Carmen Gallardo. “El papel de la reina no era tener deseo, su función era ser un útero.”

“Estas mujeres encontraron formas de rebelarse, resistir y dejar su huella, incluso cuando la historia intentaba borrarlas.”

A lo largo de la historia, muchas mujeres ocuparon tronos que no siempre les correspondían. Gobernaron en medio de intrigas, matrimonios impuestos y miradas implacables, moviéndose en un poder que las necesitaba, pero no las protegía. Algunas lograron desafiar el destino que les fue asignado, dejando una huella única en la historia.

En Reinas infieles. Doce mujeres que se rebelaron contra un destino implacable, Carmen Gallardo analiza la vida de doce reinas que desafiaron las normas de su tiempo. Con rigor histórico y sensibilidad, la autora rescata historias de poder, resistencia y decisiones personales en contextos políticos complejos, ofreciendo una mirada profunda sobre la experiencia femenina en la monarquía, sobre estas reinas, sus estrategias, sus desafíos y los elementos sorprendentes de sus historias.

P. — A lo largo de la historia, algunas mujeres ocuparon tronos que no siempre les correspondían. Gobernaron entre intrigas, matrimonios forzados y miradas implacables. Hoy, en tu libro, presentas a doce de ellas. ¿Por qué elegiste exactamente 12 mujeres y en qué momento decidiste escribir sobre ellas?

R. — Elegí 12 porque, aunque las infidelidades de los reyes eran infinitas, las historias de las reinas eran mucho más limitadas y controladas. Vivían rodeadas de lujo, pero también de damas que controlaban cada uno de sus movimientos. El cuerpo de la reina solo podía acercarse al rey como forma de legitimar al heredero; esa era su función principal. Hasta ahora, el retrato de las reinas ha sido el de un rostro amable del poder, cubiertas de magníficos vestidos y tiaras. Me preguntaba qué había detrás de ese rostro, y quería reivindicar a estas mujeres: intelectuales, esculturales, con capacidad de acción y pensamiento.

P. — Hablando de ese “rostro amable del poder”, ¿qué crees que se escondía detrás de esa imagen? ¿Cuál es tu interpretación de estas mujeres en la historia política y la experiencia femenina del poder?

R. — Es difícil acercarse al perfil humano de algunas, especialmente de las más antiguas. Mi recorrido va desde Urraca, en el año 1000, hasta el siglo XX. Aunque mil años separan a unas de otras, la mirada patriarcal sobre el poder femenino se mantiene. Por eso, el subtítulo del libro habla de rebelarse contra un destino implacable.

P. — ¿Cómo se construía ese destino desde la infancia?

R. — No tenían mucho margen de decisión; su destino lo decidían sus padres o hermanos por intereses políticos o territoriales. Algunas, desde la cuna, entendían que su papel sería ser reina, lo que determinaba toda su vida. No podemos juzgarlo con la mirada actual, pero muchas esperaban tener su primera regla para poder casarse, porque su función principal era la procreación.

P. — ¿Hasta qué punto estas mujeres podían decidir sobre su propia vida y su reinado?

R. — Depende de cada caso. Urraca, por ejemplo, fue la primera reina titular de los reinos cristianos que firmó la corona; tenía un poder real. Catalina la Grande actuaba como un hombre: decidía con quién se acostaba y cómo utilizaba a las personas a su alrededor. No se convirtió en víctima. En cambio, Isabel II fue utilizada por todos: su madre, los políticos, incluso otros monarcas. Por ejemplo, Luis Felipe de Orleans y la reina Victoria decidieron con quién debía casarse Isabel. Mi interpretación de Isabel II combina dos lecturas: la biografía de Isabel Bourdieu, que considero la más completa, y la mirada íntima de Benito Pérez Galdós.

P. — ¿Y cómo interpretas su comportamiento frente a estas limitaciones?

R. — Veo cierto componente de venganza en su forma de actuar. Se casó con un hombre que no deseaba, que no podía tener hijos por enfermedad. A pesar de estas circunstancias, encontró maneras de ejercer su poder y reclamar algo de control sobre su vida.

P. — En el libro organizas las historias de las reinas por temáticas, como los matrimonios en los que los esposos no cumplen las expectativas. En este contexto, ¿cómo se interpreta la conducta de Isabel de Francia, que puede considerarse tanto una amenaza como una virtud política?

R. — Isabel de Francia, reina consorte de Inglaterra, es una mujer que se mantiene firme y conoce su papel como reina desde el principio. Sin embargo, llega un momento en que las humillaciones y la indiferencia de las amantes de su esposo se vuelven insoportables. Lo que al principio fue aceptación de la realidad se convierte en odio, y ese odio la lleva a enfrentarse a su esposo. Sobre la muerte de Eduardo II existen varias versiones; una de ellas es extremadamente cruel, pero no está documentada de manera definitiva. La historia y la literatura han construido una imagen de castigo hacia el rey débil y de justicia hacia la reina.

P. — ¿Era un hombre peligroso?

R. — No sé si era un lobo, pero desde luego no era un cordero. Algunos matrimonios reales funcionaban más como alianzas geopolíticas que por amor, y en algunos casos funcionaron bien.

