNA ENTREVISTA

SÍGUENOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de
Rosa pasa página en tu correo. 

MÁS LEÍDOS

LIBROS DEL AUTOR

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Cada semana lo mejor de Rosa pasa página en tu correo. 

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR