Los niños no miran el mundo como los adultos. Hacen preguntas para las que todavía no existen respuestas definitivas, hablan con absoluta naturalidad de aquello que los mayores prefieren callar y encuentran sentido donde los demás solo ven un paisaje. Quizá por eso la infancia no sea solo una etapa de la vida, sino una forma distinta de habitarla.
Alejandro Palomas lleva años escribiendo sobre los vínculos, las pérdidas, la familia y esas zonas frágiles en las que casi nunca somos exactamente lo que aparentamos. En sus novelas hay humor, dolor, personajes que se sostienen como pueden y una atención muy particular hacia aquello que sucede por debajo de las palabras.
En Casa vuelve a algunos de esos territorios, pero lo hace desde la mirada de una niña, un abuelo y un bosque que fue arrancado y que alguien decide devolver a la tierra. Una historia sobre el duelo, la infancia, la reparación y también sobre lo que significa regresar.
P. Casa comienza con una pregunta de Mika: «¿Tú sabes qué había antes?». Tadeo responde: «Bosque. Antes había bosque». Ese «antes» atraviesa toda la novela. ¿Qué importancia tiene aquello que permanece incluso cuando ya no podemos verlo?
R. ¿Qué importancia tiene lo que no podemos ver, sobre todo? Creo que, por lo menos yo, dedico mi vida a intentar ver lo que no se ve.
Para mí, eso es lo que me hace escribir y eso es lo que hago cuando escribo: investigar en lo que vemos, o en lo que yo veo, sabiendo que hay cosas que están detrás. No creerme la primera versión de nada e ir a buscar lo que hay debajo, porque me interesa muchísimo. Lo que no se oye, lo que no se ve, lo que no se dice. Todo eso es lo que hay.
P. En Casa hay una niña, un abuelo, una familia que intenta recomponerse y un lugar al que todos vuelven de una manera distinta. Pero por debajo de todo esto hay una pregunta sencilla y difícil al mismo tiempo: ¿qué nos sostiene cuando aquello que parecía estable deja de serlo?
R. Pues mira, depende. Voy a ser un poco bestia, o generalista. A muchos de nosotros nos sostiene la fe en cosas, en varios sentidos. Nos sostiene la animalidad, nos sostiene el impulso, esa parte de nosotros que es animal y que, como todos los animales, tiene la pulsión vital.
Lo que realmente nos mantiene aquí es lo animales que somos, no lo humanos que somos. No lo queremos reconocer porque parece que nos degrada, pero es eso. Tenemos que darle las gracias a los animales que somos y a esa parte natural que compartimos con el resto de cosas que forman parte de este planeta.
Lo común es lo que nos mantiene, el bien común. Eso es lo que nos mantiene queriendo seguir aquí.
Reparar el mundo en lugar de limitarse a conservarlo
P. Tadeo decide devolver el bosque a una tierra agotada por años de cultivo. Podría limitarse a conservar lo que queda, pero decide intervenir. ¿Qué te interesa de la idea de reparar más que de la de conservar?
R. La idea de conservar no me interesa demasiado. Me interesa reparar. Conservar es recibir algo y mantenerlo. Yo necesito que intervengamos. Soy muy intervencionista en todo. Con lo cual, necesito que mis personajes también sean intervencionistas y decidan aportar su grano de arena para cambiar el mundo.
Porque yo todavía tengo esa cosa de: si yo he venido aquí, tengo que dejar este mundo mejor de lo que lo encontré. Pero no porque me sienta en deuda con nada, sino porque creo que todos deberíamos hacer eso y creo que, en realidad, todos estamos preparados para eso, que todos venimos aquí para dejar esto un poquito mejor. Y además es que nos gusta.
La cosa es muy flipante porque, en realidad, si todos nos sentamos delante de nosotros mismos y hablamos con nosotros, no hay nada que te produzca mayor placer que sentir a alguien a tu lado o algo a tu lado que ha mejorado gracias a ti. No hay nada que te haga más feliz que eso. Esa es la mejor herencia.
