Clara Sánchez:»Hasta los treinta y tantos era una persona muy racional, pero decidí que la realidad fuera mi juguete y no dejarme aplastar»

"Los niños tienen poderes sobrenaturales"

La escritora Clara Sánchez es una de las voces más reconocidas de la narrativa contemporánea en España, con una obra marcada por la exploración de la memoria, la identidad y las zonas ambiguas de la realidad. A lo largo de su trayectoria ha construido un universo literario donde lo cotidiano se mezcla con lo inquietante, invitando al lector a cuestionar aquello que da por sentado. En su última novela, Lo inexplicable, Sánchez vuelve a adentrarse en esos territorios difusos entre lo real y lo percibido, a través de una historia que combina lo psicológico con lo misterioso. La figura de un niño y la mirada de quienes lo rodean sirven como eje para reflexionar sobre la culpa, la percepción, la incertidumbre y aquello que, incluso en la vida más aparentemente normal, escapa a toda explicación.

P.–:La novela comienza con una cuidadora, Alicia, que atiende a Rafael dentro de una familia aparentemente estable. Sin embargo, pronto surge un conflicto entre su posición laboral y lo que empieza a observar. Ella no deja de ser una trabajadora, pero percibe cosas inquietantes. ¿Por qué decides iniciar la historia de esta manera?

R.–:Es una situación muy cercana a mí. Muchas veces me he sentido así al incorporarme a un trabajo nuevo. Es una experiencia estresante en lo vital, pero muy interesante desde el punto de vista literario: alguien que llega a un entorno desconocido, donde todos observan y juzgan.

En el caso de Alicia, entra en una familia que no conoce, en una casa ajena, para cuidar a un niño. Esa posición externa la convierte en una observadora privilegiada. Puede percibir cosas que la familia no ve por costumbre o hábito. Empieza a notar comportamientos extraños, tanto en el niño como en el matrimonio, que atraviesa una crisis.

Sin embargo, duda constantemente: no sabe si lo que percibe es real o fruto de su imaginación. Esa incertidumbre es clave en la narración.

Creo que en esto hay una influencia clara de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. En esa novela, la institutriz tampoco está segura de si lo que ve es real. Los fantasmas no están solo fuera, sino también en su mente, y eso introduce una ambigüedad muy potente que me interesa mucho.

P.–:En tus palabras aparece una preocupación constante por entender la realidad y el lugar que ocupamos en ella. ¿De dónde nace esa necesidad?

R.–:El propio título ya plantea esa inquietud: ¿qué hay hoy en día que sea realmente explicable? Yo, sinceramente, encuentro muchas cosas inexplicables.

Mis novelas parten de esa sensación. Necesito un esfuerzo de concentración, no tanto para entenderlo todo, sino al menos para delimitar lo que no entiendo. Por eso escribo.

Una novela exige precisamente eso: una concentración mental que te lleve a preguntarte quién eres, dónde estás y qué sentido tiene todo, sabiendo que la vida es muy breve.

De hecho, tengo la sensación de que no da tiempo a comprender. A mi edad, por ejemplo, siento que no me da tiempo ni siquiera a hacerme vieja. Los demás pueden verme con arrugas, pero interiormente todo sucede demasiado rápido. Esa idea de “no me da tiempo a hacerme vieja” me resulta muy reveladora.

P.–:¿Crees que los niños perciben la realidad de una forma distinta, y que los adultos no sabemos interpretarla?

R.–:Has dado en el clavo. Los niños son asombrosos. He tenido recientemente la experiencia con una nieta de tres años, y vuelve a sorprenderme esa etapa. Lo que un niño hace desde que nace hasta los tres años es extraordinario.

No somos conscientes de todo lo que absorben, de todo lo que perciben de nosotros. Es una edad decisiva —lo dicen los psicólogos— porque ahí se configura gran parte de lo que será ese individuo.

En ese contexto, Alicia, la niñera, ocupa una posición muy particular: al no tener la responsabilidad directa de los padres, puede observar con mayor libertad. Absorbe toda esa información, tanto lo cotidiano como lo extraordinario. Y hay cosas que el niño hace que le resultan inquietantes, pero que no puede compartir con nadie. Se las guarda, y eso intensifica su incertidumbre.

P.–:¿Crees que recordamos lugares o emociones que no sabemos explicar? ¿No es la memoria más misteriosa y menos fiable de lo que pensamos?

R.–:La memoria es profundamente misteriosa. Sabemos que tenemos distintas capas en el cerebro, y que los primeros años —de los cero a los tres— son fundamentales, aunque luego no podamos recordarlos.

Esos recuerdos invisibles influyen en nuestra personalidad, en nuestra forma de estar en el mundo. Y, sin embargo, permanecen fuera de nuestro alcance consciente.

En mi novela Presentimientos (2008) trabajé precisamente esa idea: dos planos de realidad, el del sueño y el de la vigilia, que muestran cómo vivimos a través de recuerdos muchas veces distorsionados. Nuestra realidad está condicionada por lo que recordamos… y también por lo que no recordamos.

