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El olor a leche quemada: hay lugares de los que todavía cuesta marcharse

Entre la nave de ordeño y los baños en el río, Justine Bauer encuentra una forma de contar el campo sin nostalgia fácil y desde quienes todavía lo viven.

Justine Bauer y las mujeres que todavía quieren quedarse

Hay vacas, leche, mujeres que saben perfectamente lo que hacen y un verano que se cuela incluso dentro de la nave de ordeño. Justine Bauer habla de un mundo rural que cambia sin pedir permiso, pero también de quienes todavía encuentran razones para quedarse.

Lo primero que me atrapa de El olor a leche quemada no es la amenaza de que una granja desaparezca. Tampoco que varias generaciones de mujeres sostengan buena parte de ese mundo. Es algo mucho más pequeño: esas chicas que trabajan con el bañador puesto debajo de la ropa porque, si el día lo permite, después se irán al río.

Me parece maravilloso. Están las vacas, la sala de ordeño, las máquinas, todo ese trabajo que no entiende de verano ni de planes improvisados y, al mismo tiempo, esa posibilidad guardada debajo de la ropa. Quizá luego haya baño. Quizá no. Pero el bañador está ahí. Y de repente quiero saber más de esas mujeres, de cómo viven, de lo que esperan, de aquello que conocen de memoria y de por qué, cuando tantas cosas alrededor empiezan a poner en duda el futuro de ese mundo, alguna todavía quiere quedarse.

Justine Bauer conoce bien el lugar al que nos lleva. Creció en una granja en Baden-Württemberg y quizá por eso no necesita presentarnos el campo ni adornarlo para que resulte interesante. Sabe que basta con acercarse. A las mujeres, a los animales, al trabajo, a un embarazo, a unos tomates que este año han salido especialmente bien o a un río que espera cuando aflojan las obligaciones. Y ahí aparece algo que me interesa muchísimo: las grandes preguntas conviven permanentemente con las cosas pequeñas, porque seguramente la vida sea exactamente eso.

Las mujeres estaban ahí

Una de las cosas más bonitas de la película es la naturalidad con la que Bauer coloca a las mujeres en el centro de ese mundo. No porque antes no estuvieran —claro que estaban—, sino porque aquí las vemos con todo lo que saben y todo lo que hacen. No están delante de la cámara para representar una idea sobre la mujer rural. Trabajan. Conocen los animales, las máquinas y los tiempos de la granja. Hay gestos que parecen pertenecerles porque forman parte de una forma de vida aprendida viendo, haciendo y repitiendo.

Son tres generaciones bajo el mismo techo y eso permite también mirar cómo cambia una relación con el campo sin necesidad de explicar continuamente qué significa cada cosa. Lo que una generación ha dado casi por hecho, la siguiente quizá tenga que defenderlo y la más joven empezar a preguntarse si podrá conservarlo.

Katinka quiere ser granjera. Quiere quedarse. Y cuanto más sencilla parece la frase, más preguntas abre, porque no quiere conservar una postal bonita del campo: quiere una vida allí. Precisamente allí. En una explotación lechera y en un momento en el que las pequeñas granjas tienen cada vez más dificultades para continuar. Su madre no comparte ese optimismo y el futuro de aquello que Katinka desea recibir está lejos de estar asegurado.

Hay algo que me interesa especialmente en esa idea de la herencia. Solemos imaginarla como algo que llega hasta nosotros porque ha conseguido sobrevivir: una casa, una tierra, un oficio, una manera de hacer las cosas. Aquí aparece una posibilidad mucho más incómoda: querer heredar algo mientras ese mismo algo empieza a tambalearse. Y entonces ya no basta con preguntarse qué recibimos; también importa cuánto deseamos conservarlo.

La leche vuelve a tener origen

La sala de ordeño me fascina por una razón muy sencilla: la leche vuelve a tener origen. La vemos allí donde empieza todo, entre vacas, trabajo y una rutina que existe mucho antes de que aparezca una botella sobre nuestra mesa. Y es curioso cómo algo tan cotidiano puede recuperar de pronto cierta extrañeza simplemente porque volvemos a mirar de dónde sale.

No hace falta cargarlo de significado. Está el trabajo y están los animales. Está también Katinka con ese bikini que resulta casi insólito dentro de una sala de ordeño hasta que entendemos que pertenece al mismo verano que el río. El campo y el baño no son dos vidas distintas. Son el mismo día.

Y alrededor está la realidad de unas explotaciones que atraviesan dificultades y de una actividad que ya no puede dar por sentada su continuidad. Ahí el título empieza a resultar todavía más extraño: El olor a leche quemada. Hay algo casi incómodo en juntar esas palabras. La leche pertenece a lo cotidiano, a lo que alimenta, a una normalidad tan asumida que apenas reparamos en ella. Quemada, en cambio, anuncia que algo puede estropearse.

No creo que haga falta forzarlo mucho más. La película tampoco lo hace.

Anna piensa en castraciones

Y entonces aparece Anna, embarazada y pensando en castraciones. Solo esa combinación ya dice bastante de la clase de película que estamos viendo.

Me gusta porque Bauer podría haber colocado el embarazo en el centro y hacer que todo empezara a girar alrededor de él. En cambio, la vida sigue mezclándose. Están los animales, el trabajo, la amistad y las preocupaciones de una joven que no se comporta como si la maternidad hubiera borrado de golpe todo aquello que existía antes. La propia Bauer ha explicado que quiso acercar vida y muerte y que esa fascinación de Anna por las castraciones forma parte también del humor y de la mirada de la película.

Hay algo muy verdadero en esa falta de solemnidad. Podemos estar viviendo algo enorme y seguir pensando en cualquier otra cosa. La vida rara vez se ordena según la importancia que después damos a los acontecimientos.

Los tomates de la abuela

Y están los tomates. Mientras Katinka no sabe si podrá convertirse en granjera y Anna está embarazada, los tomates de la abuela han salido mejor que nunca. Es uno de los detalles con los que la propia película se presenta y me parece difícil encontrar una manera mejor de explicar su mirada.

Porque sí, importa.

No porque esos tomates necesiten esconder una gran metáfora, sino precisamente porque no la necesitan. Mientras un mundo se pregunta por su futuro, algo ha crecido estupendamente en la huerta y alguien puede alegrarse por ello.

Me gusta esa capacidad de no decidir por nosotros qué merece toda la atención. Un embarazo importa. La continuidad de una granja importa. Pero también unos tomates. Y quizá la vida se parezca mucho más a esa mezcla que a cualquiera de las historias perfectamente ordenadas que inventamos después para explicarla.

Y después se van al río

El río cambia la respiración. Entre las largas jornadas de trabajo y el cuidado de los animales están también los baños con las amigas, algo que forma parte de ese verano tanto como la propia granja.

Y entonces se entiende todavía mejor el bañador debajo de la ropa. No es únicamente una imagen llamativa. Es guardar abierta una posibilidad. Hoy hay mucho que hacer, pero quizá después podamos ir al río.

Ese pequeño «por si acaso» me parece precioso.

Porque una vida puede estar llena de obligaciones y no por eso renunciar a esperar otra cosa del día. Puede haber trabajo, incertidumbre y preguntas sobre el futuro y, al mismo tiempo, unas chicas que se bañan cuando hace calor.

Los flotadores, el agua, las amigas: no necesito convertir nada de eso en símbolo. Me interesa más dejarlo estar. Una joven puede pasar parte del día en una sala de ordeño y otra parte bañándose en un río. Ninguna de las dos imágenes explica por sí sola quién es. Juntas se acercan bastante más.

Un campo que no quiere posar

Bauer decidió rodar en 4:3 porque no quería que los grandes paisajes se comieran a quienes habitan ese territorio. El campo podía haber sido espectacular, pero prefirió acercar la cámara a las personas. Es una decisión que dice muchísimo de su película: el paisaje importa, pero importan más quienes viven dentro.

Y menos mal, porque El olor a leche quemada no necesita convertir el mundo rural en una postal bonita para conseguir que queramos permanecer allí. Puede ser hermoso y agotador al mismo tiempo. Puede estar lleno de vida mientras algunas de sus formas empiezan a desaparecer. Puede ser un lugar del que alguien quiera marcharse y exactamente el mismo lugar en el que Katinka desea quedarse.

Además está la lengua. Bauer rodó en el dialecto de Hohenlohe, el suyo, uno de esos dialectos que ella misma observa cómo van desapareciendo cuando una generación deja de hablarlos. De repente el cambio del mundo rural no está únicamente en las explotaciones o en la economía. También puede escucharse en las palabras que dejan de pasar de una generación a otra.

También se escucha

Y luego está la música de Cris Derksen, pero también todo aquello que existe alrededor de ella: los animales, las máquinas, el trabajo y el agua. La película no necesita cubrir permanentemente ese mundo con música para hacerlo sentir. Hay suficientes cosas ocurriendo ahí dentro.

Entre una sala de ordeño y un baño en el río existen también dos ritmos muy distintos dentro del mismo verano. Uno obliga a estar pendiente de lo que hay que hacer; el otro permite aflojar por un momento. Las mismas mujeres pertenecen a ambos.

Y quizá por eso empiezan a resultar tan cercanas. No son solamente «mujeres rurales», ni únicamente quienes trabajan, heredan o dudan sobre qué hacer con el futuro. También son quienes se bañan, se ríen, se cansan, están embarazadas o celebran que los tomates hayan salido estupendamente.

Ninguna vida cabe bien dentro de una etiqueta.

Todavía no es una despedida

Sería fácil mirar este mundo únicamente desde la nostalgia y empezar a despedirse demasiado pronto. Las pequeñas granjas desaparecen, los dialectos pueden perderse, una forma de vida cambia. Todo eso está en El olor a leche quemada. La propia Bauer ha contado que la desaparición de las explotaciones fue una de las razones que la llevaron a hacer la película.

Pero la película no está mirando un mundo muerto.

Eso es lo que me gusta.

Katinka quiere quedarse. Anna está embarazada. Los animales siguen necesitando cuidados. Los tomates crecen. Hace calor. Las chicas se van al río.

La vida continúa mientras las preguntas sobre el futuro se acumulan, y esa diferencia me parece esencial. No estamos ante el recuerdo de algo que existió, sino dentro de algo que todavía está sucediendo.

Quizá por eso tampoco hace falta haber vivido en una granja para reconocer lo que está en juego. Casi todos hemos querido conservar alguna vez algo mientras alrededor empezaba a crecer la sospecha de que quizá no pudiera durar: una casa, un paisaje, un oficio, una forma de vivir o esa sensación difícil de explicar de saber quiénes somos porque sabemos también dónde estamos.

Quedarse

Katinka quiere quedarse y, después de entrar en su verano, la palabra deja de parecer sencilla. Quedarse puede ser elegir una vida que no ofrece demasiadas garantías, querer continuar un oficio cuando su futuro ya no parece seguro o sentir que un lugar sigue siendo el propio aunque el mundo alrededor esté empezando a cambiar.

Pero también puede ser algo mucho menos solemne: conocer a los animales, saber qué hay que hacer en la sala de ordeño, hablar la lengua de quienes estuvieron antes, alegrarse por unos buenos tomates y tener un río cerca.

Y quizá ahí esté lo que más me gusta de El olor a leche quemada. Habla del campo, de mujeres, de herencias, de pequeñas explotaciones y de cosas que podrían perderse, pero nunca permite que esos grandes temas se coman la vida que existe entre medias.

Las vacas, la leche, un embarazo, las castraciones, los tomates de la abuela, el calor, un bañador, un río.

Todo está ocurriendo al mismo tiempo.

Y unas mujeres siguen allí, viviendo mientras el mundo alrededor cambia.

Puede parecer poca cosa. A mí me parece casi todo.


Ficha de la película

Título: El olor a leche quemada
Título original: Milch ins Feuer
Dirección y guion: Justine Bauer
País: Alemania
Año: 2024
Duración: 78 minutos
Género: Drama
Reparto principal: Karolin Nothacker, Johanna Wokalek, Pauline Bullinger, Anne Nothacker, Sara Nothacker y Lore Bauer
Fotografía: Pedro Carnicer
Música: Cris Derksen
Idioma original: alemán, principalmente en dialecto de Hohenlohe
Estreno en España: 4 de septiembre de 2026
Calificación en España: No recomendada para menores de 12 años

ROSA PASA PÁGINA

Rosa Sánchez de la Vega ha desarrollado su carrera en prensa escrita, digital y, especialmente, en radio, donde ha dirigido, coordinado y colaborado en programas vinculados a la literatura, el arte y la cultura. El micrófono ha marcado buena parte de su trayectoria y una forma propia de entender la entrevista y la divulgación cultural. De esa experiencia nacen proyectos como Rosa Pasa Página y Autoras de palabra con Rosa, en MAGAS (El Español).
 
Rosa Pasa Página da nombre a una revista digital de periodismo literario y actualidad cultural, con la entrevista como uno de sus principales ejes y una mirada abierta al cine y al arte.

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