Pero parece que estamos constantemente en modo supervivencia, no en modo vivencia. Yo lo que intento es que todo a mi alrededor se ponga en modo vivencia, no supervivencia.
P. Aunque hay un porcentaje que no viene al mundo para dejarlo mejor. Yo creo que incluso es consciente de que lo va a dejar peor.
R. Sí, pero ese es otro grupo de personas que no nos interesan. Ni en este caso ni en ninguno.
Yo lo que intento es que, dentro de ese gran porcentaje, quizá de repente alguien se dé cuenta y diga: «Ostras». Pero no por dogma, sino por experiencia. Que le pase algo, que lea algo, que diga: «Vaya, pues esto a lo mejor me hace disfrutar más». Simplemente que, por su propio disfrute, llegue a esto.
Tadeo, el abuelo que enseña otra manera de mirar
P. Tadeo es el abuelo de Mika y uno de esos personajes que se hacen querer enseguida. ¿Quién es para ti?
R. Tadeo es ese hombre, ese abuelo que a mí me habría gustado tener y que a todos creo que nos habría gustado tener. Tú lees a Tadeo y lo quieres enseguida. Ya lo quieres contigo y quieres que ese hombre esté en tu vida.
Y lo interesante de esto es que tú quieres volver a ser niño o niña. Tú te imaginas de niño con un abuelo así, no te imaginas a esta edad con un abuelo mayor. Piensas: «¿Cómo habría sido si yo hubiera tenido este abuelo cuando era niño y me hubiera enseñado a mirar de esta manera?».
Solo por la forma en que él mira, esta niña, viendo a su abuelo, aprende. Porque el abuelo está integrado, forma parte de todo. Puede comprender a una niña de una manera que quizá un adulto ya no sabe.
Los niños tienen esa capacidad y eso también lo recordamos todos. Cuando tú lees una historia así, enseguida empiezas a recordar cómo eras tú de niño. Y es muy gracioso porque dices: «Claro, es que esta niña piensa así porque cuando somos niños decíamos esto». No esto exactamente, pero nos relacionábamos entre nosotros así.
Estábamos, pues eso, mirando al río y de repente teníamos estas conversaciones tan puras, de contacto muy directo entre nosotros.
No hay defensa. Es como que están en su lugar en el mundo. Y si tú estás en tu lugar en el mundo y eres tan puro como un niño, lo entiendes todo porque te sientes entendido. No tienes que explicarlo.
La infancia que Alejandro Palomas había olvidado
P. En esta historia hay dolor, hay duelo, pero también hay algo hermoso porque no niega ese dolor ni se deja atrapar por él, como muchas veces hacemos los adultos. Mika lo transforma en juegos, en risas, en rituales. ¿Qué te interesa de esa capacidad infantil de transformar aquello que no puede cambiar?
R. Fíjate, con esta historia, con esta novela, con este mundo, con este pequeño planeta, he vuelto a revisitar mucho al Alejandro que fui cuando tenía la edad de Mika.
Y por primera vez he descubierto algo que yo tenía totalmente borrado y totalmente eclipsado por otras cosas de mi infancia: que yo tuve una parte de mi infancia muy feliz y yo no me acordaba.
Gracias a esta niña y a estos niños que están con ella, a este mundo, he ido recordando que yo tuve una infancia feliz. Esa parte, una infancia muy parecida a la de ella.
Había cosas que yo no podía explicar ni sabía explicar, cosas de adultos que yo veía, porque los niños lo ven todo, lo filtran todo y lo huelen. Tienen un olfato brutal para lo que es la vibración, para el cambio en los adultos.
Eso existe en todos, pero en mi caso yo había olvidado que tuve momentos y retazos, sobre todo en el campo, cuando íbamos al campo. Éramos libres y yo era niño. Era un niño sin tener que estar pendiente de los adultos, porque mis adultos eran un poco problemáticos, como muchos adultos y como muchos padres.
Entonces he sido capaz de rescatar eso, esa cosa que yo ni sabía que existía y, de repente, me he encargado de rescatarme. Esta es una novela de rescate total.
P. Y hasta has vuelto a ella como lector.
R. El otro día la leí porque yo no suelo leer nunca mis novelas. Nunca. Digo: «Ya la conozco». Pero, como esta tiene esta lectura así, pensé: «Tengo que leerla por segunda vez como lector».
Y la leía y pensaba: «Esto es una novela para rescatar». Tú entras aquí y entras en un planeta del que vas a salir mejor.
Y es muy guay. A mí me deja loco, te lo juro. Por eso tengo este súper gran amor con esto, porque pienso: «Ostras, qué fuerte, ¿cómo he hecho yo esto? ¿Cómo se hace esto?». No lo sé.
El duelo también necesita encontrar su propio tiempo
P. Hablas de rescatar y, al mismo tiempo, Tadeo vuelve a un lugar del que huyó después de una pérdida. Cuando perdemos a un ser querido hay quien se deshace de todo lo que pertenecía a esa persona, quien lo guarda y quien se aferra a ello. ¿Volver a la casa de la que huiste puede ser también una forma de recuperar?
R. Totalmente. Luego está esa cosa que no contemplamos: que hay personas que durante mucho tiempo conservan todo porque tienen un bloqueo y quieren conservar eso porque no son capaces de avanzar. Hasta que pasa algo y ya están preparadas.
Hay personas que evolucionan, otras que no, pero sí es cierto que los duelos son muy complicados, son muy difíciles, porque para el duelo no hay tiempo. Y esto te lo digo yo, que lo sé.
Mi madre murió en el 21 y yo, al año, ya creí que estaba todo perfecto. Y acabo de darme cuenta de que han sido cinco años. He estado funcionando en un modo doliente, sin saberlo realmente, hasta ahora.
Y ahora ya está. Ya está hecho.
P. ¿Tiene que ver con eso también la cubierta?
R. Sí. Por eso un poco la cubierta también. Y esa nube la hice yo. La cubierta la fabriqué yo. Dije: «Esta cubierta la quiero hacer yo. Todo lo quiero hacer yo». Porque esto es mi niño. Este es mi niño nuevo.
Y cuando vi que yo estaba en ese proceso dije: «Claro, es que ya estoy. Se acabó. Ya estamos todos aquí». Ya he hecho este duelo, mi madre ya está bien, ya estamos todos bien y ahora puedo seguir viviendo.
Porque hasta entonces, hasta antes de escribirla, yo no tenía ilusión. Ahora me he dado cuenta. Iba escribiendo porque tengo oficio, porque me gusta lo que hago, porque es mi pasión, pero no había ilusión.
P. ¿Una novela sanadora?
R. Sí. Y de repente me encuentro con este mundo, con esta niña, con este abuelo, ese tipo de relación que hace tanto bien y que sana tanto. Y pensé: «Hostia, cómo es la vida, que de repente me regala esto». Porque para mí es un regalo. Es muy heavy. Yo estoy loco. Estoy en lo que pido.

Aprender a cuidar y aprender a dejarse cuidar
P. Tadeo es una persona que ha cuidado y que, llegado un momento, tiene que dejarse cuidar. ¿Qué ocurre cuando toca pasar de un lugar al otro?
R. Ay, es complicado porque parece que el mundo esté dividido entre las personas hechas para cuidar y las que están hechas para dejarse cuidar. Y que no hay encuentro posible.
Entonces pasar de un bando al otro es súper complicado. ¿Sabes lo que requiere? Entender muchas cosas.
Ayuda mucho —y quizás suene a «om»— el silencio. Ayuda mucho lo natural, ayuda mucho la naturaleza, ayuda mucho observar los procesos naturales para entender que somos parte de eso y que también somos un proceso.
