En No pasa nada, Bego Prados nos invita a mirar la maternidad desde otra perspectiva: sin idealizarla, sin romantizarla y sin miedo a la fragilidad. A través de la historia con su hija, cuestiona la “normalidad”, desmonta estereotipos y muestra cómo la desigualdad y la exigencia social marcan nuestras vidas y experiencias parentales. Un libro que habla de amor, humor y resistencia, y que nos recuerda que vivir no siempre significa sufrir, sino aprender a acompañar lo inesperado.
P.— No pasa nada comienza casi como un thriller en mitad del desierto. La tensión precede a la confesión. ¿Por qué necesitabas empezar desde ahí, si en el fondo estamos hablando de autismo?
R.— El libro se abre con una escena detenida en la carretera porque esa fue, para mí, la escena fundacional. Una noche cualquiera, después de acostar a mis tres hijos —el menor aún un bebé—, se abrió ese breve territorio personal que a veces concede la maternidad: una tregua mínima, silenciosa. Siempre he escrito, pero como quien respira a solas. Sin proyecto, sin ambición pública. Solo por necesidad.
Llevaba meses sin hacerlo. No había tiempo ni energía. Aquella noche, sin embargo, escribí esa escena. Al terminarla, lloré. Volví a leerla y volví a llorar. Pero ocurrió algo nuevo: por primera vez me leí con distancia. Descubrí un texto que podía existir fuera de mí.
Hasta entonces nunca había guardado lo que escribía. Tampoco lo releía. Esa vez apareció la conciencia de un lector posible, alguien sin rostro, ajeno a mi vida. Pensé que quizá esa experiencia —tan íntima y a la vez tan universal— podía interesar a otros. Así nació la idea del libro.
Fue también en ese momento cuando verbalicé por primera vez que mi hija podía ser autista. Decirlo en voz alta transformó la sospecha en realidad. Lo que hasta entonces era una intuición difusa adquirió cuerpo. Esa escena concentra la dimensión simbólica de todo lo que vino después. Por eso abre el libro.
P.— Cuando decides escribirlo, tienes claro que no quieres hacer un libro convencional sobre el tema.
R.— Exactamente. No quería un testimonio lineal ni un relato exclusivamente confesional. Me interesaba que la experiencia emocional dialogara con una reflexión más amplia. Lo personal es el punto de partida, pero no el destino. El libro utiliza la intimidad para interrogar algo mayor: el modelo en el que vivimos.
El impulso nace de mi hija, pero sobre todo de la maternidad como territorio imprevisible. Hay un privilegio en poder dejar por escrito una experiencia. Muchas vidas atraviesan terremotos silenciosos que nunca quedan narrados. A mí, como lectora, me interesan esos relatos improbables que ensanchan la mirada. Quise intentar uno.
No necesariamente para quienes conviven con el autismo, sino para cualquiera que haya sentido que su vida no encajaba en el molde previsto.

P.— El libro desmonta con ironía la idea de una maternidad perfecta, estética y productiva.
R.— La maternidad está rodeada de un imaginario poderoso que incluso quienes creemos haberlo cuestionado seguimos reproduciendo. La exigencia de eficacia, de armonía constante, de rendimiento emocional forma parte del mismo engranaje productivo que organiza el resto de nuestras vidas.
Cuando un hijo no se ajusta a ese esquema —sea por un diagnóstico o por cualquier otra singularidad— la fisura se hace evidente. La llamada “normalidad” revela entonces su fragilidad. Esa es la verdadera salida de la Matrix: comprender que el problema no es la diferencia, sino el marco que pretende uniformarla.
Por eso el libro no podía limitarse al ámbito privado. Quería explorar cómo el modelo productivo amplifica las dificultades y convierte la experiencia materna en un espacio de autoexigencia constante. La desorientación no es una excepción: es una experiencia compartida, aunque pocas veces se diga.
Cuando pensé en el lector, entendí que no me dirigía únicamente a familias con hijos diagnosticados. No estamos vinculados por las etiquetas clínicas, sino por la presión de un sistema que mide, compara y jerarquiza.
El libro interpela especialmente a quien cree que esta historia no le concierne, porque la ruptura con la normalidad puede irrumpir en cualquier biografía. Desde el humor y la ternura, invito a cuestionar qué entendemos por normalidad y a aceptar que todos, en algún momento, quedamos fuera del guion previsto. Reconocerse en esa fragilidad compartida quizá sea el primer gesto de cuidado colectivo.
P.— Diría que en el libro explicas que no has sufrido, sino que has vivido.
R.— Me gusta mucho esa formulación. Como madre, me incomoda profundamente la expresión “niños que sufren autismo” o “personas que padecen una discapacidad”. No se trata de edulcorar la realidad, pero tampoco de definir una identidad desde el sufrimiento.
Muchas personas con discapacidad lo dicen con claridad: no me quites la discapacidad, forma parte de quien soy. Otra cosa son los obstáculos. Lo que yo he sufrido en el recorrido con mi hija no ha sido su condición, sino las barreras del sistema: la falta de un itinerario escolar adecuado, la presión para elegir entre la vida profesional y el cuidado, esa exigencia constante que parece obligarte a renunciar a una parte de ti. Esa es la verdadera estafa. Nadie nos contó que la dificultad vendría de ahí.
P.— ¿Invitas a desaprender lo aprendido? Mejor dicho, ¿a corregir lo que hemos aprendido mal?
R.— Invito a cuestionar lo que damos por hecho. A través de las anécdotas personales y del diálogo con el ensayo, el libro intenta mostrar hasta qué punto estamos atravesados por estereotipos que creemos haber superado.
Yo misma me descubrí sometida a esquemas muy arraigados. No provengo de una educación religiosa —ni siquiera estoy bautizada— y, sin embargo, cuando llegó el diagnóstico atravesé un momento de derrumbe que adoptó una forma casi bíblica: el “¿por qué a mí?”. Ese tono de castigo o de excepcionalidad está inscrito en nuestro imaginario cultural, aunque creamos estar al margen de él.
Es necesario desmontar esa lógica. Las cosas suceden. No son castigos ni anomalías. Detrás de cada estadística hay vidas concretas, rostros, historias. Me parecía importante que el lector pudiera entrar en los datos desde esa conciencia: no hablamos de cifras abstractas, sino de personas.
P.— ¿Qué has aprendido de tu hija? ¿Qué te ha enseñado sobre la comunicación, por ejemplo?
R.— Muchísimo. De hecho, dedico un capítulo entero a la comunicación porque es un tema que me fascina. Seguimos otorgando un valor desproporcionado al habla. Identificamos comunicación con oralidad y, al hacerlo, menospreciamos otras formas de expresión.
En el caso del autismo, además, existen muchos estereotipos. No todas las personas autistas tienen dificultades para expresarse verbalmente. Comunicación, habla y lenguaje forman una tríada compleja, y en esa combinación existe una enorme diversidad.
¿Qué he aprendido de mi hija? En primer lugar, a desaprender. Te confrontas con un espejo inesperado que cuestiona tus certezas. Hemos interiorizado un modelo profundamente causal: si haces esto, obtendrás aquello. También en la crianza. De ahí la proliferación de métodos y recetas. Pero la realidad no funciona así. No todo responde a una lógica lineal.
He aprendido también a vivir el presente con más intensidad. Cuando el horizonte se estrecha, el ahora adquiere otra densidad. Es cierto que eso puede generar incertidumbre respecto al futuro, pero también abre una forma distinta de estar en el mundo.
Y, además, el proceso nos ha llevado al autoconocimiento. Como ocurre en muchas familias, el diagnóstico de un hijo invita a revisar la propia biografía. Tanto mi pareja como yo reconocemos rasgos que nos interpelan. No son pocas las personas adultas que descubren su propia neuro divergencia a partir del diagnóstico de sus hijos. Ese movimiento de deconstrucción personal forma parte del aprendizaje.
P.— ¿Defiendes el autismo como una forma legítima de estar en el mundo?
R.— Para mí es incuestionable que lo es. El problema no está en la legitimidad, sino en el contexto social y político en el que se inscribe.
Me preocupa el auge de discursos que, bajo distintas formas, cuestionan la igualdad de derechos y establecen jerarquías de valor entre las personas. Ese supremacismo contemporáneo está profundamente ligado al modelo productivo: se mide la valía en términos de rendimiento tangible.
Desde ese paradigma, quienes no encajan en la lógica de la productividad quedan en una posición vulnerable. Y, sin embargo, una persona con discapacidad no es necesariamente una persona dependiente. Tampoco es correcto reducirla a su limitación. El lenguaje construye realidad, y simplificar estas categorías perpetúa estigmas.
Los cuidados, por ejemplo, rara vez se consideran productivos en sentido económico, pero sostienen la vida. Si el libro aporta algo, ojalá sea una pequeña contribución a repensar esas jerarquías y a desmontar los supuestos que las sostienen.
P.— ¿No te parece que esa desigualdad es, en el fondo, el antagonista del libro?
R.— Sin duda. Para mí era imposible abordar este tema sin situar la desigualdad en el centro. Vivo en Suiza y me parece importante nombrarme como lo que soy: inmigrante. No expatriada. Inmigrante. Mis padres también lo fueron dentro de España. Esa conciencia forma parte de mi mirada.
La desigualdad es el antagonista del libro, pero también una realidad con la que hay que dialogar constantemente. Cuando hablamos de un diagnóstico que puede implicar discapacidad, no podemos desligarlo del contexto socioeconómico. Existen informes que demuestran la relación directa entre renta, acceso al sistema sanitario, origen, raza. No es un elemento accesorio: es estructural.