La memoria es selectiva: retiene lo que necesitamos para sobrevivir o funcionar en el día a día, pero deja otras cosas en una zona desconocida.

El ser humano es enigmático, con una mente muy potente que muchas veces desaprovechamos. Tendemos a acomodarnos: cuando algo nos facilita la vida, nos instalamos ahí. La tecnología, por ejemplo, ha entrado en nuestras vidas sobre todo a través del ocio y la comodidad, y no siempre somos conscientes de sus implicaciones.

P.–:Hablamos de la vida, pero ¿y la muerte?

R.–:La muerte está muy presente en esta novela, Lo inexplicable, especialmente a través de la idea de la reencarnación.

Para mí es una idea muy sugerente. A diferencia de la resurrección, que depende de una intervención divina, la reencarnación forma parte de la propia naturaleza. Y eso tiene un efecto muy poderoso: puede aliviar la ansiedad ante la muerte.

Vivimos condicionados por ella, intentando retrasarla constantemente. Pero si pensamos que la existencia no termina aquí, que puede haber una continuidad, esa angustia disminuye. Y eso nos libera: nos permite imaginar más, ser más creativos.

También cambia nuestra relación con el tiempo. El tiempo está ligado a la idea de finitud; si suavizamos el peso de la muerte, también cambia nuestra percepción del tiempo. Incluso la soledad se transforma: la reencarnación sugiere una especie de compañía interior, algo que a veces llamamos intuición o sexto sentido.

P.–:Entonces, ¿crees en la reencarnación?

R.–:Al menos es una idea que me fascina. Y literariamente me ha permitido mirar la vida desde otra perspectiva.

Además, creo que hay formas de reencarnación dentro de una misma vida. Si observo mi trayectoria, he pasado por distintas etapas: profesora universitaria, escritora, académica… Son transformaciones profundas, casi como vidas sucesivas.

Y hay otra forma más sutil de “reencarnación”: la que viene de nuestros ancestros, a través de la genética. Llevamos en nosotros huellas del pasado: miedos, impulsos, inclinaciones que no sabemos de dónde vienen. Probablemente proceden de generaciones anteriores.

A su vez, nosotros también estamos dejando un legado —biológico, emocional, incluso simbólico— que continuará en otros. Esa continuidad, aunque no siempre visible, también forma parte de lo que somos.

P.–:En tu novela conviven muchos temas, entre ellos la culpa. A veces no es consciente, sino difusa. ¿Crees que eso la hace más persistente emocionalmente?

R.–:La culpa forma parte de la naturaleza humana. De hecho, alguien incapaz de sentir culpa no resulta muy fiable: si no puede sentirla, tampoco puede pedir perdón.

Hoy en día circula mucho ese mensaje de “no te arrepientas de nada”, y a mí me inquieta profundamente. ¿Cómo no vas a arrepentirte si haces daño? La ausencia total de arrepentimiento conduce a una forma de insensibilidad peligrosa. A veces, ciertos discursos de autoayuda parecen empujar hacia un individualismo que roza lo insociable.

En la novela, la culpa está muy presente y se reparte entre los personajes. Elvira, la madre, siente culpa por haber estado centrada en su mundo y no haber prestado suficiente atención. Alicia también siente culpa por no haber compartido sus sospechas con los padres.

Y luego está Hugo, que habla desde esa especie de “otro lado”. A través de él vemos la desconcertante experiencia de alguien que no entiende qué le ha ocurrido: “¿Dónde estoy?, ¿qué es esto?, ¿qué me ha pasado?”. Esa falta de comprensión es clave.

Él mismo percibe que no puede tener información que no tuviera en su vida anterior, lo que refuerza su desconcierto. Pero al mismo tiempo, a través de su voz, descubrimos la culpa de su madre, la del policía que investigó su muerte, la de Alicia… y la suya propia: la culpa de no haber logrado agradar a su madre. Una culpa que arrastra durante su vida y de la que, quizá, logra liberarse.

P.–:¿Qué papel juega el silencio en las relaciones familiares cuando hay dolor o conflictos no resueltos?

R.–:El silencio es el caldo de cultivo de la culpa. Cuando las cosas no se dicen, cuando se evitan o se esconden, acaban transformándose en algo mucho más grande.

Existe otra idea muy extendida: que el pasado se queda atrás. Pero no es así. El pasado no desaparece; forma parte de un continuo. Sigue fluyendo en el presente y condicionándolo.

P.–:¿Cómo se escribe el pasado desde el presente?

R.–:El pasado se escribe desde el presente, sobre todo, a través de las emociones más que de los hechos.

Los hechos que recordamos están distorsionados. Tendemos a reconstruirlos según lo que queremos creer. La mente humana se justifica, se protege, incluso se autoengaña.