Todo lo que somos, la vida, es un proceso y nosotros también somos un proceso. Con lo cual, el hecho de que seas cuidador no quiere decir que tengas que ser cuidador siempre. A lo mejor pasan cosas que te hacen cambiar.
La vida es muy mágica. La vida es muy mágica y, de repente, hay un momento en que te encuentras por la calle con un amigo tuyo de la infancia que te dice no sé qué, te abre unas puertas y entras en un túnel.
Los mandatos del bosque: vivir antes de querer saber
P. Los mandatos del bosque nacen cuando Tadeo le explica a Mika cómo cree que funciona la vida, pero no se los entrega como una lección que tenga que memorizar: ella tiene que experimentarlos. ¿Por qué es tan importante que pase por la experiencia?
R. Claro, porque esta es mi lucha. Hay que experimentar las cosas. Y estamos en un momento global de poca experimentación. Yo voy, como de costumbre, un poco a la contra.
El otro día oí una cosa muy interesante. Alguien dijo de otra persona: «Es que ella quiere ser escritora, no quiere escribir». Estaban hablando dos personas de alguien y yo pensé: «Claro, es verdad».
Queremos ser cosas, pero no queremos hacer lo que conlleva, no queremos vivir los procesos. Entonces, si no vives los procesos, no experimentas. Si no experimentas, no hay grietas aquí, no hay cicatrices, no hay nada. Vas a terminar siendo un lienzo en blanco.
Serás escritor, pero sin nada que decir. Serás pintor, pero sin nada que pintar.
Yo lo que propongo es ir otra vez hacia atrás y aprender a entender lo que es la sabiduría.
P. ¿Y quién encarna esa sabiduría en la novela?
R. Pues este abuelo, que lo ha vivido en carne propia, que ha vivido la tierra, que ha vivido los procesos, el tiempo, y que sabe enseñar, que tiene tiempo para enseñar.
Y luego esta niña, que es toda curiosidad. Con lo cual, es el match perfecto.
Y él no le enseña, o sea, no le dice lo que tiene que hacer ni lo que va a experimentar. Él le va dando pistas para que ella experimente y ella descubra, y alimente la curiosidad. Porque si no alimentas la curiosidad del otro, la relación muere.
Escribir a una niña sin convertirla en adulta
P. Y sin perder en ningún momento la edad de Mika. Tadeo no la trata como una adulta, pero tampoco la infantiliza. Ella conserva esa capacidad de asombro que ojalá no perdiéramos nunca.
R. Sí. Es complicado. Es complicado. Y escribirlo es más complicado todavía. Tienes que ser ellos. Tienes que meterte en ese papel.
Yo necesitaba también salir de mi entraña más familiar, más propia, más cercana.
Pero claro, ¿qué pasa? Que tú sales y miras y, en realidad, lo que ves eres tú.
Yo lo que veo, pues soy yo siendo ese abuelo, soy yo siendo esta niña, soy yo siendo ese padre también, soy yo siendo el zorrito, la zorrita, soy yo siendo el perro, soy yo siendo Rocío.
Estos personajes son muy pocos personajes. Me encanta que sean poquitos y que sean muy representativos del macromundo en este micromundo. Y sigo siendo ellos. Me gusta mucho.
Una familia que intenta encontrar otra forma de ser familia
P. Pedro y Jessica se separan, pero en ningún momento los enjuicias. Pedro tiene que volver a su propia infancia, a la muerte de su madre, enfrentarse a aquello de lo que ha escapado.
R. Sí, claro, porque él es un escapista nato. Y el padre lo sabe.
Entonces el padre, que tiene mucho tiempo para pensar, dice: «Vale, aquí vamos a venderle el pescado a este hijo mío que no se sabe comunicar. Bueno, pues lo vamos a traer de vuelta». Él cree que me trae a mí, pero el que lo traigo soy yo.