Más allá de la experiencia particular de cada familia, el recorrido está profundamente condicionado por la situación material. Yo soy una persona formada, tengo ciertos recursos y, aun así, he tenido que hacer sacrificios profesionales importantes, con las correspondientes implicaciones económicas. Incluso pagar el alquiler es un privilegio. La desigualdad atraviesa todo el debate.
P.— Desde fuera, Suiza se percibe como un país asociado al bienestar y la eficiencia. ¿También ahí existen grietas?
R.— Precisamente por eso me interesaba situar la historia allí. La carretera que aparece al inicio del libro tenía para mí una enorme potencia metafórica: construimos carreteras rígidas para casi todo. Y las carreteras, como las normas sociales, son construcciones artificiales, arbitrarias y excluyentes.
Existe la idea de que en un país rico todo está resuelto. Pero riqueza no equivale a justicia ni a inclusión. En Suiza, por ejemplo, la legislación federal sigue utilizando términos como “inválido” o “impotente” para referirse a personas con discapacidad. Las asociaciones llevan años reclamando cambios, y Naciones Unidas ha señalado esta cuestión en varias ocasiones.
Además, es un país federal: cada cantón funciona como un pequeño Estado. Yo puedo hablar de Ginebra y de Vaud, donde he vivido durante quince años, no de todo el país. Y, por ejemplo, Ginebra es uno de los cantones con mayor segregación educativa. Incluso en contextos que asociamos con la perfección institucional existen fracturas profundas.
P.— Hablas de duelo. ¿Qué sucede en una familia cuando llega un diagnóstico?
R.— Cuando llega el diagnóstico ya ha habido un largo proceso previo de desconcierto. Muchas situaciones asociadas a la discapacidad no son visibles, especialmente en edades tempranas. Lo que se desmorona no es el hijo real, sino la idea que habías construido de la maternidad.
En mi caso hubo también humor, porque me acompaña como forma de resistencia, pero el derrumbe fue real. Durante un tiempo pensé que era una pésima madre, que algo debía de estar haciendo mal. Cuando finalmente nos plantearon la evaluación, el sufrimiento ya estaba ahí. La expectativa que creías no tener resulta que sí la tenías.
El duelo existe. Y es importante nombrarlo sin culpa. James Sinclair, fundador de Autism Network International, escribió un ensayo titulado Don’t Mourn for Us (“No lloréis por nosotros”), dirigido a madres y padres. Viene a decir algo muy claro: vuestro hijo no está escondido dentro de una carcasa; es quien es. Lo que hay que enterrar es la fantasía del hijo que no existió.
Ese proceso es legítimo y no debería vivirse con vergüenza. Yo tardé un tiempo en poder mirar fotos de mi hija cuando era bebé. Al ver vídeos míos interactuando con ella sentía una mezcla de culpa, tristeza y desconcierto. Con el tiempo eso cambia. Pero atravesar ese duelo es necesario para poder amar plenamente al hijo que tienes.
Y ahí el acompañamiento a las familias es fundamental. No es lo mismo atravesar ese proceso con recursos que sin ellos. De nuevo, la desigualdad marca diferencias enormes.
P.— Insistes en que no ofreces fórmulas.
R.—No. Sería imprudente. Cada familia tiene un tablero distinto y, dentro del autismo, la diversidad es enorme. No participo de la mercadotecnia del método ni de la receta universal. Cuento una experiencia. El lector puede extraer lo que necesite, pero no doy instrucciones.
Hay frases bienintencionadas que pueden resultar dolorosas. “Cada niño tiene su ritmo” puede ser reconfortante en ciertos contextos, pero cuando tu hijo no encaja en ese marco, la frase pesa. También existen otras expresiones que romantizan la situación: “Estos niños son un regalo”. El amor no lo puede todo si no hay estructuras que sostengan.
La maternidad está llena de emociones contradictorias. Hay ambivalencia, cansancio, culpa, ternura. Cuando la exigencia es mayor, esas emociones se intensifican. Sentirlas no te convierte en una mala madre. No pasa nada.

P.—El título del libro juega precisamente con esa expresión.
R.— Sí. “No pasa nada” es una coletilla muy española. La usamos para animar, para relativizar, para seguir adelante. A veces es una herramienta de humor y de resistencia. Pero también puede minimizar el sufrimiento o silenciarlo.
Puede ser una forma de quitarle hierro a algo, pero también de restarle importancia a quien lo está pasando mal. Me interesaba esa ambivalencia.
Y, además, es un homenaje. Un homenaje a mi hija, pero también a esa capacidad humana de seguir, de sostener, incluso cuando el tablero cambia por completo. “No pasa nada” no significa que no pase nada; significa que, a pesar de todo, seguimos.