P. — Háblame de una reina que viviera un matrimonio más profesional que personal.

R. — María de Sajonia-Coburgo, nieta de la reina Victoria, es un ejemplo. Sabía lo que significaba ser princesa y se casó sin amor con un príncipe heredero. Con la experiencia de la corte británica y de su abuela, intentó modernizar un país en formación, acercándolo a Europa. Sabía que su esposo la amaba poco y tenía varios amantes; incluso algunos de sus hijos no eran suyos. Aun así, mantuvo respeto mutuo y tuvo dos momentos de sublimación: cuando le quitaron a sus hijos para ser educados por la corona y cuando se enfrentó a los políticos que decidían sobre su vida. Finalmente, María se convirtió en una figura clave en la Conferencia de París tras la Primera Guerra Mundial, contribuyendo a la creación de la Gran Rumanía.

P. — Catalina la Grande logró gobernar siendo extranjera y mujer. ¿Qué estrategias políticas le permitieron alcanzar ese objetivo?

R. — Catalina lo consiguió porque estudió y entendió que su salida era el matrimonio. Su infancia y juventud fueron fundamentales: su madre no la quería, así que decidió formarse y prepararse. No era una belleza, pero comprendió que su ambición y el matrimonio serían su camino hacia el poder. El libro aborda su vida sentimental sin moralizar, mostrando cómo la sexualidad femenina siempre ha sido utilizada para desprestigiar, mientras que la sexualidad masculina no. La reina debía cumplir un papel pasivo, principalmente reproductivo.

P. — ¿Eso incluía matrimonios forzados?

R. — Sí. Por ejemplo, Juana la Loca tuvo un matrimonio impuesto con Felipe el Hermoso, aunque inicialmente existía una pasión entre ellos. Lo mismo ocurrió con Isabel de Borbón-Parma: su matrimonio era una alianza puramente política.

P. — El reinado de Isabel II estuvo marcado por sus amantes y por la intervención de gobiernos conservadores y liberales. ¿Cómo valoras su ejercicio del poder?

R. — Isabel II fue consciente de que asumía el trono siendo una niña de 13 años, sin preparación, y rodeada de grandes reinas contemporáneas como Victoria de Inglaterra y María de Portugal. Su vida fue difícil, y aunque ejerció poder, no siempre fue suficiente.

P. — Carolina Matilde de Gran Bretaña participó en un proyecto de reformas ilustradas. ¿Por qué consideras importante su historia?

R. — Su historia es fascinante. El triángulo entre el rey Christian VII, el Dr. Struensee y Carolina tiene ciertas similitudes con leyendas artúricas. Cuando descubren el adulterio, el reino se sacude: la reina es exiliada, el rey pierde la cabeza y el médico es asesinado. Esta revolución danesa fue anterior a la Francesa y modificó estructuras arcaicas. Sin embargo, la historia suele centrarse en el adulterio de la reina y no en la locura del rey.

P. — Paola Ruffo di Calabria nunca quiso ser reina. ¿Qué sucede cuando alguien no quiere asumir ese rol?

R. — Si no quieres serlo, de todos modos lo serás. Paola se casó con un príncipe belga y pidió que nunca sería reina. Sin embargo, al fallecer Balduino, su esposo Alberto se convierte en heredero, y Paola debe asumir su papel. Intentó separarse en dos ocasiones, pero las condiciones eran demasiado exigentes. Finalmente, aceptó y se convirtió en la reina que todos esperaban.

P. — Después de ocho siglos de historia, ¿qué imagen deja el poder femenino en la monarquía?

R. — El poder femenino muchas veces se ejerció como venganza. Margot, Catalina, Isabel II: todas usaron su poder, aunque no siempre fue suficiente. Incluso reinas como Urraca tuvieron que luchar contra todos, desde familiares hasta obispos, para defender su corona y su territorio.

P. — ¿Y qué opinas de la reina actual, a nivel de reinar?

R. — A nivel de reinar…no m atrevo

P. — ¿Qué reina te ha sorprendido?

R. — Me sorprendió la historia de Juana de Avis. Es una historia muy triste e injusta, y también la de su hija. Me he resistido a llamarla “la Beltraneja”, pero si no se utiliza en algún momento, es difícil situarla históricamente. Juana era Princesa de Asturias y heredera legítima del trono de Castilla. Incluso el destino parece haber actuado en su contra: no se ha podido demostrar que era hija de Enrique IV, pero tampoco lo contrario, y no quedan restos para realizar un análisis de ADN que lo confirme. Es una historia terrible y muy injusta, además de que solo nos ha llegado la versión de los vencedores.

La reina Isabel la Católica es incuestionable; no dudo de su inteligencia política, pero tenía muchas más cualidades que la historia suele omitir y no era insaciable. Me sorprendió, por ejemplo, descubrir que ya existía la inseminación artificial en el siglo XV.

También me interesa mucho la historia de Isabel de Borbón-Parma. Es una historia de amor por otra mujer, y ella fue una niña marcada por su madre, que no deseaba estar en la corte española. Desde muy joven, Isabel se preparó como princesa y buscó rebelarse contra el rol que le asignaban: no quería tener hijos y se enamoró profundamente de su cuñada, Cristina. En Viena, la correspondencia de Isabel se conserva, pero las cartas de Cristina han desaparecido, lo que evidencia cómo la historia ha silenciado ciertos vínculos y afectos.

En general, estas historias muestran cómo las reinas, a pesar de las limitaciones impuestas por la política y la sociedad, buscaban ejercer su poder y vivir según su voluntad. Me ha resultado fascinante ver cómo, a lo largo de los siglos, cada una de ellas encontró formas de rebelarse, resistir y dejar su huella, incluso cuando la historia intentaba borrarlas.