P. Y por otro lado está Jessica, una madre que no llega a todo, pero quiere hacerlo todo. Tampoco la enjuicias.
R. No. Es que yo nunca enjuicio a mis personajes porque esto me pasa mucho en la vida: cuando quiero mucho a alguien lo veo tan vulnerable… Y eso me enamora. Me gusta mucho la vulnerabilidad y la fragilidad de mis personajes y por eso los quiero.
¿Y Jessica qué pasa aquí? Yo quería romper esa cosa de que, cuando dos se separan, la madre se queda con el hijo y la madre es luchadora.
No. Aquí hay un padre que decide quedarse con la hija porque la quiere mucho y la quiere con él. Y esto es raro. Esto es muy raro.
Entonces yo pensé: «Es verdad, nos pasamos la vida hablando de esto, pero esto no aparece en los libros, en las novelas. No aparece en la ficción, nadie hace eso».
Pensé: «Bueno, pues ya sería hora de que empezáramos a tener padres que deciden: “Oye, yo me voy a adaptar toda mi vida laboral y toda mi conciliación porque yo quiero mucho a mi hija y me la quiero quedar yo. Y si tú quieres luchar por tu vida y por tu carrera y por tu ciclo, por todo, adelante. Yo me quedo con la niña”».
Y la niña está feliz también. Ese no es el problema que normalmente siempre es el problema, pero al revés. Yo quería ese problema. No. Ese problema no nos interesa.
«Yo aprendí a querer con un perro»
P. Y aparece Frida, que provoca a Pedro. Precisamente un animal consigue llegar a lugares emocionales a los que no llegan las palabras.
R. Totalmente. Y eso lo digo yo por experiencia propia porque yo aprendí a querer con un perro. Con el perro.
Y bueno, ahí sí que nadie va a darme ninguna lección de nada porque lo he vivido yo. Sé todo lo que me desentrañó Rulfo en mi vida. Fueron catorce años de aprendizaje forzoso.
Porque la mirada de un perro es maravillosa, pero no tiene clemencia. Ve. Y tú ves que ve y dices: «Chico, pues esto es lo que hay».
Y esto es lo que tendríamos que decir fuera, a todo el mundo. Pues eso lo decimos a nuestro perro porque depende de nosotros.
Y porque no habla. Porque si el perro hablara, te digo yo que saldríamos corriendo muchas veces. Te diría: «¿Pero qué haces?».
Escuchar sin necesidad de oír
P. Rolo es sordo. Y hay algo muy hermoso ahí: un personaje que no oye, pero que sabe escuchar.
R. Sí. Pero esto es una cosa inconsciente. Lo pensaba ayer porque ayer —esto es un poco loco— me vi mirando refugios.
Y esto que nadie luego me envíe seiscientos mensajes diciendo: «Ah, pues este». Me vi buscando perros sordos para adoptar porque me encantan los perros sordos.
Me encanta esa cosa de comunicarse. No se asustan con los petardos, no se asustan con nada.
Yo cuidé de un perro sordo y me comuniqué enseguida muy bien. Y tengo como lo del silencio, no sé, hay algo ahí.
Y veo que no los quiere nadie y digo: «Pero ¿qué hacéis? Si un perro sordo es maravilloso». Tiene una capacidad de comunicación… Ay, a mí me encantan.
Entonces, si adoptara —es que no puedo porque tengo dos— sería sin duda un perro sordo.
Cinco aprendizajes después de 58 años
P. Los mandatos del bosque hablan de confiar, escuchar, aceptar, perder, permanecer. Si tuvieras que llevarte uno fuera de la novela, ¿cuál te resulta hoy más difícil de cumplir?
R. Uf. Me has pillado. ¿Cuál me resulta más difícil de cumplir? Yo diría que ninguno.
Creo que los he escrito precisamente porque ya me reconozco capaz de llevarlos.
De hecho, eran más. Me acabo de acordar ahora. Originalmente eran más y los reduje a cinco.