Sin embargo, las emociones funcionan de otra manera. En ellas está una verdad más profunda. Cuando, por ejemplo, un día te levantas y sientes tristeza o lloras sin una causa aparente, probablemente estás conectando con algo no resuelto del pasado.

Ahí, en esa emoción que emerge sin explicación inmediata, es donde el pasado sigue vivo.

P.–:En la vida real, cuando alguien denuncia algo incómodo, muchas veces no se le cree de inmediato. ¿Por qué cuesta tanto aceptar verdades que rompen la normalidad?

R.–:Porque somos seres cómodos. Nuestra naturaleza tiende a la autoseguridad, a no desestabilizarnos.

La comodidad explica muchas cosas, incluso la forma en que ha calado Internet: nos ofrece acceso inmediato, evita el esfuerzo, nos simplifica la vida. En general, el progreso suele entrar por la vía del ocio y de la comodidad.

¿Qué ocurre entonces? Que cuando aparece una información que altera nuestros esquemas —nuestra forma de entender la realidad— tendemos a rechazarla. No queremos que sea verdad. Es una forma de defensa, tanto a nivel individual como social o político. Por eso muchas veces se tarda tanto en reaccionar: porque aceptar esa verdad implica un cambio incómodo.

P.–:Hay experiencias como los presentimientos o las coincidencias extremas que muchas personas interpretan como señales. ¿Qué te interesa de esa frontera entre coincidencia y significado?

R.–:Me interesa muchísimo, tanto desde el punto de vista vital como literario.

En lo personal, cada vez estoy más abierta a esas posibilidades. Pero, sobre todo, en la literatura son fundamentales, porque ahí nace el suspense.

Para mí, el suspense no está en el hecho en sí —no en un acontecimiento concreto—, sino en lo que lo rodea: los recelos, los silencios, las miradas, la percepción incompleta. Esa sensación de que algo ocurre, pero no sabemos exactamente qué. Es lo que mantiene viva la necesidad de saber.

P.–:¿Cómo se construye el yo? ¿Es algo estable o está en constante transformación?

R.–:Está en permanente construcción, y menos mal.

Me inquieta la gente que dice: “Yo soy así y no voy a cambiar”. Esa rigidez me parece peligrosa, porque implica falta de flexibilidad.

Somos el resultado no solo de nuestras circunstancias —como decía Ortega y Gasset—, sino también de nuestra interacción con los demás. Nos estamos influyendo continuamente. Incluso una conversación, como esta, ya nos modifica.

Pensar que uno llega al final de su vida sin haberse transformado es, en cierto modo, haber desaprovechado esa experiencia. Hay que ir cambiando, incorporando lo vivido y lo aprendido de los otros.

P.–:¿Cómo influye la incertidumbre prolongada en nuestras vidas?

R.–:Puede volverse patológica. No es casual que haya una gran demanda de atención psicológica: la gente necesita gestionar esa incertidumbre creciente.

Antes, las vidas eran más estables: alguien podía entrar en una empresa y permanecer en ella toda su vida. Eso ya no existe. La inestabilidad laboral tiene un impacto muy fuerte en la estabilidad emocional y afectiva.

En mi novela Un millón de luces (2004) abordé precisamente el mundo del trabajo, porque lo conozco bien. Y esa precariedad, esa falta de continuidad, afecta profundamente a cómo vivimos.

Además, el teletrabajo está transformando algo esencial: la relación humana. Puede resultar más cómodo, sí, pero elimina una dimensión muy importante. Compartir tiempo con otros, aunque no siempre sea fácil, genera vínculos y experiencias que son fundamentales.

P.–:Decías antes que estás abierta a todo y también que no tienes tiempo de envejecer.

R.–:Más que no tener tiempo de envejecer, es que no me da tiempo a asimilar lo que implica la edad: esa supuesta sabiduría, esa conciencia del paso del tiempo. Siento que todo va demasiado rápido.

Me falta tiempo para comprender, para aprender, para vivir todo lo que me gustaría.

Y en cuanto a estar abierta a todo, es así. No tengo prejuicios. Aunque me interesa profundamente la ciencia, también me interesa cualquier cosa que estimule la imaginación. Si alguien me echa las cartas del tarot, por ejemplo, me parece fascinante.

Todo lo que me permita mirar la vida desde distintos ángulos me interesa. Sin esa apertura, escribir no tendría sentido para mí.

P.–:Para terminar, ¿dirías que lo inexplicable encuentra alguna forma de explicación a través de ese niño de tres años?

R.–:Más que explicarlo, el niño nos introduce en lo inexplicable.

Nos abre la puerta a posibilidades que los adultos ya no vemos. Se habla mucho de lo que se les da a los niños, pero poco de lo que ellos son: criaturas con una potencia enorme.

A esa edad hay una capacidad de percepción extraordinaria, casi sobrenatural, y prestamos muy poca atención a ella. Sin embargo, ahí hay una clave importante para entender muchas cosas que, desde el mundo adulto, se nos escapan.