Dije: «Uy, yo voy a ir a lo seguro, a estos cinco que yo domino. Porque el resto igual me pillan».
Uno no domina todo constantemente. Estos los tengo claros. Y esto ha sido mi aprendizaje vital. Tengo 58 tacos, me ha costado mucho, pero con esto sí puedo defenderme.
Volver a casa
P. Después de una novela en la que casi todos regresan de una manera u otra, ¿qué significa para ti volver a casa?
R. Mira, tantas cosas. Volver a casa es que es la expresión… Es mi vida. Es la expresión que me define.
El otro día estaba pensando en el tren. Pensaba: «Ojalá alguien en algún momento haya pensado de mí, o pueda tener todavía la ocasión de que piensen de mí, cuando piensen en mí y digan: “Alejandro es como volver a casa”».
Ojalá alguien en algún lugar, en algún momento, aunque yo no lo sepa, durante mi vida lo vaya a pensar.
Pensar en la muerte para volver a la vida
P. ¿Dirías, para terminar, que la muerte no nos lleva, nos trae?
R. Nos trae. Totalmente. Pero por muchos motivos.
La muerte… El hecho de que tú seas consciente de la muerte te trae a la vida. Dices: «Uy, se va a acabar». Con lo cual, bendita vida. ¿Y qué hago con esta vida que tengo?
Entonces hay que estar pendiente de eso. Todas estas personas que dicen: «¿Pero por qué piensas en la muerte?». Porque va a llegar y porque es un acicate para que pienses en la vida.
No puedes no pensar en la muerte. Piensa mucho en la muerte porque eso te revive, te hace habitarte. Y esa es la fórmula para que tú digas: «Tengo este tiempo, ¿qué hago?».
Las decisiones. Yo muchas veces, cuando tengo que decidir, digo: «Pero tengo que comprar esta puerta, por ejemplo. Tengo que comprar una puerta, pero no sé si la puerta del garaje o la puerta de… Pues si me voy a morir…».
O sea, si esto no es grave, pues yo las dos. Las dos. Y si no, pues ya las venderé yo.
Basta. Basta porque esto es finito. Con lo cual, a veces hay que decir: «Ey, que esto se acaba».
Hay que pararse y pensar: «A ver, ¿esto es importante? ¿Es urgente? ¿O me estoy haciendo la picha un lío aquí? ¿Qué es esto?». Y para eso está la muerte.
P. Y además la muerte también nos trae a la gente que se ha muerto.
R. Eso es maravilloso.
P. Porque cuando la tienes no eres tan consciente. Cuando no está, la traes de vuelta y necesitas que esté.
R. Claro. Y la traes muchas veces, constantemente. Pero eso también es inconsciente.
Muchas veces no eres consciente hasta que dices: «Ostras, qué acompañado estoy cuando estoy solo. ¿Cuántos diálogos estoy abriendo aquí? ¿Cuántos bocadillos estoy abriendo?».
Hablo con mi madre, hablo con mi abuela, hablo con mi amiga… He perdido una amiga, entonces la siento y hablo con ella y digo: «Qué fuerte, me voy a poner esta colonia por ti».
Vas teniendo conversaciones, ¿sabes?, y estás súper acompañado por todos ellos. Y están ahí. Están ahí.
Y eso hace de tu vida algo muy rico.
P. ¿Te han traído de vuelta?
R. Sí. Estando vivo. Por Dios.
«Yo he sido mucho de pedir permiso por vivir»
P. ¿Te han traído de vuelta a tu infancia, a tu duelo? ¿Y a partir de ahora?
R. Mira, a partir de ahora voy a jugar. Voy a tener esa parte de niño que juega mucho.
Y voy a jugar sin tantos miedos como tenía. Tenía muchos miedos.
Yo he sido mucho de pedir permiso por vivir. Sí. He sido mucho de: «Perdona que te moleste». Siempre molesto, cuidado con…
Y ahora ya he aprendido a no molestar sin necesidad de pedir permiso. Ya sé, ya veo, ya entiendo las imágenes y el feedback.
Con lo cual, tengo ganas de jugar. Tengo ganas de, ya que me queda lo que me queda, divertirme con mi mundo.
Porque antes censuraba un poco mi mundo, porque es muy peculiar. Yo tengo un mundo muy peculiar. Y pensé: «Ya está. Me da igual».
Cada uno tenemos nuestro mundo. Yo no molesto a nadie. Quiero divertirme, quiero crear, quiero ser muy libre.
Y por eso aparece esa nube también, que es como: «Basta, basta». Ahora solo cielo y esa nube, y vamos a flotar.
P. Has dicho algo muy fuerte: «Yo he sido mucho de pedir permiso por vivir». Ese «por favor» era casi una forma de abrir la puerta para que te permitieran entrar.
R. Claro. «Voy con cuidado, que no quiero hacer nada». Sobre todo, que no quiero hacer daño.
A mí me da mucho miedo siempre hacer daño porque me da mucho miedo que me lo hagan a mí. Me daba mucho miedo. Ahora soy fuerte, pero antes no lo era.
Entonces intentaba no hacer nunca daño y, cuando veo que algo puede doler a alguien, en ese momento enseguida me disculpo y me desvivo.
Y eso es muy dramático, o se me ve como muy dramático. Ya no. Ya es como: «Perdón, lo siento», pero le quito mucho drama porque pierdes mucho tiempo y cargas.
Y no. Necesito nube. Necesito flotar.
P. Me encanta esta casa roja sobre este azul y esa nube tuya. Estás ahí, en esa nube.
R. Totalmente.
P. Pero bajas de vez en cuando.
R. Claro. Sí, claro, hay que bajar. No me cuesta bajar. Me ha costado mucho bajar. Ahora no me cuesta bajar porque tengo una casa a la que volver.
P. Y dos perros que te esperan.
R. Y un montón de gente con la que hablo también.
P. Alejandro, un placer, como siempre.
R. Igualmente. Me encanta hablar contigo.
Cinco ideas
1. Una novela que terminó rescatando también a su autor. A través de Mika, Alejandro Palomas ha recuperado el recuerdo de una parte feliz de su infancia que había quedado eclipsada. «Esta es una novela de rescate total», reconoce.
2. Reparar importa más que conservar. Tadeo devuelve el bosque a una tierra agotada y esa decisión encierra una de las ideas centrales de Casa: no basta con mantener lo recibido, también podemos intervenir para dejar algo mejor de lo que encontramos.
3. El duelo no entiende de calendarios. Tras la muerte de su madre, Palomas creyó que al cabo de un año había superado la pérdida. Cinco años después comprendió que había seguido viviendo «en un modo doliente» sin saberlo.
4. La experiencia frente a la apariencia. Los mandatos del bosque no se aprenden de memoria: Mika debe vivirlos. Palomas contrapone querer «ser» algo a atravesar realmente el proceso necesario para llegar a serlo.
5. Dejar de pedir permiso para vivir. El final de la entrevista lleva Casa hasta el presente del escritor: menos miedo, menos autocensura y unas ganas recuperadas de jugar, crear y ser libre.
Encontrarás…
Una niña que todavía sabe mirar, un abuelo que no necesita dar lecciones para enseñar, un bosque que debe volver a crecer, una familia que busca otra manera de sostenerse y unos animales capaces de llegar allí donde las palabras no alcanzan.
Ideal para…
Quienes buscan una novela que se acerque a la pérdida sin quedarse únicamente en el dolor; una historia sobre la infancia, la familia, la naturaleza y aquello que todavía podemos reparar cuando creíamos que ya era demasiado tarde.
Pregunta para el lector
Si pudieras recuperar algo de la persona que fuiste de niño, ¿qué traerías de vuelta?
